Paroxismo de un ateo. Teresa en Cioran

ciornPedro Paricio Aucejo

A principios de la década de los años 70 del siglo pasado, Fernando Savater introdujo en el mundo académico español la obra del escritor y filósofo rumano Emil Cioran (1911-1995). Este intelectual provocador, de pensamiento controvertido y a contracorriente de lo establecido fue, en su época, el gran teórico del escepticismo, la desesperanza y el fracaso. Preocupado por asuntos como la futilidad y decadencia de la vida, el aburrimiento, el absurdo, el sufrimiento, la agonía, la tiranía de la historia o la muerte (se sintió atraído por la idea del suicidio), su obra manifiesta una multitud de sentimientos intensos e incluso violentos que la envuelven en una atmósfera de amargura y tormento. Tan solo la ironía y la dominante tensión lírica de su pensamiento contrarrestan la expresión fuerte y apasionada de una producción escrita en modo aforístico.

Intensamente marcado por el ambiente religioso de la sociedad en que se crio –su mismo padre, pope ortodoxo, sería pieza clave de esa influencia–, Cioran se consideró agnóstico desde muy joven, alcanzando su descreencia un carácter compulsivo en la época de sus estudios universitarios de filosofía. A pesar de ello, la preocupación religiosa es una de las tendencias preponderantes en su pensamiento, sin duda seducido por la voluntad de absoluto y el misticismo. Este fenómeno religioso lo mantuvo obsesionado transitoriamente durante el período inicial de su vida literaria. Es la época de la publicación de El libro de las quimeras (1936), donde proclama ya su admiración por Santa Teresa de Ávila, de quien dice que le ´ha enseñado de las cosas terrenales, pero sobre todo de las cosas celestiales, más que todos los grandes filósofos´.

Esta fascinación por la monja abulense –una de las dos mujeres con las que más se relacionó, según su propio testimonio– era debida a la intensidad y pasión de su carácter, llegando a considerarla uno de los ejemplares más destacados del ardor de la tribu hispánica (´si España fuera un cíclope, Teresa de Ávila sería su ojo´). Su deslumbramiento por la Santa era debido a ´un exceso procedente de esa locura particular, inconfundible, propia de España’, hasta el punto de sentirse atraído por nuestro país –visitándolo varias veces– por el contraste que suponía respecto de la Europa civilizada. La carmelita española, con su ´corazón traspasado de una pasión divina´, representó para Cioran ´un momento divino de la historia humana´.

Ahora bien, si se tiene en cuenta el ateísmo confeso del pensador rumano, esta encandilada actitud resulta –al menos– llamativa.  Su fijación con la descalza castellana es fruto, para José Ignacio Nájera¹, de “una admiración del gesto, de la contorsión hacia lo divino. En el fenómeno místico Cioran ve una extremosidad, y como tal anomalía siente que lo cautiva. Pero lo que llama su atención es el espectáculo que supone. El joven Cioran era amante de la intensidad”². Y, en la medida en que los santos nos redimen del mundo circunstancial, la santa de Ávila lo hacía de forma prominente, pues, gracias a lo experimentado con ella, el atormentado paseante del Barrio Latino de París dejaba de ser él y, con el anhelo teresiano de la vida de ultratumba, aprendió a despreciar la vida presente y a considerar a la muerte como su mejor aliada.

Por ello mismo, al no captar Cioran la integridad del fenómeno místico, se asomó a él –en palabras del estudioso citado anteriormente– “como a un espectáculo en el que la letra no era la experiencia de lo inefable, sino solo su pobre símbolo. En cierto modo, el rumano se quedó prendado de la narración, pero no de lo que estaba más allá de ella. Y Cioran se quedó solo con la fanfarria de su desolación… Mientras que Teresa de Ávila tenía a Dios, él, por contra, sabe que es un místico sin Dios y que sus fiebres y sus delirios solo tienen como destino la esterilidad. Su producción es más y más lucidez por captar el sin sentido: como muy bien repitió, nada le merecía la pena”.

El siguiente paso de su trayectoria vital sería, pues, la pérdida de interés por los místicos, cuyo abandono llegó en los inicios de su madurez. En Breviario de podredumbre (1949), muestra ya el inconfundible tono escéptico con el que pasaría a ser reconocido en la posteridad. Habla en pasado de los místicos y los santos incluida Santa Teresa y se lamenta de las horas dilapidadas con ellos. Su antiguo paroxismo espiritual se torna crítica implacable y su balance de la santidad no va más allá del mero diagnóstico de pura enfermedad histérica. Y es que ´aquella ilusión gloriosa de la que habla Teresa de Ávila, para designar una de las etapas de la unión con Dios, es lo que un espíritu árido, inevitablemente celoso, no perdona a un místico´ (Del inconveniente de haber nacido). Así se escribe la historia de la frustración humana… ¡Nada nuevo bajo el sol!

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¹Cf. Cioran y Teresa de Ávila, en https://emcioranbr.wordpress.com/2015/01/06/cioran-teresa-avila.

² ´¿Cómo no sentirse cerca de Santa Teresa, ya que se le apareció Jesús, salió corriendo y bailó en el centro del convento, en un arrebato desesperado, tocando el tambor para llamar a las hermanas para compartir su alegría? Cuando tenía seis años leyó las vidas de los mártires, y exclamó: “¡Eternidad!” Decidió ir a tierra de moros para convertirlos, no pudo cumplir ese deseo, pero el ardor en ella no dejó de crecer´ (De lágrimas y santos).

 

 

 

 


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