Asimilación teresiana en la novelística de Jesús Fernández Santos

elhombredelossantos

Pedro Paricio Aucejo

Si la figura poliédrica de Santa Teresa ha servido de inspiración a una serie ininterrumpida de novelistas para fabular la riqueza de su vida y su obra, no ha sido menor la influencia de su lenguaje literario entre estos profesionales de la narración. Su escritura –intuitiva, expresiva, afectiva, evocativa, metafórica, informal, siempre viva…– constituye un verdadero yacimiento de la mejor y más fresca lengua castellana. La gracia chispeante y el empleo certero de su lenguaje propician el hechizo de su prodigioso decir. Es por ello que no resulte extraño encontrar usos asimilativos y préstamos literarios del habla de la monja abulense incluso en la historia de la novelística contemporánea. Tal es el caso observable en El hombre de los santos, del escritor madrileño –con raigambre leonesa– Jesús Fernández Santos (1926-1988).

Este autor (con un legado narrativo integrado por once novelas, diez libros de relatos y centenares de artículos, la mayor parte de ellos de crítica cinematográfica) fue galardonado con importantes premios: Nacional de Literatura, Fastenrath, Crítica, Nadal, Planeta, Ateneo de Sevilla, Gabriel Miró… Laboralmente estuvo vinculado también con el teatro, la radio, la televisión y el cine, que convirtió en su segunda profesión. En el ámbito literario perteneció a la denominada generación del medio siglo, cuyo realismo social crítico fue iniciado precisamente con su primera novela, Los Bravos, aunque, a partir de 1969, sin perder sus tendencias neorrealistas, orientó su narrativa hacia el realismo interior en busca del intimismo humano.

Es lo que ocurre con El hombre de los santos, su mejor libro o, al menos, el que más le costó escribir, según declaración del propio autor, quien, al realizar un documental sobre el rescate de unos murales del siglo XVI, conoció a un restaurador de cierta edad, cuyos encuentros y conversaciones dieron origen a la novela. En ella el protagonismo se centra en la figura de don Antonio Salazar, que, al llegar a un convento andaluz de clausura para realizar su labor restauradora, tiene que valerse del lenguaje utilizado por cada monja para poder identificarlas. En el caso de la Madre Aurea, religiosa vivaracha y servicial, su monólogo recuerda muchas de las características de la prosa de Santa Teresa, que fue motivo de interés para el novelista como escritora y como mujer.

Concha Alborg (profesora durante muchos años en la universidad norteamericana Saint Joseph de Philadelphia, en Pennsylvania) sostiene la tesis de que en esta obra “es donde mejor se puede ver la influencia teresiana incorporada al lenguaje de Fernández Santos”¹. Basa su argumentación en un detallado análisis  del texto, donde muestra las particularidades de su léxico y de su gramática en comparación con las del estilo que caracteriza la literatura de la santa de Ávila: uso de polisíndeton, pleonasmos, elipsis, modismos, diminutivos, palabras personales, expresiones espontáneas, graciosas y pragmáticas, imágenes comunes y piadosas, combinación de largas oraciones yuxtapuestas unidas por conjunciones –sobre todo, copulativas, disyuntivas y comparativas– con otras breves y sencillas… Y todo ello inmerso en un prosístico tono coloquial, íntimo y fluido.

Pero la influencia de nuestra Doctora de la Iglesia en El hombre de los santos no se reduce al estilo, sino que también se da –según Alborg– en la captación de sus sentimientos ascetico-místicos, como sucede en la doctrina religiosa contenida en este fragmento del monólogo de la Madre Aurea²:

“Allí, junto a la celosía, bien pegadilla al órgano, frente a la urna donde dicen que estuvo la madre fundadora, haciendo la oración se está en el cielo, se está en el otro mundo, rezando o en meditación, que es lo mismo y una sola cosa, como dice nuestro capellán, rezando dentro de una, sin mover la boca, como si hablara con Dios Nuestro Señor. Porque así como otras veces se reza todas juntas, cuando se reza sola está mejor, parece como si una no tuviera otra cosa que santos pensamientos y recuerdos de las vidas de santos, de tantos como hubo en tiempos antiguos, de la madre fundadora y de los sufrimientos del Señor en su sagrada pasión. Y, a veces allí, en aquellas tinieblas, con solo aquella culebrilla de luz temblando mas allá de la reja, me imagino a Dios Nuestro Señor en el Calvario, que dicen que es la mejor meditación, y veo su sangre y esa lanzada en el costado y el dolor tan grande de las espinas y los clavos, y todo es igualito, mismo como la imagen que hay en la capilla. Entonces me entran unas ganas de llorar muy grandes, de sufrir por El, de dar por El mi sangre, y así el tiempo se pasa de tal modo y manera, que a no ser por mi vicaria me estaría allí el día entero.”

Se trata, en definitiva, de una relativa asimilación formal y material de la prosa teresiana que, intercalada en contextos de un discurso moderno, sin menoscabar la obra de Fernández Santos –digna por sí sola de admiración–, la enriquece mediante la creación de un ambiente distinto que acentúa el interés del lector. “No se trata de imitar el estilo teresiano –concluye C. Alborg–, sino de incorporar un lenguaje clásico a uno contemporáneo para crear otro nuevo y original lleno de alusiones y significado.”

______________________

¹Cf. ALBORG, CONCHA, “El lenguaje teresiano en la obra de Jesús Fernández Santos”, en CRIADO DE VAL, MANUEL (Ed.), Santa Teresa y la literatura mística hispánica: Actas del I Congreso Internacional sobre Santa Teresa y la mística hispánica, Madrid, Edi-6, 1984, pp. 793-799.

²FERNÁNDEZ SANTOS, JESÚS, El hombre de los santos, Barcelona, Destino, 1969, pág. 255.

 

 

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