El maestro Juan de Ávila escribe a Teresa de Jesús

dsc_0259-940x1404El 10 de mayo fallecía en Montilla  Juan de Ávila, santo y doctor de la Iglesia, considerado maestro de santos, por la gran influencia que tuvo su figura en la espiritualidad de su tiempo, y la ayuda que prestó a  personas como Juan de Dios,  Ignacio de Loyola,  Francisco de Borja… y, naturalmente,  Teresa de Jesús.

Fray Luis de Granada, biógrafo y discípulo del conocido como apóstol de Andalucía, relata así, en 1588, a tan solo seis años de la muerte de Teresa, el contacto que se dio entre ella y el maestro Ávila:

«Acaeció también que una gran religiosa, por nombre Teresa de Jesús, muy conocida en esta nuestra  edad por grande  sierva  de Dios, aunque al principio perseguida de muchos que no conocían su espíritu, viéndose tan acosada  de algunos, acudió a uno de los señores inquisidores,  dándole cuenta de sus cosas para que él las examinase. Mas él respondió que al Santo Oficio principalmente pertenecía castigar las herejías que se les proponían; mas que la avisaba que en el Andalucía había un gran siervo de Dios, que era el padre Ávila, y de grande experiencia en las cosas espirituales; que le diese por escrito cuenta de toda su vida, y que se quietase con lo que él respondiese. Ella lo hizo así, y él, después de haber sido muy bien informado el caso, le respondió en una carta que se quietase y entendiese que no había en sus cosas engaño alguno, porque todas eran de Dios. Esta carta vi yo, y no se pone aquí por ser cosa muy larga y tratar de materias muy espirituales y delicadas, que no son para todos».

La carta del P. Juan de Ávila, que puede leerse en este enlace, alegró mucho a Teresa, como le comenta a doña Luisa de la Cerda, que había actuado como mediadora:

 «El maestro Ávila me escribe largo, y le contenta todo; solo dice que es menester declarar más unas cosas y mudar los vocablos de otras, que esto es fácil» (2 noviembre 1568).

Teófanes Egido¹ ha hecho notar que la misiva no es una aprobación sin concesiones. El maestro Ávila responde con enorme cortesía y avala las experiencias de Teresa, pero piensa que el libro no está “para salir a manos de muchos”. Y da estas razones:

«… porque ha menester limar las palabras de él en algunas partes; en otras declararlas; y otras cosas hay que al espíritu de vuestra merced pueden ser provechosas, y no lo serían a quien las siguiese; porque las cosas particulares por donde Dios lleva a unos, no son para otros».

Ahora bien, las experiencias que la santa narra en el libro, según el análisis que hace el maestro, tienen garantía de ser auténticas, y no engaño del demonio. Sobre todo, creemos, con Encarnación González Rodríguez, que la gran ayuda que esta carta prestó a Teresa viene no solo por cuanto tranquiliza su espíritu y la afianza en su camino de relación con Dios. Hay fragmentos de la carta en los que Juan de Ávila parece dirigirse no tanto a la madre Teresa como a aquellos que no confiaban en sus experiencias. Ella explicaba por qué sus consejeros tenían esta opinión. En este caso, hace referencia al “caballero santo”, Francisco de Salcedo:

«Como él fue entendiendo mis imperfecciones tan grandes, y aun serían pecados  (aunque después que le traté, más enmendada estaba), y como le dije las mercedes  que Dios me hacía, para que me diese luz, díjome que no venía lo uno con lo otro, que aquellos regalos eran ya de personas que estaban muy aprovechadas y  mortificadas, que no podía dejar de temer mucho, porque le parecía mal espíritu en algunas cosas» (V 23, 11).

El maestro Juan de Ávila, en su carta, se dirige a este tipo de consejeros, y rebate esta tesis: 

«Y no se debe nadie atemorizar para condenar de presto estas cosas, por ver que la persona a quien se dan no es perfecta; porque no es nuevo a la bondad del Señor sacar de malos justos, y aun de pecados, y graves, con darles muy grandes gustos suyos, según lo he yo visto. ¿Quién pondrá tasa a la bondad del Señor? Mayormente que estas cosas no se dan por merecimiento, ni por ser uno más fuerte; antes algunas por ser más flaco, y como no hacen a uno más santo, no se dan siempre a los más santos». 

Dios se muestra especialmente misericordioso con el pecador, y le concede gracias, incluso místicas, aunque no lo merezca, para ver si puede cambiar su corazón. Esta idea sin duda es una de las grandes aportaciones que el maestro hizo al pensamiento teresiano, y la podemos ver reflejada en la segunda obra de Teresa, Camino de perfección:

«Hay almas que entiende Dios que por este medio las puede granjear para sí. Ya que las ve del todo perdidas, quiere Su Majestad que no quede por El, y aunque estén en mal estado y faltas de virtudes, dale gustos y regalos y ternura que la comienza a mover los deseos, y aun pónela en contemplación algunas veces» (CV 16, 8).

Otro de los aspectos que va a censurar el maestro es el de quienes dudan de las gracias que Teresa narra por creerlas excesivas:

«Ni tienen razón los que por solo esto descreen estas cosas, porque son muy altas, y parece cosa no creíble abajarse una Majestad infinita a comunicación tan amorosa, con su criatura: Escrito está que Dios es amor y si amor, es amor infinito y bondad infinita, y de tal amor y bondad no hay que maravillar que haga tales excesos de amor que turben a los que no le conocen. Y aunque muchos le conozcan por fe, mas la experiencia particular del amoroso y más que amoroso trato de Dios con el que quiere, si no se tiene, no se podrá bien entender el punto donde llega esta comunicación, y así he visto a muchos escandalizados de oír las hazañas del amor de Dios con sus criaturas; y como ellos están de aquello muy lejos, no piensan hacer Dios con otros lo que con ellos no hace. Y siendo razón que, por ser la obra de amor, y amor que pone en admiración, se tomase por señal que es de Dios, pues es maravilloso en sus obras, y muy más en las de su misericordia, de allí mismo sacan ocasión de decrecer, concurriendo las otras circunstancias que den testimonio de ser cosa buena».

Teresa lo expresará rotundamente en el umbral de las Moradas:

«Es posible en este destierro comunicarse un tan gran Dios con unos gusanos tan llenos de mal olor; y amar una bondad tan buena y una misericordia tan sin tasa […] Yo sé que quien esto no creyere no lo verá por experiencia, porque es muy amigo de que no pongan tasa a sus obras» (1M 1, 3 y 5).

Aún añade otro apunte Juan de Ávila para los incrédulos semiletrados:

 «También digo que las cosas de este libro acaecen, aun en nuestros tiempos, a otras personas, y con mucha certidumbre que son de Dios, cuya mano no es abreviada para hacer ahora lo que en tiempos pasados, y en vasos flacos, para que él sea más glorificado».

Recuerdan estas últimas palabras las de Teresa en Fundaciones:

«…no lo echen a los tiempos, que para hacer Dios grandes mercedes a quien de veras le sirve, siempre es tiempo» (F 4, 5).

En definitiva, la carta constituía para la madre Teresa una especie de salvoconducto que podía presentar ante los severos censores de su espíritu. Un regalo valioso del maestro Ávila que ella supo siempre agradecer y ponderar.


¹T. EGIDO, “Aprobación de la Vida de santa Teresa por el Maestro Juan de Ávila”, en: M. E. GONZÁLEZ RODRÍGUEZ, (ed.), Entre todos, Juan de Ávila, Madrid 2011, 67-72.

 

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