La persona en Teresa de Lisieux


teresitaHoy recordamos y celebramos a una gran mujer: Santa Teresita del Niño Jesús o de Lisieux (Alençon 2 de enero de 1873 – Lisieux, 30 de septiembre de 1897), también doctora de la Iglesia, que bebió en las fuentes de Teresa de Jesús y Juan de la Cruz. De entre sus profundas enseñanzas, nos centramos hoy en cómo concebía ella a la persona. Lo hacemos a través de este artículo:

La persona en Teresa de Jesús

María del Puerto Alonso, ocd

“¡Qué gran misterio es nuestra grandeza en Jesús!”
Teresita de Lisieux

Teresa del Niño Jesús no hace ningún tratado en sus escritos, así que no diserta sobre quiénes somos. No obstante ella nos habla de sí misma desde su propia experiencia:

Yo lo he visto por experiencia: cuando no siento nada, cuando soy INCAPAZ de orar y de practicar la virtud, entonces es el momento de buscar pequeñas ocasiones, naderías que agradan a Jesús más que el dominio del mundo e incluso que el martirio soportado con generosidad. Por ejemplo, una sonrisa, una palabra amable cuando tendría ganas de callarme o de mostrar un semblante enojado, etc., etc. ¿Comprendes, Celina querida? No es para labrar mi corona, para ganar méritos, es por agradar a Jesús… Cuando no tengo ocasiones, quiero al menos decirle muchas veces que le amo.

Esa experiencia, aunque personal, es en realidad, la de todo ser humano. Es conocimiento profundo de nuestro ser: frágil, quebradizo y a un tiempo fuerte, grandioso. Así ella se define a sí misma como “gota de rocío”, “granito de arena”, “florecilla”… pero también como “soldado” llamado a realizar grandes hazañas:

Tiene que ser a mi alma (su hermana) a quien hablo así, pues de otro modo no sería comprendida; pero es a ella a quien me dirijo, y ella adivina todos mis pensamientos. Sin embargo, lo que tal vez ella ignora es el amor que Jesús le tiene, un amor que lo pide TODO. Nada hay imposible para él, y no quiere poner límite alguno a la SANTIDAD de su lirio… ¡Su límite es no tenerlos…! ¿Y por qué los habría de tener…? Nosotros somos más grandes que todo el universo, y un día tendremos incluso una existencia divina.

Teresa es consciente de nuestra grandeza ilimitada y al tiempo de nuestra pequeñez. Dicotomía que se da en todo ser humano:

Siento que Jesús quiere que yo te diga esto, porque nuestra misión es olvidarnos de nosotras mismas, anonadarnos…, ¡somos tan poca cosa…! Pero esta pequeñez que la joven carmelita palpa dentro de sí la anima a realizar pequeños actos de amor al Dios tierno como una madre, Dios amante en el Cantar de los Cantares… Ya en tiempos de la ley del temor, antes de la venida de Nuestro Señor, decía ya el profeta Isaías, hablando en nombre del Rey del cielo: «¿Podrá una madre olvidarse de su hijo…? Pues aunque ella se olvide de su hijo, yo no os olvidaré jamás». ¡Qué encantadora promesa! Y nosotros, que vivimos en la ley del amor, ¿no vamos a aprovecharnos de los amorosos anticipos que nos da nuestro Esposo…?

¡Cómo vamos a temer a quien se deja prender en uno de los cabellos que vuelan sobre nuestro cuello…! Sepamos, pues, hacer prisionero a este Dios que se hace mendigo de nuestro amor. Al decirnos que un solo cabello puede obrar este prodigio, nos está mostrando que los más pequeños actos, hechos por amor, cautivan su corazón… Si hubiera que hacer grandes cosas, ¡cuán dignos de lástima seríamos…! ¡Pero qué dichosas somos, ya que Jesús se deja prendar por las más pequeñas…!

En la Sagrada Escritura ella encuentra las respuestas:

Mi camino es todo él de confianza y de amor, y no comprendo a las almas que tienen miedo de tan tierno amigo. A veces, cuando leo ciertos tratados espirituales en los que la perfección se presenta rodeada de mil estorbos y mil trabas y circundada de una multitud de ilusiones, mi pobre espíritu se fatiga muy pronto, cierro el docto libro que me quiebra la cabeza y me diseca el corazón y tomo en mis manos la Sagrada Escritura. Entonces todo me parece luminoso, una sola palabra abre a mi alma horizontes infinitos, la perfección me parece fácil: veo que basta con reconocer la propia nada y abandonarse como un niño en los brazos de Dios. Su caminito de abandono confiado en Dios tiene como fundamento nuestra propia nada, nuestra pequeñez, nuestras dificultades cotidianas para vivir esta vocación cristiana de ser templos de Dios vivo.

Cuando palpa su limitación, ella no se derrumba. En la oración Teresita tiene sequedad ordinaria y se duerme… esta es la respuesta que encuentra a su situación:

Verdaderamente, estoy lejos de ser santa, y nada lo prueba mejor que lo que acabo de decir. En vez de alegrarme de mi sequedad, debería atribuirla a mi falta de fervor y de fidelidad. Debería entristecerme por dormirme (¡después de siete años!) en la oración y durante la acción de gracias. Pues bien, no me entristezco… Pienso que los niños agradan tanto a sus padres mientras duermen como cuando están despiertos; pienso que los médicos, para hacer las operaciones, duermen a los enfermos. En una palabra, pienso que «el Señor conoce nuestra masa, se acuerda de que no somos más que polvo». Mis ejercicios para la profesión fueron, pues, como todos los que vinieron después, unos ejercicios de gran aridez. Sin embargo, Dios me mostró claramente, sin que yo me diera cuenta, la forma de agradarle y de practicar las más sublimes virtudes.

Dios se acuerda del barro de que estamos hechos. Dios es el primero en comprendernos. Esta es la respuesta que encuentra la joven Teresa. Respuesta sorprendente. Y ante la sequedad su respuesta también es clara: somos pertenencia de Dios:

Y si parece olvidarme, pues bien, es muy libre de hacerlo, pues yo ya no soy mía sino suya… ¡Antes se cansará él de hacerme esperar que yo de esperarlo a él…! Una idea en la que insistirá Mi Prometido no me dice nada, ni yo le digo tampoco nada a él; tan solo que le amo más que a mí misma. Y en el fondo de mi corazón siento que es verdad, ¡pues soy más de él que mía…!

Nuestra vida la ve como un peregrinar, un viaje, un camino… somos viajeras que caminamos hacia la patria. Y en ese caminar hay un progreso, un cambio… ella misma lo ha palpado:

Seguramente que más adelante el tiempo en que ahora vivo me parecerá también lleno de imperfecciones, pero ahora no me sorprendo ya de nada ni me aflijo al ver que soy la debilidad misma; al contrario, me glorío de ello y espero descubrir cada día en mí nuevas imperfecciones. Acordándome de que la caridad cubre la multitud de los pecados, exploto esta mina fecunda que Jesús ha abierto ante mí. El Señor explica en el Evangelio en qué consiste su mandamiento nuevo. Dice en san Mateo: «Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen».

Ante su propia imperfección en lugar de afligirse y de dar por perdida la batalla, busca una salida airosa, como cuando se dormía en la oración.

Ella nunca se desanima:

 Pero en vez de desanimarme, me he dicho a mí misma: Dios no puede inspirar deseos irrealizables; por lo tanto, a pesar de mi pequeñez, puedo aspirar a la santidad. Agrandarme es imposible; tendré que soportarme tal cual soy, con todas mis imperfecciones. Pero quiero buscar la forma de ir al cielo por un caminito muy recto y muy corto, por un caminito totalmente nuevo. Y también: Jesús, yo soy demasiado pequeña para hacer obras grandes.

Para Teresita, lo fundamental es que somos morada de la Trinidad también ¡qué felicidad pensar que Dios, la Trinidad entera nos está mirando, que vive en nosotras y se complace en contemplarnos! Jesús, por su encarnación, nos ha dado una gran dignidad. Somos trono de Dios, sus amigos, sus íntimos, sus semejantes:

El único crimen que Herodes echó en cara a Jesús fue el de estar loco, ¡y yo pienso como él…! Sí, fue una verdadera locura venir a buscar a los pobres corazoncitos de los mortales para convertirlos en sus tronos. Él, el Rey de la gloria, que se sienta sobre los querubines… Él, cuya presencia no pueden contener los cielos… Nuestro Amado tenía que estar loco para venir a la tierra a buscar a los pecadores para hacer de ellos sus amigos, sus íntimos, sus semejantes. ¡Él, que era perfectamente feliz con las otras dos personas de la Trinidad, dignas de adoración…! Nosotras no podremos nunca hacer por él las locuras que él hizo por nosotras, y nuestras acciones no merecerán nunca ese nombre, porque no son sino hechos muy razonables y muy por debajo de lo que nuestro amor quisiera realizar. Es, pues, el mundo el insensato, pues ignora lo que Jesús hizo por salvarlo; es él el acaparador que seduce a las almas y las lleva a fuentes sin agua…

Jesús, siempre Jesús, es la clave de nuestro ser como personas. 

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One thought on “La persona en Teresa de Lisieux

  1. Desde tiempo inmemorial se ha cargado con ´pesados fardos´ la forma de percibir la relación del hombre con Dios y el compromiso a ella inherente. Dar a conocer esta experiencia de Santa Teresa de Lisieux –sobre todo teniendo en cuenta que es Santa y Doctora de la Iglesia– resulta necesario y utilísimo para llevar luz a las mentes y paz a los corazones. Gracias, por ello, Puerto.

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