Teresa de Jesús: Dichoso corazón enamorado

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El momento de la muerte de santa Teresa. Obra de Giovanni Segala da Murano, finalizada en1696

José Manuel Berruete

Eran las nueve de la noche. 1582. Mes de octubre, día 4. Moría el día. Moría con él Teresa en aquel anochecer otoñal de Alba de Tormes (Salamanca). Caía el telón sobre un escenario de 67 años de intrépida fogosidad y reposada interioridad, el escenario entrañable y vertiginoso de la vida de Teresa de Jesús. Como anécdota llamativa, el día siguiente –por la corrección del calendario– sería 15 de octubre. Quien había muerto como hija de la Iglesia era enterrada precipitadamente a las once de la mañana de ese curioso día siguiente debido al temor a que la gente robara su cuerpo.

No se presentó el tan temido ladrón después de su muerte. Es verdad, sin embargo, que hubo un Ladrón que se adelantó para robarla cuando vivió. Humano y divino ladrón, porque Teresa tenía Dueño: ella era «de Jesús». Era de Él y para Él: «Vuestra soy, para Vos nací, / ¿qué mandáis hacer de mí?».

Pero vivir con ese Ladrón tan singular no resultaba nada fácil. Teresa era valiente, sabía que ella era de Otro y se fiaba de Él, porque –como ella misma decía– «todo aprovecha poco si, quitando de todo punto la confianza de nosotros, no la ponemos en solo Dios». No había en ella lugar para la cobardía y supo abrirse paso como mujer fuerte en medio de «tiempos recios». Recios para todos y más recios aún para ella, mujer de original y pública iniciativa en un universo social y eclesial copado por varones. Teresa era arriesgada: se jugó la vida a una carta, la de Jesús. Conoció la humanidad amiga de Jesús, que la humanizó, en vertical y en horizontal, hasta los tuétanos de su cuerpo quebradizo y de su alma de manantial. Y se entregó totalmente a esa amistad sin ningún cálculo, sin ninguna reserva, porque comprendió a fondo que «solo Dios basta».

Valiente y arriesgada fue también en la apasionante aventura de la reforma: al compás de los acordes del contemporáneo Concilio de Trento, los conventos de monjas carmelitas –pensaba Teresa– deben adoptar un nuevo estilo de vida más sencillo, hondo, genuino y cristalino. Diseñadora y ejecutora, cabeza y corazón de una amplia lista de fundaciones reformadas, navegó contra viento y marea. El fuego reformador que prendió en San José de Ávila se propagó luego con rapidez por toda Castilla y alguno de sus focos alcanzó incluso Andalucía. Vibrando en el mismo tono espiritual que Juan de la Cruz sintonizó con él en idénticas ansias de reforma, y ese fuego ardiente se volvió imparable: incendió por igual corazones femeninos y masculinos, siempre –eso sí– salvando los obstáculos de innumerables cubos de agua, de intentos múltiples de sofocarlo. Pero el Espíritu soplaba fuerte y el viento divino era mucho más vigoroso que el agua humana.

Verdaderamente, Teresa era un botín apetecible. Era mujer de oro en medio de un Siglo de Oro, siglo de místicos y poetas, de santos y conquistadores. Época de aventureros soñando día y noche con nuevos horizontes en Nuevos Continentes por estrenar. Tiempo también de aventura intensa para los buceadores amigos de sumergirse en las profundidades del corazón del Dios siempre novedoso y sorprendente. Teresa fue la gran aventurera. Mujer y religiosa inquieta y andariega por los caminos infames y polvorientos de Castilla y Andalucía en el siglo XVI. Y, con la misma decisión, peregrina inquieta y andariega por los caminos interiores, nada fáciles –y en muchas ocasiones harto tortuosos–, del encuentro amoroso con el Dios-Amor. El suyo fue un vivir caminando y un caminar viviendo. Amar caminando y caminar amando. Vivir y amar para caminar; y caminar para vivir y amar. Porque era de Jesús: era del Camino y para el camino. Era andariega. Y todo ello con rebosante gratitud. A Teresa le «parecía virtud ser agradecida». Y explicaba: «si no conocemos que recibimos, no despertamos a amar». Su profunda experiencia interior, alimentada y cultivada en la oración, le hacía consciente de haber recibido mucho de Dios. Sabía que «amor saca amor», y por eso despertó para amar. Desde ahí, despierta en el amor y para el amor, supo conjugar la hondura de su experiencia mística con su inquieto y laborioso vagar por los caminos de la vida.

Despertarnos a amar: ésa es la tarea. Sin ninguna cobardía, sin pereza y sin temor. Como Teresa. La santa lo escribió maravillosamente: «No haya ningún cobarde. / Aventuremos la vida. / Pues no hay quien mejor la guarde / que quien la da por perdida». Resonancia perfecta de las palabras de Jesús en el Evangelio: «El que quiera ganar su vida, la perderá. Pero el que la pierda por mí, la ganará».

Con 67 años Teresa despertó a amar, plenamente, sin más oportunidades ya para el sueño, aunque ella siempre había vivido despierta. Pasó a ser, ilimitadamente –libre al fin de las servidumbres impuestas por las coordenadas del espacio y del tiempo–, de Jesús, el humano y el divino ladrón que la atrapó en las redes de su amor. Si en el acontecer cotidiano nos dibujamos como mendigos de sentido bañados por sangre árida y peregrinos de la luz con las pupilas nubladas, Teresa es ese pozo cercano y profundo donde nosotros podemos arrojar el frágil cubo de nuestra vida sedienta para llenarlo del amor de Dios. Porque, en definitiva, «solo Dios basta».

Precisamente porque vivió anclada con firmeza y fineza en ese solo Dios basta, Teresa pudo consignar: «Ya toda me entregué y di / y de tal suerte he trocado / que mi Amado es para mí / y yo soy para mi Amado». Versos que resumen toda su vida, que constituyen el autorretrato de su corazón feliz, corazón de latido enamorado, como ella misma también proclamó: «Dichoso el corazón enamorado / que en solo Dios ha puesto el pensamiento: / por Él renuncia todo lo criado, / y en Él halla su gloria y su contento; / aun de sí mismo vive descuidado, / porque en su Dios está todo su intento, / y así alegre pasa y muy gozoso / las ondas deste mar tempestuoso».

Dichoso el corazón enamorado… Dichosa Teresa, dichosos nosotros si seguimos su huella. Porque si Teresa fue de Jesús, Jesús fue igualmente de Teresa. Y bueno será que nosotros seamos también de Teresa. Para ser todos, como ella, de Jesús.

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El momento de la muerte de santa Teresa. Obra de Giovanni Segala da Murano (detalle)

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