‘Las Moradas’, el arte de introducir en el misterio de Dios

castilloLa Revista de Espiritualidad dedicó su primer número de este año 2015 a la introducción en el Misterio, la mistagogía teresiana en el libro de Moradas. Ofrecemos el editorial y, a continuación, enlazamos seis artículos de Juan Crespo de los Bueis, salesiano, que dedicó a este tema su tesis doctoral, presentada en 2014 en la Universidad de Comillas y dirigida por Secundino Castro, odc.

Editorial

REVISTA DE ESPIRITUALIDAD 74 (2015), 5-8

Comienzo llamando la atención acerca de la oportunidad de este estudio sobre el arte de la pedagogía teológica del libro de Moradas, en un momento en el que estamos celebrando el V Centenario del nacimiento de Santa Teresa; la obra que Teresa consideraba cumbre, y libro que concibió como un tratado; denominado por ella precisamente así en el frontispicio del autógrafo.

Además de esa primacía -un tratado-, participa del sentido de la Autobiografía, porque ella pretendió revivir en forma un tanto sistemática el libro de la Vida que custodiaba la Inquisición. Teresa estaba convencida de que este escrito gozaba de singular atracción para arrastrar a los hombres al misterio. Que es eso mismo cuanto significa la palabra mistagogía. Estaba persuadida además de que Dios quiso expresamente que el libro de su Autobiografía se escribiera. Moradas, por su parte, enriquecería ese poder de atracción desde diversas modalidades.

Por eso, con total acierto, aquí se sitúa la obra cumbre de santa Teresa entre la Autobiografía y el Camino de Perfección. Moradas es pura vivencia, sistematizada desde la misma experiencia hecha Camino. En realidad no haría falta acudir a otros libros de Teresa para clarificar la objetividad de su mística, porque en él están asumidos todos.

Quien lea este trabajo enseguida quedará gratamente sorprendido por el gran conocimiento que su autor muestra del pensamiento y vivencia teresianos, y de su bibliografía, que como podrá fácilmente apreciarse incorpora con gran precisión e ingenio en el organigrama del relato.

Aunque el estudio se refiera a la pedagogía teológica -mistagogía- para elaborar con hondura este discurso era preciso situarlo en horizonte interdisciplinar, en el que se ponen en movimiento la historia, la antropología, la psicología y, por supuesto, la pedagogía.

Por eso antes de comenzar su tarea ha situado a Teresa mistagoga en su ámbito de aprendizaje, y también ha querido determinar con exactitud los límites de esta disciplina y sus reglas; aunque luego ha preferido no aplicarlas con todo su rigor. Porque no ha querido someter a la gran Mística a corsé prestablecido alguno. Le ha dejado un margen amplio para que explicite ella su propio campo transmisor.

Al lector le puede asaltar una tentación: quedarse en la tupida riqueza de su contenido, sin advertir suficientemente el dinamismo vibrador que éste implica para convertirse en mistagogía. Pero la agilidad magistral del autor se ha revelado una vez más en presentar de tal forma el contenido, que casi desde él mismo, sin esfuerzo alguno, brote el estilo artístico y vital teresianos para sumergir en el misterio.

De forma que el trabajo se va a referir directamente al modo trasmisor resultante, pero lo va a realizar como derivación y “excesus” de la objetividad del mensaje. Ésta es la razón que explica por qué su autor se ha visto obligado a utilizar al máximun la bibliografía.

Aunque él no lo diga expresamente, es un hilo que trasvasa toda la obra la idea de que la palabra teresiana imprime religiosidad; como si fuera algo magnético que expande un campo de ondas, en el que lo numinoso y cristológico se muestran irresistibles. Estamos ante una especie de protopalabra, que tiene más que ver con el dabar hebreo que con el logos de los griegos. Es palabra realidad. Teresa misma ha tenido experiencia de este hecho con respecto a ella por parte de otras personas. San Juan de la Cruz dice algo de esto mismo hablando de los hombres llegados a la plenitud del amor teologal. Cosa que con- firma Pablo VI en su bellísima Carta Altissimi Cantus. Son palabras que hacen camino porque evocan a Jesucristo que es “el Camino” y que Teresa sitúa en el centro de su experiencia-pensamiento.

Con acierto el autor nos ha hecho ver cómo en el Cristo de sextas Moradas sobre todo en el capítulo séptimo, converge el dinamismo pleno de las demás. Por eso también ha estudiado este libro como un proceso de antropología cristológica. El yo se va sobrepasando así mismo. Y surge de ese conglomerado “el deseo”, que enseguida re- clama la amistad que se ofrenda. Pero Teresa sabe, por propia experiencia, que la realidad es fragmentaria a causa de la culpa; y esa urgencia de amistad tiende a bifurcarse para convertirse en drama.

La experiencia teresiana refleja muy bien esa condición pecadora del ser humano al que hay que sanar. La oración teresiana, que es esencial relación, recupera todos los caminos de la Biblia. Se descubre el eje central de la realidad: el amor como entrega. El autor ha seguido en este aspecto el esquema clásico. Proceso activo y proceso pasivo. La respuesta aparecerá en las moradas siguientes, Cuando la gracia tome la primacía.

El estudio muestra bien la entrada en la gratuidad, disfrutando de esa realidad nueva todavía como desde fuera. Decíamos que el ser humano, que se iba sobrepasando a sí mismo, ahora percibe que ese trascenderse, resulta nuevo; es la unificación del pensar y del querer, que además se ahondan de tal manera que surgen recreados.

Los símbolos incorporados por Teresa, tanto bíblicos como de otra índole, le permiten percibir la hondura de esta llegada de la alteridad, que, por otra parte, está reclamando nuevos horizontes. Es la apertura a las moradas quintas, en que se percibe cómo la otra realidad embebe ya plenamente al sujeto. Se trata de la sobreabundancia del amor, que obliga al morador a desprenderse de la cápsula terrenal; es el gusano que muriendo resucita en mariposa.

Desde aquí, se abre a un nuevo estadio en el que el yo viene recuperado, y es ahora cuando se recibe como verdadero sujeto con capacidad de interlocución con Dios. Hasta aquí todo resultaba un tanto ficticio. Ahora queda dispuesto para la alianza. Se ha convertido en un yo con alteridad regalada.

En estas sextas moradas se dan grandes parecidos con la historia salvífica. Desde aquí es posible la lectura de todo lo precedente. Se descubre el horizonte de la comunión, del yo luminoso, de la alteridad nupcial, que deja abierto el camino a la alteridad también trinitaria de las séptimas moradas, que proclaman, desde la comunión singular con Cristo, el misterio de la Trinidad y la presencia del Espíritu. Hemos alcanzado la unidad.

El mérito principal del autor, a mi parecer, se halla en que nos ha hecho ver cómo el proyecto teresiano es mistagógico porque además de referirse a la naturaleza y a la palabra, ambas requieren a su vez la persona. Pero es que además el proyecto teresiano tiene mucho de corporalidad. Teresa comprendió que lo corporal no es periférico para el yo. En el pasado se la acusó de ser demasiado psicológica, de corporalizar la gracia. Hoy, no vemos ese reproche como sombra, sino más bien como riqueza de una espiritualidad luminosa, que empalma con las experiencias más primitivas de N.T. Una razón más para ver en ella un arte de introducir o mejor arrastrar y forzar a entrar, “compelle intrare”, en el misterio.

Artículos de Juan Crespo de los Bueis, sdb:

 

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