¿Teresa extraordinaria?

ext¿Fue Teresa de Jesús un ser extraordinario, fuera de los parámetros habituales del resto de los mortales?¿O fue alguien de nuestra misma masa que confió, arriesgó, supo llevar al extremo sus talentos y sobre todo, se abrió a la gracia divina que obraba en ella?

Recogemos en esta entrada tres artículos sobre este tema aparecidos en el blog Juntos andemos de Gema Juan, carmelita descalza de Puçol,  los dias 27 de junio, 4 y 11 de julio. Como forman una unidad, los ofrecemos en un solo documento, que podéis leer aquí o descargar en este enlace.

¿Teresa extraordinaria?

Gema Juan,ocd
Blog ‘Juntos andemos’

I.

Cuando se lee a Teresa de Jesús o se piensa en la profunda experiencia de Dios que tuvo; al disfrutar la sabiduría de sus palabras o al mirar la libertad que logró, siendo una monja que vivió en un siglo regido por varones y atado por unas leyes sociales asfixiantes; cuando se ve lo que logró hacer por sí misma, se puede pensar que Teresa es inalcanzable y que era una gran mujer, casi desde siempre.

Sin embargo no es así. Teresa se hizo a sí misma y se dejó modelar por Dios, poco a poco. Pasó de los apegos estrechantes a la apertura del amor, del miedo a la libertad y de la debilidad a la entereza a través de un largo proceso nada sencillo y nunca acabado.

Confesará que «era temerosa en extremo» y que marchó de la casa paterna, para ir al convento, sintiendo que sus huesos flaqueaban porque «no había amor de Dios que quitase el amor del padre y parientes». Salió de la casa familiar movida por dos temores: el de no salvar su alma y el de la suerte que corrían las mujeres de su tiempo en el matrimonio. «También temía el casarme», decía. El amor la alcanzaría mucho después.

Escribe con sinceridad lo que vivía, cuando intentaba responder a las llamadas de Dios: «Andaba mi alma cansada y, aunque quería, no le dejaban descansar las ruines costumbres que tenía» y sufría –sigue diciendo–, viendo «lo poco que podía conmigo y cuán atada me veía para no me determinar a darme del todo a Dios». No podía consigo misma y ella era su principal traba.

Conoció la desazón de no lograr remontar. Y casi desespera de sí misma, sumida en una división de vida, en la que –dice– «ni yo gozaba de Dios ni traía contento en el mundo». Estuvo cerca de desistir y explica por qué: «Veía mi poca enmienda, que ni bastaban determinaciones ni fatiga en que me veía para no tornar a caer en poniéndome en la ocasión». Viendo eso, llegó a creer que no lograría una vida auténtica.

Y la que, con razón, es llamada «maestra de oración» conoció las dificultades que pueden darse en el camino de la oración, no solo los momentos luminosos y dulces. Hablaba, sin vergüenza, de cuánto le costaba orar: «Muchas veces, algunos años, tenía más cuenta con desear se acabase la hora que tenía por mí de estar, y escuchar cuándo daba el reloj, que no en otras cosas buenas; y hartas veces no sé qué penitencia grave se me pusiera delante que no la acometiera de mejor gana que recogerme a tener oración».

Y aun esa resolución, esa fuerte capacidad para permanecer –porque Teresa dice que se mantuvo así «algunos años»– dirá que es dada y lo dejará apuntalado en las IV Moradas: «Hase de entender en cuanto dijere que no podemos nada sin Él».

No poder nada sin Dios no significa para Teresa dejar de hacer todo lo posible. Más bien, supone andar haciendo cuanto se puede. Y por eso, explicaba que hay cosas que se pueden ir aprendiendo. Dirá, por ejemplo, que se puede ir «poco a poco, no haciendo nuestra voluntad y apetito, aun en cosas menudas, hasta acabar de rendir el cuerpo al espíritu». O también, que se puede crear un hábito de superación y así «de cosas muy pequeñas se pueden… acostumbrar para salir con victoria en las grandes».

El mismo recorrido se puede hacer hablando de otras cosas. De sí misma dirá, en una Cuenta de Conciencia: «Solía ser muy amiga de que me quisiesen bien; ya no se me da nada, antes me parece en parte me cansa». Teresa era una mujer sensible y afectiva y había dependido mucho del afecto de los demás. Liberar el corazón fue costoso.

La extraordinaria Teresa se presenta como una mujer que ha vivido en proceso, aprendiendo, madurando, desarrollando lo mejor de sí. Una mujer que conoció el fracaso, la falta de dominio y la mediocridad. Era una luchadora nata, pero por sí misma no lograba realizar los deseos más profundos de su corazón ni la felicidad que buscaba.

¿Desdora todo esto a Teresa? ¿La hace menos extraordinaria? En absoluto. Pero es importante conocerla por dentro y entender su recorrido vital, para comprender mejor sus palabras. Y para no imaginar que habla desde una cima inaccesible o con un gesto impasible, como quien, desde lejos, ve las dificultades externas y las batallas íntimas de otros.

La extraordinaria Teresa es el fruto de una mujer asombrosa y muy valiosa que se puso en manos de Dios, que se dejó cincelar y que eligió la confianza como camino para llegar al fondo de todo: de sí misma, de Dios y de los demás.

Tuvo conciencia de «las gracias de naturaleza» que Dios le había dado, pero también de que podía malograr tanto bien. El gran paso que inclinó su vida hacia lo extraordinario, lo relata en el Libro de la Vida, cuando dice: «Estaba ya muy desconfiada de mí y ponía toda mi confianza en Dios».

Eso es lo que la lleva a emprender el increíble camino de su vida y a poder decir que «está la verdadera seguridad en procurar ir muy adelante en el camino de Dios. Los ojos en Él, y no hayan miedo se ponga este Sol de Justicia, ni nos deje caminar de noche para que nos perdamos, si primero no le dejamos a Él».

II.

Cuando Teresa contaba ya cincuenta años, por fin puede escribir: «Mi alma la despertó el Señor… De esta manera vivo ahora», y explicaba que había llegado a una experiencia de paz inmensa y de abandono confiado en Dios.

Le costó mucho despertar, pero cuando sale del sueño de una vida entre dos aguas, de la mano del «buen amador Jesús», ya no se detiene ni se entretiene en lo que no sirve a Dios. Y lo que no sirve, ella lo veía claro:

«¿Pensáis que es posible, quien muy de veras ama a Dios, amar vanidades? Ni puede, ni riquezas, ni cosas del mundo, de deleites, ni honras, ni tiene contiendas, ni envidias; todo porque no pretende otra cosa sino contentar al Amado».

Teresa madurará hasta el final de la vida. No dejará de avanzar en la comunión y el conocimiento de Dios. Ha intuido un «fin que no tiene fin» y eso le impide despegarse de Él. Así, escribirá en una de sus Cuentas de Conciencia: «Conozco que por su bondad va en crecimiento mi alma en amarle cada día más».

Pero todo eso lo vive Teresa sumergida en la vida, es decir, a través de los vaivenes de las circunstancias y de su situación personal. Y es bueno ponerle marco al increíble retrato de esta mujer, porque ese marco revela su humanidad y el paso de Dios en ella.

Escribía: «Viéneme algunos días… que aunque quiera no sé qué cosa buena haya habido en mí». Basta un ejemplo para verla como una mujer entre la fragilidad y la fortaleza: «Unas veces me parece tengo mucho ánimo y que a cosa que fuese servir a Dios no volvería el rostro; y probado, es así que le tengo para algunas; otro día viene que no me hallo con él para matar una hormiga por Dios, si en ello hallase contradicción».

Bien avanzada su vida, todavía vivirá zozobras de todo tipo. Mientras preparaba la fundación de Palencia, escribe: «Todo se me hacía imposible, y si entonces acertara con alguna persona que me animara, hiciérame mucho provecho; mas unos me ayudaban a temer, otros, aunque me daban alguna esperanza, no bastaba para mi pusilanimidad».

Teresa busca apoyo humano, como cualquier persona en necesidad. Siente el peso de su edad y de sus enfermedades. No hay nada extraordinario en todo ello.

También, ella misma dirá que todas las personas son ricas por naturaleza. De modo que apuntan, sin excepción, a algo extraordinario porque son como «un diamante o muy claro cristal, adonde hay muchos aposentos, así como en el cielo hay muchas moradas».

¿Qué marca la diferencia? ¿La diversidad o cantidad de cualidades? Teresa responde con su vida y su letra y dice que no. La diferencia la marcan la confianza y la verdad.

La mencionada fundación de Palencia lo muestra muy claramente: Teresa afronta con sinceridad el momento. Comprende que lo que la está frenando es un punto de desconfianza, y lo confiesa: «Parece no era la causa la enfermedad ni la vejez». Esa sinceridad le abre a la luz, de modo que a partir de ahí entenderá que ir a Palencia es seguir sirviendo a su Señor, que le asegura su presencia: «¿Qué temes? ¿Cuándo te he yo faltado? El mismo que he sido, soy ahora».

Por eso, Teresa avisa de lo que sabe por experiencia: «Este es nuestro engaño, no nos dejar del todo a lo que el Señor hace», no confiar del todo y en todo en Él. Solo hay una respuesta para ella: «Dejarse del todo en los brazos de Dios».

Pero no basta la confianza, es necesaria una verdad sin concesiones, casi despiadada, por amor del Amor. Porque Teresa decía: «Una vez estaba yo considerando por qué razón era nuestro Señor tan amigo de esta virtud de la humildad…: es porque Dios es suma Verdad, y la humildad es andar en verdad».

La confianza supuso para Teresa entrar en el espacio de la gratuidad de Dios y así entendió la verdad: que todo bien es recibido y que es Dios quien sostiene lo bueno en cada ser humano. Por propia experiencia podía decir: «Si no conocemos que recibimos, no despertamos a amar». Y resume lo que piensa, en unas palabras de su comentario al Cantar:

«No nos quejemos de temores ni nos desanime ver flaco nuestro natural y esfuerzo; sino procuremos de fortalecernos de humildad, y entender claramente lo poco que podemos nosotros y que si Dios no nos favorece, no somos nada; y desconfiar de todo punto de nuestras fuerzas y confiar de su misericordia».

Comprender esta verdad y vivir acorde a ella es un salto en la historia personal de cada ser humano; eso es lo que llevará a Teresa a vivir y hacer cosas extraordinarias.

III.

El largo camino por el que Teresa de Jesús se fue haciendo una mujer nueva y extraordinaria supuso, también, la revelación de un Dios sorprendente e inesperado. El Dios que había transformado su vida y que hará de ella una gran mujer de Dios.

Descubrir a ese Dios, siempre presente pero no siempre percibido, forma parte de la aventura personal de Teresa y de su proceso para convertirse en la «madre de espirituales» que llega a ser, capaz de acompañar a los creyentes, de siglo en siglo.

Ella misma confesaba, en una ocasión: «Acaecióme a mí una ignorancia al principio, que no sabía que estaba Dios en todas las cosas». Y eso, a pesar de que en cuanto empieza a repensar su vida para enderezarla, cae en la cuenta de que Dios, desde el principio, la iba guiando y llamando. Decía al comienzo del Libro de la Vida: «No me parece os quedó a Vos nada por hacer». Y, mucho más adelante, en una Exclamación, insistirá: «¡Oh, qué tarde se han encendido mis deseos y qué temprano andabais Vos, Señor, granjeando y llamando para que toda me emplease en Vos!».

Al Dios todomisericordioso, del que después hablará incansablemente, lo descubre muy lentamente. Teresa creía que el tesoro del amor de Dios solo se entregaba a los buenos y eso la había paralizado en más de una ocasión. Y resumía esa creencia diciendo: «Aguardaba a enmendarme primero, como cuando dejé la oración».

Creía que tenía que ser buena para que Dios estuviera con ella, para orar, incluso para tratar con los letrados o con quienes podían darle luz en su camino. Teresa todavía veía a Dios como el que favorece y se da a los buenos y juzga y recrimina a los malos.

Y cuenta que oraba para «ganar perdones», para ganarse a Dios: «Antes que me durmiese, cuando para dormir me encomendaba a Dios, siempre pensaba un poco en este paso de la oración del Huerto, aun desde que no era monja, porque me dijeron se ganaban muchos perdones».

Después de muchas luchas interiores, tras no pocas idas y venidas, entenderá que Dios va siempre delante, dándose. De tal modo que, cuando hace memoria de su propia vida, se da cuenta de que Dios es pura Gracia. Descubre a un Dios al que no hay que ganar, con el que no hay que comerciar para tenerlo a favor, pero con el que se puede hacer «un concierto». Eso es lo que llegará a entender Teresa:

Que con el «amigo de todo concierto», solo se puede tratar de amistad, no sirven otras cosas: solo la sinceridad de corazón encuentra el acceso. Teresa llega a comprender que Dios no fuerza jamás ni se presta a cambalaches piadosos. Por eso, dirá: «Él no ha de forzar nuestra voluntad, toma lo que le damos; mas no se da a Sí del todo hasta que nos damos del todo».

Así, pero no de un día para otro, Teresa pasa de creer en un Dios al que hay que satisfacer, a creer y vivir con otro que ama y se deja amar, que quiere amigos y no súbditos. Ese gran paso le lleva a entender que Dios desea encontrar una mirada amorosa que le responda y por eso dice a quien quiera escucharla: «Mire que le mira, y le acompañe y hable y pida y se humille y regale con Él».

El camino de fe que recorre la lleva a comprender que Dios quiere comunicarse, que busca a todos los seres humanos para regalarles su amor. Por eso, dirá que lo que importa es descubrir «el particular cuidado que Dios tiene de comunicarse con nosotros y andarnos rogando -que no parece esto otra cosa- que nos estemos con Él».

Teresa no dejará ya nunca de ser exigente consigo misma y con los demás. Y tal vez por ello, a veces se confunde su gran valía con algo excesivo a lo que no se puede aspirar. No es así. Ella puede decir: «Ni honra, ni vida, ni gloria, ni bien ninguno en cuerpo ni alma hay que me detenga ni quiera ni desee mi provecho, sino su gloria», y al mismo tiempo: «Soy muy ordinario reprendida de mis faltas». Como si dijera: siempre hay por delante un gran camino que hacer y estoy dispuesta. Ahí está lo extraordinario.

Teresa acompaña para abrir los ojos al amor y descubrir al «huésped divino» que jamás falta; conduce al encuentro íntimo y enseña lo único necesario para el amor: confiar y andar en verdad. Solo después de eso, se muestra firme para que nadie pierda el tesoro recibido y es desde ahí, desde donde levanta su propio vuelo.

Porque si algo hizo extraordinaria de verdad a Teresa, fue la confianza absoluta y esa amada sinceridad que unió su vida a la de Dios, sin dejar resquicio fuera. A partir de aquí, todas sus piezas encajan. Su vida se concierta con la del Dios que ha arrebatado su corazón y empieza «otra vida», la extraordinaria vida de los amigos de Dios. Escribir, recorrer mil caminos para fundar, enseñar, mover corazones, tratar con nobles y gentes sencillas, negociar, educar, responder a los teólogos… todo es –dirá– «otra vida nueva».

Con cuánta razón podía escribir:

«¡Oh Señor mío y Misericordia mía y Bien mío! Y ¿qué mayor le quiero yo en esta vida que estar tan junto a Vos, que no haya división entre Vos y mí? Con esta compañía, ¿qué se puede hacer dificultoso? ¿Qué no se puede emprender por Vos, teniéndoos tan junto?».

 

 


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