El castillo de Teresa y la piedra de Szymborska

big_stone«Quisiera compartir con vosotros una pequeña experiencia de lectura. Cayó en mis manos días atrás un texto de una poetisa polaca que falleció el año pasado: Wislawa Szymborska, que muchos de vosotros conoceréis porque obtuvo el premio Nobel de literatura en 1996. El poema se titula “Conversación con una piedra”:

Llamo a la puerta de una piedra.
—Soy yo, déjame entrar.
Quiero penetrar en tu interior,
echar un vistazo,
respirarte.

—Vete —dice la piedra—.
Estoy herméticamente cerrada.

Y, al final, dice: “No tengo puerta”. Me ha impresionado, me ha  llamado la atención, porque aparentemente, no hay nada más distante que la poesía de Szymborska y el castillo de Teresa. Son cosas muy alejadas. Pero, en realidad, esta distancia nos ayuda a entender algo fundamental, como es que no podemos dar por supuesto el pretender entrar en una realidad y conocerla desde dentro. No es evidente que la realidad tenga una puerta a través de la cual se pueda pasar de la superficie a la profundidad, del exterior al interior. Y eso es exactamente lo que Teresa nos propone. Ella compara el alma con un diamante, una piedra, sí, pero una piedra preciosa, un cristal bellísimo. Y también Teresa sabe que es muy difícil penetrar, que es fácil quedarse en la superficie, en la grosería del engaste –como dice ella. Pero hay una puerta que nos permite entrar en este castillo de diamante o de cristal, y es —dice Teresa— la oración. Pero, ¿qué significa en su lenguaje y en su experiencia esta idea: que la oración es una puerta para entrar en este castillo del alma? Y Teresa nos dice que es entrar en relación con otro, en algún modo, salir de nosotros mismos para entrar en otro. Es decir, la puerta de entrada —para entrar dentro de nosotros— es, en realidad, una puerta de salida. Es la puerta que nos da acceso al otro. Mi poetisa polaca no dice una cosa tan diferente cuando en esa misma poesía, la piedra explica  a la persona que quiere entrar por qué no puede entrar, con estas palabras:

-No entrarás –dice la piedra-.

Te falta el sentido de la participación.
Y no existe otro sentido que pueda sustituirlo.
Incluso la vista omnividente
te resultará inútil si eres incapaz de participar
No entrarás; ese sentido, en ti, es sólo deseo,
mero intento, vaga fantasía.

Este término: participar, compartir, ¿no podría ser otro nombre de aquello que Teresa llama oración? ¿Y si la transformación que se produce en el interior del castillo no fuese otra cosa que un compartir cada vez más? Aprender el sentido de compartir y participar de la realidad, del otro. Creo que estas son las novedades que nos sorprenden si nos acercamos a Teresa con nuestras inquietudes, con nuestra búsqueda espiritual de  personas del siglo XXI».

Palabras pronunciadas por el P. Saverio Cannistrá, prepósito general de los carmelitas descalzos, el 2 de septiembre de 2013, en el marco de la inauguración del IV Congreso Internacional Teresiano de Ávila, dedicado a las Moradas.

Texto completo del poema Conversación con una piedra

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6 thoughts on “El castillo de Teresa y la piedra de Szymborska

  1. Ya son unas cuantas veces las que he rondado el post y he entrado para releer el poema. Desde el principio me resultó atractivo y desconcertante. Yo soy piedra, tú eres piedra. Yo intento entrar en la piedra. Hay, o no hay, puerta. Sentido de la participación. A lo mejor me caliento demasiado la cabeza y al fin no era más que una licencia estética. Un poco tarde para preguntar a la autora…

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    1. Lo hermoso de la poesía es la pluralidad de lecturas, todas lícitas, en tanto que suscitadas por el verso. Ese diálogo siempre es fecundo. Gracias por detenerte en el texto, y compartir tu experiencia.

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  2. Llamóme poderosamente la atención el compartir precioso y primero de nuestro P. General, sobre un poema de Wislaw Szymborska, como pórtico al fantástico Congreso teresiano que en estos días a tantos nos ocupa.

    Conversaciones con una piedra presenta una naturaleza -y su realidad-, separada, dividida (la piedra, la hoja, la gota de agua…) inaccesible al conocimiento verdadero y la conciencia. Pero tal entendimiento sugiere una irrealidad de incomprensión opaca y ciega: Las piedras gritan ( Jesús, respondiendo, les dijo: Os digo que si éstos callaran, gritarán las piedras. Lc 19,40). Las piedras cantan en el riachuelo y proyectan sus menhires megalíticos al espacio anhelando un infinito comunicado. Las piedras se impregnan de odio en paredes que respiraron violencia y devuelven fantasmas; o se empapan de fe amorosa y fervor creyente en espacios sagrados de templo y catedral revirtiendo en paz serena y sosiego de alma…

    Las piedras, aparentemente inertes, están vivas. Si la entraña de la piedra pagana se abrió al mágico “abra-cadabra” de Alí babá para descubrir sus tesoros, qué no hará, pues, la oración, para horadar el diamante del alma… Con puerta o sin ella la oración traspasa, atraviesa toda materialidad e inmaterialidad y descubre tesoros ocultos de amor de Dios, gloria plena de su Majestad. La oración por ello puede ser alas, y llave, y la misma puerta. Es resonancia capaz de conmover cualquier estructura molecular, por dura y rígida que sea, porque toda criatura, animada o inanimada (solo inerte en apariencia) guarda en los átomos de su corazón el rastro de la huella del Dios Creador, su retenida energía que la oración hace vibrar al mismo son.

    No estamos separados del Universo (que remite a Dios); pensar esto es ilusión y engaño de apariencia como bien conocía hermano Francisco, el santo de Asís; como bien percibía el enamorado Juan, el santo de la Cruz que buscaba en las criaturas noticias y rastro del Amado; como bien sabía nuestra hermana Teresa, la santa de Jesús, que hizo de la naturaleza ermita y de la oración paso y centro de la propia vida ( “sin este cimiento fuerte todo edificio va falso”) capaz de rendir fortalezas, diamantes, castillos, y al mismísimo amor de Dios.

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