El proyecto teresiano sigue vivo

descalza Pedro Paricio Aucejo

La prensa generalista –centrada como está sobre todo en el seguimiento de la actualidad mundana– no suele recoger noticias relativas a las profesiones religiosas. Sin embargo, de vez en cuando nos sorprende con información detallada de alguna de ellas. Tales son los casos que detecté en agosto y septiembre del año pasado en los periódicos Diario de Navarra y Las Provincias respectivamente.

En el primero de ellos se informaba que Akiko Tamura, cirujana torácica de treinta y siete años–ejerciendo hasta el momento su profesión médica con brillantez en la Clínica Universitaria de Navarra–, abandonaba el bisturí y la bata de quirófano para entrar, como monja de clausura, en el monasterio de las Carmelitas Descalzas de Zarautz, en Guipúzcoa. Según sus declaraciones, aseguraba que se sentía encantada con su trabajo pero, cuando un jueves santo iba tranquilamente en el coche, de repente en medio de su corazón notó con claridad que Dios le pedía ser carmelita descalza. No oyó voces ni tuvo visiones, solo sintió paz y un inmenso amor de Dios. Reconocía que no tenía pánico con respecto a la decisión tomada, pues, aunque evidentemente suponía desprenderse de una serie de bienes de su vida actual, lo hacía pensando en que lo que ganaba era mucho mayor. Y afirmaba que, si hasta ahora se había dedicado a curar cuerpos, en adelante se dedicaría a salvar almas.

Por su parte, el rotativo valenciano se hacía eco de que Teresa Gil Poy, catedrática de instituto de Lengua y Literatura, de 73 años, viuda, madre de dos hijos y abuela de siete nietos, profesaba como carmelita descalza en el monasterio de San Juan de la Cruz de Villar del Arzobispo. Enamorada de la mística de Santa Teresa y San Juan, ahora –en su nueva vida– se sentía inmensamente feliz. Tras el fallecimiento de su esposo fue plenamente consciente de todo lo que había recibido de Dios a través de su marido y de cómo el sentido esponsal que, desde joven, había querido dar a su vida podía continuarlo después de su pérdida: de ser esposa de un hombre excepcional en la tierra pasaría a ser esposa de Cristo, algo mejor aún.

Pero esas dos carmelitas, a las que sin duda en estos últimos meses, en los distintos carmelos del mundo, han seguido otras en su profesión solemne –entre ellas dos buenas amigas del monasterio de Puçol– son solo una mínima parte de un colectivo integrado en estos momentos¹ por diez mil monjas, cuatro mil frailes y más de cincuenta mil carmelitas seglares, a los que hay que sumar los miembros de los institutos religiosos de inspiración teresiana y las innumerables personas que, sin adscripción orgánica de ningún tipo, son atraídas en todo el mundo por la vida y la obra de la Santa de Ávila. Todos ellos son testigos de un carisma que –encontrando su referencia primera, en el orden temporal, en la vida de los antiguos eremitas del Monte Carmelo de Palestina y, junto a ella, su íntima vinculación al Evangelio– propone en la Iglesia una forma de vida basada en la experiencia espiritual de Teresa de Jesús. Esta propuesta no es otra que la del seguimiento e identificación con Cristo para alcanzar la contemplación de Dios y el amoroso servicio a Él y al prójimo.

Las notas esenciales que concretan este proyecto teresiano pueden reducirse sintéticamente a tres: el primado de Dios, la llamada a una experiencia orante y la vida en común. Siendo la primera de ellas la razón de ser, el sentido y la configuración de las otras dos, es, sin embargo, en estas últimas en las que se encuentra la originalidad del carisma teresiano. Así, “el núcleo del carisma de la Santa es la oración interior, la contemplación como actitud vital ante la realidad: mirar toda realidad con los ojos de Dios”². La oración se convierte para Teresa en la piedra angular de su empresa religiosa, de la que impregnará a sus hijas –ante todo– como ejercicio de amor que no se circunscribe a unos momentos concretos de la vida sino que la abarca en su integridad. La Orden nace de este impulso de relación mística, que cobra su verdadero sentido en cuanto participada en comunidad, al servicio de ella e implicada en la vida del mundo para sanarlo con el Evangelio de Cristo.

De ahí que este proyecto iniciado en el siglo XVI no esté agotado. No solo sigue estando vivo y produciendo abundantes frutos de vida, sino que es también actual, por cuanto que –encarnado en todo aquel que se siente destinatario de la experiencia espiritual de Santa Teresa– sigue abriéndose paso en el mundo para que este encuentre un espacio en el que servir al Señor y responder a las necesidades que los hombres han de afrontar en nuestra época.


¹Tanto para los datos cuantitativos que se mencionan a continuación como para la descripción del proyecto teresiano en la actualidad me he basado en lo expuesto por EMILIO J. MARTÍNEZ GONZÁLEZ (Vicario General de los Carmelitas Descalzos), en “Teresa de Jesús fundadora. Ayer, hoy y mañana de un proyecto necesario”, Revista de Espiritualidad, 2012(285), ps. 401-424.

²C. KAUFMANN, La fascinación de una presencia, Madrid, Editorial de Espiritualidad, 2007, pp. 186-188, referenciada por EMILIO J. MARTÍNEZ, op. cit., p. 412.


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