Teresa de Jesús y Luisa de Belén, hermana de Cervantes (II)

Teresa de Jesús y Luisa de Belén, hermana de Cervantes (I)
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Astrana Marín, en su vida de Cervantes, escribe lo siguiente sobre el estilo de vida que se plantearon estas monjas:

«La vida en el convento era muy austera. María de Jesús y sus primeras religiosas no admitieron calzado alguno. Hasta 1576 anduvieron la planta desnuda, sin el menor abrigo.

El hábito, de jerga o zafra; toca y velo, de anjeo, sin quitársele jamás sino lo preciso para la limpieza; la cama, de sarmientos metidos en un jergón; la comida, cuaresmal todo el año (…).

Sustentábanse de las labores de sus manos (ellas hicieron célebres las «almendras de Alcalá») y de las limosnas».

Existe en el archivo del convento un documento llamado “Noticias tocantes a este convento que se escribieron a primeros de febrero del año 1679 por la M. Catalina de Belén”. En él se afirma claramente:

“…con este rigor fueron perdiendo la salud; viendo esto los prelados y Dª. Leonor de Mascareñas, dieron orden de cómo nuestra santa madre Teresa de Jesús viniese a este convento a mitigar este rigor y ponerlo en la forma que iba dando a sus conventos”.

Doña Leonor de Mascareñas, era amiga de doña María de Mendoza, también benefactora de Teresa de Jesús, y así logró que esta fuese un tiempo para “instruir a las monjas descalzas de Alcalá en cosas de la Orden y reformar lo que fuese menester”, según afirma el biógrafo Francisco de Ribera en su Vida de la santa.

Por su parte, Francisco de Santa María, en su Reforma de Descalzos da como fecha del paso de la Madre el 21 de noviembre de 1567. Debió de permanecer hasta el mes de febrero de 1568.

Allí se encontró Teresa a la joven Luisa de Belén (Cervantes), formando parte de una comunidad de unas dieciocho hermanas. Después de la fundadora, que tenía cuarenta y cuatro años, la siguiente en edad tenía justo la mitad, 22 años, y todas las demás de veinte para abajo. Esta joven comunidad seguía los rigores impuestos por María de Jesús.

Francisco de Santa María relata que la Madre fue bien recibida y acogida, que hizo con ellas labor de priora. Procuró hablar con todas y con cada una: «No solo en general, sino también en particular las instruyó en familiares comunicaciones que con cada una tenía» (Libro II, cap. 10).

Astrana Marín nos informa de un detalle simpático que figura en el libro de Apuntamientos de la Comunidad. Ana de San Jerónimo, maestra de novicias, era de estatura corpulenta, como Santa Teresa, y ambas se intercambiaban las túnicas:

«Referíalo la misma Ana muchos años después, y decíanle sus compañeras: «-Pues, madre, ¿cómo no guardó Vuestra Caridad una túnica de la Santa?» A lo que respondía con ingenuidad encantadora «Hijas, Santa Teresa, que ahora está canonizada, y sus túnicas, en aquel tiempo que vino a esta casa ninguna novedad nos hicieron».

Teresa les entregó el texto de sus Constituciones. Sin embargo, no consiguió convencerlas para que se pasasen a la obediencia de la Orden, ya que dependían del obispo de Toledo. Tras permanecer un tiempo con ellas, el P. Domingo Báñez, a la sazón en Alcalá, le aconsejó que dejase el monasterio y prosiguiese su labor de fundadora. Y así lo hizo.

Atrás quedaron las monjas. Luisa de Belén, entre ellas. Astrana Marín supone que la fecha de profesión de la joven debió de coincidir con la visita de M. Teresa.

Dos después de la visita de la santa, también Jerónimo Gracián contactaría con la comunidad, y por ellas, conoció a la Madre Teresa de Jesús, al enterarse de que ella era la autora de las Constituciones por las que se regían las de Alcalá. Lo cuenta él mismo en sus Scholias:

 «Esta sierva de Dios [María de Jesús Yepes] fue el primer motivo que tuve para entrar en esta Religión y conocer a la M. Teresa de Jesús. Porque estando m en Alcalá recién ordenado de misa, nunca la solía decir sino en el Colegio de la Compañía de Jesús.

Y un día de señor S. Francisco del año del Señor e de 1571 parecióme sería bueno irla a decir a S. Juan de la Penitencia, monasterio de monjas Franciscas, donde estaba por doncella María de San José, mi hermana, que ahora es Supriora en Madrid. Pero cuando yo llegué, ya habían cerrado la iglesia y no había aparejo. Y así, me fui a la Concepción, que era allí cerca, donde me rogaron se la cantase porque no tenían misa y tenían obligación de decirla cantada.

Respondiéndoles que no sabía cantar, dijeron que entonadamente, como ellas cantaban, bien sabría. Acabada la misa, en la cual no se halló ningún  seglar sino una señora llamada doña Beatriz de Mendoza con una hija suya que después se vino a casar con don Francisco de Cepeda, sobrino de la santa M. Teresa de Jesús, predíqueles del señor S. Francisco, pensando que eran Descalzas Franciscas.

Y después, hablando a  la M. María de Jesús, dijome que eran Descalzas Carmelitas y contóme de su regla y estatutos, y rogóme la confesase a ella y a otras que lo pidieron.

Para hacer bien hecho este ministerio, pedí a una me prestase la Regla que profesaban. Diómela, que era la de la M. Teresa de Jesús, y entonces fue la primera noticia que de ella tuve.

Agradáronme tanto aquellas Constituciones, que por curiosidad hice apuntamientos de ellas, y después escribí algunas advertencias acerca de ellas, sacadas de lo que la sagrada Escritura dice de la vida de los profetas de esta Orden, para enviar a la M. Teresa de Jesús, escribiéndola sin conocerla; ella me lo agradeció mucho. Y creo yo que debió de hacer con sus oraciones i de manera que vine a tomar el hábito de esta Orden, con vocación tan contraria a todas las razones humanas cual se espantará quien la leyere en el libro que tengo escrito de las Fundaciones de los Descalzos».

Astrana Marín nos ofrece también estos detalles adicionales sobre la hermana del autor del Quijote:

«Luisa de Cervantes fue nombrada sacristana en 1575. En 1580 no presenció las elecciones, por hallarse enferma de la epidemia del catarro. Era clavaria en 1585. En 1586, tornera; subpriora, en 29 de Enero de 1593; y otra vez, en 1596, hasta 1599, que quedó de clavaria. Siguió en este puesto hasta 18 de Febrero de 1602, en que fue elegida priora, con reelección en 1605, cuando aparece el Quijote. De nuevo nombrósele clavaria en 1608, y subpriora en 1611. Otra vez, clavaria, en 16l4 durante seis años, y tercera vez, por último, priora, en 24 de Agosto de 1620.

En los Apuntamientos, por desgracia, no se consigna la fecha de su muerte. Fallecería de allí a poco, pues habiendo nacido en 1546, tenía ya setenta y cuatro años.

Quedó, pues, Luisa la última superviviente de los hijos de Rodrigo de Cervantes».


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