Doña Luisa de la Cerda, «mi señora y amiga» (II)

casa de la mesaDurante la primera estancia en el palacio de doña Luisa, en 1562, Teresa pudo contactar con personas destacadas del ambiente espiritual castellano, como Pedro de Alcántara, franciscano reformador o la beata carmelita María de Jesús Yepes, fundadora del convento de la Imagen en Alcalá, según la regla primitiva. Un encuentro providencial fue también el que vivió con María de Salazar, futura carmelita descalza, y entonces dama de doña Luisa. La joven quedó cautivada por la personalidad de Teresa y comenzó a fraguarse en ella una auténtica vocación al Carmelo. Más adelante, se convertirá en una de las más destacadas figuras del teresianismo primitivo. Tomará el hábito en 1570 en Malagón.

La santa recuerda también algunos sinsabores de aquel paso por el palacio: «no estuve libre de trabajos y algunas envidias que tenían algunas personas del mucho amor que aquella señora me tenía. Debían por ventura pensar que pretendía algún interés» (V 34, 5).

Pero fue un tiempo provechoso. Teresa dedicó esos meses a redactar la versión definitiva del Libro de la Vida, con idea de hacérselo llegar al maestro Juan de Ávila, a fin de que este experto en vida espiritual dijera una palabra de autoridad sobre su experiencia mística. También doña Luisa de la Cerda sería la encargada de hacerle llegar al apóstol de Andalucía esta primera obra teresiana.

Fundación de Malagón

Entrada a Malagon (1)En 1568, Teresa regresa a Toledo. Ya es fundadora de dos monasterios, el de Ávila y el de Medina del Campo. Ahora, doña Luisa le pide que funde uno en su señorío de Malagón (Ciudad Real), una pequeña villa que no daba para vivir de limosna, con lo que Teresa ha de aceptar fundar con renta. Llega al palacio a firmar las escrituras de la nueva fundación. El nuevo Carmelo quedaría erigido de manera provisional en una casa pobre de Malagón. Más tarde, en 1579, Teresa regresaría para dirigir las obras de la nueva vivienda.

De las siete cartas que se conservan dirigidas a doña Luisa, seis son del año de esa fundación, 1568. Las cuatro primeras no están dirigidas a Toledo sino a Antequera (Málaga). Allí, la dama acude con su hijo Juan Pardo y un grupo de acompañantes, en busca de ciertas aguas con propiedades medicinales, las de Fuente de Piedra, con el propósito de lograr la curación del joven. Doña Luisa lleva la encomienda de entregar al maestro Ávila el autógrafo del Libro de la Vida. En el epistolario teresiano percibimos el nerviosismo de la santa, preocupada porque su confesor, el P. Domingo Báñez, puede descubrir la falta del libro, y porque doña Luisa no se apresta a hacer la entrega con la rapidez que ella quisiera. Teresa teme que el Maestro Ávila, de salud muy quebrantada, fallezca antes de recibirlo y dictaminar. Por eso, le insiste a su amiga de todas las maneras posibles, argumentando que se ha informado de que, desde Antequera, Montilla (Córdoba) está a solo una jornada de camino. Finalmente, logra su objetivo, y escribe nuevamente a doña Luisa, esta vez, exultante por el éxito de la empresa y la carta del P. Ávila, que la llena de consuelo y seguridad en su experiencia espiritual:

«Lo del libro trae vuestra señoría tan bien negociado que no puede ser mejor, y así olvido cuantas rabias me ha hecho. El maestro Ávila me escribe largo, y le contenta todo; solo dice que es menester declarar más unas cosas y mudar los vocablos de otras, que esto es fácil. Buena obra ha hecho vuestra señoría; el Señor se lo pagará, con las demás mercedes y buenas obras que vuestra señoría me tiene hechas. Harto me he holgado de ver tan buen recaudo, porque importa mucho; bien parece quién aconsejó se enviase» (2 noviembre 1568).

Fundación de Toledo

carmelo ToledoAl año siguiente, 1569, Teresa volverá a encontrarse con su amiga a raíz de la nueva fundación en Toledo.  En esta ocasión, todo son dificultades para fundar: no se quiere conceder el permiso, a pesar de que existe renta, ni se encuentra quien alquile casa…hasta doña Luisa parece desentenderse y no ayudar a su amiga. La razón, Teresa la sospecha:

«En los días que había tratado de la fundación con Alonso Álvarez, eran muchas las personas a quien parecía mal, y me lo decían, por parecerles que no eran ilustres y caballeros, aunque harto buenos en su estado -como he dicho-, y que en un lugar tan principal como éste de Toledo que no me faltaría comodidad. Yo no reparaba mucho en esto, porque, gloria sea a Dios, siempre he estimado en más la virtud que el linaje» (F 15, 14).

Y Teresa se lamenta de cómo doña Luisa, con tantas influencias y dinero, no la socorrió. Los prejuicios de casta (se trataba de una fundación financiada por conversos) se impusieron a las leyes de la amistad. Con todo, la fundación se acabó realizando, y la santa intenta disculparla:

«Parecerá imposible, estando en casa de aquella señora que me quería tanto, entrar con tanta pobreza. No sé la causa, sino que quiso Dios que experimentásemos el bien de esta virtud. Yo no se lo pedí, que soy enemiga de dar pesadumbre; y ella no advirtió, por ventura» (F 15, 13).

Amigas

casa_de_mesaEl epistolario teresiano ofrece interesante información sobre la relación entre ambas mujeres. Teresa presenta una necesidad, y doña Luisa no siempre se muestra diligente en su respuesta. Obedece a sus propios criterios e intereses. Así se observa en el tema de la vivienda de las monjas de Malagón. Durante diez años vivieron “provisionalmente” en un caserón, y Teresa reclama de vez en cuando a doña Luisa que remedie la situación: «Yo me voy a Toledo y pienso no salir de allí hasta que doña Luisa dé algún medio en esta casa. Ahora dice enviará un oficial aquí, mas harto tibiamente». En otra ocasión, Teresa se muestra optimista respecto a la generosidad de su amiga: «Ayer estuvo acá doña Luisa, y pienso acabaré con ella que dé cuatro mil ducados este año, que no había de dar sino dos mil». En una carta a Gracián le habla claramente de su contrariedad sobre el lugar de la fundación: «Un mensajero hice luego a doña Luisa; esperándole estoy y determinada, si no lo hace bien, de procurar las pase a la casa que tiene en Paracuellos, hasta que aquí la haga, que está tres leguas de Madrid y dos de Alcalá, a lo que me parece, y muy sano lugar, que allí quisiera yo harto hiciera el monasterio, y nunca quiso (…) En fin, si ahora no responde bien, iré a Toledo para que la hablen algunas personas, y no saldré de allí hasta que de una manera o de otra se remedie esto».

También Teresa busca a doña Luisa como intermediaria en varios asuntos. Así, trata de hacer valer su influencia (y la de su hermano Fernando de la Cerda) para encontrar un trabajo a su cuñado Juan de Ovalle. Observemos su gran visión práctica:

«Tengo poco lugar para hacer esto, y así solo diré que tengo harto cuidado de ese negocio. Dos veces he escrito a la señora doña Luisa, y ahora la pienso escribir otra; ya me parece tarda. Cierto, he puesto y pongo lo que he podido. Haga Dios lo que es mejor para la salvación de vuestras mercedes, que es lo que hace al caso. No hay para qué enviarla nada, que he miedo sea todo perdido; antes me pesa de lo que se gastó en ir a Toledo, de que no veo nada. A su hermano no sería malo hacer alguna gracia, que en fin es amo, y no se pierde nada, que ellos no la saben hacer si no piensan sacar algo».

También se busca la mediación e influencia de doña Luisa para conseguir permisos fundacionales del Padre General (o del Papa), a través del tío de su yerno, Juan de Zúñiga, embajador de España ante la Santa Sede:

«…el doctor Velázquez […] hame mandado por vía de la señora doña Luisa, por vía del embajador, procure se alcance del general, y si no del Papa. Dice que le digan que son espejos de España, que él dará la traza».

Teresa se vale también de los contactos de su amiga para saber de su Libro de la Vida, retenido durante años por la Inquisición:

«De mis papeles hay buenas nuevas. El inquisidor mayor mismo los lee, que es cosa nueva (débenselos haber loado); y dijo a doña Luisa que no había allí cosa que ellos tuviesen que hacer en ella, que antes había bien que mal; y díjola que por qué no había yo hecho monasterio en Madrid. Está muy en favor de los descalzos; es el que ahora han hecho arzobispo de Toledo. Creo que ha estado con él allá en un lugar doña Luisa y llevó muy a cargo este negocio, que son grandes amigos, y ella me lo escribió. Presto vendrá y sabré lo demás» (A Lorenzo de Cepeda, 27-28 febrero 1577).

En abril de 1582, a tan solo unos meses de su muerte, menciona Teresa a doña Luisa en una carta a Ana de los Ángeles, a quien le pide que le escriba en su nombre, solicitando ayuda para la apertura del nuevo monasterio en Madrid.

Pero no todo son peticiones. También Teresa se acuerda de ella cuando le llega algún producto exótico del Nuevo Mundo enviado por María de San José desde Sevilla, algún dulce o algún regalo curioso que ella guarda para la señora que tanto les favorece:

«Hoy ha estado acá doña Luisa y le di de ellos [confites], que, a pensar yo que los tenía en tanto, se los enviara en su nombre, que con cualquier cosa se huelga mucho, y más bien parece a nosotras dar poco a estas señoras» ( A María de San José, 26 de enero 1577).

«Espantadas tiene estas monjas de lo que me envió. Vino para poderse comer, y lo demás muy lindo, y los relicarios lo son. El grande es mejor para la señora doña Luisa, que se ha aderezado muy bien, que vino quebrado el viril; pusimos otro y en el pie un molde» (A María de San José, 28 de febrero 1577).

Los “trabajos” de doña Luisa

arespardo«Harto siento sus trabajos». La vida familiar de doña Luisa está marcada por la pena y la desgracia. Desde que se conocieron, a raíz de la muerte del esposo Ares Pardo, la muerte no ha dejado de visitar ese hogar. Muchas de las alusiones a la amiga toledana en las cartas expresan el dolor ante las dificultades que vive. Así, sabemos de la muerte del hijo mayor, D. Juan Pardo, a los 21 años, después de haber buscado su salud con los remedios a su alcance, como el viaje a las aguas de Fuente de Piedra. Todo inútil.

En abril de 1577, en carta al P. Ambrosio Mariano, comenta Teresa: «¿Qué le parece del trabajo de la señora doña Luisa? Está ella y su hija bien afligidas. Encomiéndelas a Dios». Acababa de fallecer el primer marido de doña Guiomar, la heredera de la familia, que morirá después de tres matrimonios, sin hijos.

Doña Guiomar se había desposado en 1574 con Juan de Zúñiga, hijo de don Luis de Requesens¹, comendador mayor de Castilla. El muchacho era mucho más joven que ella y hubieron de esperar a que este cumpliera los 17 años para el matrimonio o velación, que no tuvo lugar hasta dos años más tarde, como encontramos reflejado en las cartas de Teresa a María de san José: «Doña Guiomar se ha velado hoy» (octubre 1576). El marido moriría al año siguiente.

Y a Jerónimo Gracián, un año más tarde, le escribe en estos términos: «A doña Luisa de la Cerda se le ha muerto la hija más pequeña, que me tiene lastimadísima los trabajos que da Dios a esta señora. No le queda sino la viuda» (abril 1578). Había fallecido Catalina, la hija menor, aún soltera.

También encontramos una alusión al afán de la familia por tener descendencia, ahora ya del segundo matrimonio de doña Guiomar, con Juan Enríquez de Guzmán y Toledo, conde de Alba de Liste. Así, Teresa le pide a la priora que Sevilla que rece para que Dios «dé sucesión a doña Guiomar -que es lástima cuál está madre e hija de que no la tiene y tómenlo muy a cargo, que bien se lo debe-. Es muy buena cristiana; mas esto tómanlo con gran fatiga». El pesar de doña Guiomar y de su madre, esa “fatiga” de que habla Teresa no pudo verse trocada en gozo con el nacimiento de un hijo, ni de este ni del tercer matrimonio. Doña Guiomar moriría como último miembro de la familia, extinguiendo así la línea Pardo-Tavera, en 1622.

Leer la primera parte de este artículo en este enlace

……………………………….

¹Cf. MOREL-FATIO, Alfred, «La Vie de D. Luís de Requesens y Zúñiga» en: Bulletin Hispanique. Tome 6, N°3, 1904. pp. 195-233.
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