O´Connor y Teresa de Ávila

O'connorPedro Paricio Aucejo

Cuando San Agustín habla de la clasificación de los dones del Espíritu Santo, al situar al entendimiento en segundo lugar indica que es el don del que hay que partir para llegar al primero de todos, la sabiduría, verdadera luz del alma. Ahora bien, sin lugar a dudas, aquella facultad intelectual encuentra en la lectura uno de sus elementos más dinamizadores, sobre todo cuando esta versa sobre cuestiones de fe, pues, además de contribuir al proceso de formación de la persona, en dicho ámbito espiritual facilita el acceso al conocimiento de la trascendencia y humaniza nuestra creencia religiosa al darnos razones de ella. Este es el caso de lo sucedido con la escritora norteamericana Flannery O´Connor (1925-1964), empedernida lectora de, entre otras, multiplicidad de obras de escritores católicos, que, por sus circunstancias biográficas, llegaron a formar parte de su vida privada y, desde luego, de su larga y compleja familia intelectual.

Situada entre los mejores escritores estadounidenses del siglo XX, fue autora de dos novelas, decenas de relatos breves, ensayos, conferencias y gran número de entrevistas. Por ser nativa de Savannah (Georgia), se la estudia en el contexto de la literatura sureña de su país –junto con Faulkner, McCullers o Capote–, dentro del denominado ´gótico sureño´, un estilo que, haciendo uso de una trama melodramática, combina lo trágico con lo cómico e irónico. Aunque impregnada de una actitud ética profundamente humana, su narración –fría, cruda, concisa y exenta de sentimentalismo– describe el carácter y la vida de su tierra, pero trasciende al mismo tiempo este ámbito local al elaborar también ficciones de alcance universal. Su imaginario literario está enmarcado en un ambiente de marginación y miseria, que agita la conciencia del lector al llenar su ánimo del desasosiego de unos personajes grotescos, psicológicamente extraños, atormentados e inmersos en un mundo decrépito, sórdido y dominado por el odio, la violencia o la pobreza.

Esta coyuntura creadora es fruto fundamentalmente de tres coordenadas vitales: su penosa salud, su origen sureño y su condición católica. En cuanto a la primera, se le empezó a manifestar en 1951 la misma dolencia que llevó a su padre a la muerte, una enfermedad degenerativa crónica de carácter autoinmune –lupus erythematosus–, que le afectó sobre todo a los huesos de las piernas, obligándole a moverse con muletas y llevar una vida muy limitada hasta su fallecimiento. Sin embargo, su experiencia del dolor estuvo soportada por su fe católica, que además atravesó con su luz la mayor parte de su producción literaria. De temperamento enérgico, una vez que asumió esta situación, la aprovechó para llevar a cabo su mejor trabajo literario y disfrutar al mismo tiempo, en la granja que gestionaba su madre, de su afición por la cría de patos, gansos, pavos reales y otras aves exóticas. En esta vida aislada recibía visitas cada vez más numerosas de amigos y admiradores. Con ellos mantuvo además una gran correspondencia epistolar, que a su vez le propició la realización de algunos viajes puntuales, sobre todo a universidades.

En cuanto a las otras dos coordenadas que presidieron su genio artístico –tierra y religión– están paradójicamente relacionadas. Por una parte, O´Connor se sintió deudora, tanto en el plano personal como en el estrictamente literario, de su fe católica, ya que, entre otros beneficios, le permitió penetrar el misterio de la vida y considerar su propia obra como un don. Por otra, sería este mismo catolicismo que profesaba el que, con todo lo que ello supone socialmente, le hiciera sentirse una extraña en su propia tierra sureña, de mayoría protestante.

Sin embargo, sus gustos intelectuales no se limitan exclusivamente a la influencia de aquellos ámbitos de procedencia territorial y doctrinal sino que oscilan desde la de los ingleses Evelyn Waugh o Graham Green a los rusos Dostoyevski y Gogol o la de su contemporánea Virginia Woolf. No obstante, es cierto que en la correspondencia que durante dos décadas mantuvo con amigos, escritores y editores –publicada en castellano bajo el título El hábito de ser, en la que se evidencia la génesis y evolución de su tarea literaria–, las referencias dominantes son las de autores católicos de distintas épocas: Bernanos, L. Bloy, T. de Chardin, Gilson, Guardini, Juan de la Cruz, G. Marcel, Maritain, Newman, Peguy, E. Stein, Teresa de Ávila, etc.

En el caso de nuestra Santa, son tres las ocasiones en las que habla de ella en dicho libro. La primera, e][]n carta fechada el 30 de octubre de 1955, cuando hace referencia a dos artículos que tiene guardados en los que se trata la cuestión del falso misticismo, acerca del cual indica que “solo existe una respuesta”, y que ella “se puede encontrar en santa Teresa, san Juan de la Cruz …”. La segunda, en carta de 13 de julio de 1956, donde afirma haber leído el Castillo interior de Santa Teresa de Jesús. Y, en fin, la tercera, en carta de 27 de diciembre de 1956, al señalar que, al igual que su madre, ha “estado disfrutando enormemente del bello libro [Three Mystics] sobre santa Teresa, san Juan y el Greco”.

No es de extrañar, pues, que buena parte de la fusión que en la narrativa de O´Connor se produce entre lo terreno y lo espiritual es debida a la influencia de estas lecturas de Teresa de Ávila, hasta el punto que, como sucedió con la escritora castellana, ello hizo de la estadounidense, según testimonio de Gabriel Rodin, “una mística llena de buen sentido”, que “no se ocupó más que de cumplir del mejor modo la misión que le había sido atribuida aquí abajo”.

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2 thoughts on “O´Connor y Teresa de Ávila

  1. Todo un acierto la ilustracin, M Jos. Cada vez te pones ms alto el listn. Muchsimas gracias por la publicacin.

    Un cordial saludo. Pedro

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    1. Gracias a ti, por la oportunidad que nos das de conocer el eco de Teresa en tantas personas, una estela que no cesa y que nos habla del enorme peso de esta mujer en el mundo de la cultura y la espiritualidad.

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