La originalidad mística teresiana vista por Cilveti

cikvetiPedro Paricio Aucejo.

Con sus 210.000 habitantes, la ciudad norteamericana de Rochester, en el Estado de Nueva York, goza de una floreciente vida universitaria. Entre otros respetados centros docentes, destaca la Escuela de Música de Eastman, el Instituto Tecnológico y la Universidad del mismo nombre que la población, en la que ha ejercido como profesor el filólogo español Ángel L. Cilveti. Experto en autos sacramentales de nuestro Siglo de Oro –especialmente estudioso y editor de ´La vida es sueño´ de Calderón de la Barca–, acometió también en su día el ámbito de otra producción literaria señera de aquel período de esplendor cultural y religioso: la literatura mística.

Así,  en su libro Introducción a la mística española¹ lleva a cabo un análisis total y abarcador de las diferentes místicas que preceden (sufismo, cábala, cristianismo medieval, ´devotio moderna´…) y confluyen en las grandes obras con que culmina el cuerpo doctrinal de esta corriente de espiritualidad. Es en este contexto en el que cabe situar la obra de Santa Teresa de Jesús –junto a la de San Juan de la Cruz– como cima del misticismo occidental. Su creación representa el clasicismo de la mística católica: la unidad perfecta de experiencia, doctrina y expresión literaria iniciada en la producción mística de épocas anteriores.

Según este autor, la aportación principal de nuestra Santa a la historia de la mística consiste en la descripción que ella hace de los grados de oración. La originalidad de la carmelita castellana presenta tres aspectos: de propósito, de ideas y de imágenes. En cuanto al primero, declara la Santa que escribe para “dar a entender cómo son” las mercedes místicas con el fin de que la entiendan sus confesores y aprovechen sus monjas. En los místicos anteriores conocidos por ella falta el afán por declarar con la mayor exactitud los fenómenos íntimos. Pero el Señor no solo le concede las mercedes místicas nunca descritas, sino también el modo de declararlas (veo claro que no soy yo quien lo dice, que ni lo ordeno con el entendimiento ni sé después cómo lo acerté a decir… Su Majestad ha sido el libro verdadero donde he visto las verdades). La Santa posee como nadie la ´merced´ de saber declarar las mercedes místicas y el deseo de declararlas.

El cómo detallado de las mercedes místicas exige movilidad de ideas e imágenes, mejor que símbolos estables. La intuición mística de Santa Teresa necesita el afán de revelar con máxima exactitud el cómo de su experiencia interior, hasta el punto que, a la hora de su narración, se ve obligada a ensayar diferentes planos descriptivos para diferentes estados de progreso místico y, dentro de cada uno de esos planos, movilidad de ideas e imágenes que capten los matices (castillo, gusano y mariposa, brasero encendido, bodega…). Se trata de modos de contar los grados de oración.

Pero las divisiones de la oración que da en la Vida, el Camino y las Moradas son un tanto diferentes. Tomando las Moradas como expresión de la madurez mística teresiana, podremos ver en los grados de oración descritos en esa obra la concepción mística definitiva de la religiosa de Ávila: meditación, recogimiento, quietud y unión (en tres fases: unión simple, unión plena o desposorio y unión transformante o matrimonio). La intimidad de la unión tiene como efecto la profunda paz del alma, la cual se olvida de sí para entregarse al servicio de Dios, a las ´obras´.

Santa Teresa enseña el cómo de la más alta vida mística. Nadie ha llegado tan lejos como ella en la descripción del fenómeno místico, destacando en este punto por su aguda penetración psicológica: descripción, discernimiento y clasificación de los fenómenos y estados místicos. Aquí radicaría, según Cilveti, su originalidad mística, muy próxima a su no menor defensa enérgica de la Humanidad y pasión de Cristo –´libro vivo´– como tema de la más alta contemplación (es muy buen amigo Cristo, porque le miramos hombre y vémosle con flaquezas y trabajos, y es compañía… Venga lo que viniere, abrazado con la cruz, es gran cosa) y única ´puerta´ de entrada a los secretos de Dios (si pierden la guía, que es el buen Jesús, no acertarán el camino…; el mismo Señor dice que es camino y que no puede ninguno ir al Padre sino por Él).

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¹Madrid, Ediciones Cátedra, 1974, 239 ps.


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