‘Morada interior’: fotografiando la paz del claustro

Morada interiorEl 13 de mayo, dentro del programa de Murcia Tres Culturas, se inauguró la exposición fotográfica de José Luis Montero titulada Morada Interior, en el Museo de la Ciudad. Esta exposición es fruto de su estancia durante diez horas en el convento de las Carmelitas Descalzas de Algezares (Murcia). Se podrá visitar hasta el 30 de septiembre.

En la paz del claustro

Pedro Soler La Verdad. Murcia

Reconoce que no fue un proyecto propio, sino una sugerencia de Manuel Fernández-Delgado, a propósito del quinto centenario del nacimiento de Santa Teresa. Ha visto cientos de veces los muros de piedra de ese edificio, pero desconocía qué aventura le esperaba. No dudó en responder positivamente, pese a que se trataba de penetrar en un mundo de silencio y oración. Así surgió la exposición ‘Morada interior’, del fotógrafo José Luis Montero, que ayer tarde se inauguró en el Museo de la Ciudad de Murcia. Como protagonistas, las once religiosas carmelitas descalzas que desarrollan su vida en el Convento de La Encarnación, situado en la falda del santuario de La Fuensanta.

«No sabía de qué convento se trataba, pero este trabajo se ha convertido en una de mis experiencias más emocionantes», afirma el conocido fotógrafo y diseñador. «Cuando la directora del Museo de la Ciudad, Consuelo Oñate, y yo explicamos a la superiora lo que queríamos hacer, y lo que yo veía más interesante, como el tema de la soledad y su vida entre cuatro paredes, no surgió problema alguno. Para mí ha sido un placer trabajar dentro del claustro». Junto a la amabilidad de las religiosas, la faceta más resaltada por Montero -«me han tratado como si fuese yo un hijo suyo»-, también advirtió que favorecería a uno y a otras realizar el trabajo de un modo rápido, para que fuese mínimo el tiempo perdido. Solo tres sesiones con una duración global de diez horas fueron suficientes.

Atento al corto repique de campanas, que indica la presencia de alguien ajeno al convento, «a veces -afirma- me encontraba como un elefante en una cacharrería, porque les iba pidiendo que me contaran detalles de su vida. Me parecía paradójico vivir tantos años con un horizonte tan recortado, aunque la verdad es que ascienden un poco, suben a la terraza, y contemplan toda la huerta y la capital».

Fascinado por el silencio

Rostros, tocas, rezos, lecturas, trabajos manuales, rincones, ceremonias… permanecen estampados en esta serie, que puede interpretarse como un auténtico descubrimiento. «Pocos saben que ellas son quienes hacen los sacos para el arroz de Calasparra y unos bordados espléndidos. Esto les permite evadirse». Montero también ha quedado fascinado por el silencio. «Algo que para ellas es natural, yo tenía que transformarlo en una función primordial para conservar la calma, y poder reflejar en mis fotografías todo lo que uno es capaz de sentir en la cabeza y en el corazón, en muy pocas horas. Me parecía que iba a resultar imposible captar ese ambiente, en el que me había metido y que suponía para mí un auténtico reto». Añade que después, ya en el relajo de la casa propia, cuando miraba y remiraba lo que había hecho, pensaba que, «aunque en una pequeña medida, lo había conseguido. Veía que esos espacios vacíos sí rebosaban bondad, intimismo y espiritualidad».

Para realizar su labor y quebrar lo mínimamente posible el desarrollo de la vida diaria de las religiosas, el fotógrafo recurrió al equipo imprescindible para captar «una de las cosas más mágicas que he vivido». Fue poder fotografiar el canto de la Salve, que las religiosas realizan los sábados. Este era un tema que la superiora deseaba que fuese captado por la cámara. «Cuando ella me preguntó si me gustaría fotografiar ese momento, por supuesto que le respondí afirmativamente. Aunque no era sábado, las religiosas se colocaron su blanca ‘capa sabatina’ y posaron interpretando la Salve. Nunca me ha hecho tanto daño el clip-clap de mi cámara como cuando noté que interrumpía el canto. Me dieron ganas de dejar la cámara para escuchar plenamente la grandeza del momento».

En la exposición no faltan los espacios vacíos, temática que encanta a José Luis Montero, quien reconoce que esta serie ha sido para él «más que interesante, una experiencia vital». Y añade que mostró a la comunidad las fotos, sin que le hayan puesto cortapisa alguna. «Todo ha sido un cúmulo de amabilidades. Todas me decían que iban a rezar por mí». Y recuerda como otro momento muy especial cuando entregó a la superiora el reciente libro de fotografía sobre Murcia que acaba de publicar. «Me pareció muy interesante que vieran la ciudad, en la que prácticamente viven, pero que no conocen. Luego me dijeron que todas las hermanas lo habían estado viendo, y que casi había cola para poderlo ver más tranquilamente».

Recuerda también cuando una religiosa, natural de Costa Rica, cuyas manos fotografió haciendo bordados, le preguntó si podía darle una copia para enviársela a su familia, a través del ordenador «No me podía negar, claro. Fue una de esas cosas que te llegan al alma».

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