Ana de S. Bartolomé, compañera de Teresa

Cuadro de Isabel Guerra
Teresa de Jesús muere en brazos de Ana de S. Bartolomé. Cuadro de Isabel Guerra, titulado “Y el almendro floreció”

El 7 de junio del año 1626, moría Ana de San Bartolomé, compañera de viaje, enfermera y secretaria de la Madre Teresa de Jesús. Un día apropiado para rememorar su historia, y sus vínculos con la santa.

Paqui Sellés (ocd, Puzol)

El 1 de octubre de 1549 nace Ana, hija de Hernán García y María Manzanas, sexta de los siete hijos de este matrimonio (3 chicos y 4 chicas).

Nace en El Almendral, pueblecito perteneciente al partido judicial de Talavera de la Reina en la provincia de Toledo y diócesis de Ávila.

La familia de Ana, semejante a otras de su época era como una “pequeña república unida por el cariño y el respeto mutuo” en la que el padre gozaba de gran autoridad, especialmente sobre las hijas.

Según los datos transmitidos por la propia Ana, sus padres gozaban de una posición intermedia entre “caballeros” e “hidalgos”, eran labradores bien acomodados. Poseían viñedos, ganados, trigales.

Tenían criados en casa, un maestro privado que era un clérigo (Toribio Hernández) que enseñaba a leer y a escribir a los hijos, y el catecismo y quizás a leer un poco el romance a las hijas. Ella misma declara que sabía leer un poco el romance cuando la elevada mayoría de mujeres eran analfabetas.

Ana respira en su familia un ambiente cristiano intenso. Sus padres, buenos cristianos viejos, viven en espíritu de caridad hacia los pobres, enfermos, necesitados.

La familia oía misa todos los días y el rezo del rosario era cotidiano, había gran devoción a la Virgen. La madre le hablaba de Dios, le llevaba a la iglesia y le explicaba lo que representaban las imágenes del templo.

Este ambiente espiritual de la familia fue formando la persona de Ana y así no es de extrañar que ya en su infancia le naciera el deseo de entregarse a Dios haciéndose monja.

El amor a la Iglesia y a la meditación de la vida de los santos pero en especial, a la pasión de Cristo, constituirá el alimento de todo su ser.

Ana pierde a sus padres (primero a su madre y poco después a su padre) en los años 1558-59 que coincide con la peste general que hubo en España, acompañada de escasas cosechas de cereales.

Al morir sus padres, los hermanos se hicieron cargo del sostenimiento de la hacienda con el trabajo de cada uno hasta tomar estado. Ana se encargó de guardar las ovejas. Y así iba creciendo hasta que llegó la edad de buscarle marido. Sus hermanos lo tenían dispuesto pero ella desistió en todo momento, su proyecto de hacerse monja lo asumió con tal firmeza que nadie podía disuadirla.

Llegó de párroco a El Almendral un sacerdote que había servido de capellán en uno de los conventos de Ávila y fue quien le recomendó el monasterio de san José, recién fundado por la M. Teresa.

Ana fue a visitarlas y ambas partes quedaron gratamente satisfechas. Como la Santa no estaba en esos días, le dijeron que regresara a su pueblo y ya le avisarían para entrar. Al cabo de un tiempo y superada la oposición de sus hermanos, entró en el monasterio de San José el 2 de diciembre de 1570 con el nombre de Ana de San Bartolomé.

Recibió el hábito para hermana lega o de velo blanco, la primera que se recibía para ese estado.

A los dos años, el 15 de agosto de 1572 hizo la profesión y ese mismo día recibió una merced del Señor: visión de Cristo crucificado, que le hará crecer en amor de Dios y deseo de salvación de las almas.

Ana desempeñaba todas sus tareas con sencillez, generosidad y gran capacidad de servicio; de ahí que la Santa la elija para ser su enfermera personal y también, del convento: “Sea priora de ellas (las enfermas) y no me pida licencia; délas lo que viere han menester”. (Autobiografía A 5, 1).

Ana se convertirá no sólo en enfermera sino en la compañera, amiga y confidente de la Santa en las fundaciones de los últimos años de su vida y hasta el mismo momento de su muerte que como todos sabemos, aconteció el 4 de octubre de 1582.

Después de la muerte de la Santa, Ana tendrá una idea que constituirá el fundamento de toda su vida: transmitir el espíritu de Teresa y su obra.

Ana de San Bartolomé es una de las seis monjas que reciben la misión de implantar el Carmelo teresiano en Francia. El 18 de octubre de 1604 fundarán en París el primer Carmelo. Las seis fundadoras fueron: Ana de Jesús, Beatriz de la Concepción, Isabel de los Ángeles de Salamanca; Leonor de s. Bernardo de Loeches; Isabel de San Pablo de Burgos y Ana de San Bartolomé de Ávila.

El 13 de enero del año siguiente se ve obligada a recibir el velo negro y convertirse en hermana de coro. A los pocos días (16 enero 1605) marcha a fundar a Pontoise donde es nombrada priora.

En octubre de este mismo año (1605) tiene que volver a París para sustituir a Ana de Jesús pues ésta había marchado un mes antes a Dijon, a una nueva fundación, la tercera del Carmelo Femenino Francés.

En París, Ana de San Bartolomé vivirá unos tiempos difíciles y complejos por las desavenencias y graves dificultades con P. de Bérulle, superior francés.

Después de concluir su priorato sale de París y va a fundar otro Carmelo a la ciudad de Tours (17 mayo 1608), donde también es nombrada priora.

Al finalizar su mandato regresa a París en busca del consejo de los PP. Carmelitas que acababan de llegar (mayo de 1611).

Pero aquí no termina su itinerario fundacional. De Francia pasa a Flandes. Después de permanecer un año en Mons, sale hacia su última fundación en Amberes: 6 noviembre de 1612, desde donde seguirá luchando incansablemente por el espíritu y carisma de su M. Teresa.

Ana de San Bartolomé muere el 7 de junio de 1626, fiesta de la Santísima Trinidad. El 29 de junio de 1735, Clemente XIII declara la heroicidad de las virtudes de Ana de San Bartolomé.

El 6 de mayo de 1917 es beatificada por el Papa Benedicto XV

RASGOS CARACTERÍSTICOS DE SU PERSONALIDAD

  1. – Constitución física

Ana fue de fuerte constitución física. A los 14 o 16 años empieza a hacer penitencias duras, disciplinas, se priva de comer por dar la comida a los pobres, etc. A pesar de todo, no hay indicios de falta de salud, muestra clara de su fuerte constitución.

Cuando manifiesta sus deseos de ser monja, sus hermanos le prueban mandándola al campo, cargándola con cosas para lo que hacía falta mucha fuerza. Pero Ana, ante el asombro de los hombres, las cargaba con gran ligereza, indicio de que tenía un cuerpo sano y robusto.

Su amiga íntima de infancia y juventud, Francisca nos dice que Ana tenía “un natural lindo”, era de muy lindo cuerpo, de mediana estatura, las figuras de su rostro eran pintadas; “aunque todos los hermanos eran de buen parecer, Ana les llevaba la ventaja en hermosura”.

A los 5 años de su entrada en el Carmelo, cae enferma debido en parte al exceso de trabajo y penitencias que se imponía por el celo que le consumía de padecer por las almas; esta enfermedad le duró casi dos años. La llegada de la M. Teresa a Ávila le trajo la gracia de la salud.

Durante años ayuda en todo momento y circunstancia a la Santa, sin quejarse de falta de salud, de donde se intuye también su constitución robusta. Hacia el final de su vida acudía a todos los actos de comunidad, servía como siempre, sin recurrir a achaques de vejez para permitirse algún alivio. En esta última etapa de su vida cayó varias veces enferma; al final, una apoplejía mortal se la llevó de este mundo a los 76 años de edad.

  1. – Simplicidad y humildad

Este aspecto de su personalidad cobra una importancia capital para la recta comprensión y entendimiento de sus escritos, pletóricos de una simplicidad y llaneza encantadoras. Esto, unido a su espíritu de humildad y obediencia, nos dará una característica esencial de sus escritos. Su vida está cargada de ejemplos de estas virtudes humanas.

Ana bebió directamente de la M. Teresa ese espíritu de humildad y sencillez, como ella misma lo testifica. Habla de la SENCILLEZ que la Santa había implantado en sus conventos y se encargará de mantener y propagar el mismo estilo. Para ella, esa simplicidad es parte integrante de la mutua caridad; por eso, pide hablar en la recreación con llaneza, comunicándose en amor y unión.

En Ana de San Bartolomé la verdad y la humildad son una misma cosa; postura que define su vida y su obra. Humildad, conquistada en el conocimiento propio que es a su vez, un regalo de Dios concedido a través de innumerables gracias místicas. De su profundamente sentida y vivida humildad hablan sus discípulas y personas que la conocieron y destacan sobremanera esta gran virtud que Ana de San Bartolomé encarnó en su vida.

  1. – Afabilidad

Esta cualidad humana que irradiaba su persona por la que muchos se sintieron cautivados, la poseía en grado sumo. La propia Madre lo confiesa: “yo de mi natural era amorosa”; desde la niñez siente la inclinación a “holgarme y alegrarme”.

Su amiga Francisca dice que tenía un natural “lindo y agradable a todos”; y ya por su caridad o por su alegría, sus amigas gustaban de hablar con ella. De ahí que tuviera muchas amigas y que éstas se consolaran con ella pues era muy alegre y apacible con todas.

Cuando entre en el Carmelo de S. José (2 de noviembre de 1570) seguirá el mismo camino, empleándose en servicio de las hermanas, un servicio diario con una afabilidad difícil de mantener en los mil quehaceres cotidianos.

Servir a los demás y dar contento es el espíritu que caracterizó su personalidad.

  1. – Valor y determinación

Se caracterizó por un coraje, valor y entereza poco comunes cuando se trataba de defender la voluntad de Dios, la voluntad y herencia de la Santa Fundadora y el mandato de los superiores. En la ” grande y muy determinada determinación” de Teresa encuentra Ana un medio eficaz para solucionar problemas personales. Teresita, la sobrina de la Santa, dice de ella que era de “ánimo varonil”.

Recalca a las novicias que cuanto más decididamente trabajen en hacer la voluntad de Dios en el Carmelo, “con veras y determinación, tanto más gozarán del contento y libertad de nuestra vida”, advirtiendo también que donde no hay determinación, entran las tentaciones. Piensa que la falta de coraje es uno de los defectos principales en la vida religiosa.

  1. – Modo de gobierno

Emplea la ley de la suavidad, a semejanza de Teresa, y sólo en casos excepcionales, usa de rigor o severidad. Este aspecto, al tiempo que revela el humanismo y carácter de Ana, es también uno de los puntos fundamentales del carisma teresiano.

La doctrina y práctica de gobierno de Ana nos muestran hasta qué punto de identificación llegó, como sucesora de Sta. Teresa, con la herencia de ésta.

Advierte que conviene vivir en unión y amor, y contagiarse unas a otras este espíritu de amor y caridad pues ésta lo une todo, hace unión entre cosas contrarias.

Ana pondera la dulzura y hermandad con que se crían las monjas en Francia pues la dulzura corresponde a la condición de Cristo. Por eso, pide que los superiores den “leyes moderadas, que todos las puedan guardar. Con esto, serán queridos y estimados, y darán gusto a Dios y a nuestra Santa”. Tiene textos entrañables sobre la educación de las novicias. Por ejemplo:

– “la maestra ha de hacer de madre y con suavidad, aficionarlas a la virtud; y si con este amor y blandura sabe llevarlas, conseguirá de ellas lo que quiera”.

– Hay que conducir a la novicia, “según la capacidad de cada una”.

Ana de San Bartolomé nos revela el método de educación de las novicias: tenían que ser educadas con simplicidad y llaneza para que pudieran abrir su alma con confianza a la maestra.

Amor y dulzura constituían los pilares básicos de su proceder. Aunque también cabe decir que esta afabilidad para con las humildes se transformaba en rigor y celo con las soberbias.

Puede decirse que poseía el don carismático de gobierno que había aprendido de la persona de Teresa: suavidad y discreción, donde lo fundamental era el AMOR, el respeto a cada una.

  1. – Familiaridad con Dios

Su exuberante vida mística está fundada en una profunda vivencia existencial que se convertirá en el evangelio de su vida: Dios se da al hombre.

La práctica de esta verdad, vivida diariamente por Ana nos lleva a la experiencia de un Dios que se quiere dar sin reservas. Ella ve cómo Dios se le manifiesta, cómo le muestra su amor en medio de penas y dificultades o en el tiempo de grandes necesidades de la Iglesia. Repite reiteradamente que Dios la trata con tan gran familiaridad en su “convivencia”, “que no se puede creer”.

En su Autobiografía así lo dice:

“me las hace el Señor (las mercedes), mostrándome más amor y familiaridad, que no se puede creer el amor con que anda esta pobre alma tan ingrata y desagradecida”

En cierta ocasión, Dios le regalará la vista de la eternidad y de su esencia en una inteligencia tan sublime y en tan breve espacio, “que parece cosa increíble ver tal cosa” (Autobiografía A 8, 10).

7.- Manifestaciones divinas

Las visiones que la propia Ana de San Bartolomé a veces llama “sueños” son muy diversas: fenómenos interiores de iluminación, purificación, fortaleza; fenómenos visivos, auditivos, corporales.

Los objetos de las mismas también son diversos: Cristo como Dios-hombre, la Santísima Trinidad, la Virgen, los ángeles, los santos,…

  1. a) Cristo: Dios-hombre

Las visiones de la persona de Cristo comienzan en su niñez. Se le aparece como niño y como joven; ya mayor, se le vuelve a aparecer como niño o como niño con pequeñas llagas de la crucifixión.

Muchas veces se le aparecerá Cristo llagado o sufriendo, o azotado pero alegre, o también huyendo y pidiendo cobijo, o con gran pena por las almas que se pierden y pidiendo ayuda para remediarlo.

Otras visiones son mucho más gratas: muy hermoso como “galán enamorado” arrebatando el corazón; o amoroso con dulzura; otras veces, vestido de pontifical con paz y majestad, o con paz como cuando andaba en el mundo.

La Beata tiene conciencia de estar protegida y guiada interior y exteriormente por el Señor: en frecuentes visiones el Señor le promete esta protección, le previene ante dificultades, le prepara a recibir la cruz o se le descubre para fortalecerla, consolarla, aconsejarla,…

Para comprender la importancia de estas visiones, basta considerar los efectos que producen, bastante diversos según la visión experimentada o las circunstancias en que se halla la Beata.

La visión produce amor y dulzura, excita al amor, dejando al alma como “borracha”. El alma no puede sufrir ese fuego dulce de amor que le abre el corazón. Otras veces le produce hambre de padecer, deseo de ser mártir o le deja el alma “endiosada”, toda transformada, poseída por Dios.

Siente en ella la necesidad de pedir por la gloria de Dios, gran celo por la Iglesia, deseo de la salvación de las almas y de morir por Cristo.

  1. b) La Santísima Trinidad

Goza de gracias sobrenaturales a través y en virtud de este misterio, algunas muy valiosas y de alto matiz místico, con diversos efectos.

  1. c) Santa Teresa de Jesús

Aun en vida de la Fundadora, Ana la ve resplandeciente en el capítulo conventual.

Dios le muestra durante la agonía de la Santa la gloria que le tiene preparada y en años posteriores se ve esta gloria ya concedida. Las apariciones de la Santa muestran rasgos parecidos a las de Cristo en cuanto a la finalidad de las gracias místicas: le dice lo que tiene que hacer, le consuela, le anima, le ayuda en el gobierno de las monjas,…

  1. d) También recibe gracias místicas de la Virgen María: tiene visiones de ella y a veces se le aparece con el Niño Jesús.
  2. e) Otras apariciones: S. José, el profeta Elías, Elías y Eliseo juntos, S. Miguel, S. León, S. Dionisio Areopagita, personas amigas, vivas o muertas.

Gran parte de las mercedes que el Señor concede a la Beata tiene como finalidad el SERVICIO a los demás, la CARIDAD. Dios le ayuda con ellas a consolar a los que sufren y a solucionar los problemas inquietantes de sus hermanas

IDEALES DE ANA DE SAN BARTOLOMÉ

Los ideales forman y determinan una personalidad. En el caso de la Beata, estos ideales constituyen los móviles de su vida entera a los que se subordinaron los deseos, sentimientos, impulsos, inclinaciones…, en definitiva, todo su ser.

1.- Vivir con Cristo

En la formación de este ideal cuentan dos factores:

  1. a) El ambiente religioso de su familia, especialmente su devoción a la Pasión de Cristo.
  2. b) Cristo mismo que le atrae con gracias extraordinarias en las que queda embebida.

Se pasa muchos y largos ratos absorta en compañía de Jesús con lo que va aumentando en ella el deseo de vivir solo para Él. Con este deseo, proyecta escaparse de casa con su amiga Francisca pero el proyecto se queda en intento. A S. José de Ávila entra con el ideal de vivir CON y PARA Cristo.

Cuando acompaña a la M. Teresa, la presencia de Cristo que Ana ve y siente en la Madre, le produce un gran respeto. Su contento es poseerle en la comunión. Vive enamorada de esta presencia y no desea otra cosa sino que Cristo la esté mirando siempre.

2.- Vivir para la Iglesia y las almas

Ana se consume en deseos por la honra de Dios y el aumento de la Iglesia. El Señor le da tal celo por ella que no puede descansar. Así por ejemplo: en las guerras socio-político-religiosas de los Países Bajos y Alemania, se identifica con las preocupaciones de la Iglesia, pide perdón por los pecadores al tiempo que siente una gran compasión por ellos.

Íntimamente unido a su amor a la Iglesia, está su amor por las almas, infundido por el mismo Dios y siguiendo los ideales de su maestra Teresa de Jesús. Dios le enciende en la oración de tal manera esa sed que sufre más en ese modo de oración que si se metiera en trabajos y peligros por bien de las almas.

Así pues, Ana de San Bartolomé encarnó en su vida este espíritu eclesial, tan característico del Carmelo teresiano.

3.- Vivir en defensa de Teresa y su carisma

Ana de San Bartolomé se convierte en testigo excepcional de la vida íntima de la M. Teresa, especialmente de su vida mística y de su amor a la Iglesia y a las almas.

Palpó la presencia de Dios en su Madre y Maestra y vio y experimentó que su obra era obra de Dios. De ahí nace la convicción profunda de presentarse como testigo singular de la vida y, sobre todo, de la obra carismática de Santa Teresa. Este convencimiento íntimo le llevó a defender en todo momento el carisma teresiano en todos y cada uno de los acontecimientos en que lo veía peligrar: en España con la crisis originada por el Breve de 1590; en Francia, ante las pretensiones de Bérulle o en Flandes, con las carmelitas inglesas de Amberes.

4.- Vivir en entrega total al servicio de los demás

El servicio al prójimo está en ella inseparablemente unido a su amor al mismo y mayor estima de él que sí misma.

En sus páginas autobiográficas la encontramos ágil e infatigable en el puesto de cocinera, enfermera o portera o con los tres cargos a la vez, sin tiempo para orar pero contenta de dar su vida por sus hermanas, por lo que dedica la noche a la oración.

Lo realiza todo con gran sencillez y naturalidad con un convencimiento tal de que su obligación es SERVIR. Desde un principio rechaza ser monja de coro pues prefiere servir a las hermanas que rezar el breviario en el coro.

Más tarde, dirá que su primera vocación en el Carmelo fue el SERVICIO.

RELACIONES ENTRE ANA DE SAN BARTOLOMÉ Y TERESA DE JESUS

Las relaciones humanas y espirituales de amistad fueron, si examinamos los documentos conservados, muy superiores a lo sospechado y conocido por los historiadores. Su amistad, amor, respeto y cariño fueron más que profundos e influyentes.

La Beata y sus relaciones con la Santa han sido siempre conocidas pero con un conocimiento bastante superficial y parcial. Ahora la aparición de sus escritos nos abre nuevos horizontes.

Su personalidad y toda la hondura de sus relaciones con la Santa Madre no podrán entenderse, ni siquiera explicarse si no se tiene en cuenta la parte que en ellas y sus relaciones jugó Cristo, el Dios-hombre, su Señor. Sin tener en cuenta a ese Cristo y sus experiencias místicas, vividas con una sencillez verdaderamente extraordinaria, no se llegará a conocer lo más genuino de su persona y de sus relaciones mutuas.

1.- FUENTES

Las fuentes principales son los dichos y escritos de ambas protagonistas. Cuando se conocen en S. José de Ávila, la Madre Teresa se encuentra en la madurez de su vida (55-56 años), hacia las cumbres de su vida mística y de sus tareas fundacionales y de escritora. En cambio, Ana es una joven de 21-22 años, con intensos deseos de vivir consagrada a Cristo.

1.- Escritos de Santa Teresa

No resultan muy ricos respecto a las relaciones con su secretaria y enfermera, aunque sí bastante significativos.

Teresa cita en sus cartas a la Beata con alguna frecuencia pero en estos testimonios no se expresa cosa de importancia. De ahí que no tengan mucho valor pero la razón es obvia: Ana vive continuamente con la Madre y es una hermana de velo blanco, sin cargos de responsabilidad en asuntos de gobierno de los conventos. Por ello, la Madre no necesitaba hablar de su íntima amiga pues era algo demasiado personal.

Aunque sí manda saludos y unión de oraciones a sus destinatarios de parte de Ana, especialmente en las cartas dirigidas al P. Gracián.

Respecto a la tarea de secretaria, la Santa escribe al P. Gracián: “Ana de San Bartolomé no cesa de escribir; harto me ayuda”. (Carta del 4-12-1581)

En “Fundaciones” muestra su gran estima por la joven secretaria: “Íbamos conmigo, cinco monjas y una compañera que ha días que anda conmigo, freila; mas tan gran sierva de Dios y discreta, que me puede ayudar más que otras que son del coro”. (F 29, 10)

En la misma obra, hace dos referencias a Ana: ” Yo comencé a traer las monjas que había de llevar allá conmigo (Soria), que fueron siete, (…) y una freila y mi compañera y yo” (F 30, 5) y en otro capítulo: “Íbamos ocho: dos que han de tornar conmigo y cinco que han de quedar en Burgos, cuatro de coro y una freila” (F 31,17)

Muy significativa es la referencia en una carta, en la que muestra su total confianza en la Beata. Cuando la joven hermana Catalina de la Madre de Dios sufre tentaciones, Teresa escribe a la priora, Tomasina Bautista que “no la deje escribir a nadie. Si a mí u a Ana lo quisiera hacer, norabuena, mas a otro no”. (Carta del 27-8-1582). Como si escribir cosas secretas y confidenciales de sus monjas a Ana fuera igual que escribirle a ella misma.

2.- Escritos de Ana de San Bartolomé

En sus escritos escucharemos a Ana relatando lo que le contó personalmente la Madre Fundadora y lo que ella misma vio y compartió. En sus relaciones con la Madre hay que buscar las bases y la fuente en que Ana bebió el agua del carisma teresiano.

Las referencias a los libros de la Santa son relativamente pocas. La fuente principal de su teresianismo fue la misma persona de la Santa: aquella persona que Ana regaló y cuidó en sus últimos años de vida. Ana bebió directamente de la presencia de Teresa, de su vida íntima, de sus confidencias, conversaciones, convivencia diaria. Se convierte en testigo excepcional de la vida de Teresa, especialmente de su vida mística y de su amor a la Iglesia y a las almas.

Los escritos de Ana de San Bartolomé son una de las fuentes del teresianismo pues en todos ellos se palpa la presencia de la Santa.

Hay unos escritos donde Santa Teresa es la protagonista de las narraciones de la Beata. Estos son:

Últimos años de la M. Teresa de Jesús. Narra las actividades fundacionales de los últimos años de Santa Teresa. Este escrito consta de dos partes: la 1ª se escribiría en torno a los años de 1584-85 y la 2ª en los últimos meses de 1585 o en la primera mitad de 1586. En esta segunda parte se narra la fundación del Carmelo de Burgos y la muerte de la Santa en Alba de Tormes.

Asimismo se plasman acontecimientos importantes tales como el hecho de que el P. Gracián ha dejado de ser provincial en el Capítulo de Lisboa (mayo de 1585) y el traslado del cuerpo de la Madre Teresa de Alba a Ávila (26 de noviembre de 1585). Sin embargo, no se recoge el acontecimiento de la devolución del cuerpo a Alba, hecho muy doloroso tanto para el monasterio de S. José como para la propia Ana de San Bartolomé que acaeció en agosto de 1585.

Este escrito vino propiciado por el interés de los superiores de la Orden que se preocuparon de recoger testimonios de la vida de la Fundadora. También puede decirse que es una especie de complemento al libro de Fundaciones de la Madre Teresa por las abundantes noticias fundacionales y por las frecuentes referencias que Ana hace al libro de su santa Madre.

Declaración sobre la traslación del cuerpo de la Madre Teresa de Jesús: 1587. Es un interrogatorio que consta de 24 preguntas presentadas por parte del monasterio de S. José de Ávila y 10 repreguntas presentadas por parte del Duque de Alba, D. Antonio de Toledo sobre el derecho de propiedad de los restos mortales e incorruptos de Santa Teresa. La declaración de Ana de San Bartolomé tuvo lugar en Ávila el 14 o 15 de septiembre de 1587.

Declaración en el proceso de beatificación de la Madre Teresa de Jesús: 1595. El escrito responde a la orden dada por el nuncio de Su Santidad, D. Camilo Caetano por la que se procedió a recoger la declaración de muchos testigos para la beatificación de la madre Fundadora. La declaración de Ana acaeció en Ávila el 19 de octubre de 1595, apenas llegada de Madrid y a punto de marcharse a la fundación de Ocaña.

Noticias sobre los comienzos del Carmelo teresiano. Este escrito constituye un relato de gran importancia para conocer las dificultades del recién nacido Carmelo teresiano con los Carmelitas de la Antigua Observancia, así como las noticias biográficas de algunas carmelitas primitivas, discípulas de Santa Teresa. Son unas narraciones interesantes por la abundancia de detalles históricos, de los que su autora es testigo presencial, tanto por su conocimiento de las personas como por saber los sucesos directamente por parte de la madre Fundadora.

Defensa de la herencia teresiana. Narración histórica, llena de matices autobiográficos, escrita hacia el final de su vida: entre febrero y marzo del año 1621. Tiene un contenido de índole diversa, con temas a veces polémicos en los que Ana de San Bartolomé toma posición clara en defensa de la herencia teresiana. El punto de partida de este escrito son los incidentes de algunas monjas en Flandes y algunas falsedades históricas que se iban propagando. Es por ello por lo que la Beata escribe para narrar desde su punto de vista los acontecimientos acaecidos. La llamada “crisis de 1590” en España con la consecución del Breve “Salvatoris”; el deterioro del carisma de Teresa en Francia y los problemas del Carmelo en Flandes. El sufrimiento que le ocasionaron estos últimos hechos le impulsó a historiar el origen de tales acontecimientos.

En otros escritos hay capítulos enteros sobre la Santa e innumerables referencias a su vida, enseñanza y doctrina como la Autobiografía de Amberes (1625-1626); Autobiografía de Bolonia (1622).

En la abundante correspondencia, la presencia de la Santa es notable. Se conservan algo más de 670 cartas, aunque es posible que escribiera muchas más ya que existen noticias expresas de otras más de cien cartas perdidas.

Aparte de los escritos conocidos y publicados de la Beata, hay algunos otros que se perdieron: “una pequeña memoria de una cosa que hizo nuestra Santa”, memoria dirigida a P. de Bérulle, responsable del gobierno de las carmelitas en Francia, a quien pide que el escrito quede en secreto.

2.- ANA DE SAN BARTOLOME EN LA VIDA DE TERESA

Ana de San Bartolomé iba perfilándose como compañera inseparable, discípula privilegiada, secretaria y consejera, amiga y confidente de la Santa.

1.- Compañera inseparable: Ya en el noviciado, Teresa le dice: “Quiero que seas mi compañera”. La Santa estaba interesada en el servicio y la compañía de Ana por las cualidades que veía en la joven. Ella, por su parte, “acudía a la Santa Madre en su amorosa compañía con harto gusto y ligereza”. Es en los viajes fundacionales de la Madre donde este aspecto adquiere un relieve singular. Ana vive y sufre junto a la Santa los innumerables incidentes, agradables y desagradables en los interminables viajes a Valladolid (1574), Medina del Campo (1575), Salamanca (1579), Villanueva de la Jara (1580); de nuevo a Valladolid, Palencia (1580), Soria (1581) y en el último viaje a Burgos (1582), desde donde pasando por Valladolid y Medina del Campo, regresaría a Alba donde murió el 4 de octubre de 1582. Fueron tantas las penurias y dificultades que atravesaron en las diversas fundaciones que la misma Ana relata en su Autobiografía: “Si yo hubiera de decir los trabajos que padeció los años que anduve con ella, no acabaría, que no es nada lo que se cuenta en sus libros.” La intimidad de esta compañía en aquellos viajes fue acentuándose en los últimos 5 años y sobre todo, en los últimos meses que dejaron en Ana una secuela imborrable.

2.- Discípula de la M. Fundadora: Gozó de una situación privilegiada pues pudo beber directamente de la persona de Teresa: fuente viva, humana y espiritual. Aprendió de la Santa el ser “verdaderas hijas de la Iglesia”. Sintió crecer en ella el deseo de salvación de las almas, especialmente de la conversión de los herejes. Son muchos los temas en que Ana se muestra discípula de su Madre. Hay otros temas en los que se muestra discípula de su Madre: vida mística y carmelitana, amor fraterno, obediencia, recreación de las monjas, modo de gobierno y método pedagógico, etc.

3.- Secretaria y consejera: La actividad epistolar de la Beata comenzó en agosto-septiembre de 1580 cuando Santa Teresa le animó en Salamanca a que aprendiese a escribir. Lo hizo casi de manera instantánea, con una muestra de su propia mano que le dio la Santa (escribió dos renglones de su mano y dióselos; y a imitación de ellos escribió una carta aquella tarde a las hermanas de S. José de Ávila”). Estas la recibieron como si fuera de la propia Santa, tal era el parecido a su grafía. Cabe decir que actualmente, los especialistas en la Santa tienen dificultades en distinguir una letra y otra. Este hecho que la Beata lo considera “obra de Nuestro Señor”, se podría deber al momento espiritual y psicológico que estaba viviendo: Ana, tan imitadora de su Madre, quiso aprender de la letra de su maestra, para llegar aun en rasgos externos de su escritura, a ser semejante a la Santa. De las cartas de la Santa actualmente conocidas existen 9 escritas por la Beata, de otras se conserva la postdata o la dirección de la carta. Aunque el aspecto de secretaria ha sido reconocido a lo largo de la historia, no tanto lo ha sido el de consejera. Ana no lo dice abiertamente ni se atreve a ello, aunque en sus escritos muestra algunos indicios

* Encontramos a Ana interviniendo con cariño y confianza ante la Santa para que ésta no se empeñe tanto en corregir a una monja.

Conocemos situaciones en las que, cuando las monjas querían conseguir de la Santa alguna cosa, acudían a Ana para que ésta lo tratara con la Madre. Hay otros testimonios de gran valor que fueron escritos sin ningún propósito de magnificar a la todavía joven Ana:

  1. a) Su priora en S. José y maestra de novicias, María de S. Jerónimo decía: “Esto sé yo bien, que la tenía la Santa en mucho y tomaba su parecer en muchas cosas”. Y en otro texto dice: “Lo que sé es que la Santa Madre la tenía en tanto que tomaba su parecer en muchas cosas. Y dióla el Señor tanto crédito con las personas que trataba, particularmente con las monjas, que por los monasterios que andaba con la Santa Madre, lo que ellas deseaban acabar con ella, la tomaban por medio; y así, cuando algo se ofrecía de disgusto con las monjas, ella lo componía luego; y en cada casa que la Santa iba, deseaban se quedase allí”.
  2. b) Más tarde, otra gran conocedora de Ana y de la Santa, la sobrina de ésta, Teresita ofrece similar testimonio: la Santa Madre “aconsejábase con ella, comunicaba y descansaba mucho más que con ninguna otra de las que habían acompañádola en sus trabajos y camino, porque demás de lo espiritual, hallaba en ella mucho ser, sujeto y ánimo varonil, que le muestra en todas sus acciones y en lo que trabaja”.
  3. c) Finalmente, otro testimonio, esta vez de María de Jesús que cuenta cómo la Santa puso su escrito de las Moradas en manos de Ana y le dijo que leyese y corrigiese lo que le pareciere. Algo que no hizo por el inmenso respeto y profundo amor que profesaba a su Madre.

4.- Enfermera: Cuando la Santa vuelve de Sevilla a Ávila, a mediados de 1577 (julio), halla a Ana enferma pero conociendo el espíritu de obediencia y confianza de la misma, después de acariciarla y preguntarle cómo le va, le manda que al momento vaya a servir a las otras enfermas que eran unas cinco. Ella obedece y después de otra experiencia mística, se siente sana. El mismo día la Santa le dice que será en adelante enfermera de las monjas y priora de las enfermas: “Ande, hija, sea buena enfermera, que presto sanarán sus enfermas” (Apuntes y diálogos, 5). Viendo el amor, cariño maternal y desasimiento con que sirve la Beata, la Santa Madre la escoge por enfermera personal, acompañándola en todo momento hasta la muerte. Ana sufría al verla padecer y toma los sufrimientos de la Madre como suyos: “la Santa estaba tan enferma y en los caminos ella los pasó más que no yo, mas yo lo sentía más de lo que sé decir por la poca comodidad que había en las posadas para acudirla”. Pero lo que más admiraba y fascinaba a la joven enfermera era el ánimo varonil de la Santa que no sólo la impulsaba a seguir caminando en difíciles circunstancias sino que incluso animaba a sus compañeras de viaje con su alegría y espíritu característicos. Esta tan “valerosa amiga de Cristo”, “siendo tan flaca y enferma de cuerpo”, estaba empeñada en imitar a Cristo. Ana prodigaba a la Santa Madre atenciones y cuidados de extrema delicadeza, fruto del enorme cariño y amor que le profesaba. Por ejemplo, a veces se quedaba sin dormir para lavar la ropa o cuando estaban de viaje, no descansaba sino arrimada a la cama de la Santa para cuidarla y ayudarla en lo que necesitara. La sobrina de la Santa, Teresita, refiere cómo Ana cuidó con gran caridad y amor a la Madre en sus muchas y últimas enfermedades. Asimismo dice que pasó grandes incomodidades y malas noches, las más horas de ella en vela, trabajando, escribiendo o rezando pero con particular fuerza y alegría. Ana cuenta cómo la Santa se rompió el brazo la noche de Navidad de 1577 y se le volvió a resquebrajar en Villanueva de la Jara en marzo de 1580, con la consabida inmensa pena de Ana. La Beata se desvivió por su enferma, algo que también continuó haciéndolo tras su muerte con todas las enfermas pues aliviar el mal ajeno fue una de sus verdaderas preocupaciones.

5.- Amiga y confidente: La confianza y amistad que las unía eran poco comunes. La Santa encontraba descanso en su enfermera, valiente y prudente, callada y activa a la vez. Su cuerpo, ya bastante destrozado y enfermo en los últimos años estaba literalmente en manos de la Beata. Esto le produciría una sensación humana, profunda, confidencial pues no sólo encontraría descanso su cuerpo sino también su alma, su interior. La sencillez de Ana le encantaba y llenaba su corazón de confianza. Refiere en bastantes ocasiones ser testigo y confidente de la Santa, hablando sobre el espíritu de la misma: ” decía la Santa”, ” esto deseó la Santa. Yo la oí decir”, “lo sé y se lo oí muchas veces”, etc. Cuando en el camino hacia Ávila en su último viaje, Teresa, ” ya mala del mal de la muerte”, el p. Antonio Heredia le manda dirigirse a Alba de Tormes, la Santa deshecha y sin fuerzas, le hace a su enfermera esta confidencia: ” en mi vida no he sentido la tristeza que llevo en hacer este camino”. Como colofón para ilustrar esta faceta de Ana de San Bartolomé como amiga y confidente de la Santa, cabe recordar la escena de la muerte de Teresa, tan cargada de emotividad. Al atardecer el p. Antonio de Jesús vino a visitar a la Fundadora y al ver que Ana estaba todavía allí y que no descansaba, le mandó ir a comer algo: “Y en yéndome, no sosegaba la Santa, sino mirando a un cabo y a otro. Y díjola el Padre si me quería, y por señas dijo que sí, y llamáronme. Y viniendo que me vio, se rio; y me mostró tanta gracia que me tomó con sus manos y puso en mis brazos su cabeza, y allí la tuve hasta expirar, estando yo más muerta que la misma Santa”.

Santa Teresa acompañará, de una forma enigmática pero real, todos los pasos de la vida de Ana. Se hará presente en acontecimientos históricos internos y externos a la orden en España, Francia y Flandes.

ACONTECIMIENTOS HISTÓRICOS SUCEDIDOS TRAS LA MUERTE DE SANTA TERESA

1.- Crisis de 1590

El 5 de junio de 1590 el Papa Sixto V firmó el Breve “Salvatoris” en defensa de las Constituciones teresianas. Este hecho abrió una polémica de consecuencias bastante importantes en el desarrollo histórico del Carmelo teresiano. Este Breve fue conseguido secretamente por parte de algunas religiosas con la ayuda de seglares y religiosos de otras órdenes. La finalidad del mismo era salvaguardar las Constituciones de Sta. Teresa frente a las novedades que el p. Doria (Vicario General de la Orden) y sus colaboradores querían introducir. Pero Ana dice claramente que en su convento no se ha cambiado nada pues las normas del p. Doria eran interpretadas muy ampliamente y no se había cambiado cosa de importancia en las Constituciones vividas en el seno del Carmelo femenino. Así pues las monjas de Ávila no parecían ver motivos suficientes para ponerse en contra del superior.

Ana de San Bartolomé planteó la cuestión en el terreno de los principios, del ejemplo y el deseo de Sta. Teresa, de la obediencia a la Orden, al Superior, de la apertura con éste, de no eximirse de la jurisdicción de la Orden. Ella piensa que básica y profundamente la fidelidad a Sta. Teresa es fidelidad en la unión, obediencia y apertura. Lo paradójico es que también deseaban esa fidelidad a la Madre Fundadora las monjas que deseaban el Breve.

La polémica se convierte en maraña en la que se abusa de acusaciones irreales como la de que con el Breve lo que habían intentado sus promotoras era eximirse de la obediencia directa a los Superiores. Este fue el argumento que, bien tramado con color de unidad y algo de sentimentalismo presentó el p. Doria en muchos conventos.

Actualmente puede afirmarse que la Madre Ana estuvo influenciada por la información oficial del Superior aunque también hay que decir que su postura clara y decidida no dependió sustancialmente de tales informaciones sino de los principios básicos anteriormente citados. Al igual que en otros acontecimientos de su vida, sus revelaciones y visiones guardan relación con el problema que generó este Breve: se le aparece la Virgen protegiendo a las monjas de Ávila; S. José, patrón de la casa, en compañía de Juan, Santiago y Bartolomé que dicen: “Esta (casa) nosotros la guardamos”.

La propia Santa se le aparece enojada con una priora y su convento, por ser contra los frailes; en esta misma circunstancia le dice: “Hija, ayúdame que se me van las hijas de la obediencia”.

Ana de San Bartolomé no apoyaba ciegamente a Doria ni estaba de acuerdo con todas sus actuaciones. Los días de la consecución del Breve, cuando Doria aspiraba a lograr más cambios en la legislación, se le aparece la Madre Teresa y le dice: “Hija, no me quieren escuchar ni hacer caso de lo que digo”.

Finalmente el p. Doria y las monjas que apoyaban el Breve acuden al Rey Felipe II. Éste dio la razón a Doria que recurrió a Roma y consiguió del Papa Gregorio XIV el Breve “Quoniam non ignoramus” (25 de abril 1591) que confirma y en algunos puntos altera y cambia el Breve “Salvatoris” de Sixto V.

Sufren castigo algunas de las monjas “responsables” de la consecución del Breve: fueron destituidas de prioras María de s. José en Lisboa y María del Nacimiento en Madrid. A s. Juan de la Cruz se le deja sin cargo alguno y se le “exilia” al convento de La Peñuela. Tras un largo proceso se dio sentencia contra el p. Gracián que es expulsado de la Orden el 17 de febrero de 1592.

Ana de San Bartolomé, tan sencilla y sincera, se atreve como pocos a escribir a los superiores una escueta apología de Gracián en aquellos años en que pronunciar su nombre resultaba peligroso. En esta apología dice que el P. Gracián es “uno de los más señalados de estos tiempos”; le compara a san Pablo. Prodigaba gran cariño y afecto hacia su confesor pero se ve forzada a tomar partido, aunque no directamente contra él pues su corazón está de su lado.

2.-Crisis en Francia (1606-1611)

En primer lugar, hay que señalar que son bien conocidos el aprecio mutuo que se profesaban Pierre de Bérulle, eclesiástico francés y Ana de San Bartolomé. Ésta siempre estuvo a favor de la actuación de Bérulle hasta el momento en que cambia de conducta y ella comprueba que las leyes y el espíritu de la M. Teresa se desprecian.

La fundación en Francia estuvo impulsada por Juan de Quintanadueñas, señor de Bretigni, quien desde los años de su estancia en Sevilla (1582-83), trabajará incansablemente por llevar el Carmelo de Santa Teresa a Francia. Tradujo gran parte de las obras de la Santa pues sentía gran admiración por ella y su carisma. Pidió licencia para fundar por mediación de la princesa de Longueville, doña Catalina de Orléans al rey Enrique IV de Francia quien la concedió con fecha de julio de 1602. Asimismo se consiguieron una bula y dos breves: Bula “In supremo” de 13 –11-1603 y el breve de 23-12-1603 y el de 24-2-1604. Según la Bula de erección, los conventos estarían bajo la administración de tres clérigos seculares: Duval, Gallemant y Bérulle pero bajo la visita apostólica del General de la Cartuja, mientras la Congregación de Italia no funde conventos de frailes en Francia, condición imprescindible para que se fundase conventos de monjas. Bajo este régimen se fundan París (18 de octubre de 1604), Pontoise y Dijon (1605).

El inicio de esta crisis hay que situarla en el año 1604, año de partida de las 6 fundadoras de París donde es nombrada priora Ana de Jesús por el Padre General, Francisco de la Madre de Dios. Ésta desea traer a los PP. Carmelitas de España a Francia y empieza a sentir descontento de Bérulle. Uno de los acontecimientos que le contrariaron fue el que se le obligara a Ana de San Bartolomé a recibir el velo negro y convertirse en hermana de coro, hecho que acaeció el 13 de enero de 1605. La propia Ana de San Bartolomé no lo deseaba en ningún momento, ni siquiera cuando en más de una ocasión se lo propuso la Santa Madre pero se dejó llevar por la obediencia a los superiores y consintió, hecho al que se oponía firmemente Ana de Jesús y sus compañeras, excepto Leonor de S. Bernardo, gran amiga de la Beata. A partir de entonces fueron naciendo ciertas desavenencias que provocarían esta crisis.

Los superiores franceses (Bérulle, Duval y Gallemant) gobernaban a las carmelitas, hecho que desde el principio no agradó nada a Ana de Jesús; en cambio Ana de San Bartolomé, viendo la situación real y la buena postura de los mismos, prefirió preparar el espíritu de las novicias francesas ganándose su afecto ambientando del mejor modo la futura venida de los Padres de la Orden.

El 15 de enero de 1605, acompañada de Ana de Jesús llega a Pontoise para fundar y allí es nombrada priora. A los tres días regresa Ana de Jesús a París. Es precisamente en esta nueva fundación donde sucede un acontecimiento que acentuará las divergencias entre estas dos insignes carmelitas. El 5 de junio de 1605 la Beata concede el hábito a Louise d´Abra de Raconis (Clara del Santísimo Sacramento), de familia calvinista que quiso entrar en el Carmelo de París pero Ana de Jesús no la admitió, contradiciendo a los superiores franceses. Ana de San Bartolomé apela al espíritu de Santa Teresa y llega a decir en una carta: “y sé yo y las conozco que desde antes que la Santa muriese, se recibieron algunas de las que llaman israelitas y después también se han recibido; pues, si en España y en tiempo de nuestra santa fundadora se hizo para el bien de las que lo pedían con buenos deseos, en Francia, ¿por qué no se ha de hacer con más razón?”.

Ana de Jesús, cansada de las adaptaciones francesas y cambios que los superiores hacen de la tradición teresiana y en especial, por la admisión de la excalvinista pretende salir de París y marcharse a España con las demás españolas, algo que no llegó a realizar. Marcha a Dijon donde el 21 de septiembre funda el tercer Carmelo francés.

Ana de San Bartolomé es nombrada el 9 de septiembre de 1605 priora del Carmelo de París. También se le asigna el cargo de maestra de novicias a las que iba educando conforme a los principios de la Orden y, sobre todo, deseaba la llegada de los PP. Carmelitas de España. Cuando Bérulle conoce las intenciones y el pensamiento de Ana al respecto y sabiendo que contaba con el apoyo de las monjas, concibe y lleva a la práctica un plan de distanciamiento entre las monjas y Ana de San Bartolomé.

El plan surte efecto pues Bérulle logra que las monjas le hagan el vacío más absoluto a la Beata hasta el punto de quedarse sola, levantan sospechas infundadas sobre ella, le prohíben hablar con las monjas. Lo que más dramatiza esta situación en el ámbito personal e íntimo es que incluso se ve forzada a no tener otro confesor que Bérulle. Ana llega a rogarle que le dé otro confesor pero Bérulle se lo niega, obligándola a confesarse con él. Son momentos de gran oscuridad, se siente desamparada, afligida, pasa las noches sin dormir. Con todo, no le faltan ayudas y consuelos de Dios y de la Madre Teresa de Jesús.

Ana de San Bartolomé va viendo que las Constituciones, leyes y principios fundamentales en la vida del Carmelo teresiano van perdiendo su vigencia:- Siente la gran humillación de que los franceses quieran servirse de ella para sus propósitos, teniendo ella de priora solo el nombre.

– Siente la amargura de ver cómo hasta los seglares (Acarie y Marillac) mandan en el convento y ella misma tiene que obedecerles.

– Apenada por la desunión de las monjas que no siguen el espíritu de la Santa, sufre a causa de ver las Constituciones cada vez más quebrantadas.

Al no poder aprobar en conciencia semejante estado de cosas, renuncia al cargo de priora y pide a Bérulle que elija a otra monja que sea de su agrado. Pero éste desestima su propuesta varias veces y solo al final del trienio consiente y es elegida priora Magdalena de s. José (20 abril 1608) con la que se apaciguaron bastante los ánimos.

Pocos días después marcha a Tours como fundadora y priora (17 mayo 1608) y aunque amainó un tanto la tempestad, no así el control sobre su persona, sobre todo en lo referente a su correspondencia.

Tras un periodo relativamente pacífico, se hace más tensa la situación, no ya entre Bérulle y Ana de San Bartolomé (que ya se encontraba en Flandes) sino entre aquél y algunas comunidades de carmelitas que querían ser gobernadas por los PP. Carmelitas que ya estaban en Francia (6 noviembre de 1611). Esta batalla sobre la jurisdicción de las Carmelitas Descalzas francesas la ganará el que tenía mayor influjo social, político y religioso y estaba mejor apoyado jurídicamente: P. de Bérulle.

A pesar de ello, Ana de San Bartolomé trabajará sin descanso desde Flandes con el fin de apoyar a las carmelitas francesas que deseaban vivir acordes con la Orden.

– Escribe al arzobispo de Burdeos agradeciéndole la ayuda prestada a las carmelitas que deseaban la Orden y se alegra enormemente cuando éstas han obtenido Breve de Roma para ponerse bajo la Orden.

– Escribe al consejero del rey de Francia, Nicolás Vivien, diciéndole que las carmelitas deben estar dirigidas por la Orden.

– Sentirá profundamente el agravio que hacía Bérulle a la Orden tanto en Francia como en Roma. Y sobre todo al saber que “el Papa ha dicho que por no alborotar a Francia, los dejará”.

– También apoyará y ayudará en gran medida a las carmelitas de Bourges que, al no conseguir la dirección de la Orden, tendrán que salir de Francia y dirigirse a Flandes.

En definitiva, todas estas crisis quizás se hubieran evitado si Bérulle hubiera cumplido lo que prometió a los prelados y al Nuncio en España: que las carmelitas francesas quedarían bajo la Orden, habiendo un monasterio de Descalzos en Francia.

El futuro cardenal Bérulle pretendía crear la Congregación del Oratorio de Jesús, una especie de congregación carmelitana francesa con el espíritu de la Santa Madre pero bajo la autoridad de los oratorianos (clérigos). Después de conseguir documentos papales, las carmelitas quedaron bajo la autoridad de Bérulle y los oratorianos hasta prácticamente el siglo XX en que, casi por necesidad y decadencia de los oratorianos, se unen a la Orden.

  1. – Crisis en Flandes

La crisis de la unidad de la Orden hacia 1622 en Flandes constituyó la última gran cruz para Ana de San Bartolomé; y las motivaciones que la provocaron fueron prácticamente iguales a la de 1590.

Al terminar su priorato en Tours, vuelve a París y con la patente del P. General, sale hacia Mons donde permaneció cerca de un año (octubre 1611).

A instancia de los Archiduques Alberto e Isabel Clara Eugenia, se le propone una fundación en Amberes que se hace realidad el 6 de noviembre de 1612. Con escasos recursos (50 florines) y en total pobreza, se aloja la primitiva Comunidad en una casa provisional junto a la iglesia de Santiago. Tres años más tarde: 15 de agosto de 1615, los Archiduques ponen solemnemente la primera piedra de la pequeña iglesia primitiva de Amberes.

Al año siguiente, el 30 de octubre de 1616, la compañera de Ana, Leonor de S. Bernardo, funda el Carmelo de Malinas.

Antes de señalar los acontecimientos que provocaron la crisis de Flandes, cabe referir unas breves pinceladas sobre los “English convents” por el protagonismo que tuvieron en la división de la Orden.

Al fundarse el Carmelo teresiano en Bélgica, muchas jóvenes de familias inglesas, exiliadas por razones de fe, ingresaron en la Orden. Algunas tuvieron gran influjo en la propagación del Carmelo como Ana de la Ascensión, profesa de Mons y cofundadora del primer monasterio de Amberes junto a Ana de San Bartolomé.

Las inglesas aumentaban en número por lo que era común que surgieran monasterios exclusivamente ingleses. Así se erigió el primer Carmelo inglés en la calle Hopland de Amberes, con el apoyo del P. Tomás de Jesús, superior del Carmelo en los Países Bajos, Ana de Jesús y Ana de San Bartolomé el 1 de mayo de 1619.

Las dificultades ya empiezan a aparecer casi desde el principio de la fundación pues parece que no se hizo a gusto de la ciudad y la misma fundadora seglar: lady Lovel les puso algunas dificultades. Pronto se hacen dos bandos en el seno de la comunidad. Pero es a comienzos de 1622 cuando crecen las mismas, en especial, en el asunto de la libertad de confesores, siendo los padres carmelitas los que se oponen a ese derecho de la libertad que ellas quieren defender. Las religiosas de Lovaina (fundadas por Ana de Jesús el 4 de noviembre de 1607) se unen a esta protesta de las inglesas. Ambas comunidades se resisten a aceptar las nuevas Constituciones aprobadas por el Capítulo General de la Congregación de Italia en 1621 en las que se restringe la libertad de las prioras respecto a nombrar confesores. El Capítulo Provincial de Lovaina decide remitir el caso al Definitorio General (21 abril 1622) y éste decide abandonar el gobierno de las Carmelitas Descalzas de Flandes que no quieran aceptar las Constituciones de 1621 (8 de mayo 1622).

El Definitorio deja el asunto en manos de la Sagrada Congregación que el 18 de noviembre de 1622, pone los dos monasterios “disidentes” bajo el Ordinario del lugar, decisión confirmada en la Bula de Gregorio XV de 13 de marzo de 1623.

En el tema polémico y controvertido de la libertad de confesores, Ana de San Bartolomé recalca con insistencia ser testigo del pensamiento de la Santa.

En su tratado autobiográfico dice: “(Teresa) sabía era su voluntad (de Dios) que las religiosas fueran debajo de la obediencia de los religiosos y en su vida no consintió quedase fuera de la Orden y de su boca misma lo oí muchas veces que no quería otra cosa y que le pesaba de la libertad que iban tomando”.

Más abajo dice: “y así dijo a algunas de las prioras que ella quería bien: “pésame de la libertad que he puesto en las Constituciones”.

Estos son algunos ejemplos de los testimonios que Ana de San Bartolomé ofrece para argumentar su postura ante tan controvertido tema.

Es posible preguntarse si hubo realmente un cambio, un giro en el pensamiento de Teresa respecto a la libertad de confesores que ella misma apeló. Puede ser que con este cambio, intentara moderar los excesos que se estaban dando por parte de algunas prioras, excesos que conducían a la relajación.

Ana conoce muy bien el humanismo de Teresa que se basa en esa libertad de espíritu y es ella misma la que defiende esa libertad en situaciones difíciles. Esto le llevará a decir que la libertad de confesores no es una regla absoluta, por la que se tenga derecho a oponerse a la autoridad y “separarse” de la Orden. Asimismo, la libertad no puede ser pretexto para ir en contra de la legislación y tradición teresianas. Además, no es un fin sino un medio para conservar mejor la paz y la autenticidad en la vida del Carmelo.

Cuando las carmelitas “inglesas” rehusaron las nuevas Constituciones, Ana no se dejará vencer por este hecho e intentará ganar a la priora, Ana de la Ascensión y a las demás monjas, sobre todo, cuando el asunto estaba en manos de los superiores carmelitas. Pero fue en vano el intento. Tras la separación, Ana les escribe una carta muy humana en la que les propone un vejamen, con el que les desafía a la virtud de la caridad. Ana les escribe otra carta asegurando su amor a pesar de la “separación”. Finalmente, en un último intento de ganar a la priora, le propone que deje su convento y vaya a vivir con ella. Tampoco logra hacerle cambiar de postura; y es entonces cuando Ana de San Bartolomé empieza a trabajar contra ellas pidiendo incluso suprimir esta fundación. Apela a la infanta Isabel y le presiona para que las eche del país. Ana expone los puntos de relajación de estas monjas:

– Admiten candidatas sin votos de la Comunidad.

– Sobrepasan el número máximo de monjas (más de 20 y por dispensa papal, 21): reciben a todas las que pueden.

– Algunas parecen estar descontentas de verse relajadas.

Sobre todo, lo que más le provocará sufrimiento profundo es que ellas aseguran guardar el espíritu de la Santa y con esto no hacen más que engañar a todos. Ana de San Bartolomé refiere: “El corazón me duele que se llamen carmelitas, hijas de la Santa y que engañen el mundo”. Piensa que lo básico es la UNIÓN con la Orden y vivir la unión con las cabezas de la Orden.

Estos son, a grandes rasgos, los acontecimientos que se vivieron en el Carmelo de Flandes y que en Ana de San Bartolomé dejaron una profunda huella.

BIBLIOGRAFÍA

J. URKIZA. Obras Completas de la Beata Ana de San Bartolomé.

Tomos 1-2. Monumenta Histórica Carmeli Teresiani. Roma, 1981.

J. URKIZA. Ana de San Bartolomé. Obras completas. Monte Carmelo, Burgos, 1998.

SILVERIO DE SANTA TERESA. Historia del Carmen Descalzo en España, Portugal y América. Tomo VIII. Monte Carmelo, Burgos 1937.

R. MEJIA. Carmelos de Europa. Tomo II. Monte Carmelo. Burgos, 1994

* MONTE CARMELO. Revista de estudios Carmelitanos. Vol. 84, Burgos 1976; Vol. 101, Burgos 1993; Vol. 103, Burgos 1995; Vol. 104, Burgos 1996; Vol. 105, Burgos 1997; Vol. 106, Burgos 1998.

 

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6 thoughts on “Ana de S. Bartolomé, compañera de Teresa

  1. Siempre me gustó la figura de Ana de San Bartolomé. Incluso tengo una reliquia de ella que me fue dada en Roma. Gracias por compartir estas páginas con todos nosotros. Un abrazo desde Argentina

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  2. Me ha gustado el escrito y sobre todo el tratamiento del tema referente al Breve de Sixto V, tan engorroso siempre y tan bien expuesto, como los dolores de casbeza de la Beata por mantener la fidelidad teresiana ante la autoridad francesa, que fue bien secular.

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    1. Muy agradecida por tus palabras, ciertamente Ana de S. Bartolomé, fiel al espíritu de su madre Teresa, quiso siempre actuar movida por esa lealtad que le generó no pocas incomprensiones. Nos deja un magnífico testimonio de amor y vida entregada en el Carmelo.

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    1. Muchas gracias, Pedro por tu comentario alentador, es un trabajo que realicé en tiempo de formación y me ayudó a conocer y ahondar en la figura de Ana de S. Bartolomé, que tuvo la dicha de convivir muy de cerca con Santa Teresa, a la que admiraba profundamente.

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