Teresa, una vida marcada por los libros

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La vida de Teresa de Jesús está, desde su infancia, asociada al mundo de los libros. Ella misma va narrando, en el Libro de la Vida, los episodios de su historia trenzándolos con la lectura de diferentes libros. Las vidas de santos (Flos Sanctorum) la llevarán de niña a desear el martirio y salir en su busca. Frente a su padre, que leía «buenos libros», Teresa adolescente, junto con su madre, que le inoculó esta pasión, leía libros de caballerías. Fueron tan importantes estos libros que le llevaron a «…gastar muchas horas del día y de la noche en tan vano ejercicio, aunque escondida de mi padre. Era tan en extremo lo que en esto me embebía, que, si no tenía libro nuevo, no me parece tenía contento» (V 2, 1).

El primer biógrafo de la Santa, Francisco de Ribera (1590) recogía incluso este dato, del que se ignora su historicidad:

Diose, pues, a estos libros de caballería, sino de vanidades, con gran gusto, y gastaba en ellos mucho tiempo; y como su ingenio era tan excelente, así bebió aquel lenguaje y estilo, que dentro de pocos meses ella y su hermano Rodrigo de Ahumada compusieron un libro de caballerías con sus aventuras y ficciones, y salió tal, que habría harto que decir de él¹.

Más adelante, tras leer las Epístolas de S. Jerónimo, Teresa decide su vocación religiosa, y otro libro, el Tercer Abecedario, de Francisco de Osuna, será el que la inicie en la oración mental. La propia conversión de Teresa de Jesús, según ella narra, está muy vinculada a la lectura de las Confesiones de S. Agustín. Siempre otorgó una enorme importancia a los libros, y ya como fundadora, dejará señalado en las Constituciones:

Tenga cuenta la priora con que haya buenos libros, en especial Cartujanos, Flos Sanctorum, Contemptus Mundi, Oratorio de Religiosos, los de fray Luis de Granada, y del padre fray Pedro de Alcántara, porque es en parte tan necesario este mantenimiento para el alma, como el comer para el cuerpo. (Const. 8)

Un momento clave en el proceso de Teresa de convertirse en escritora fue la publicación del Índice de Libros Prohibidos de 1559, por el Inquisidor General Fernando Valdés. Su objetivo era evitar la lectura tanto de la Biblia en lengua vernácula, como de los libros de espiritualidad sospechosos de contaminación con doctrinas heréticas. En el Libro de la Vida, Teresa se lamenta por esta prohibición:

Cuando se quitaron muchos libros de romance, que no se leyesen, yo sentí mucho, porque algunos me daba recreación leerlos, y yo no podía ya, por dejar los [escritos] en latín, me dijo el Señor: No tengas pena, que yo te daré libro vivo. Yo no podía entender por qué se me había dicho esto, porque aún no tenía visiones; después, desde a bien pocos días, lo entendí muy bien, porque he tenido tanto en qué pensar y recogerme en lo que veía presente, y ha tenido tanto amor el Señor conmigo para enseñarme de muchas maneras, que muy poca o casi ninguna necesidad he tenido de libros. Su Majestad ha sido el libro verdadero adonde he visto las verdades. ¡Bendito sea tal libro, que deja imprimido lo que se ha de leer y hacer de manera que no se puede olvidar! (V 26, 6).

No es difícil descubrir, tras esta lamentación, una crítica a la Inquisición, a su manera de proceder, enmendada por el propio Cristo, que, ante la pérdida de lo más preciado de la biblioteca de Teresa, se convertirá para ella en libro vivo, en libro verdadero, lo que propiciará la transformación de esta mujer, de lectora, en escritora.

La experiencia mística seguirá ligando su vida a la literatura, por varias razones. En primer lugar, lo extraordinario de los fenómenos experimentados hace que se busque luz en libros espirituales:

Mirando libros para ver si sabría decir la oración que tenía, hallé en uno que  llaman Subida del Monte, en lo que toca a unión del alma con Dios, todas las señales que yo tenía en aquel no pensar nada, que esto era lo que yo más decía: que no podía pensar nada cuando tenía aquella oración. Y señalé con unas rayas las partes que eran, y dile el libro para que él y el otro clérigo que he dicho, santo y siervo de Dios, lo mirasen y me dijesen lo que había de hacer. (V 23, 12)

Además de leer y buscar luz en los libros, los presta a otros, para orientarles en el camino de la oración:

Como las veía amigas de rezar, las decía cómo tendrían meditación, y les aprovechaba y dábales libros; porque este deseo de que otros sirviesen a Dios, desde que comencé oración, como he dicho, le tenía (V 7, 13).

Y, más adelante aún, valorará el dejar escritas sus vivencias. Poner por escrito es otorgar reconocimiento a lo que sucede y confirmar su realidad. Y buscará ponerlos en manos de “letrados” (los teólogos) para que juzguen la veracidad de su experiencia.

………………

Este texto forma parte de un artículo más amplio. Lo puedes leer en este enlace


¹RIBERA, Francisco de, Vida Santa Teresa de Jesús, Gustavo Gili, Barcelona, 1908, p.100.

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