Teresa de Jesús, en la Biblioteca Nacional

fachada BNE-Carlos Viñas
Fotografía de Carlos Viñas

El Blog de la Biblioteca Nacional  recoge un dato sobre Teresa que desconocía: la imagen de la Santa aparece esculpida, en un medallón, en el frontón de la entrada del edificio de esta institución, en Madrid. La única mujer en una fachada ocupada solo por varones: San Isidoro, Alfonso X, Cervantes, Nebrija, Lope de Vega, Vives, Calderón de la Barca,  Fray Luis de León, Juan de Mariana, Quevedo, Garcilaso de la Vega,  Diego Hurtado de Mendoza,  Arias Montano,  Antonio Agustín, Tirso de Molina y  Nicolás Antonio.

«Basta ser mujer para caérseme las alas» -se había lamentado ella en el Libro de la Vida. Pienso que Simone de Beauvoir, aun queriendo elogiar a la santa, no es del todo exacta cuando afirma: «Santa Teresa pone brillantemente de manifiesto que una mujer puede subir tan alto como un hombre cuando, por un sorprendente azar, se le presentan las mismas oportunidades que a un hombre».

Nos consta que no contó con las mismas oportunidades. Estaba lejos aún la hora de la igualdad. Pero pudo más su inteligencia y su gracia. Y hubo de valerse de tretas literarias para que su obra no acabara en la hoguera inquisitorial donde termina todo aquello que nos asusta o no comprendemos.

Se podrían considerar sus artes como las “tretas del débil”, con la feliz expresión de Josefina Ludmer . Tácticas, las suyas, que aún hoy son  objeto de discusión y controversia, lo que no deja de ser sino una prueba más de su rotunda eficacia.

Teresa, que no pudo ver publicado ningún libro suyo en vida, hubiera sonreído satisfecha al pensar que, un día, su efigie presidiría la entrada de un edificio al que acuden cada año millares de personas en busca de algo que  a ella le apasionaba: los libros.  Nadie lo pudo merecer más que ella, que desde bien jovencita,  «si no tenía libro nuevo no me parecía tenía contento» (Vida, 2,1)

No solo era lectora voraz, sino que nos cuenta que prestaba libros para que otros se aprovecharan de ellos: «Aun andando yo en estas vanidades, como las veía amigas de rezar, las decía cómo tendrían meditación, y les aprovechaba, y dábales libros»(V 7, 13).

En sus conventos, estableció que hubiera una buena biblioteca: «Tenga cuenta la priora con que haya buenos libros […] porque es en parte tan necesario este mantenimiento para el alma, como el comer para el cuerpo» (Const I, 7).

Con permiso de Santa Wiborada, quizá podrían haberla hecho también a ella patrona de los bibliotecarios.

En cualquier caso,  trescientos años después de que la Biblioteca Nacional abriera sus puertas, y al contemplarla a ella tan sola allá arriba, no está de más que nos preguntemos si la cultura literaria continúa aún hoy, en nuestro mundo, en manos de los varones.

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Frontón de la fachada de la Biblioteca Nacional de Madrid
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