Orar es regar con pozo, noria, río, lluvia…

Teresa sentía una gran atracción por el agua. Entre todos los momentos en que aparece este elemento de la naturaleza  en su obra, destaca el pasaje del Libro de la Vida  (caps. 11 a 23) donde compara los cuatro grados de oración con cuatro maneras de regar un huerto.

Teresa de Jesús tuvo la experiencia de la oración como camino. Fue aprendiendo a medida que fue andando. Y una cosa sacó en claro: quien se decide a orar, no puede parar, no puede volver atrás. Teresa descubre ese proceso maravilloso en el que la oración va metiendo al orante. Porque aquí sí que no hay camino: se hace camino al andar. Aquí sí que no interesa lo ya andado: apasiona lo que aún falta por recorrer.

3Teresa de Jesús tiene conciencia de cómo comenzó a recorrer ese camino llamado oración y de los pasos que fue dando. Es consciente del trabajo que realizó ella y de la gratitud con que Dios la acompañó.

A través de esta parábola ella nos explica el camino que debe recorrer el orante. Es la parábola del hombre que trabaja su huerto. Un huerto se extiende como tierra seca, agotada, sin agua. Un huerto tiene sed. Teresa está hablando del huerto del alma, y desde la experiencia, dice que hay cuatro maneras de regar el huerto. Cuatro maneras de saciar la sed de Dios. Cuatro maneras de llevar el agua a la tierra para que se vuelva fecunda, porque será el agua la que dé la vida al huerto. Aquí está el que inicia el camino de la oración, aquí está el hortelano, que tiene un pozo profundo y que el agua está allá, en el fondo, y que la única manera de regar el huerto es “sacar agua del pozo” pero a base de una cuerda y un balde y mucho esfuerzo, tesón, una y otra vez hasta cansarse, sube el agua y riega la tierra. Es un riego poco eficaz, es un riego donde el hortelano es el “protagonista”. Algo así pasa con el que comienza a orar. Por este proceso tiene que pasar, es como si todo dependiese de él, pero hay una cosa clara: la tierra comienza a estar regada, la vida comienza a aparecer en el huerto, el agua no queda allá lejos en el fondo del pozo. El hombre es el protagonista.

2Siempre cuesta comenzar a orar, cuando se ama y persevera, se avanza y así aparece la segunda manera de regar el huerto. Ahora el agua “la saca por medio de una noria”, el trabajo es más llevadero. La noria sube el agua con mas rapidez y eficiencia. El agua es más abundante, el huerto es regado con mas continuidad y el esfuerzo del hortelano es menor, hay menos esfuerzo y más agua. Él tiene que andar, tiene que dar vueltas, no puede parar, porque entonces no sube el agua, es el segundo paso en el camino de la oración. Dios ya ha entrado en el camino. Dios y el creyente, juntos, hacen el camino. El corazón del hombre se va abandonando a las manos de Dios. Cuenta con Él. Es la experiencia de la gracia y el esfuerzo humano. Es el saber que él pone un granito de arena y Dios hace la montaña. Es el saber que él tiene que estar atento , despierto, consciente, bien presente en su fe. es el saber que Dios es maravilloso, generoso, Padre, cuando el hombre se abre a Él y cuenta con Él. Tiempos de hombre. Tiempos de Dios.

El tercer paso en el camino de la oración es el de la “unión”. El hortelano ha abierto los ojos, tiene un luz nueva en su vida. El hortelano se ha dado cuenta que el agua puede venir de otros sitios. De que el pozo —su pozo— es pequeño. Abre los ojos y se da cuenta de que su huerto puede se regado más y mejor y con menor esfuerzo, con “agua del río”, la fuerza de la corriente es su ventaja. Todo es más fácil y fecundo. Y el agua empapa el riego y penetra la planta.

4En este paso en el camino de la oración, la acción es toda de Dios. “Dios es su gracia, manantial, corriente y río”. Dios inunda el corazón. El hombre se deja inundar por Dios. El hombre ama y se goza en amar a Dios. Es consciente de que Dios es la vida de su vida. De que Dios es el protagonista. De que “ya no es él quien vive, sino que es Cristo quien vive en él”. Casi ha perdido la orilla.

En este grado de oración se cumple aquello de Santa Teresa en que dice que “ la cosa no está tanto en pensar mucho sino en amar mucho” . El alma vuela. Le han nacido alas al corazón.

1Y la cuarta experiencia de Dios es que ni el pozo, ni la noria, ni el río son buen riego, pues el hombre tiene que preocuparse y poner siempre su esfuerzo. La cuarta experiencia es que ¡Dios se hace lluvia! . El hortelano ya no tiene que regar su huerto. Es Dios mismo quien envía la lluvia que cae por igual para todo el huerto y que empapa todo el suelo suave y constantemente. En otras palabras, Dios es el hortelano. Dios es el protagonista. Dios la riega. Dios la fecunda. Dios, con su amor, la va transformando, identificando con su Hijo. Dios es todo en su nada. La oración se convierte en una experiencia de amor. DIOS ORA AL ALMA. Es bueno recordar aquel texto de Teresa de Jesús: la oración es la puerta por donde Dios entra en el alma. Abierta esta —la de la oración— Dios se comunica con todas sus gracias; cerrada esta —la de la oración— Dios no se comunica ni sus gracias. En otras palabras: cerrar la puerta es dejar el huerto sin regar. Con otras palabra: abrir la puerta es regar el huerto yendo de menos a más, porque quien se empeña en regar —orar— tendrá un día la experiencia “de la lluvia”.

Eduardo Difrancesco

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