Teresa y una recreación borjana


borjaPedro Paricio Aucejo

Si Teresa de Jesús tuvo el privilegio de mantener trato con varios santos entre sus maestros y confidentes espirituales –Juan de la Cruz, Pedro de Alcántara, Juan de Ávila, Juan de Ribera…–, el relativo a Francisco de Borja (1510-1572) ocupa, sin embargo, una relevancia no suficientemente valorada por sus biógrafos. Quizá ello ha dado pie a que, basándose en los datos de la documentación histórica y literaria existente, se forjaran al respecto algunas hipótesis, reflexiones y reconstrucciones parcialmente imaginarias. Tal es el caso de la realizada por el jurista español –formado en la Universidad de Deusto–, político y ensayista Cruz Martínez Esteruelas (1932-2000). A la diversa produccción ensayística de este pensador, fundamentalmente de sesgo político e histórico, cabe sumar la literaria. En este ámbito cultivó la semblanza novelada de acontecimientos históricos, como la orden del Temple, y de personajes como el Cardenal Cisneros, Jorge Manrique y San Francisco de Borja.

En el caso del vicario y tercer general de la Compañía de Jesús (bisnieto del papa Alejandro VI por línea paterna y de Fernando el Católico por la materna, duque de Gandía, caballerizo mayor de la emperatriz Isabel –esposa de Carlos I–, marqués de Llombai y virrey de Cataluña), el autor, en su libro Francisco de Borja, el nieto del escándalo¹, se aproxima históricamente a la personalidad del santo jesuita por medio de una narración literaria de corte autobiográfico. En ella se escenifica la evocación que de su vida realiza el propio personaje desde la soledad de su estancia de cinco meses en Ferrara. Hombre de reflexión, acción y pensamiento, durante el tiempo de recuperación de su salud y en la paz del Colegio de jesuitas de esta ciudad italiana, en 1572 –en pleno otoño de su intensa y apasionada existencia–, Francisco de Borja ordena experiencias, impresiones y recuerdos vitales.

Buena parte de esa intensidad de su vivir vino dada por el conocimiento y aprecio de personas de singular relieve que el santo de Gandía tuvo la dicha de experimentar. Algunas de ellas, tanto dentro como fuera de su Orden, poseían un alto grado de santidad personal. El caso de Teresa de Ávila es el primero citado (a continuación será el de San Juan de la Cruz) en la evocación que al respecto se realiza en esta literaria memoria personal². El trato se produjo en su etapa como jesuita en España. Después de su descripción como andariega y contemplativa, señala el Santo el recuerdo que de Ignacio de Loyola le despertaba la presencia de Teresa “por su afán de cambiar las cosas y combatir las rutinas” y porque, si bien uno y otra eran de distinta mística, ambos compartían “un sentido profundo de la oración y de la acción.”

Después de hablar de sus lecturas teresianas y de su mucho interés por todo cuanto le acontecía en la reforma del Carmelo, la califica de ´consultona´ y, dada su elevada espiritualidad, habla del riesgo que en ese sentido se corría de que la consultante pudiera convertirse en consultada. A él le tocó aconsejarla en 1554, en Ávila, cuando la Santa –antes de comenzar su obra reformadora– andaba con problemas de oración que la preocupaban y torturaban con dudas y escrúpulos. En aquella época –centrada en la oración y en la lectura apasionada de San Agustín– ya había experimentado los primeros episodios espirituales extraordinarios, de los que se rumoreaba, en muchos casos adversamente, tanto en el convento de la Encarnación como en toda la ciudad.

Dado que sus amigos y confesores se encontraban desconcertados por la situación, uno de ellos, el jesuita Diego de Cetina, tuvo la ocurrencia de llamar a Francisco de Borja para que hablara con Teresa a fin de que emitiera su opinión sobre el asunto y, en caso de que la valoración fuese satisfactoria, la hiciese pública para, teniendo en cuenta la buena fama del valenciano, se calmasen así los ánimos soliviantados. Cuando tuvo lugar la entrevista el jesuita se percató de la verosimilitud de las experiencias místicas de la carmelita, consolándola con el relato de algunos sucesos personales suyos en el mismo sentido y aconsejándole no dejar la oración y admitir serenamente las aventuras de la gracia.

En fin, tres años después de lo descrito la volvió a ver, en Semana Santa, también en Ávila, ratificando el crecimiento de su vida espiritual –tres años más tarde, la mística abulense comenzaría su obra reformadora–. Logrado por Francisco de Borja el cometido propuesto al inicio de estas entrevistas, el trato se mantuvo entre ambos hasta su muerte, si bien solo por medio de una abundante comunicación epistolar. La amistad y el reconocimiento fueron, pues, definitivos y recíprocos: “Sé que Teresa quiere a los jesuitas –se concluye en el breve relato de esta recreación autobiográfica–. Es una amistad, la suya, que nos honra”.

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¹Cruz Martínez Esteruelas, Francisco de Borja, el nieto del escándalo, Barcelona, Planeta, 1988, 193 pp.
²Op. cit., pp. 128-129.


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