Nuestra Teresa

 

OG3XkpUMzPagjQjYRlIExA_rCarmen Castro de Zubiri

Nuestra Teresa de Ávila. Nervios domeñados, alma tirante so­bre la tierra que se deja mal pisar, camino de Dios siempre, con nuevo andar, descalzo el pie y abierta la sonrisa. Bajo la planta al aire el suelo es apoyatura recia, incitación a la alzada más ágil.

En este caminar vio Teresa juntarse la tierra con el cielo, línea cárde­na de poniente, y oyó el grito meridiano, plenitud de gloria en la tierra vertida a Dios. Ella conoció a Dios vertido al alma de sus criaturas. El silencio sonoroso por ella escuchado nos lo repite con palabras de mujer llanas, auténticas; palabras que servirían para cualquier otro decir, juntadas por la Santa para que en su explosión luminosa manifiesten a Dios. Y no se diga que otros místicos o angélicos doctores se valieron de los mismos conceptos antes que ella. Ninguno los fraseó como ella.

Después de Teresa es muy fácil contar la vida por de dentro en español. Después de Teresa es sencillo manejar entreverado lo cotidiano y lo extramundano. Después de Teresa, sí. Lección hoy tan aprendida que hasta olvidamos el tiempo en que no la sa­bíamos.

Hay, cierto, una pervivencia de los Santos todos dentro de la Iglesia, Pero no todos están abiertos a posibles convivencias. Te­resa, sí. Por cualquier esquina del día salta de pronto viva y huma­na siempre, milagrosamente sincronizada con nosotros. No es ex­traño en la mujer que de por vida se mantuvo a tono, consciente de que desentonar era resquebrajar la propia feminidad. Se abre la Vida, y Teresa se llega a estar con nosotras, precedida por esas frases suyas que de pronto borran distancias. («Porque me traía molida tanto andar con gente….» ¿Quién no tiene sonrisa para acoger a esta mujer Santa?)

Santa y sabia era Teresa. Para saber lo que es una mujer no se busquen estudios psicológicos de científicos con muchas iniciales y punto antes del apellido, ni memorias de don Juanes, ni histo­rias rabiosamente sinceras, ni elogios y reprobaciones ya clásicos, ni ademanes apasionados rimados en verso por pluma de mujer.

Búsquese la prosa llana de Teresa. Entonces se sabrá cómo somos las mujeres, idénticas hoy a como fuimos siempre, tal como Tere­sa nos escribe, sin que falte punto ni coma: ni buenas, ni malas, especiales, curiosas. Materia prima buena, porque si no se cierra, y si cierra la puerta al diablo, puede tener a Dios presente los días de la vida, contemplando cómo Dios hace la gozosa conversión a El de cuanto no es El.

Milagrosa es la ciencia de Dios que hay en Teresa, pero no la ciencia de la mujer. Ganó esta ciencia esforzándose por entender las almas, a fuerza de respeto y asombro ante las criaturas.

Amiga más a mano que esta Santa no tenemos las mujeres, digo, quienes la tengan «en piel» o «en rústica», que de todas ma­neras es genial mujer, mujer admirable. Teresa inventó un nuevo calzado para mejor pisar los caminos de Dios. Inventó una prosa para mejor decir su vida con Dios. Permaneció presente a Dios, y no negó su presencia de mujer a la vida. Por eso no todas las San­tas son tan humanamente asequibles como Teresa, la niña—ado­lescente que quemaba sábanas por leer «Caballerías»; la chiquilla que con su andar menudito pensó encontrar el martirio entre moros grandones; la mujer madura que increpó a Juan de la Mi­seria porque no la había retratado bastante favorecida.

Nosotras, las mujeres, Ed. Revista Agustiniana, 2001, pp. 383-4

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2 thoughts on “Nuestra Teresa

  1. Muchas gracias por este magnífico blog, interesante por los contenidos y presentación de los temas relacionados con Santa Teresa. Supone un gran enriquecimiento personal.

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