Una amiga de Teresa sentenciada por la Inquisición: Ana Enríquez (y II)

Presentación de Don Juan de Austria con motivo del auto de fe del doctor Cazalla. Cerámica en el zócalo de zaguán del palacio de Pimentel (Valladolid). Obra de J. Ruiz de Luna.
Presentación de Don Juan de Austria con motivo del auto de fe del doctor Cazalla.
Cerámica en el zócalo de zaguán del palacio de Pimentel (Valladolid). Obra de J. Ruiz de Luna.

Primera parte de este artículo

María José Pérez, ocd

El grupo herético busca captar a Teresa

El grupo luterano de Valladolid al que pertenecía Ana Enríquez fue descubierto a raíz de una denuncia. Sobre la identidad del denunciante, hay diversidad de opiniones. Menéndez Pelayo da crédito a una antigua tradición (según él, atestiguada por una relación manuscrita contemporánea del auto) según la cual, la mujer del platero Juan García habría seguido a su esposo en sus salidas nocturnas, sospechando algo, y descubrió las reuniones secretas en casa de los Cazalla. Ella misma habría denunciado el caso al Santo Oficio, llevando a su marido a la ignominia y la muerte.

También Catalina de Cardona aparece como una de las que primero hablarían en contra de Agustín Cazalla:

«Tuvo varias polémicas con Cazalla, cuyas doctrinas no compartía la piadosa mujer: y formando ambiente contra él, hubo de contribuir el enredo por el Santo Oficio»¹

Otras fuentes² sostienen que en el descubrimiento del grupo luterano de Valladolid habría colaborado el jesuita P. Juan de Prádanos (confesor de Doña Guiomar de Ulloa y luego de la propia Teresa), a través de alguna de sus dirigidas espirituales.

De hecho, esto concuerda con el ambiente que nos describe la carmelita Ana de Jesús, en los procesos de beatificación de Teresa: «Cuando las herejías de Cazalla y sus secuaces, habían querido estos tratar a doña Guiomar de Ulloa y otras señoras viudas y religiosas, y que sabiendo que trataban con personas de diferentes Ordenes, dijeron no querían entrar ellos en casas de tantas puertas, y con esto se libraron de saber nada de ellos; […] y a la misma Madre también la codiciaron hablar antes que supiesen trataba con tantos»³.

Como vemos, el hecho de ser monja no libraba a nadie de poder ser captado por estos grupos, que buscaban abrirse paso en la sociedad, aunque secretamente. De hecho, en los dos autos de 1559 en Valladolid, hay monjas implicadas en herejía, que terminan condenadas. En el de mayo, la tía de Ana, la dominica María de Rojas, del monasterio de Santa Catalina de Siena; en el de octubre, cuatro monjas del monasterio cisterciense de Belén

Ana Enríquez,  personaje de novela

Luis Coloma menciona a la joven Ana en su novela Jeromín, basada en la vida de D. Juan de Austria. Precisamente porque el auto de fe de Valladolid, en mayo de 1559, fue la ocasión elegida por la regente doña Juana de Austria para conocer a su hermano, hijo natural de Carlos V y futuro Juan de Austria, aún niño por esas fechas: «Era tal el arrepentimiento y confusión de esta señora, que al subir a la tribuna para oír su sentencia abandonáronla las fuerzas, y hubiera caído del tablado a no sostenerla un hijo del duque de Gandía, que por allí andaba de devoto penitente»⁴.

Doña Ana Enríquez ha sido convertida en personaje de ficción por Miguel Delibes, en su novela El hereje, basada en hechos históricos, pero recreados según la necesidad narrativa del autor. En ella, el novelista vallisoletano plantea una relación sentimental entre el protagonista, Cipriano Salcedo, y doña Ana, de la que se afirma: «Es una criatura demasiado bella para quemarla».

Delibes presenta así el momento de la sentencia en el auto de fe:

«Ana Enríquez:

Antes de que la muchacha subiera al púlpito se produjo una vacilación en el relator y un silencio expectante en la muchedumbre. Temiendo un almadiamiento, o simplemente buscando un apoyo a su soledad, había subido la escalera de la mano del duque de Gandía, pero, en contra de lo esperado, una vez arriba se encaró al relator con resolución y mirada retadora. Impávida oyó a Juan Ortega repetir su nombre y la pena simbólica a que era condenada:

Ana Enríquez: saldrá al cadalso con sambenito y vela, ayunará tres días con tres noches, regresará con hábito a la cárcel y, una vez allí, quedará libre.

Una rechifla general subió de la plaza, bajó de los tejados y balcones, se alzó de los graderíos. El pueblo no podía perdonar la insignificancia de la pena, los aires de superioridad de la penitente, su rango, belleza y suficiencia»⁵.

Los datos que proporcionan las relaciones del auto, escasos pero significativos, han dado pie a que se forme, alrededor de esta mujer, un halo de simpatía y de misterio, y que el autor la presente como víctima del engranaje inquisitorial. Por otro lado, ante la juventud, belleza y fragilidad de Ana, aún resalta más el odio de la multitud cruel de los asistentes que desea asistir a un castigo ejemplar.

La novela es un canto a la libertad de conciencia, y una crítica feroz a la intolerancia, a la violencia que se ejerce en nombre de la fe y para gloria de Dios.

Teresa y Ana, amigas

Cuatro son las cartas conservadas de las que Teresa envió a su amiga. De ellas, dos son seguras (1 y 4) y otras dos (2 y 3) son más inciertas en cuanto a datación y destinataria.

  1. A doña Ana Enríquez, en Toro. Valladolid, 23 diciembre 1574.
  2. A doña Ana Enríquez (?), en Valladolid. Sevilla, enero 1576 (?). Fragmentaria y dudosa.
  3. A doña Ana Enríquez, en Valladolid (?).Palencia, febrero/abril 1581. Datación y destinataria no seguras.
  4. A doña Ana Enríquez, en Valladolid. Palencia, 4 marzo 1581.

Uno de los temas que se abordan en la correspondencia es la idea de fundar en Zamora (la provincia de la que Ana procede y en la que reside en ese momento). De momento, se suspende la proyectada fundación. La razón la expondrá en otra carta, a D. Teutonio de Braganza, y es que está encontrando dificultades por parte del patrón que iba a financiarla.

Hace referencia en estas cartas Teresa a los amigos comunes, como son el P. Baltasar Álvarez, que fue confesor de la santa durante seis años. Teresa expresa su alegría porque Ana haya podido disfrutar de una estancia del jesuita junto a ella (23/12/74). Más tarde, en la última carta conservada (4/03/81) se lamenta de la pérdida del amigo, fallecido un año antes. También el dominico Báñez hace su aparición en las cartas. Teresa encarece a Ana el bien que le hace su predicación, y se queja de lo ocupado que está y el poco tiempo que tiene para disfrutar de su compañía (23/12/74). En otra ocasión (4/03/81), aparece el nombre de Báñez para congratularse por la obtención de la cátedra de prima de Salamanca, un hecho sucedido un mes antes.

Son muchos los nombres propios que desfilan en esta escasa muestra de cartas que nos han llegado. Ello nos habla de una relación que se ha establecido a través de una amplia red de personas. Religiosos como García Manrique o los anteriormente mencionados, obispos como D. Álvaro de Palencia; también seglares, amigas comunes (doña Guiomar, doña María de Mendoza, don Juan Antonio…), hermanas carmelitas (Estefanía, Casilda, Antonia del Espíritu Santo, María Bautista…).

El tono de confianza, a pesar de la etiqueta del tratamiento, se percibe en la libertad con que Teresa se expresa, por ejemplo, sobre el tema de la separación entre calzados y descalzos. Acaba de lograrse la creación de la provincia descalza independiente, y Teresa se hace eco de la alegría que esto ha producido también en Ana, sin duda por su vinculación al Carmelo (Cf. carta del 4/03/81).

Otro tema destacable es el de la generosidad de Ana: ella parece ser la promotora de la ayuda de trigo que el obispo proporciona a las monjas. También les acaba de regalar una imagen grande para el altar mayor de la iglesia del convento de Palencia, que se inauguró ese año de 1581. Y como es habitual, en el epistolario teresiano, no podían faltar las alusiones a la salud. Ana, unos diez años más joven que Teresa, tiene, al parecer, «poca salud», y Teresa, muy sensible ante este tema, se lamenta esos achaques de su amiga y la consuela.

Cabe terminar con una referencia a los elementos oscuros de estas cartas. En la primera, Teresa manda saludos a un personaje al que denomina “mi guardador”. Aunque se ignora a ciencia cierta quién puede ser, ya desde la primera edición de las cartas, anotada por el obispo Palafox, es interpretado como “algún hijo de esta señora, que quería ser custodia de la santa”.

En esa misma carta, queda sin saberse quién es un tal «don Juan Antonio» que Teresa afirma encomendar mucho a Dios.

Con respecto a la última carta, se menciona a un tal “don Luis”:

«Al señor don Luis beso las manos de su merced. Suplico a Dios le haga muy santo».

El P. Silverio apunta a que pudiera tratarse del “guardador”, hijo de Ana, mencionado en la primera carta. El mismo P. Silverio presenta a Ana Enríquez como esposa de “Luis Fernández de Córdoba”. Por su parte, Efrén y Otger Steggink, siguiendo a Silverio,  identifican a ese “don Luis” con el marido de Ana. Sin embargo, creemos que se trata de una confusión, puesto que, por distintas fuentes, comenzando por las relaciones del auto de fe de Valladolid (mayo 1559) y tablas genealógicas conservadas de la familia, aparece doña Ana como casada con Juan Alonso de Fonseca (o Mejía de Fonseca). Posiblemente, se trata de una confusión con doña Ana Enríquez de Cabrera y Mendoza (1561- 1607), que sí estuvo casada con Luis Fernández de Córdoba y Aragón-Folch de Cardona. No nos consta, a la vista del material consultado, que tampoco ninguno de los hijos de Ana se llamase Luis⁶, por lo que no podemos identificar esa referencia.

Aunque la carta que conservamos de 1576 es fragmentaria y dudosa, sabemos que la relación entre Teresa y doña Ana Enríquez se mantuvo durante esos años que median entre la primera (1574) y la última carta conservada (1581). Así, en una carta que la santa dirige a María Bautista en 1577 se lamenta de “los trabajos” que soporta su amiga Ana.

La España del XVI no perdonaba fácilmente a aquellos que se habían expuesto a la deshonra pública, como fue el caso de esta joven. Por eso, resulta más llamativa la relación, constatable a través de las cartas, entre Teresa y Ana, que aparece, como bien apunta el P. Tomás Álvarez, como «un modelo de fidelidad y aprecio, a pesar de las sombras sociales que pesaban sobre Ana»⁷. En una tabla genealógica de la familia Mejía, junto al nombre de Ana Enríquez se cita quiénes fueron sus padres, y al final, incluye este dato: “Es doña Ana, la de Cazalla”⁸. Perpetua memoria de la infamia.

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¹Historia de España. Dirigida por Ramón Menéndez Pidal. P. Luis Fernández y Fernández de Retana. España en tiempo de Felipe II. Madrid: Espasa Calpe. Vol I, p.522. Ya Francisco de Santa María había recogido esta tesis en su Reforma de los Descalzos de Nuestra Señora del Carmen de la primitiva obediencia, IV, III.

²Cf. BURRIEZA SÁNCHEZ, Javier, «La expansión de la compañía de Jesús en España bajo la mirada de francisco de Borja», en Francisco de Borja (1510-1572), hombre del Renacimiento, santo del Barroco, Gandía: CEIC Alfons el Vell; Institut Internacional d’Estudis Borgians; AC/E Acción Cultural Española, 2012, p. 324.

³Ana de Jesús, Informaciones de Salamanca, del año 1597, en Procesos de Beatificación y canonización, ed. del P. Silverio de Santa Teresa, O.C.D., tomo I, Burgos, Monte Carmelo, 1935, pp. 471-472.

⁴COLOMA, Luis, Jeromín, Ed. Mensajero, Bilbao, 1921, p. 117.

⁵ DELIBES, Miguel, El hereje, Barcelona, Ediciones Destino, 1998, pp. 477-78.

⁶Cf. Tabla genealógica de la familia Mejia, señores de Villasbuenas y Avedillo, Real Academia de la Historia — Signatura: 9/303, fº 124. — Signatura antigua: D-28, fº 124. Disponible en Internet: http://bibliotecadigital.rah.es/dgbrah/i18n/consulta/registro.cmd?id=51536. Los nombres que figuran como hijos del matrimonio son: Alonso de Fonseca y Toledo, Luisa de Rojas, Mayor de Fonseca, Baltasar de Rojas y Juan Mejía de Fonseca.

⁷ÁLVAREZ, Tomás, Comentarios a las “Cartas” de Teresa de Jesús, Burgos, Monte Carmelo, 2012, p.103.

⁸Cf. Tabla citada en la nota 6.

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