Santa Teresa y los libros de caballerías

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¿Quien la aficionó a tan vano ejercicio?

Fidel García Martínez.

Era tan en extremo lo que en esto me embebía que, si no tenía libro nuevo no me parece tenía contento  (Vida, 2, 1)

Si la propia Santa no nos hubiese dejado esta confesión, nadie hubiese pensado que la gran autora de Las Moradas, de Camino de Perfección o de  Exclamaciones del alma a Dios, hubiese dedicado  muchas horas del  día y de la noche a leer lo que algunos estudiosos ilustres  teresianistas descalifican como: novelones fantásticos de aventuras amatorias.

Es necesario tener en cuenta algunas elementales cuestiones relacionadas con los libros de caballerías y su importancia en tiempos de Santa Teresa, porque  parte de su vida coincide con la Imperio de Carlos V, época en la que los libros de caballerías tuvieron un papel relevante para configurar,  de alguna manera, la utopía nacional basada en la personalidad del Emperador, como paradigma de caballero cristiano en continuas  aventuras guerreras para mantener la paz en su  Imperio contra herejes y mahometanos, y a favor de débiles y desprotegidos. Lo libros de caballerías eran los preferidos en todas las clases sociales, desde los que vivían en grandes palacios, hasta los más humildes, así como militares de gradación o sencilla clase de tropa.  Solo se necesitaba saber leer un poco y vivir los grandes acontecimientos mundiales culturales, políticos y bélicos de los que España era protagonista indiscutible y contra la que se levantaron desde el Papa hasta el Turco, pasando por Inglaterra, Francia Alemania. España era el imperio en donde  no se ponía el sol. Con esta circunstancia histórica lo raro hubiera sido que los libros de caballería no tuvieran el éxito que tuvieron.

En lo que va desde finales del Siglo XV hasta mediados el Siglo XVII se editaron en España más de ochenta títulos, con centenares de ediciones y miles de ejemplares, que se pasaban de mano en mano. El libro más leído  fue  el Amadís de Gaula, que data de  la última década del Siglo XV y será el referente de todos. En tiempo de Santa Teresa el Amadís sufrió una reinterpretación según la realidad española del momento  llevada a cabo por  Garci Rodríguez de Montalvo. ¿Podría ser uno de los muchos que leyó la Santa?

Este éxito de los libros de caballerías en tiempo de Santa Teresa tiene relación directa con lo que  los autores pretendían con ello,  pues narraban ficciones gustosas y artificiosas de mucho entretenimiento –de evasión diríamos hoy– lo que confirma la Santa cuando escribe de su madre: “Era mi madre aficionada a libros de caballerías y no tan mal tomaba este  pasatiempo como yo lo tomé, porque no perdía su labor (…) y por ventura lo hacía para no pensar en los grandes trabajos que tenía, y ocupar sus hijos, que no anduviesen en otras cosas perdidos”  (Vida 2-1). Y sobre ella misma: “Era tan en extremo lo que en esto me embebía que, si no tenía libro nuevo no me parece tenía contento”.

Este éxito de los libros de caballerías se puede deducir por los terribles alegatos que clérigos, moralistas y los varones graves lanzaban contra ellos. Algunos llegaron a calificarlos como sermonarios del diablo. El libro de caballerías más leído  en tiempos de Santa Teresa fue el Amadís de Gaula.  Y  esto por una prueba, si no contundente, sí probable basada en el mismo Quijote Capítulo IV (I parte) cuando el cura cervantista creyéndose la máxima autoridad en la materia, determina qué libros deben ser condenados al fuego y cuáles podían ser salvados de sus propias cenizas, sentencia; “que sea el Amadís,  porque es el primero de los impresos en España y todos los demás han tomado el principio y origen de este, así me parece como dogmatizado de una secta tan mala, le debemos sin excusa alguna condenar al fuego”. Frente a esta postura intransigente, se levanta el barbero, más liberal en el sentido cervantino –El amante liberal–y que representaría la de los muchos seguidores de los libros de caballerías, para quien, el Amadís: “sería el mejor de todos los libros que de este género sean compuesto y así es el único que se debe perdonar”.

Los padres más responsables evitaban que estos libros entrasen en sus casas y llegasen a manos de sus hijos. Escribe la Santa: “De esto le pesaba mucho a mi padre que se había de tener aviso de que no lo viese (…) parecíame no era malo con gastar muchas horas del día y de la noche en tan vano ejercicio, aunque escondida de mi padre” (Vida, 2).

Si las primeras lecturas de Teresa, siendo niña, fueron las vidas de los santos, que contenían además de la vida del santo, relatos hagiográficos y elementos legendarios y sobrenaturales, pero totalmente sanos para los niños, como escribe la propia Santa: “De mis hermanos ninguna cosa me desayudaban a servir a Dios. Tenía uno casi de mi edad, juntábamonos a leer vidas de santos” (Vida, 1). En casa no tenían entrada los libros de caballerías, porque: “Era mi padre aficionado a leer buenos libros y así los tenía de romance para que leyesen sus hijos. Y puesto que los leía a escondidas de su padre, con toda seguridad estos libros le llagaban por sus familiares, especialmente por sus primos hermanos, pues estos libros se pasaban de mano en mano. Posiblemente fueron sus familiares más directos  quienes la introdujeron en la lectura de los libros de caballerías; esto se puede deducir de las palabras con las que la Santa se lamenta, con evidente exageración, como fue el abandono de la lectura de los libros buenos los que la despertaron a la virtud a la edad de seis o siete años, junto con el cuidado que mi madre  tenía en hacernos rezar y ser devotos de Nuestra Señora (Vida, 1),  motivado en parte porque: “Tenía primos hermanos algunos, que en casa de mi padre no tenían cabida otros para entrar que era muy reservado, y pluguiera a Dios, que los fuera de estos también; porque ahora veo el peligro que es tratar en la edad en que se han de comenzar  a criar las virtudes con personas que no conocen la vanidad del mudo, sino antes despiertan para meterse en él. Eran casi de mi edad, poco mayores que yo (…) y oía sus sucesos de sus aficiones y niñerías no nada buenas; y lo que es peor fue, mostrarse mi alma a lo que fue causa de todo su mal”  (Vida,2-2).

Siguiendo con las influencias de sus familiares habla: “(…) de una parienta de tan livianos tratos a la que me aficioné a tratar. Con ella era mi conversación y pláticas; porque me ayudaba todas las cosas de pasatiempo que yo quería y aun me ponía en ellas y daba parte de sus conversaciones y vanidades” (Vida, 2-3).

Si Santa Teresa dedicaba horas del día y de la noche en tan vano ejercicio como la lectura de libros de caballerías, y en su casa no los había, porque su padre era muy enemigo de ellos, el lector puede sacar la conclusión pertinente.

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