‘Escribir y prohibir. Inquisición y censura en los Siglos de Oro’

censuraLa editorial Cátedra acaba de publicar un libro de Manuel Peña Díaz, Profesor Historia Moderna en Universidad de Córdoba, titulado: ‘Escribir y prohibir Inquisición y censura en los Siglos de Oro’. El libro, que consta de siete capítulos, dedica el cuarto a la figura de Teresa de Jesús y su relación con el tema de la censura.

En la España de los siglos XVI y XVII, los autores y las autoridades inquisitoriales, eclesiásticas y civiles intentaron fijar la correcta interpretación de los textos impresos, manuscritos o expuestos públicamente. Pero ni el discurso censorio de la Inquisición fue unívoco ni existió una perfecta sintonía entre la teoría y la praxis. Entre la norma y la transgresión se fraguaron diversas lógicas de la razón ajenas a la supuesta intencionalidad ortodoxa de censores y autores, se difundieron nuevas y diversas formas de censuras desde la autoridad última del lector, y, constantemente, se negociaron entre los profesionales del libro y los ministros inquisitoriales los límites tolerados por el Santo Oficio. Frente a Roma, el expurgo se convirtió en el signo de identidad de la Inquisición española. Y ante la ineficacia y la imposibilidad de abarcarlo todo, el Santo Oficio utilizó los edictos y los índices de libros prohibidos como imagen del aparato censorio y de su presunto omnímodo poder de control.

PRÓLOGO

Desde finales del siglo XV el Santo Oficio ejerció una represión cultural y un control ideológico, que han sido enmarcados por los historiadores en el clásico modelo de Estado Absoluto, por su identidad vinculada a un credo y a un sistema de gobierno. No sólo los monarcas y las elites políticas y eclesiásticas utilizaron máquinas de propaganda, perfectamente engrasadas, sino que a éstas –o como parte de ellas- añadieron estrategias y aparatos de prohibición de cualquier manifestación -oral, visual o escrita- que se desviase de los principios dogmáticos y jurídicos dominantes. El proceso de confesionalización explicaría la importancia del control de los fundamentos religiosos –unido a las finanzas y al ejército- para la consolidación del Estado Moderno. Desde la historia política esta interpretación es perfectamente plausible. La sociedad estuvo, pues, virtualmente adocenada y mayoritariamente resignada. En el ámbito católico el mejor ejemplo del éxito de dicho proceso sería la larga vida de la Inquisición, hasta sus sucesivas aboliciones a comienzos del siglo XIX.

La reconstrucción histórica de este “modelo católico” siempre ha dejado sitio a las excepciones, entendidas como transgresiones puntuales o como ejercicios privilegiados de libertad –en muchas ocasiones duramente condenados-, sobre los que siempre se impusieron las normas, basadas en un amplio concepto de intolerancia, defendido y amparado por un sistema político y religioso cristiano. Los ejes de esta intolerancia imperante fueron –como expuso Mereu- la fe, la fidelidad, la ortodoxia y la obediencia ciega, y de ellos se derivaron la adulación, el conformismo, la hipocresía y la autocrítica preventiva tan propios de este modelo. Pero como ha puesto de manifiesto Po-Chia Hsia el éxito de la confesionalización y de la Reforma Católica tras la implantación de las directrices tridentinas no hubiera sido posible sin disciplina social.

Se ha escrito mucho sobre censura inquisitorial con la normativa como referente, sea para conocer su funcionamiento, para medir el impacto de la represión en la cultura española o para tratar casos más o menos atractivos. Se conoce muy bien el modelo teórico de los controles y las prohibiciones inquisitoriales, y se dispone también de numerosas referencias sobre la aplicación de los criterios censorios en los estudios sobre tribunales de distrito. Existe cierto consenso sobre el impacto de esta represión y sobre el rigor en su aplicación, y de tanto en tanto se citan casos de evidente ineficacia. Aunque se ha superado la vieja polémica sobre la relación entre Santo Oficio y la supuesta decadencia científica española, la mayoría de los historiadores siguen anclados en el pesimismo cuando relacionan la actividad represiva inquisitorial con la cultura escrita, impresa o manuscrita, el maniqueísmo ideológico (progresistas-conservadores) pesa mucho.

Frente a la tesis pesimista escasean los historiadores que defiendan una visión más optimista del pulso de la vida cultural en la España Moderna ante la represión, y en concreto durante los siglos XVI y XVII. Con el argumento relativista de la historia comparada, Kamen insistió en la escasa eficacia del aparato de control censorio del Santo Oficio. La mayoría de los países occidentales tenían un similar sistema de control, y ni en Italia ni en Inglaterra ni en Francia pudieron someter la edición ni eliminar la importación de libros. Recuerda, además, que la gran mayoría de libros prohibidos en los Índices no tenían lectores en España. En definitiva, para Kamen la vigilancia de la Inquisición sobre literatura “parecía en la teoría tremenda, pero en la práctica fue de poca importancia”. Sin embargo, entre este revisionismo relativista y la historiografía pesimista existe aún un espacio para la investigación, el análisis y la reflexión. El estudio de las normas y los reglamentos ha constituido el cuerpo fundamental de la gran mayoría de los trabajos sobre censura inquisitorial. La seguridad que ofrece este tipo de fuentes contrasta con la inseguridad que suscita un análisis social y cultural de los discursos y de las prácticas censorias. Quizás ello explique por qué la historiografía apenas ha transitado de la historia social y del derecho a la historia cultural, con la consiguiente repetición de estudios con casos distintos, pero con enfoques muy similares.

Los autores y las autoridades inquisitoriales, eclesiásticas o civiles intentaron fijar la correcta interpretación de los textos impresos, manuscritos o expuestos públicamente, pero ante las normas y las coerciones los lectores podían compartir o no dichos discursos, podían reelaborarlos o, incluso, censurarlos. Queda claro, pues, que las prácticas culturales no tienen un sentido estable. En la España de los siglos XVI y XVII ni el discurso censorio fue unívoco y, por supuesto, no existió una perfecta sintonía entre la teoría y la praxis. Así, entre la norma y la transgresión se fraguaron diversas lógicas de la razón ajenas a la supuesta intencionalidad ortodoxa de censores y autores, se difundieron nuevas y diversas formas de censuras desde la autoridad última del lector, y, constantemente, se reelaboraron estrategias que bordeaban los límites tolerados por el sistema represor, incluso en su mismo seno.

Discursos, prácticas y representaciones forman la tríada sobre la cual gira este libro. Me ha interesado la construcción simbólica de la censura inquisitorial y los discursos que acompañaron esa elaborada imagen del control ideológico, con la invocación de Dios como el primer censor. He analizado la implantación del expurgo, como consecuencia de constantes negociaciones entre agentes y pacientes librarios, hasta convertirse en signo de identidad nacional y católica de la censura inquisitorial española frente a las exigencias e intentos de imposición de los criterios de Roma.

La censura no fue un muro divisorio entre lo permitido y lo prohibido, sino un territorio donde lo herético y lo ortodoxo se tocaban, donde lo público y lo privado se confundían, donde el discurso religioso acusador y amenazante penetraba y violaba conciencias. Se impusieron coerciones, se expurgaron y se quemaron libros, pero también existieron resistencias, lecturas oblicuas, ocultaciones de libros prohibidos o permitidos, incluso en medio de la coerción, fuese del confesor, del inquisidor o del mismísimo mercado. Uno de los objetivos fundamentales –y casi inalcanzables— de los inquisidores fue el de reconocer esas tensiones y esos contrastes entre los modos de leer en concretas comunidades de lectores y las nuevas directrices sobre cómo y qué leer: ¿con quiénes, dónde y de qué maneras ejercían determinados lectores la lectura?, ¿qué expectativas y qué intereses depositaban en la práctica de ella?, ¿en qué formas y cómo circulaban los escritos? o ¿cómo se producían socialmente nuevos lectores? La amplia y variable represión inquisitorial sobre las minorías religiosas de la España del Siglo del Oro se centró, entre otros, en la transmisión cultural que se realizaba en el seno de sus comunidades. Las respuestas a los interrogatorios permiten discernir algunas características de las diferentes maneras de la apropiación lectora de sus miembros según los inquisidores. Por último, he puesto el foco en los autores y sus obras desde tres planteamientos distintos y complementarios. Hubo ocasiones que, entre el servicio a la ortodoxia católica y a la Monarquía, el Santo Oficio tuvo que optar por la patria y poner a su censura en marcha. La Brevísima relación del padre Las Casas y los papeles tocantes a la revuelta catalana de 1640 fueron objeto de una detallada y tardía censura inquisitorial, con el objeto de relanzar la imagen de Felipe IV y el respeto a la Corona. El caso de Teresa de Jesús nos permite aproximarnos al conocimiento y uso que ella misma hizo de las formas de las censuras, de los censores e incluso de la Inquisición, para superar los obstáculos que la condicionaban por ser mujer, lectora y escritora, y por experimentar una intensa espiritualidad interior. Y para cerrar, el autor censor antes que censurado el autor. Aunque el donoso y grande escrutinio ha sido interpretado de manera unánime como una lección de crítica literaria, he optado por realizar una lectura heterodoxa de este episodio para reconocer las alusiones de Cervantes a las múltiples y contradictorias prácticas censorias en aquella España del Siglo de Oro o en aquel Siglo del Quijote. La paradoja no es cervantina, es el reflejo de una historia de la Inquisición y la cultura en permanente proceso de crítica y construcción, donde usted, lector, es el último y más inmutable censor.

ÍNDICE

Prólogo

  1. Dios, el primer censor
  • La censura y la imagen del poder
  •  Predicar la censura
  • El primer censor
  1. Los expurgos
  • La gran crisis de 1558
  • 1584: el triunfo del Expurgatorio
  • Defensa del autor, católico y español
  • Leer con cautela
  1. Comunidades de lectores y lecturas prohibidas
  • Usos moriscos de las letras
  • Libros sagrados, lecturas en común
  • En busca de la ley de Moisés
  1. Teresa de Jesús: Sobre oración y cosas de espíritu
  • El libro vivo: confesores y censores
  • Doctrina segura y provechosa
  •  Cinco modos de censurar a Teresa
  • Apologías y contracensuras
  1. Injuriosos de la nación española
  • Los papeles tocantes a las alteraciones catalanas
  • España, América y el padre Las Casas
  • Censura inquisitorial y patriotismo español
  1. Cervantes censor
  • Crítica literaria y biblioclasia
  • Escrutinio y prácticas de censura
  • Conclusión del aposento
  1. En los márgenes de la censura
  • Calumniadores desvergonzados
  • Lectores escrupulosos
  •  Libros ordenados, lectores disciplinados
  • Impresores, correctores y traductores

Reflexiones finales

Fuente: web del autor


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