Una amiga de Teresa sentenciada por la Inquisición: Ana Enríquez (I)

auto de en Valladolid- G. Ferrario-florencia 1826

María José Pérez, ocd

«Una joven inquieta» —así la denomina el historiador J. I. Tellechea¹. No corrían buenos tiempos para ese tipo inquietudes, que iban a costarle bien caras a doña Ana Enríquez.

Hija de los marqueses de Alcañices, «moza hermosa»  (con este apelativo aparece en los Autos), tenía 23 años cuando se desató la persecución contra el grupo protestante de Valladolid, formado en torno al doctor Cazalla, en el que ella se hallaba envuelta. Estaba casada con Juan Alonso de Fonseca, y una de las fuentes afirma que «sabía gramática latina muy bien, y había leído las obras de Calvino y las de Constantino Ponce de la Fuente»².

Ana Enríquez sería, con el correr de los años, una buena amiga de Teresa de Jesús, y colaborará con ella en varias de sus fundaciones. Pero en ese momento, iba a vivir, sin duda, el trago más amargo de su vida.

El auto de fe

Valladolid, 1559. La ciudad sería testigo, en un solo año, de dos autos de fe, en un intento de las autoridades políticas y religiosas por frenar el avance del luteranismo. Se preparó un acto multitudinario. La asistencia estaba recompensada con cuarenta días de indulgencia. Se calcula que asistieron unas doscientas mil personas a este espectáculo, presidido por la infanta doña Juana de Austria, regente en ese momento en España, acompañada por el príncipe D. Carlos. En él tuvieron parte activa, entre otros, el dominico Melchor Cano (obispo electo de Canarias, que predicó el sermón) y el inquisidor general, Fernando Valdés, arzobispo de Sevilla.

A las cinco de la mañana del domingo de la Trinidad (21 de mayo), vestida con el sambenito y la coroza o capirote, con una cruz y una vela de color verde (color del Santo Oficio), inició, con el resto de penitenciados, una treintena, la marcha hacia la Plaza Mayor, donde se iba a desarrollar el auto. Entre ellos, 15 estaban condenados a la hoguera.

No era Ana Enríquez la única de su familia que iba a subir al estrado para oír su sentencia. Junto a la joven, irían también el hermano de su madre, Pedro Sarmiento, y su esposa, Mencía de Figueroa, su tía María de Rojas, monja de Santa Catalina de Siena, su primo Luis Enríquez, heredero de los marqueses de Poza… Y, en octubre de ese año, peor suerte aún correría otro tío materno, el dominico Fray Domingo de Rojas, que terminaría sus días quemado vivo en un auto que contó con la presencia de Felipe II.

Afirma Henry Kamen, a propósito de este triste espectáculo, lo siguiente:

«Sin duda alguna la infamia era el peor castigo que se podía imaginar en aquellos tiempos. En los tribunales penales ordinarios, los castigos que conllevaban vergüenza pública o ridículo eran más temidos que la propia sentencia de muerte, pues arruinaban la propia reputación en la comunidad para siempre, atrayendo el oprobio sobre la familia y los demás parientes. Igualmente, en el tribunal de la Inquisición, el “honor” de un individuo podía ser mancillado por recibir castigos humillantes (como los azotes), pero el más grave de todos los castigos era el sambenito, ya que su duración era perpetua y acarreaba el deshonor tanto a la familia como a la comunidad»³.

Un testigo de primera mano

Contamos con un testigo de excepción de aquel acontecimiento, el jesuita Francisco de Borja, que relataría a Laínez, general de la Compañía, lo sucedido en primera persona. Él, junto con otros jesuitas, había sido llamado a atender espiritualmente a los reos en la prisión. Entre los que atendió Borja, se encontraba Ana Enríquez, a quien le unían lazos familiares, ya que un hermano de la joven, Juan Enríquez de Almansa y Rojas, era yerno suyo, casado con su hija Juana de Borja:

«Entre otros encargos que me hicieron los inquisidores, estuvo el de comunicar a doña Ana Enríquez la sentencia que pesaba sobre ella, además de darle ánimo y fortaleza para que la sufriera con paciencia y ánimo constante, cosa que hice. Y con la ayuda de Dios (que tan necesaria era para mí), la consolé hasta tal punto que, aunque ella hubiera preferido una muerte discreta a la ignominia pública, y caminase junto a los demás con cara de estar más muerta que viva, sin dejar por ello de mostrarse cristiana y conforme con la justicia divina, se sirvió de este único consuelo: pensar que a cambio del honor, la dignidad y la gloria perdidos con aquella ignominia pública, había recibido el conocimiento de la verdad y la sanción de sus pecados»⁴.

El desenlace

De los condenados a muerte, solo uno, el bachiller Herrezuelo sería quemado vivo. A los restantes, que expresaron arrepentimiento y suplicaron clemencia, se les concedió la gracia de morir estrangulados por el garrote. Luego, sus cuerpos fueron reducidos a cenizas para prevenir que se utilizaran sus restos como reliquias. Incluso la madre de Agustín Cazalla, doña Leonor de Vivero, fue desenterrada para que sus restos ardieran en la hoguera.

Ana Enríquez «fue condenada a que saliese al cadalso con el sambenito y vela y ayunase tres días, y volviese con su hábito a la cárcel y desde allí fuese libre»⁵ . Henry Kamen⁶  sostiene que le fue retirada la pena de vestir sambenito perpetuo por la influencia de Francisco de Borja, que habría intercedido por ella para salvar el honor de la familia. No consta que esto sea cierto.  De hecho, en agosto de ese mismo año 1559, el propio Borja va a experimentar el poder del Santo Oficio, cuando aparezca publicado su nombre en el Índice de Libros prohibidos de Valdés. En efecto, la Obra del cristiano es el título de un opúsculo que la Inquisición incluyó en el Índice, pero que no es en su totalidad de Borja, sino que fue publicado bajo su nombre, y en él se mezclan textos propios con otros añadidos por el librero que lo editó, valiéndose de su prestigio para venderlo mejor. No le valió a Borja alegar la verdad, ni haber sido confesor de doña Juana de Austria, ni gran privado del emperador, ni virrey de Cataluña… Tuvo que retirarse discretamente a Roma para evitar males mayores.

Tellechea disculpa a la joven Ana afirmando de ella que se trata de «un alma atribulada y envuelta en confusiones y acaso inclinada a la novedad» y que más bien su incursión en la heterodoxia se debió a la influencia de otros miembros del “conventículo”, al que pertenecían otros miembros de su familia y de la nobleza vallisoletana.

Pues bien, esta mujer llegará a ser buena amiga y colaboradora de Teresa. Conservamos cuatro cartas teresianas dirigidas a ella, al hilo de proyectos fundacionales, aunque, dada la relación que se percibe entre ambas, sin duda, fueron más, hoy perdidas.

Lee la segunda parte de este artículo aquí  o descarga el artículo completo aquí


¹TELLECHEA IDIGORAS, José Ignacio, Los prolegómenos jurídicos del proceso de Carranza’, Anthologica Annua, Roma, Iglesia Nacional Española, Vol. 7, (pp. 215-238), p. 221.
² LLORENTE, Juan Antonio, Historia crítica de la Inquisición,  Madrid, 1822, p. 198.
³KAMEN, Henry, La inquisición española: una revisión histórica. Crítica, Barcelona, 1999, p. 236.
⁴Traducido del original latino, Sanctus Franciscus Borgia, quartus Gandiae dux et Societatis Iesu praepositus  generalis tertius III 1539-1565, Monumenta Historica Societatis Iesu, Matriti, 1908, p. 508.
⁵ 
PELAYO, Marcelino, Historia de los heterodoxos españoles,  Tomo II, Librería católica de San José, Madrid, 1880, p. 343.
⁶ Este autor presenta erróneamente a Ana Enríquez como cuñada de Borja.
TELLECHEA IDIGORAS, José Ignacio,  Ibid., p. 223.


7 thoughts on “Una amiga de Teresa sentenciada por la Inquisición: Ana Enríquez (I)

    1. Efectivamente, Claudia. De esa novela también hablaremos en la segunda parte de este artículo, la semana próxima, porque presenta a Ana Enriquez como un personaje de la trama.

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