La «Educación de Santa Teresa»

La educación de Santa Teresa
La Educación de Santa Teresa.Obra de Juan García de Miranda. Museo del Prado de Madrid.

Este cuadro se conserva actualmente en el Museo del Prado de Madrid. Formó parte de una serie de pinturas de Juan García de Miranda  (1677-1749) dedicadas a la vida de Santa Teresa, datada en torno al año 1735, de la que nos han llegado solo tres obras, y noticia de una cuarta, destruida en 1934.

La “Educación de santa Teresa”, considerado el mejor de la serie, tiene la originalidad de ilustrar una escena poco habitual en la representación  pictórica de la Santa. Habitualmente, la encontramos en su faceta de escritora (con la pluma en la mano y la paloma sobre su hombro) o de mística, el momento de la transverberación o durante un éxtasis. Al representar a Teresa niña, se prefieren otras escenas, como el intento de huida, junto a su hermano Rodrigo, a tierra de moros, para alcanzar el martirio, o jugando con él en la huerta a construir ermitas.

Esta es, sin embargo, una escena casera, que refleja el ambiente que pudo vivirse en el hogar de Teresa durante su infancia. Así, ella cuenta de su madre, doña Beatriz:

«Era aficionada a libros de caballerías y no tan mal tomaba este pasatiempo como yo le tomé para mí, porque no perdía su labor, sino desenvolvíamonos para leer en ellos, y por ventura lo hacía para no pensar en grandes trabajos que tenía, y ocupar sus hijos, que no anduviesen en otras cosas perdidos» (Vida 2,1).

La pintura recoge ese momento tan habitual de lectura familiar en voz alta, donde alguien lee y otros escuchan, mientras “no pierden labor”. Curiosamente, Teresa es aquí quien tiene el libro en las manos. Las demás mujeres, cosen o bordan.

La escena está compuesta circularmente, por lo que las figuras aparecen dispuestas en diferentes posiciones: de frente, de costado, de espaldas… ¿Quiénes son los personajes del cuadro?

De frente, contemplamos, claramente identificable por su aureola de santidad,  a Teresa niña, con un libro en las manos («si no tenía libro nuevo, no me parece tenía contento»). A su lado, un niño que bien pudiera ser Rodrigo, compañero de sus aficiones infantiles, aunque algo mayor que ella.  Teresa Jiménez Priego, en un estudio sobre esta obra, en el que nos basamos para este comentario, señala:

«Debemos llamar la atención sobre el canon utilizado por el artista en las figuras. Es un canon jerárquico, de acuerdo con su importancia y su función, más que con su edad cronológica. Quizás, quiso servirse de él como elemento de caracterización»[1].

Así, Rodrigo, aunque mayor en edad, por ser quien secundaba las iniciativas de su hermana, que era la que disponía y llevaba la voz cantante, aparecería reflejado como más infantil que ella.

Se puede distinguir a doña Beatriz, la madre de Teresa (que moriría cuando ella tenía solo trece años), a contraluz, lo que resalta su silueta. Las otras dos  figuras femeninas pudieran ser María (la hermana mayor de Teresa, hija del primer matrimonio de don Alonso), y alguna amiga o quizás esa “parienta que trataba mucho en casa” y que, tras la muerte de la madre, arrastraría a Teresa a un estilo de vida lleno de frivolidad y coquetería, torciendo su natural inclinación, según cuenta ella en su Libro de la Vida.

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Además de las figuras humanas, destaca la presencia de un gato sobre la estera, entre las dos jóvenes que hemos identificado como María y la prima.

Llama la atención el tratamiento de la luz, que incide en el centro de la escena y crea una atmósfera espiritual de unión. Los vanos, que rodean toda la estancia, crean una sensación espacial de profundidad. El paisaje, que se alcanza a ver por el portón de la derecha, muestra unos edificios con torres acabadas en chapiteles de pizarra, propias de las construcciones palaciegas de El Escorial, más que de la ciudad de Ávila.

Especial interés tiene también el mobiliario, entre el cual destaca la silla castellana reservada a la madre, doña Beatriz. Las damas, como podemos apreciar en esta escena, ordinariamente, se sentaban en taburetes o cojines sobre alfombras en un espacio reservado denominado estrado, donde también se recibía a las visitas.

El vano central deja ver otra habitación decorada con cortinas y cuadros. Estamos ante una vivienda casi palaciega, como muestra también el suelo, de baldosa castellana.

Tenemos a un grupo formado en su mayoría por mujeres (con la única excepción del niño) situadas en torno al libro. No sabemos qué leía Teresa en voz alta. Quizá algún libro piadoso. Quizá, ausente don Alonso su padre, se entretenían en leer novelas de caballería. El título de la obra: la “Educación de Santa Teresa” no deja de ser curioso: el protagonista de esa educación es aquí el libro.

Muchos años después, cuando la Inquisición haga prácticamente imposible la lectura de libros espirituales en romance, Cristo completaría su educación convirtiéndose en libro vivo para ella.


[1] JIMÉNEZ PRIEGO, Teresa, «Juan García de Miranda: Pinturas religiosas en conjuntos madrileños (I)» Espacio, Tiempo y Forma, Serie VII. Historia del Arte, t. 7, 1994, págs. 129-164.

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