Carta de Teresa de Jesús a Juan Bosco

cartaBoscoTal día como hoy, hace 200 años, el 16 de agosto de 1815, nacía en I Becchi Juan Melchor Bosco Occhiena más conocido como Don Bosco, sacerdote, educador,  escritor y santo.

Ofrecemos, a continuación, una carta ficticia  de Teresa de Jesús a Juan Bosco, obra de Milvia Martínez Olivet OCDS de Guatemala. Se trata de una adaptación que ella realiza como homenaje a los dos santos “a los que tanto quiero y me han ayudado e iluminado mi vida en el seguimiento de Cristo: Santa Teresa de Jesús y a San Juan Bosco, en sus respectivos centenarios de nacimiento”.

Carta de Santa Teresa de Jesús a San Juan Bosco

Al muy magnífico y reverendo señor Juan Bosco, Padre, Maestro y Amigo de los Jóvenes, mi señor.

Jesús. La gracia del Espíritu Santo sea con vuestra merced. Páguele el Señor con largueza el cuidado que ha tenido en socorrer a tantos muchachos y con tanta diligencia, entre peligros tan peligrosos como son poca edad. En su Oratorio de vuestra señoría les va muy bien y con gran aprovechamiento de doctrina. Dales Dios un contento y alegría tan grande, que no parece sino paraíso en la tierra. Por cierto yo creo Nuestro Señor y su gloriosa Madre, la Virgen Auxiliadora, han movido el corazón de vuestra merced en tan santa obra que espero se ha de servir mucho el Señor y ganar vuestra merced mucho delante de Él.

Mucho me he holgado que la primera piedra de su obra con los muchachos, ha de ser buena conciencia y con todas sus fuerzas librarse de pecados veniales  y guardarse muy mucho de ponerse en ocasiones de ofender a Dios y decir confesión frecuente;  andando siempre con alegría y libertad interior y muy dueños de sí mismos y bien determinados a seguir al Señor y así, no se vean  tristes, como el mancebo del Evangelio.

¡Oh, qué bueno y verdadero amor el de vuestra paternidad, de inspirar en los jóvenes considerar el camino de perfección y procurar alcancen todos un día el paraíso!

Al Señor pido me dé su gracia para que con toda claridad y verdad haga yo a vuestra merced esta relación de mi juventud, para que pueda servir algo lo mucho que debo al Señor y algún provecho de sus muchachos.

Desde niña ayudábame no ver en mis padres favor sino para la virtud. Tenían muchas. Era mi padre aficionado a leer buenos libros y así los tenía, para que leyesen sus hijos estos. Mi madre tenía el cuidado de hacernos rezar y ponernos de ser devotos de nuestra Señora y de algunos santos. Era mi padre hombre de mucha caridad con los pobres y piedad con los enfermos y criados. Jamás nadie le vio jurar ni murmurar. Muy honesto en gran manera. Mi madre tenía muchas virtudes; grandísima honestidad, muy apacible y de harto entendimiento. No veía en ellos sino todo bien y cuidado de mi bien.

Éramos tres hermanas y nueve hermanos. Todos parecieron a sus padres -por la bondad de  Dios en ser virtuosos-, si no fui yo, aunque era la más querida de mi padre. Paréceme que comenzó a hacerme mucho daño lo que ahora diré.

Comencé en quedarme en costumbre de leer libros de caballerías -novelas fantasiosas y frívolas-  y ese pasatiempo me comenzó a enfriar los deseos de las cosas de Dios y comenzar a faltar en lo demás; y parecíame no era malo, con gastar muchas horas al día y de la noche en tan vano ejercicio, aunque escondida de mi padre.

Comencé también, a traer galas y a desear contentar en parecer bien, con mucho cuidado de manos y cabello y olores y todas las vanidades que en esto podía tener, que eran hartas, por ser muy curiosa.

Tenía primos y amigos algunos, que en casa de mi padre no tenían otros cabida para entrar. Porque ahora veo el peligro que es tratar, en la edad que se han de comenzar a crear virtudes, con personas que no conocen  la vanidad del mundo, sino que antes despiertan para meterse en él. Si yo hubiera de aconsejar, dijera a los padres que en esta edad tuviesen gran cuenta con las personas que tratan sus hijos; porque aquí está mucho mal, que se va nuestro natural antes a lo peor que a lo mejor.

Tomé todo el daño de una parienta que venía mucho a casa. Era de tan livianos tratos, que mi madre la había mucho procurado desviar que entrase en casa -parece adivinaba el mal que por ella me había de venir- y era tanta la ocasión que había para entrar, que no había podido. A esta que digo me aficioné a tratar. Con ella era mi conversación y pláticas; porque me ayudaba a todas las cosas de pasatiempo que yo quería, y aun me ponía en ellas y daba parte de sus conversaciones y vanidades; imprimíame  sus condiciones ella y otra que tenía la misma manera de pasatiempos.

Traté con ella  en edad de catorce años y creo más. Mi padre y hermana sentían mucho esta amistad; reprendíanmela muchas veces. Espántame algunas veces el daño que hace una mala compañía, y si no hubiera pasado por ello no lo pudiera creer. En especial en tiempo de mocedad, debe ser mayor el mal que hace.  Querría escarmentasen en mí los padres para mirar mucho en esto con sus hijos.

Porque yo he lástima cuando me acuerdo las buenas inclinaciones que el Señor me había dado desde niña y cuán mal me supe aprovechar de ellas. Considero algunas veces cuán mal hacen los padres que no procuran vean sus hijos siempre cosas de virtud y ocupar a sus hijos que no anduviesen en otras cosas perdidos.

Por aquí entiendo el gran provecho que hace la buena compañía; y tengo la certeza que si trataran los muchachos en esta edad con personas virtuosas, estuvieran enteros en la virtud;  porque si en esta edad tuvieran quien les enseñara a temer a Dios, fuera tomando fuerzas su  alma para no caer. Y vi después en mí, la gran merced que hace Dios a quien pone en compañía de buenos.

Comenzó la buena compañía de una monja agustina a desterrar en mí las costumbres que había hecho la mala; y a tornar a poner en mi pensamiento deseos de las cosas eternas. Comencé a rezar muchas oraciones vocales y a procurar con todas me encomendasen a Dios, que me diese el estado en que le había de servir. Gran cosa fue haberme hecho el Señor la merced de la oración, que ésta me hacía entender qué cosa era amarle y saber que el tiempo que estuve sin ella era mucho más perdida mi vida;  porque de aquel poco tiempo de tener oración, vi nuevas en mí muchas virtudes. Paréceme andaba el Señor mirando y remirando por dónde me podía tornar a Sí. Bendito sea el Señor, que tanto me esperó.

Por eso, mi padre Bosco, se me esfuerce por sus muchachos en educarlos sean buenos cristianos y honrados ciudadanos.

Que es bien y contento de nuestro Señor, mi padre, si fuésemos algo, librar  a estos niños de tantos peligros como son cosas tan feas, abominables y sucias que hay en el mundo. De animarlos a que vayan con gran determinación de no ofender al Señor; que perdieran mil vidas antes de hacer un pecado mortal y de los veniales que anden con cuidado de no hacerlos. Que es menester andar siempre con mucho, mucho cuidado y apartarse de todas las ocasiones de hacer el mal y de compañías que no les ayuden  a allegarse a Dios. Que  tengan gran cuenta que la alegría, el estudio, el trabajo  y el amor y temor de Dios,  les hará santos. Que ninguna pena les dé saberse que son morada interior adonde Dios habita y alabarle muy mucho. Y que como usted, mi padre, les ha enseñado: miren siempre la gran dignidad y hermosura de su alma.

No diré más sobre la grande y determinada determinación que ha tenido de allegarse a los muchachos, porque sé que el grande amor que les tiene y el deseo que se salven sobrepuja sin comparación las penas y muy grandísimos trabajos que por ellos ha padecido.

Sólo os pido, mi padre, no os desaniméis si alguna vez cayereis, para dejar por eso de procurar seguir adelante. Poned los ojos en el Crucificado y haráseos todo poco. En la cruz deprenderéis la verdadera humildad; allí le diréis al Señor: aquí está mi vida, aquí está mi honra y mi voluntad; por ellos estudio, por ellos trabajo, por ellos vivo, por ellos estoy dispuesto incluso a dar mi vida.

El Santísimo Sacramento sea vuestro sustento y vuestra paz, pues no se queda para otra cosa con nosotros, sino para ayudarnos y animarnos a hacer su voluntad. A vuestra Madre Auxiliadora,  confiadle vuestros gozos y penas, imitadla y considerad qué tal debe ser la grandeza de esta Señora y el bien de tenerla por patrona.

En todos nuestros monasterios se hace oración muy particular y continua, que pues el intento de vuestra merced es para servir a nuestro Señor y su Iglesia. Yo le digo a vuestra señoría que por acá está su fama como plega al Señor sea la obra, que no hacen sino llamar a vuestra señoría santo y decirme alabanzas suyas todo el tiempo. Sea el Señor alabado que se les da tal ejemplo.

Nuestro Señor tenga a vuestra señoría siempre de su mano y le guarde muchos años para su servicio.

A doña Margarita, su madre, beso las manos, decidle que su bondad y santidad alabo muy mucho.

Son hoy 16 de agosto.

Indigna sierva vuestra.

TERESA DE JESÚS, carmelita.

*Adaptación: Milvia Martínez Olivet OCDS. Como un homenaje a los dos santos que tanto quiero y me han ayudado e iluminado mi vida en el seguimiento de Cristo: Santa Teresa de Jesús y a San Juan Bosco, en sus respectivos centenarios de nacimiento. Guatemala, 2015.


One thought on “Carta de Teresa de Jesús a Juan Bosco

  1. Estoy admirada y contenta de todo el movimiento que ha llevado consigo Sta. Teresa De Jesús.
    Pienso que todas estas movidas tiene que hacer mucho bien a los jóvenes, y estamos descubriendo en Ella muchas cosas que no conociamos.
    De lo poco que he podido leer me maravilla su manera de hacer Oración y hablar con el Señor como un amigo al que esta tan cercano y siempre a nuestra disposición.
    Entrar en nuestro Castillo Interior ,¡Qué maravilla , El siempre nos espera y recibe…
    ¡Gracias Teresa ….te voy desccubriendo y quisiera saber aprovecharme de este acontecimiento! Des de hoy yo tengo una nueva amiga , y Tú , una admiradora.

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