Carta pastoral del obispo de Tortosa sobre el V Centenario

enrique benaventTodo santo es un regalo de Dios a su Iglesia. Santa Teresa de Jesús constituye un caso excepcional, porque Dios le dio unas gracias singulares que la llevarían, por su vida y sus escritos, a ser «una de las cimas de la espiritualidad cristiana de todos los tiempos» (Benedicto XVI , Catequesis del 2 de febrero de 2011).

Cuando se lee el Libro de la Vida en que Santa Teresa plasmó su itinerario espiritual, una de las primeras cosas que salta a la vista es que Dios derramó sobre ella una serie de gracias singulares. No todos los cristianos son enriquecidos con unos signos de santidad tan extraordinarios. Podemos afirmar que hay una ley de la economía de la gracia que se cumple en todos los casos: Dios únicamente concede estas gracias tan singulares a aquellos que por su humildad nunca se sirven de ellas para engrandecerse a sí mismos. Y esta ley de la gracia se cumple en Santa Teresa.

Pero la llamada a la santidad es para todos y, aunque Dios no conceda a todos experiencias tan extraordinarias, a todos nos da la gracia de alcanzar la santidad. Por ello, un segundo criterio que rige la economía de la gracia en cuanto a los dones extraordinarios, es que si Dios se los concede a algunos cristianos es para que sirvan para el bien de todos, para el provecho común, para que, por ellos,  todos nos sintamos llamados y estimulados a realizar nuestra vocación a la santidad, que no es otra cosa que la llamada a vivir la amistad con Dios. Esta relación crece y se alimenta en la oración, que no es otra cosa que «tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos que nos ama» (Vida, cap. 8, núm. 5).

El camino hacia la santidad es un diálogo de gracia y de agradecimiento entre Dios y su criatura. Esta es la clave para entender el itinerario vital recorrido por Santa Teresa, tal como se percibe en el libro de la Vida. Todo su deseo es responder con gratitud a los dones que Dios le concede y, cuando descubre que la gracia recibida es mucho mayor que lo que ella puede ofrecerle al Señor, constantemente confiesa su ingratitud (Libro de la Vida, cap. 14, núm. 11).

Santa Teresa fue también una reformadora de la Iglesia: «Pensaba qué podría hacer por Dios, y pensé que lo primero era seguir el llamamiento que Su Majestad me había hecho a religión, guardando mi Regla con la mayor perfección que pudiera”.  El deseo y la actividad reformadora del Carmelo que ella emprendió fue su respuesta a Dios. Estaba convencida de que la reforma de la Iglesia empezaba por ella misma. En estos tiempos, en los que todos tenemos el deseo de una Iglesia más auténtica y evangélica, Teresa de Jesús nos recuerda que la reforma de la Iglesia será auténtica si cada uno de los cristianos nos tomamos en serio nuestra vocación a la santidad. La reforma de la Iglesia comienza con una vivencia renovada de la vida cristiana.

Enrique Benavent Vidal, obispo de Tortosa

Publicación original en catalán


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