Teresa, ‘misterio de profundidad insondable’

Con motivo de la clausura de este V Centenario, se celebró ayer en la Iglesia de la Santa en Ávila una Eucaristía en la Víspera de su fiesta. El P. General ocd, Saverio Cannistrà pronunció en ella estas palabras en su homilía que ahora compartimos:

Homilía del P. Saverio Cannistrà
Ávila, 14 octubre 2015

CRS2RWRWIAAeeI_«Hemos llegado al final de este año, durante el que hemos conmemorado el quinto centenario del nacimiento de la santa Madre Teresa; un año rico, intenso, lleno de eventos, de encuentros y emociones. Además para nosotros, miembros de la familia teresiana, hoy no termina solo un año de celebraciones sino todo un camino de preparación comenzado hace seis años, a través del cual hemos recorrido los escritos y el mensaje que la Madre nos ha dejado.

Durante este año se han escrito tantas y tan sugestivas e interesantes cosas sobre santa Teresa que apetecería quedarse en silencio, para asimilar todo lo que hemos oído y escuchado y para poner en práctica cuanto hemos aprendido: “callar y obrar”, como diría san Juan de la Cruz. De hecho, estoy convencido de que hemos de hacerlo y, como Orden, durante el Capítulo General del pasado mes de mayo, hemos previsto un programa para este sexenio con el fin de que, a la “lectio” de Teresa, sigan una seria “meditatio” y “actio”, capaces de comprometer nuestro modo de vivir, de pensar y de testimoniar el carisma teresiano en la iglesia y el mundo de hoy.

Ello, sin embargo, no significa que no haya más que explorar y descubrir en Teresa ¡Todo lo contrario! La abundante producción de contribuciones científicas y divulgativas nos ayuda ciertamente a profundizar y poner al día nuestro conocimiento de Teresa, pero no agota la riqueza de su persona y de su obra. En cierto modo, la Santa queda siempre como un misterio de profundidad insondable, frente al cual continuamos quedando maravillados. Teresa diría “espantados”, palabra que contiene en sí la emoción de lo infinito y lo inconmensurable, esa emoción que la niña Teresa sentía al repetir con su hermano Rodrigo: ¡Para siempre, siempre, siempre! (V 1,4).

Muchos aspectos del multiforme ingenio de Teresa han sido puestos a la luz con el pasar de los siglos: la maestra de oración y de la doctrina espiritual, la pionera del análisis de la interioridad, la mujer que se libera de los condicionamientos de su tiempo, la humanista que recupera para la persona su valor y su centralidad, la comunicadora que inventa un lenguaje original y abre nuevos horizontes a la lengua castellana, por citar solo algunos. Pero Teresa permanece siempre más allá de todos estos títulos y de todos estos bienes que nos ha dejado en herencia: el secreto de su rostro subsiste inalcanzable (bien podemos pues, en este sentido, perdonar a su modesto retratista, Juan de la Miseria, por haberla pintado “fea y legañosa”).

Porque Teresa era al mismo tiempo sublime y concreta, ensimismada en Dios y atenta a toda cuestión práctica, extrovertida y amante de la soledad, dulcísima y severa, sumergida en las batalla de cada día y con el corazón anhelante de vida eterna. Si perdiésemos de vista esta tensión que atraviesa toda su persona, reduciríamos a Teresa a una imagen plana, estática, banal. Si escribió y llevó siempre consigo esas palabras que todos conocemos: “Nada te turbe, nada te espante”, es precisamente porque tenía necesidad de repetírselas continuamente, como un náufrago que, arrastrado por las olas, se agarra a la única tabla de salvación que se le ofrece: la del abandono en Dios.

¿Cómo podríamos entender a Teresa sin esta lucha, sin este cansancio, sin esta experiencia de estar continuamente amenazada por los remolinos de los “tiempos recios” en los cuales le ha tocado vivir? Y en esta contienda, en este continuo sube y baja, su mirada continúa escrutando el horizonte, buscando en él la figura del Amigo, del Amado, del Maestro, del Capitán. Y cuando consigue vislumbrarla, sus fuerzas renacen, puede ir adelante todavía un poco más, entiende que el trabajo no ha terminado, que todavía no ha llegado el momento del encuentro cara a cara. Sin embargo, cada vez que siente el toque del reloj, se alegra porque una hora más de la vida ha pasado y, así, se ha acercado un poco más al momento en el cual podrá ver a Dios (V 40,20).

“De esta manera vivo ahora”: así intenta Teresa describirnos su estado de ánimo, su conciencia profunda. Es sobre este telón de fondo que hemos de colocar su obra, si no queremos falsificar su sentido, si queremos encontrar la entonación exacta con la cual leerla. Y sobre todo si queremos aprender a vivir como ella, si queremos compartir no solo sus ideas, sino su sentir, su modo de estar en el mundo, libre y prisionera, comprometida y totalmente desapegada, inquieta y definitivamente en paz. Sí, tenemos todavía, efectivamente, mucho que aprender en la escuela de su sabiduría».


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