Editando el ‘Libro de la Vida’. Entrevista a Fidel Sebastián

Fidel Sebastián es filólogo, especialista en la puntuación del siglo de Oro, y autor de una reciente edición del Libro de la Vida de Teresa de Jesús, publicada en la Biblioteca Clásica de la R.A.E.. Ofrecemos una entrevista publicada en la revista Registradores en su edición número 72, de junio de 2015.

fidel seb

Registradores, Nº  72,
Junio 2015

Fidel Sebastián Mediavilla es un reconocido especialista en la puntuación de los textos del Siglo de Oro español. Su contribución en la edición del Libro de la Vida de Santa Teresa publicado por la RAE, consiste en la revisión de la puntuación del texto y en los oportunos comentarios que abordan cuestiones sobre la autora y la composición de la obra, su género y fuentes, y la transmisión e historia crítica del texto.

Este año celebramos el V centenario del nacimiento de santa Teresa de Jesús y por lo tanto su obra conoce nuevas ediciones. ¿Cree que la santa de Ávila está suficientemente editada en nuestro país?

La obra de santa Teresa está muy dignamente editada en nuestro país, en sucesivas aportaciones desde que don Vicente de la Fuente, en 1861, publicara la primera edición crítica de sus libros en la Biblioteca de Autores Españoles. Pero siempre es posible una edición que supere a las anteriores, a partir de lo que estas han conseguido. Se trata de aplicar los frutos de una investigación que conduzca a facilitar al lector un acceso más cómodo y fiable a lo que el autor (la autora) quiso transmitir: depuración del texto de eventuales lecturas erradas, anotaciones aclaratorias, y estudios complementarios, principalmente.

¿Cómo puede afectar la revisión de la puntuación en una obra? ¿No es la puntuación un elemento demasiado importante en un autor para alterarlo?

Efectivamente. Por ello, cualquier cambio, o la elección entre interpretaciones diversas de las ediciones anteriores, debe ir justificado en nota o en el apartado específico que denominamos “aparato crítico”. El caso de la obra de santa Teresa es muy particular. Hablaré en concreto del Libro de la vida, que acabo de editar. Conservamos el manuscrito original, el autógrafo a partir del cual se imprimió la primera edición (Salamanca, 1588), y que enseguida pasó a guardarse, a requerimiento del rey, en la biblioteca de El Escorial. El manuscrito no presenta apenas signos de puntuación (de tarde en tarde, cada 110 palabras, una raya oblicua avisa de que termina un asunto y empieza otro, o un punto a media altura indica un cambio de entonación). La puntuación (y la ortografía) pertinente para su edición impresa corrió a cargo de los empleados del taller salmantino donde se estampó. Con hartos errores y carencias, en parte por falta de suficiente calificación de los implicados, pero especialmente porque la sintaxis de santa Teresa entraña notoria dificultad. Se ha dicho de ella que escribía como hablaba; pero, más bien, hablaba por escrito: con frases muy sueltas, largas, interrumpidas y  vueltas a interrumpir; con muchas elipsis; y, por si esto fuera todo, en el Libro de la vida, con anonimato que omite toda referencia nominal de personas y lugares. Ahora que se puede disponer de una reproducción facsímil de toda garantía (Tomás Álvarez, 1999) y que están muy desarrollados los estudios sobre la puntuación en el Siglo de Oro, había llegado el momento de revisar y mejorar la puntuación, corrigiendo errores y jerarquizando las largas frases con los signos más pertinentes.

La edición de la Real Academia de El Libro de la vida de Santa Teresa tiene como objetivo mejorar la comprensión de su obra. ¿Qué aporta esta edición crítica realizada por usted?

En palabras del padre Tomás Álvarez, el más prestigioso teresianista, de todas las ediciones publicadas hasta el momento, esta sería la más “atildada, crítica y documentada”; aparte del “texto refinadamente depurado… con sus novedades de lectura textual”, su aportación más valiosa quizás resida “en la revisión y atildadísima puntuación del texto teresiano de Vida –tan cuestionado por la crítica y los editores–, para facilitar su lectura y comprensión” (Monte Carmelo 2015, pp. 262-263). Igualmente ha sido valorado positivamente el acervo de más de mil notas aclaratorias (de índole filológica, histórica, léxica…), que rendirían un señalado servicio tanto al lector común como al investigador.

Supongo que un trabajo de tanta envergadura le ha llevado mucho tiempo. ¿Cómo ha trabajado y cuánto tiempo ha invertido?

Se puede decir que he dedicado a este trabajo algo más de tres años. En dos fases. Primero me interesé por aclarar si, como se venía afirmando, la ortografía y puntuación de las obras de santa Teresa las había fijado fray Luis de León, que fue quien se encargó de darlas a la imprenta. Estudié minuciosamente cuál era la ortografía y el modo de puntuar de fray Luis en sus manuscritos y en los impresos que él pudo controlar, y lo mismo en los autógrafos de la santa y en su primera edición. Demostré que no tenían nada que ver, y que, en este caso, ortografía y puntuación habían corrido a cargo del personal de la imprenta. Advertí las deficiencias.

La segunda fase comienza cuando recibo el encargo de preparar la edición del Libro de la vida para la colección Biblioteca Clásica de la RAE. Se trataba, en primer lugar, de fijar el texto, a la vista del autógrafo y de su transmisión en las ediciones más serias. Los editores modernos –aunque no siempre– iban advirtiendo aquí y allá que determinadas frases no terminaban de tener sentido porque la autora las había dejado inacabadas, o porque no guardaban las concordancias exigidas por la sintaxis… Me impuse la disciplina (dando un voto de confianza a la autora) de no pasar a una frase mientras la anterior no la hubiera entendido perfectamente y transcrito de manera que el lector no albergara dudas. Este esfuerzo me llevó a descubrir que detrás de problemas de puntuación, o de errónea interpretación de las elipsis, había verdaderas erratas transmitidas ininterrumpidamente desde la edición príncipe, y que, a la vista del manuscrito y con la ayuda de una lente de aumento, quedaban aclaradas y devolvían el sentido a toda la frase: es el caso de un consolamos que debía decir consolarnos o un saca que otros corregían por sacan, sin éxito, cuando debía decir sacad (que la santa había escrito, según costumbre de la época, sacá; solo que ella no usaba nunca acentos).

Su obra aporta además de numerosas notas a pie de página, otras notas complementarias donde se puede encontrar información y bibliografía. ¿Esta obra es solo para eruditos o se dirige a todo el público en general?

Siguiendo criterios de la colección en que se publica, las notas al pie son concisas y van dirigidas a facilitar al lector la comprensión de lo que el texto dice, sin pretender mediatizarlo; en un apartado específico, fuera del texto, van las notas complementarias donde el curioso o el investigador puede encontrar la ampliación de la noticia, las referencias bibliográficas, el estado de la cuestión, etc. Es nuestro intento satisfacer por igual al lector común y al investigador más exigente: cada uno tiene su espacio.

¿Por qué cree que santa Teresa puntuaba muy poco en sus escritos?

Tampoco puntuaba Cervantes, a juzgar por lo poco que conservamos escrito de su mano. Las convenciones de la puntuación no dejan de pertenecer a un nivel alto de instrucción que recibían los universitarios y los que habían de vivir de la pluma. Y santa Teresa aprendió a escribir en su casa. Sigue habiendo personas que no se cuidan especialmente de la puntuación: he conocido escritora contemporánea, y culta, que escribía sus originales a máquina y los hacía puntuar a su secretaria. Un texto escasamente puntuado cuesta un poco más de entender, pero no tanto. En cualquier caso, puedo asegurar que, en mi trabajo, resulta más fácil habérselas con un original prácticamente sin signos de puntuación, que con una versión mal puntuada.

Usted es experto en puntuación del Siglo de Oro. ¿A qué escritor destacaría por su  corrección  en la puntuación? O por el contrario, ¿quién cree que necesitaría una nueva edición de su obra?

Fray Luis de León, que ha sido mencionado, puntúa con mucha propiedad sus manuscritos, y sus impresos respetan esa puntuación: era un filólogo de primera calidad. Es de justicia mencionar, entre tantos autores desentendidos de lo que hicieran con la ortografía y puntuación de sus textos las imprentas, a un Mateo Alemán, que los puntuaba con minuciosidad, y velaba por la corrección de los impresos, y hasta escribió una Ortografía castellana, con su puntos de originalidad. En general, en la edición moderna de los clásicos ocupa un lugar importante la puntuación del texto, lo cual implica conocer los criterios con que fue puntuado en origen (o en las primeras ediciones) y los criterios que guían hoy día una buena puntuación.

Supongo que como lector debe tener  siempre  un  sentido  muy  crítico con lo que está leyendo. ¿Es así?

Inevitablemente, cada uno arrastra consigo una cierta deformación profesional. En mi caso, me hace especialmente sensible hacia la buena o mala puntuación de un texto. Pero es preciso, cuando se trata de leer (y no de estudiar), abstraerse de cualquier afán utilitarista; hay que dejar que la lectura nos impregne de sus tesoros: emoción, añoranza, simpatía, ensoñación, deseos, anhelos… A su tiempo ese poso se remueve en el fondo del alma y acaba provocando obras… o más literatura.

¿La puntuación de los escritores españoles es correcta en la actualidad? ¿Se puntúa bien en España?

Hoy en día, y en general, el autor se siente dueño de su puntuación. Y para ello cuenta, si quiere, con unas normas claras a partir de la Ortografía de la Real Academia, de 2010 (no así antes). Sin embargo, no está de más que el autor revise atentamente las pruebas de imprenta, pues aún no se ha desarraigado la  sensibilidad, en unos y en otros, de que –como la tipografía– también la ortografía y puntuación pertenecen al editor. Fácilmente se puede uno encontrar en dicha corrección de pruebas, que algún intermediario ha considerado –acertada o desacertadamente– que la podía mejorar. Pienso que, en general, de alguna manera, como en el Siglo de Oro, cuando un original llega bien puntuado, la imprenta respeta su puntuación; y cuando esta es incorrecta o incoherente, propicia que cualquiera de los que la manipulen intenten mejorarla. El resultado final  es  que las editoriales serias, con sus propias normas internas, aseguran que los libros salgan muy bien puntuados, al margen de originalidades de autor.

¿En qué está usted trabajando ahora? ¿Seguirá en la figura de santa Teresa?

Actualmente estoy trabajando en dos artículos que me han pedido sendas revistas especializadas: uno sobre santa Teresa como personaje u objeto de la literatura, y otro sobre cómo editar a Teresa (es decir, los entresijos de mi edición del Libro de la vida). Y tengo empezada la edición de la autobiografía, apasionante, de Jerónimo Gracián, el discípulo predilecto de santa Teresa, un personaje en alza después de cuatro siglos de injusta preterición.

Usted ha sido profesor. ¿Cómo se enseña a puntuar? ¿El castellano es un idioma bien puntuado?

Conviene enseñar explicando las normas y proponiendo ejercicios de aplicación. Entre las normas de puntuación, las hay inapelables: cuando termina la frase se ha de señalar suficientemente. Otras son discrecionales, pero hay que desarrollar la sensibilidad de que toda puntuación intencional tiene un significado, sea enfático, sea jerarquizador; siempre –si está bien utilizada–, facilitador de la lectura al primer golpe de vista. El castellano cuenta con un sistema muy completo de signos y una praxis que abarcan todas las posibilidades expresivas. Además, y desde 1754 (2ª edición de la Ortografía de la RAE), cuenta (y no los demás idiomas) con un signo de inicio de interrogación y otro de inicio de admiración.

Hablemos de la  puntuación  en el periodismo. ¿Se puntúa bien en nuestros periódicos?

Lo buenos periódicos siempre han puntuado bien. Nótese que antes de que la RAE publicara un elenco suficiente de normas de puntuación (lo que sucedió por primera vez en su Ortografía de 1999, y sobre todo en la de 2010), la referencia para bien puntuar había que buscarla en los libros de estilo de esos grandes diarios.

Las nuevas tecnologías obligan a escribir deprisa y con frases cortas. ¿Es esto un lastre para la puntuación?

Es un peligro, ciertamente, ante el que conviene tomar la decisión de puntuar siempre del mejor modo posible. Como en las normas de educación: si no se cuidan a diario, esperando a grandes acontecimientos, no crean hábito, y, cuando se van a poner en práctica, o no salen o lo hacen con indeseada afectación. Hay que entrenarse todos los días, y a diario buscar la perfección hasta en el escrito más breve y contingente: es virtud que adorna a quien escribe, y un detalle de consideración para con la persona que ha de leer lo escrito.

Aquí ofrecemos una vista previa de la entrevista, que puede descargarse en este enlace.


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