Vigencia del pensamiento teresiano según Corts Grau


Pedro Paricio Aucejo

Corts GrauEn 1982 –conmemoración del IV Centenario de la muerte de Santa Teresa de Jesús–, el prestigioso humanista valenciano José Corts Grau (1905-1995) obtuvo el Premio ‘Ávila’ con un trabajo que, años más tarde, se publicaría como libro bajo el título Actualización del pensamiento de Santa Teresa de Jesús en nuestra época¹. Sin pretender abarcar cabalmente su doctrina, y con la intención de que puedan servir al cristiano actual para orientar su vida, el autor se ciñe a estudiar en esta obra solo algunos puntos del pensamiento de nuestra doctora de la Iglesia. No es, sin embargo, una aventura literaria, sino la consecuencia natural de una auténtica pasión que alentó su existencia entera: el diálogo vivo con los más grandes autores de la espiritualidad cristiana de todos los tiempos y especialmente con la Santa de Ávila, con quien, en el plano personal, experimentó siempre una profunda cercanía espiritual.

Y esto es así porque, habiéndose formado con las principales figuras del pensamiento de su tiempo –Heidegger, Renard, Delos…–, la trayectoria intelectual de este catedrático de Derecho natural y Filosofía del Derecho en la Universidad de Valencia, de la que también fue rector, no quedó recluida en el ámbito de su disciplina académica. Además de conferenciante, colaborador en revistas y diarios y miembro de varias Reales Academias, extendió también la profundidad de su saber a áreas como el pensamiento filosófico político, la filosofía en general y la historia de esta en particular, proyectando su actividad profesional fuera del ámbito nacional, en forma de congresos internacionales y cursos monográficos desarrollados en diversos países del continente europeo e hispanoamericano. Pero, sobre todo, teniendo en cuenta la solidez de su catolicismo y la integridad de su personalidad, la presencia de esta publicación se da porque el conjunto de su obra está anclada en una perenne apertura a lo trascendente, que, en alguna de sus producciones –por el  talante meditativo de este profesor, dado al recogimiento interior–, alcanza un acusado perfil místico. Tal es el caso del libro en cuestión.

portada libro-En él, Corts Grau inicia su exposición analizando en Santa Teresa su sentido cristiano del hombre, de modo que, desde la altura del reconocimiento de la excelsa grandeza de nuestra alma –hecha a imagen de Dios–, la mística abulense considera el deber de perfección como un corolario práctico de aquella dignidad, que obliga a mantener el señorío del espíritu y abre al cristiano los horizontes de su filiación divina y su eterno destino. Más aún, este sentido cristiano de la vida trae consigo un lúcido y entrañable sentido de la muerte (vida es vivir de manera que no se tema la muerte… Los que de veras amaren a Dios y hubieran dado de mano a las cosas de esta vida, más suavemente deben de morir).

Por paradójico que parezca, esta concepción del hombre vino a consagrar la humildad y la abnegación como claves de la personalidad. La humildad (andar en verdad) arranca del conocimiento de sí mismo clarificado delante de Dios. Pero la revelación de haber sido creados a semejanza de Dios y de nuestra filiación divina suscitan una magnanimidad dispuesta a cumplir el mandato de perfección (no dejéis que se os encoja el ánima, que se podrán perder muchos bienes), que tiene su eje en la oración. La esencia de esta es el ordenamiento del alma a Dios, de modo que ha de llevarnos a ajustar la propia voluntad a la divina. La oración está llamada a actuar en el mundo la presencia de Dios (recia cosa sería que solo en los rincones se pudiera tener oración… El verdadero amante en todas partes ama), inervando las tareas más humildes y cotidianas (entre los pucheros anda el Señor).

En coherencia con ello, frente a versiones simplistas o aberrantes de la vida contemplativa, Santa Teresa puntualiza que mientras más adelante están en esta oración, más acuden a las necesidades de los prójimos. El contemplativo no se siente mejor que los demás, sino más obligado por la predilección divina. La vida contemplativa va unida al anhelo de perfección, que es amor de Dios y del prójimo. Este amor –que, conforme va abrasando el alma, la libera de inquietudes mundanas– se compenetra afectivamente con un cierto temor fiel (para aprovechar mucho en este camino está la cosa en la mayor determinación de desear contentar en todo a Dios y procurar, en cuanto pudiéremos, no ofenderle… Procurad caminar con amor y temor: el amor os hará apresurar los pasos, el temor os hará ir mirando adónde ponéis los pies para no caer).

En definitiva, si la complejidad y el ajetreo de la civilización de nuestros días van parejos con las andanzas biográficas experimentadas por la Santa de Ávila –y teniendo en cuenta, sobre todo, que Dios no se muda–, cabría concluir con Corts Grau que la vigencia del pensamiento teresiano expuesto es imprescriptible, pues Teresa de Jesús llegó a la clara visión de lo esencial en nuestra fe: pasar por el mundo sin ser del mundo, en búsqueda comprometida de la fuente de agua viva que riega todo lo existente.


¹Valencia, Fundación Universitaria San Pablo C.E.U., 1997, 117 pp.

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