Teresa, la gran humanizadora de la vida. Dimensión profética  y actualidad de su legado

 Maria Isabel Serrano González
Parroquia de San Millán, Segovia 11 de noviembre 2015

photomania-cccf6291c8c2942f878dbc2218a934c1Para leer a Teresa, hay que estar con ella, a su altura. Al ponerla en un pedestal, no estamos con ella, no la conocemos; velamos, tapamos su extraordinaria realidad y  su rico legado. Bajaré del pedestal a Teresa de Jesús para ver a una mujer extraordinaria, que nos puede acompañar y enseñar mucho; y, que el núcleo de sus enseñanzas es que también nosotros somos extraordinarios.

Voy a hacer un breve recorrido a través de sus fundaciones para ver su vida real, el día a día; su humor, su llaneza, su humanidad; y nos va a servir como base para iluminar su legado humano y espiritual. Vamos a descubrir cómo se fue desplegando  una mujer que se hizo escuchar en una iglesia tan machista; vamos a ver su sed de Dios y el camino que trazó para encontrarlo. Viajera, que veía los cambios del camino, y las estaciones; al mismo tiempo, que veía los cambios del alma y del espíritu. Hablaré de la enfermedad y el sentido del sufrimiento. Terminaré repasando la novedad del legado de Teresa, y su dimensión profética, que creo que ilumina nuestra situación actual, con el deseo de que su experiencia cobre vida en nosotros.

“Mira que estoy llamando. Si uno escucha mi llamada y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él”. Llamada apremiante de Dios para morar en nuestro interior. Teresa abrió la puerta, le dejó entrar a Jesús definitivamente en su madurez,  en medio de grandes dificultades sociales y religiosas y, no pocas veces con graves enfermedades. Habitó gozoso en ella. Hizo de ella una mujer nueva. Esta es la aventura profundamente humana  que nos narra Teresa a través de sus obras.

Teresa de Jesús vivía en el convento de la Encarnación en una época  convulsa por las guerras que mantenía Felipe II con los protestantes, convulsa también por el escándalo que se vivía en la iglesia y los conventos religiosos. No se cae de ningún caballo, ni tuvo una visión especial y de la noche a la mañana se puso a fundar conventos. Fue fruto de un proceso. De una búsqueda de si misma. ¡Era mujer, que escuchaba la vida!. Aprendió a ver, a través de sí misma, y puso a Cristo como piedra angular de su vida. Su magisterio es de vida. Tuvo el coraje de leer el mundo y la vida religiosa en función de los cambios que se estaban produciendo.  Vivía en un convento donde se siente profundamente conmovida e interpelada por la vida de poca virtud –por decirlo de alguna manera– y las convulsiones de la guerra. El contexto del siglo XVI era muy duro. De ”tiempos recios” hablaba Teresa. Había empezado la caza de brujas y las mujeres estaban en el punto de mira; sobre todo las que pensaban. Las mujeres estaban perdiendo valor social e incluso derechos en comparación con sus abuelas. Se instauraba un dominio del varón sobre las mujeres; esposo, hermano, clérigos… Ser mujer, era durísimo. La doctora mística lo conocía bien. “Mirad de qué sujeción os habéis librado, hermanas”

Estaba la reforma luterana, la contrarreforma católica. Y quiso empezar una ofensiva de paz y oración, que en su proceso de cambio, purificó la vida religiosa del siglo XVI.

Se puso a cambiar el mundo, cambiando primero ella: “Hacer eso poquito que hay en mí”, decía la santa. Abandonó la Encarnación y dio comienzo a una Reforma fundando casas donde las mujeres vivieran una experiencia de Dios, de alabanza y gratitud y, de comunión humana; fue llenando de palomarcitos, Castilla. Reforma planteada desde las necesidades de las mujeres en ese tiempo. En ese empeño, vio la necesidad también de reformar profundamente la orden carmelitana, fundando la descalcez. Es la única mujer que ha fundado una orden religiosa de varones. Ella sabía que “no hay virtud de mujer que no se tenga por sospechosa”, esto no la constriñó; a pesar de ello y, con ello, desarrolló su reforma y animó a sus monjas a “beber ese agua de la vida y caminar hasta la misma fuente” que Dios le había descubierto a ella. No tuvo miedo de ser ella misma. Su humanidad se va profundizada en la medida que se interna en la oración y se encuentra con Dios. Con Dios y la vida de su tiempo. Ella puede iluminar nuestro ser profundo, desde la narración de lo que aconteció en el suyo

Cuando leemos las Fundaciones, que es una de sus obras ¿Qué encontramos?

Nos narra una historia que no solo alcanza al ámbito de su orden. Aparecen hechos políticos, culturales, religiosos y una patografía de las mujeres de su tiempo. Si leemos despacio, vemos que nos muestra el drama de las mujeres en su desnudez.

Las Fundaciones las escribe por mandato del P. Ripalda y las termina por orden del Padre Gracián. Ella escribía por obediencia, decía. La 1ª edición aparece en Bruselas gracias a que se la llevaron el P. Gracián y Ana de Jesús,  en 1620. Es la historia de su peripecia vital. Funda 17 conventos de mujeres. También fundó dos conventos de varones. Pero no llega solo a ellos su influencia: en su camino y en sus relaciones transformó la vida, las convicciones y las creencias de muchas personas y personajes; de clérigos y obispos, y también de las mujeres.

El libro de las Fundaciones es un canto a la presencia y a la fuerza de Dios en la vida; de cómo se hace presente a través de personas, peripecias… Es un canto de gratitud a las personas que colaboran con ella y con la causa de Dios. Un canto al desprendimiento de la gente:  “Bien es, hijas mías, las que leyereis estas fundaciones, sepáis lo que se les debe, … pues sin ningún interés trabajaban tanto en este bien que vosotras gozáis”. Es un canto de una singular mujer que supo poner su mundo, el mundo, en la intimidad de Dios. Por eso,  también, es un canto a la vida cotidiana.

Mucha gente, cuando oye hablar de Santa Teresa, se cree que estaba siempre suspendida, y enseguida, conectan con lo espiritual de forma equívoca; porque lo entiende como que “lo subido”, “lo sublime”  “que es solo para unos pocos perfectos”. Otros dicen de ella que “era mujer llena de virtudes: modesta, recatada, sumisa…!” “Una mujer desencarnada y sometida” ¡Pues no! No parece que fuera así; no se traduce nada de esto en su larga vida, que se dejó en sus fundaciones, como vamos a ver.

Muy humana.  Cuentan que cuando vio el cuadro que había hecho un fraile de ella, le dijo al pintor: “Dios te lo perdone fray Juan, me has pintado fea y legañosa”.

Muy amiga de Dios. Vivía y se sentía en la amistad con Jesús continuamente: “Es muy buen amigo Cristo porque le miramos hombre y vémosle con flaquezas y trabajos, y es compañía” o la oración de las entrañas: “Qué fuerza tiene con vos, Señor, un suspiro nacido de las entrañas”. Sus expectativas estaban siempre en la generosidad de Dios.

¿Cómo vivió? Se obligó a vivir en gran precariedad. Dependiendo siempre de otros para vivir; supo de pleitos, de hipotecas, de especulación. Habla de cómo le piden un precio excesivo por una mala casa. Estuvo de okupa en un piso de estudiantes en Salamanca. Fue una mujer que supo manejar la incertidumbre y los riesgos derivados de su propia coherencia. Con muchísima gracia nos narra la respuesta que da al Obispo de Burgos, que le negaba la licencia para fundar en Burgos y le ordenaba volver a Palencia después de un viaje infernal de lluvias y atolladeros: “Pues sí Señor, buenos están los caminos y el tiempo como para volver”.  Le otorgó la licencia, pero es el único personaje que aparece en las Fundaciones, y son cientos, del que no dice su nombre (Nos lo invisibilizó). Ciertamente, era muy misógino. Para hacernos una idea de cómo estaba la santa y como vivió su viaje. Vamos a escucharla: “Llovía como nunca. Íbamos en un carro entre cenagales y despeñaderos y, de repente, se hace el camino invisible por las trombas de agua, y, verse entrar en un mudo de agua sin camino, sin barco; con cuanto nuestro Señor se había esforzado, yo no deje de temer”. No dejó de tener miedo, como nosotras lo tenemos a veces. Era muy lúcida, nada boba. Ello no es incompatible con su confianza en Dios: “nunca Dios me da trabajo que no me lo pague luego”. Tuvo miedo y nos lo cuenta.

Supo encontrar su sitio en un lugar y en un tiempo que, como mujer, no era el suyo… Estaba negado para las mujeres, como ahora en muchos lugares. Lo hizo con imaginación, y audacia; sacando el máximo provecho de las circunstancias de su vida. “Ya, hijas, habéis visto la gran empresa que pretendemos ganar; ¿qué tales habremos de ser para que en los ojos de Dios y del mundo no nos tengan por muy atrevidas?” Invita a sus monjas a buscar la experiencia, a no empequeñecerse en la subordinación a la mirada masculina. “No apoquéis vuestros deseos”,  les decía. En una circunstancia histórica difícil, hizo nacer su Reforma contra viento y marea. “Solo pensar que soy mujer y caenseme las alas”. Y no obstante, rediseña un espacio propio, al abrigo del punto de vista del orden masculino. Decían de ella: “quiere enseñar a  de quien debía de aprender en especial  si es mujer…” ¡Qué mal lo debieron de pasar algunos clérigos y religiosos con ella!

Supo encontrar el sitio de las mujeres y los hombres corrientes. Nos narra en las Fundaciones muchas historias de vida que acontecieron con ella y en torno a ella; llenas de gratitud y generosidad, llenas también de miserias, pero fundamentalmente, lo que sobresale es una comprensión de la vida humana a la luz de la misericordia y la fidelidad de Dios con los seres humanos. En el centro de su discurso está el encuentro con Dios y con los hombres y mujeres; todo, con enorme sinceridad. La verdad era pasión suya. “Ande la verdad en vuestros corazones, como ha de andar por la  meditación, y veréis claro el amor; el amor que habéis de tener a vuestros prójimos”.

Teresa nos dice que el sitio de los seres humanos está en el corazón de Dios. Nos narra su vida con una gran transparencia en la realidad en la que arraiga. Nos transmite el sentido de lo real con todos sus requerimientos. Cuando la leemos, descubrimos que Teresa logra unir en su propia persona de manera íntima: lo trascendente y lo humano; lo espiritual y lo corpóreo; de forma que, cada uno de los elementos se desvirtúa si lo abstraemos lo uno de lo otro. Como se hace con frecuencia. No se la puede entender sin la experiencia de Dios, pero tampoco sin la experiencia humana. Y es que a Dios solo se puede ir humanamente.

Dotada de voz propia y, sin embargo, acallada de distintas maneras; con demasiada frecuencia se la reduce a objeto de admiración, por lo que hacen morir sus textos. Teresa de Jesús es un ejemplo de cómo la sensibilidad femenina, puede contarnos a Dios.  Una mujer con la máxima autoridad y con el mínimo poder. 

¿En qué Dios creía Teresa de Jesús?

Ella nos presenta un Dios que es un Dios de relación, se comunica con los seres humanos, es un Dios de vínculos, que quiere permanecer con nosotros. Un Dios que habla con el hombre en las escrituras, y con “ella”:  “Hámelo dicho el Señor…” Él no nos mira con lupa, no es un Dios de leyes. “Mira que Él no se entretiene en estas pequeñeces”. Creía en un Dios liberador y de libertad: “Por muchos caminos y vías lleva Dios”. Un Dios “que no se espanta de las flaquezas de los hombres”… Es un Dios amigo. No es un Dios abstracto que quiera estar al margen de la vida de los hombres y mujeres. Ella lo conoce a través del Cristo amigo. Lo ha dicho Él en el Evangelio; pero, solo ella lo recoge y, además, define la oración como relación de amistad. “Venid a mi”, dice Jesús a la gente. “Permaneced en mi”, dice a sus discípulos. Verdaderamente, Jesús hace a la gente amiga de Dios.  Quien  ama a Jesús entra en una relación íntima tan profunda que puede ser llamado amigo. “Vosotros sois mis amigos”. Pues la relación de Teresa con Jesús es una relación de amistad que la desborda y nos la quiere comunicar. Creía en un Dios que invita a todos, que reconoce la pluralidad y la diversidad y acoge la fragilidad. Cuando yo escribía esto, había leído  por la mañana el Evangelio, donde Jesús les recordaba a sus discípulos que después de multiplicar los panes y comer 5.000 personas sobraron 12 cestos. Pensaba yo que la abundancia es para todos y que no puede sobrar en esta vida nada ni nadie; que Dios es el Dios de la abundancia. Pues creo que Teresa se propone repartir la abundancia de Dios y nos invita a ello. Un Dios que nos coloca siempre en el camino de los otros.

La orientación de Teresa a la comunicación y el encuentro es impresionante.

Además de tener una gran simpatía y le encantaba reír. Le encantaba pensar y sentir. Creía en un Dios que se goza en los humanos,  por ello promueve la plena humanidad de las mujeres, para hablar con Dios a solas (Entonces no podían las mujeres hacer oración mental). ”No tengáis miedo a los que os digan no es para mujeres porque les podría venir ilusiones, ellas no han menester de estas delicadeza… Mejor sería que hilen… A ellos tenedles miedo, a los que os digan esto” “Dejaos de esos miedos”. Les estaba diciendo sed atrevidas, explorad, creed en vuestra experiencia, creed en vosotras. Un Dios que ama a las mujeres. Creo que Teresa tenía muy claro que el miedo es el enemigo de la vida, es el enemigo de Dios. Conocía la independencia que da perder el miedo. Creía en el Dios de Jesús de Nazaret.

Era profundamente creativa y buscaba miles de formas para que entendiéramos la experiencia de la vida, la experiencia de Dios. La santa definía la realidad con su propia terminología. Ella, mujer flaca y ruin, nos habla de Dios con el lenguaje y metáforas que solo pueden decir las mujeres. Metáforas que nos encienden: “Dios es un brasero del que salta al alma alguna centella”. ¿Quién puede comparar a Dios con un brasero sino la mujer que se calienta en el brasero? Creía en un Dios de la cotidianidad. Manifiesta la grandeza de lo débil, la mujer de entonces. La encarnación. Esto ilumina cómo Teresa vivía en la cotidianidad y lo utiliza para hablar con Dios y de Dios. ¡Dios UN BRASERO! No quería que abandonásemos ninguna de nuestras facultades en la relación con Dios: “Poned inteligencia y corazón  en lo que decís”. Una llamada a  estar despiertas y sentir. Confiaba plenamente en que Dios nos escucha siempre Aunque yo no sepa hablar, no por eso me deja de oír.

Tendríamos que cambiar nuestra forma de rezar y mucho nuestra liturgia tantas veces esterilizada.

Teresa de Jesús, mujer que enfermó

Otra de los aspectos de Teresa que se presentan de una forma confusa es cómo vive ella la enfermedad y el sufrimiento. He querido traerlo porque en mi vida profesional me he encontrado con el sufrimiento y el dolor incomprensible; el dolor añadido por creerse  que no se está a la “altura”, fraguado en una cultura religiosa de culto al sufrimiento; he visto la vergüenza de sentirse débil y vencido o vencida. Cuando leemos las Fundaciones, nos encontramos con la enfermedad, la frustración y el sufrimiento.  He querido resaltar este aspecto, además, porque la experiencia de la enfermedad, el sufrimiento y la muerte la tenemos todos, y nos será fácil conectar.

Hace poco, he oído a un prelado, que su lema, el de Teresa de Jesús, era: “Sufrir o morir”. Nada más lejos. Además, hay estampitas, donde la ponen a la santa el lema de “Padecer o morir”. Es un insulto a la santa, llena de vitalidad. No iba su vida por ese camino. Dijo alguna vez “Morir o padecer”, en ese deseo de encontrarse con Dios como tantas canciones de amor. Aquí el orden cambia todo el sentido. Se ha utilizado torticeramente a la santa, -creo yo- para justificar una teología ignorante, masoquista, de dolor y de castigo; que propone el sufrimiento como esencia de santidad. No amó, ni priorizó el sufrimiento. No la hizo santa el hecho de haber sufrido enfermedades, la hizo santa su amor a los prójimos, su amor a Dios, su amor a la verdad, su amor a la vida… su compasión con los enfermos y con las personas que sufren. Una de sus recomendaciones era el “sabernos  condoler  de los trabajos de los prójimos”. Sentir el dolor de los prójimos, dolerse con ellos, acompañarlos. ¡condoler! Me encanta esta palabra. Está llena de contenido, de sentido y significado; está llena de amor.  Muy lejos de querer el padecimiento, ni para ella, ni para nadie.

Teresa de Jesús fue una mujer que pasó enfermedades muy graves, y escribirá con muchísimos dolores de cabeza, muchas dificultades y fatigas. Escribiendo una noche decía: “aquel día se me quebraba la cabeza”. Debía de tener migrañas, o postcrisis; fijaos lo que supone escribir así. En varias de sus fundaciones, nos deja con muchísimo humor, lo que es la experiencia de la debilidad, de la finitud, y la impotencia ante los “factores naturales” que además acompañaban su enfermedad en sus caminos. Nos cuenta con muchísima gracia las estrategias que tenía para salir de esos  contratiempos y aminorarlos.

Sabía de la fragilidad que conlleva la enfermedad: ¡Ella no ejemplificaba nunca la heroicidad! Decía: “no es bueno obligar al alma a lo que está por encima de sus fuerzas”.

Ella era tremendamente humana y, muy consciente de lo que es la enfermedad, la pobreza y las limitaciones que ello conlleva: “De faltarles lo necesario vienen muchos inconvenientes”.

Se rebela contra los que quieren una vida espiritualizada extrema, sin vida, sin carne y, clamaba: “Querer hacer ángeles estando en tierra, qué desatino: Nosotros no somos ángeles sino que tenemos cuerpo”. Santa Teresa corporalizaba mucho la vida y la experiencia de Dios y, cuidaba las necesidades del cuerpo; al contrario de como nos  han enseñado: “Más quiere Dios su salud que su penitencia” (Carta a su hermano Lorenzo).

Por ella, sabemos que había una alta tasa de mortalidad de la mujer, en Sevilla. Morían también de la Peste, más mujeres que hombres, porque ellas eran las cuidadoras y se contagiaban más; porque ellas se alimentaban peor; morían también las monjas. Teresa ve el drama y exclamaba: “se necesita que entren  nuevas monjas, en concreto en Sevilla, porque mueren muchas”. No vive de espaldas al mundo ni ajena a la realidad. Es una narradora de la situación insalubre de la realidad de España. Las mujeres morían de mujer; de sobreparto, de muchos partos (de ello murió la madre de Santa Teresa). No quería una visión banal y evasiva de la realidad. Avisaba: “El gran engaño en el que andamos y la ceguedad que traemos…”

Vive la provisionalidad de la experiencia de la enfermedad “yo estoy tan mejor que me espanto si dura. Cuenta  historias de mujeres, posiblemente la única de su tiempo. En ningún otro documento histórico se habla tanto de la debilidad y de la enfermedad de mujeres En varias cartas menciona e informa de muchas muertes y de algunos pocos que consiguieron curarse. Era tal la frecuencia de las enfermedades que exclamaba un día “Gloria a Dios que todas mis hermanas están buenas”.

¿Por qué hablaba de padecer y de sufrir por Cristo Teresa? Cuando está  escribiendo sobre las enfermedades, habla también de una experiencia interior que es tremendamente humana.  Como todos en la vida, ella tiene su proceso de maduración personal y no dice siempre lo mismo. Podemos decir que no ve la enfermedad, el sufrimiento, como un fin en sí mismo; y en esto se separa de la opinión de su tiempo y, de la de muchos de ahora. Yo creo que la relación tan intensa y amistosa de Teresa con Cristo la impulsa a participar de su destino. El ser amiga de Jesús es conformarse a El y, agradece todo lo que le venga que la asemeje a su Señor. Un día, contemplado un cuadro de Jesús en la Cruz, exclamó: “Juntos andemos, Señor, por donde fueres tengo de ir, por donde pasareis tengo que pasar”.  Es una actitud de amor y de compañía hacia Jesús, una actitud de compartir su vida con Él. La obra de Teresa es una larga mirada a múltiples pasajes del Evangelio, no solo al de la cruz. No es masoquismo, no es el sufrimiento lo que busca al contemplar la cruz: ¡es amor! “Es una oliva preciosa/ la Santa Cruz,/ que con su aceite nos unta/ y nos da luz”.

En el Camino de Perfección, tiene un capitulo que habla de la mortificación y el sentido de la enfermedad, como si apoyara el sufrimiento y el padecer como virtud; pero, yo creo que encierra una suerte de urgencia por condensar y transmitir una orientación general más que un desarrollo explicito. Exhorta a aprender a padecer como apoyo para la acción, para aprender a actuar; como una dosificación entre lo inevitable y lo necesario; un padecer sabio, no resignado. El padecer que conlleva el expolio de nuestros apegos,  para que comparezca “la centella” divina que hay en nosotros.

La imitación del sufrimiento de Cristo no incluye el sufrimiento como un ideal existencial -creo yo-. Jesús nunca, nunca dice a la gente, que se resigne y que sufra.  Nunca dejó sufrir o morir a nadie de los que encontró. Los sacó del sufrimiento. A Teresa, imitando a su Maestro, no le interesa que busquemos la cruz, resignándonos con el sufrimiento y, menos, que pensemos que Dios nos lo ha dado para algo; que Dios es la causa de nuestros males; más bien, saber aceptar lo inevitable, como lo hizo Jesús en el Calvario. Ella muestra sobradamente en sus obras la cruz que lleva la gente en la enfermedad, la cruz que llevan los pobres: “acordaos que de pobres y enfermos habrá  que no tengan a quien de quejar”.

Entiende el sufrimiento de forma humana, como ocasión de encuentro con Dios, pero sobre todo, como responsabilidad  y compromiso nuestro.

Ella interpretaba la enfermedad como una cadena de causas naturales y no como un castigo de Dios, o buscado por Dios, como ocurría en su época. No duda en pedir remedios a otras, de pastillas, para mejorarse”: “Bien haría de enviarme los confites que dice son buenos, que gustaría de ellos para cierta necesidad”. Cuando sufre Teresa, le duele, está enferma, y todo lo que conlleva esto, le cuesta como a nosotros y, lo expresa; no lo esconde: “Yo estoy como suelo, el brazo harto ruin y la cabeza también; no sé qué rezan…” “Crea vuestra paternidad  que si esto tarda más, me quedaré manca”.

Subraya la importancia de la cercanía de Dios con el que sufre: “Puesto que Dios  purifica  el alma y la enseña para que no se engañe, Dios estará tanto más a su lado con sus favores, cuanto más severa sea la prueba y la aflicción.  Ella denunció los falsos intereses de la piedad, la espiritualidad, la fe; el engaño de los sentidos y la manipulación de los afectos. Cristo es figura del sufrimiento y de impotencia en la Cruz,  y desde ella nos llama al compromiso y, a vivir con Él la  impotencia.

No hay una absolutización del sufrimiento en Teresa, todo lo contrario. La Cruz, como camino, que encuentra a la persona que padece, no como fin. No es el dolor y el sufrimiento el misterio: El misterio es Dios en el ser humano que sufre y nos invita a entrar en él. Tomar la Cruz es tomar la vida. Es vivir la experiencia que nos toca.

Nada fanática, humanísima, sabía que la enfermedad podía dificultar la oración y les recomendaba a sus monjas: “Tiene sentido acortar la oración cuando se está cansado o con dolores de cabeza”. Propone el uso de las capacidades de la mente humana para situarse ante los problemas de la vida, también sobre los que nos dicen que el sufrir es voluntad de Dios: “No nos comportemos como si no tuviésemos entendimiento”.

Sabe que el cuerpo tiene una cara y una cruz. Nos habla de su debilidad, de sus cambios de humor: “Vienen días que solo una palabra me aflige y querría irme del mundo”. Acepta su cuerpo como parte integral de su persona y, en él se manifiestan sus experiencias místicas de forma integral. Con él,  manifiesta también sus alegrías,  sus deseos: “Unos membrillos le envío  para que la su ama se los haga en conserva y se los coma después de comer… que lo coma por amor a mí”.  Eran para su amado P. Gracián. ¿Hay algo mas humano que esto?

Otro dato que apunta a su interés por la vida y la salud es el cuidado de los enfermos: se compadece de sus monjas, que la tienen que cuidar. Ella fue cuidadora y cuidada y; reconocía muy mucho el valor de las cuidadoras: “Un día antes de Pascua de Espíritu Santo les dio Dios un trabajo harto grande, que fue darme a mí una muy recia calentura”.  No solo es activa en lo concerniente a la relación personal, sino, también cuando tiene la responsabilidad de ocuparse de sus monjas: “Mi hija, no te dejes de cuidar”, le decía a la priora de Sevilla que estaba también bastante enferma. Al cuidado de los enfermos, le asigna un alto rango en la vida de la comunidad; y el cuidado de las personas es una parte de su realidad diaria. Ella daba mucha importancia al sostenimiento de las relaciones en el cuidado de enfermos y mayores. Aparece en sus cartas con mucha frecuencia.

Ante el sufrimiento, como ante el mal, no cabe la interpretación humana. Ante la cruz escuchar al espíritu. Domiciano (un amigo sacerdote) dice que la cruz solo tiene sentido cuando llevamos la de otro.

Su voz interpela nuestra realidad actual eclesial y social: La dimensión profética de su vida

¿Qué hay de novedoso en el legado teresiano? ¿Nos podemos reconocer hoy en el alma y el sentir de La Santa? Teresa de Jesús otorga una gran importancia a asumir la propia posibilidad. Es decir, llegar a ser verdaderamente humanos, que es nuestro cometido. Que alcance nuestra vida su máxima plenitud de sentido. Su propuesta es avanzar en el conocimiento y realización de la propia naturaleza humana. “Conoceros a vosotras mismas, mirad que va mucho en esto”. Entrar en el conocimiento de sí, para entrar en relación con Dios. Toda persona está llamada a ser ella misma en auto-trascendencia, abriéndose a sí misma y al mundo; aceptando todas las capacidades y limitaciones, lo que somos; para ello se hace necesario conocerse a sí mismo: “El conocimiento propio  es el pan  con que todos los manjares se han de comer por delicados que sean. Proponía un camino: despertar la propia interioridad, habitar tu propia casa, poner en valor quien eres. Teresa de Jesús ha vislumbrado la hondura que nosotros somos y, nos invita a todos a asumir la propia posibilidad: Que tan pequeña es tu parte, pues hazlo.

Ella cree profundamente en la vida, en los seres humanos… Fue una gran humanizadora de la vida. Es tanto lo que admira Teresa la grandeza del ser humano, que, cuando comenta la frase del Padre Nuestro: “que estas en el cielo”, dice ¿Qué es el cielo? El propio interior del ser humano: “Importa mucho, y todo, que no nos imaginemos huecas en el interior”. Y continua con la frase “venga a nosotros tu reino”, nos comenta Teresa: “Comienza ya este Señor a darnos su reino aquí”. “Este cielo pequeño de nuestra alma”. Habla Teresa de gozar del cielo en la tierra. El Reino de Dios está cerca, dice el Evangelio. El Reino de Dios esta en vosotros, dice Teresa. Esto se nos ha olvidado. El Evangelio ha sido domesticado y pierde su fuerza profética, igual que la vida y obra de Santa Teresa.

El Reino no está más allá, sino que las cosas de Dios están pasando en el interior del ser humano; por eso, pide silencio y soledad, para escucharle.  Ella nos invita a  encontrar a Jesús dentro de uno mismo. ”Mirar dentro de sí a este Señor”, repetía una y otra vez.  La obra, la vida de la santa es un canto  a la grandeza de la posibilidad humana: “No hallo yo cosa con qué comparar la gran hermosura de un alma y su gran capacidad”-dice en Moradas.

Gran pedagoga: ayudaba a los otros y, nos invita a desplegar lo mejor de nosotros   mismos. Todo es posible para quien cree, dice Jesús en el Evangelio; desde entrar en el misterio profundo de nuestro corazón, hasta entrar en el Misterio profundo de Dios, nos quiere comunicar Teresa.

Otro aspecto del que podemos encontrar sentido, es el valor de los cuidados y de los cuidadores y cuidadoras. “Los enfermos sean curados  con todo amor regalo y piedad”. Preocupada por todos y todo. Compasiva: “Que le falte antes a una sana que a una enferma”. Esto lo dijo en una época en la que los débiles eran despojos humanos. Dio un enorme valor a los cuidados, como hemos visto. Cuidar y ayudar son vocablos que aparecen continuamente en sus cartas y recomendaciones. Conecta de pleno con la exhortación del Papa Francisco con la Laudato Sí. Me extraña que esto no se haya recogido en la lectura de sus textos. Jesús nos invita a no desentendernos de las cosas de este mundo. Así lo hace Teresa. Si tenemos claro que tenemos que cuidarnos los unos y los otros, cuidaremos el mundo que nos rodea, nuestro entorno, nuestro trabajo, el compromiso, la amistad. El Papa insta al deber de cuidar la creación, el cuidado de la fragilidad, de los pobres… el ambiente. Alentar una Cultura del cuidado.

El amor al Jesús de los Evangelios de Teresa; su voz profética nos llega desde el canto que hace al Evangelio y su exhortación a vivirlo: “Siempre me han recogido mucho más los Evangelios que libros muy concertados”. Nos interpela hoy para leerlos y vivirlos.Ella sentía y vivía el Evangelio como autentica Palabra de Dios. Son numerosos los textos en los que se inspira. En ellos está la vida y la palabra de Jesús a quien ama intensamente.

Encuentro con Cristo Comunitario. Ese encuentro con Jesús no puede ser intimista, privado. Teresa pide COMPROMISO y que sea desde nuestra propia verdad. Enseñaba a leer las señales del alma fuera de nosotros, sin concesión alguna a las trampas de la interiorización: “Obras quiere el Señor “. Son los gestos y la honestidad, los que nos aproximan a Cristo; el darse a los otros: “Ande la verdad en vuestros corazones como ha de andar por la meditación y veréis claro el amor. El amor al que somos  obligados a tener a los prójimos.

Teresa Creadora de autentica novedad: Hay que nacer de nuevo, nos dice Jesús. Pues ¿qué es lo novedoso en Teresa?  “Mirad que convida el Señor a todos. “Esto de Dios no es para unos pocos.  Ella parte de un contexto donde se entendía como ahora,  que Dios y la intimidad con Él, es para unos pocos. Pero ella no lo cree así: “Si no fuera general este convite, no nos llamara el Señor a todos…..  y se empeño en enseñarnos esa realidad.

El que Dios convida a todos, significa una meta común, y exige un camino compartido. Esto se nos olvida y,  sobre todo, lo del camino compartido; y, asistimos a una banalización del Misterio de Cristo. Ella sabía que el ser humano se crea, se desarrolla, crece, en la relación con los demás.  Por tanto, la clave en la relación con Dios es poner el corazón. Ponerlo y exponerlo. El tiempo de Dios solo es fecundo si es  entregado. Ella nos indica la fuente donde alimentar esa fe. ”Bendito sea el que nos convida  que vayamos a beber a su Evangelio”.

Teresa pensó y creó lo nuevo, no a partir de retocar lo que estaba vigente. ¡No! su novedad: la amistad de Dios para con todos; la oración mental para las mujeres, la interpretación y lectura de las Escrituras por mujeres; la posibilidad de hacer teología, la formación; recuperar el evangelio como liberador; todo ello estaba prohibido. De hecho, la Inquisición no le quitó el ojo de encima.  Ella Incluía a las mujeres en el banquete de Dios. Brindó su palabra y experiencia a Dios y al mundo.

Se encontró, como ahora, con grandes resistencias. Pero frente a los obstáculos, no reduce sus deseos ni su acción, y frente a la autoridad, será la voluntad de Dios. Oigámosla: “Cuando os digan que esto no es cosa de mujeres, que mejor que hilen; no tengáis miedo, temed a quien os lo dice….” Y añade: “Es de bobos no agradecer el don que Dios nos da…. Tener intimidad con Dios. Y ella la quería para todos. Esto no es oficio para unos pocos, es para todos. No es un plus, no es un grado mayor para unos. ¡Es para todos! “Que dé cada una lo que tenga a su Señor”, decía. Lo nuevo tuvo una gran fuerza renovadora porque no le puso límites. Ninguna dimensión de lo humano le dio miedo.

Corporalizar a Dios. Bajó a Dios de las alturas. Pensó a Dios con cabeza y cuerpo de mujer y así se relacionó con Él. El amor a Dios era con todo su ser. En las Fundaciones, hace vivir los detalles dentro de los acontecimientos, con todas las circunstancias de la vida; con una abundancia de representación, de sentimientos, emociones  y así, nos hablaba de Dios y le amaba. Fue una gran comadrona de Dios en la vida. Fue una gran creadora, que es el pensamiento femenino, germinativo, de maternidad. Pensaba a Dios con su cuerpo. Y nos invita a escuchar también nuestro cuerpo. “Nuestra alma participa de las miserias del cuerpo”. Teresa invita a escuchar el cuerpo. Su cuerpo muestra en su finitud una capacidad de infinito. Se convierte en lugar de apertura a lo trascendente. Todo un desafío en su época en la que del cuerpo venía todo lo malo. También ahora en muchos medio religiosos. Y en los medios sociales, su mercantilización. Escuchar nuestro cuerpo como fuente de sabiduría, como lugar donde acontece Dios.

Compromiso con la autenticidad. De esa autenticidad, viene su lucidez y nos llama a esa posibilidad de vivir la vida, desde la hondura que somos. Su verdad, su sinceridad nos interpela hoy (con la inmensa energía que se gasta para ser lo que no se es). Siempre habló contra el engaño y la mentira. Su honestidad era tan grande que exclamaba: “No diré nada que no haya vivido por experiencia”. Nos invita a buscar la verdad sobre nosotros mismos. Qué gran respeto también para sus lectores. Su testimonio de vida y coherencia es tan grade que proclama siempre la misericordia de Dios para  con ella.

Un compromiso con la libertad y la autonomía personal. “Pretenden hacernos andar como pollo trabado  a los que vuelan como águilas con las mercedes que nos hace Dios”. Entiende la libertad personal como parte integrante de la relación con Dios; pero también como parte de la dignidad de las personas y, como parte de las relaciones humanas: “Entienda de una vez el mundo que tenéis libertad”. “No sois esclavas de nadie”. Nadie puede condicionar vuestras respuestas. Una llamada a promover una cultura donde la mujer no sea propiedad de nadie; ahora que vivimos tanta violencia de género. Una llamada a  eliminar la condición subalterna de las mujeres en la Iglesia y en la sociedad.

La libertad de “conciencia” y la independencia, en tu propio proceso personal. Tiene mucho escrito sobre los confesores directores, prelados… y las advertencias para que cambien de confesor, si no les gusta el prelado. Previene contra los clérigos vanidosos, que les gusta que les adulen, ego-centrados y narcisistas (los describe muy bien) “Hácenme gran lástima…” decía. Se permitió dudar de la capacidad, de la verdad, de la honradez, de la formación, de muchos de ellos: “Que no son tiempos de creer a todos, sino a los que viereis conforme a….”.  Ella amaba profundamente a las personas con letras. Y tuvo la suerte de conocer a  algunos.

El gran valor de la intimidad; ella lo intuyó. La santa no la nombraba como tal; ya que es un concepto y un derecho totalmente moderno. Pero dentro de esa libertad de elegir el confesor, que quería para sus monjas, está la intuición de la protección de la intimidad, de enorme valor para la vida religiosa y la vida personal. La intimidad es un valor moderno, a proteger; porque es base del desarrollo de un psiquismo sano, ella ya intuyó su valor. Lástima que no se le haya hecho caso. Hoy tenemos congregaciones religiosas o institutos donde te imponen el director espiritual. Y en alguna, el voto de no criticar al director o al superior. Esto atenta contra los derechos fundamentales. Santa Teresa se adelantó a ello  y a los problemas que supone el control de las conciencias “Son muchos los caminos por donde lleva Dios y no todos los sabrá por fuerza un confesor”.

La audacia de una nueva eclesialidad

Invisibilizadas, las mujeres de entonces, silenciada Teresa tantas veces, discriminada, insultada: “Fémina inquieta y andariega, contumaz que no cumple las reglas de Trento, que anda por los caminos…(7.000Km recorrió) que no se atiene a clausura. Tuvo la audacia y el coraje de crear un eclesialidad dende pudiera ser parte de esa Iglesia; siendo distinta a como la Iglesia la quería. Lo hizo cambiando mentalidades  y modos de ser del clero y de obispos y religiosos. Pero también cambiando la mentalidad de las mujeres: “Está ardiendo el mundo, no perdamos el tiempo en bobadas”, les decía a sus monjas. Parece que nos lo dice a nosotros hoy. Llevó a cabo el propio deseo que es imprescindible para vivir, su deseo de hablar de Dios y con Dios. Abrió puertas, recorrió caminos, tendió puentes, entabló múltiples relaciones con gente muy diversa. Dialogó (negoció -decía ella). Cambió lo que veía y no le parecía bueno. Con lo que vio y conoció, construyó nuevos tejidos, nuevos intereses. Sabía mirar la vida, sabía verla. El oficio de quien ama es ver. Es el amor el que mueve las montañas. Ella es santa porque amó mucho. Hizo un mundo más humano.

Explica santa Teresa una manera de orar que se convierte en lugar de conocimiento de sí misma, en conocimiento de Dios, lugar de encuentro, de amistad. Lugar de sagrada libertad. Quería una espiritualidad sin rutina, sin letra muerta; sincera ante Dios y ante los hombres: “Andemos en verdad delante de Dios y de la gente de cuantas maneras pudiéramos”.

Era muy audaz, con terquedad y determinación, buscó la manera, el lugar donde y como vivir sus convicciones. Supo tener el máximo de autoridad con el mínimo de poder; por ello ayuda a crecer a otros.

 Da mucha importancia a la formación y al estudio y critica fuertemente a aquella parte del clero perezoso e ignorante “que tiene pocas letras”. “Las letras son siempre un buen medio para la virtud”, decía. A veces, hoy produce vergüenza escuchar algún prelado.

Supo dar una valoración al lugar que ocupaba y la reconocemos desde ese profetismo del Evangelio que no se dejó domesticar, mientras estaba viva. Por eso, no ha perdido su fuerza profética. Siempre en camino para prever el anquilosamiento de nuestras costumbres. En continua revisión de lo que se hace, en un compromiso dinámico; como no podía ser menos en una caminante: “Procuremos ir en comenzando siempre”. Sus textos arrojan luz sobre nuestro presente. Tienen muchas lecturas y conecta con la pluralidad y diversidad necesaria de nuestra vida actual. Supo abrir lugares de vida, palabra, y escritura.

Teresa de Jesús me recuerda a Magdalena cuando visita la tumba de Jesús. Lo cuenta el Evangelio de San Juan. Los apóstoles van corriendo en la mañana del primer día de la semana y ven la tumba vacía y se van, se marchan. Magdalena se queda. Se queda en el huerto. Permanece llorando. Hay evidencia de que la tumba está vacía. Ella se agita; el Evangelio nos la muestra yendo, viniendo; buscando por el huerto, llorando. Es un llanto acompañado de lucha. Sintiendo. Es un llanto afectado. No se quiere ir de allí. Mira y ve que está vacío; pero no tiene miedo, se queda. Busca.

Y aparece el Maestro. Los que pasan por el dolor profundo de la carencia, los que no se conforman con las primeras evidencias, como Teresa, reciben la presencia del resucitado. ¡María! –Exclama Jesús. ¡Maestro! –contesta ella. Ella, a quien se reveló el cuerpo de Jesús resucitado.

 “Vete y dile a los discípulos que he resucitado”; es el encargo que le da Jesús. Y el mandato se cumplió. Nosotros y nosotras somos hijos de una noticia, que nos llegó por la terquedad de una mujer: La Magdalena, la mujer que no se conformó con las primeras evidencias; con lo que veía: El sepulcro vacío. La terquedad de seguir esperando hizo el milagro. Nosotros somos hijos e hijas de la espera, del amor; del amor de una mujer que nos dio la Noticia de que Cristo había resucitado.

Como Magdalena, la obra de santa Teresa nace del amor, de la espera, de la búsqueda, del deseo; del llanto de las mujeres discriminadas en la vida y  en la iglesia;  también  de la fiereza del tiempo, de la oscuridad de la vida, del sepulcro vacío de la vida para tantas mujeres. Pero, sobre todo, y también en ambas: de la alegría del encuentro con el Resucitado. La que tercamente esperó con tenacidad y escucha; también nos trae una buena noticia: Teresa tomó las semillas del evangelio y las sembró en su vida, sus obras y sus escritos y, hoy llegan hasta nosotros. Santa Teresa anduvo siempre empujando horizontes, y su obra y su vida, nos recuerdan que Dios vino no para constreñir nuestro tiempo, sino para dilatarlo. Ella asume siempre la lógica de Jesús en el Evangelio. Antepone la vida a la doctrina. No la domestiquemos ahora.

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6 thoughts on “Teresa, la gran humanizadora de la vida. Dimensión profética  y actualidad de su legado

  1. Encantada he leído este artículo, gracias a su autora, Santa Teresa bendiga su mente y su pluma, para que siga “engolosinando” a sus lectores.

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  2. He leído de cabo a rabo este genial comentario de Maribel sobre Teresa. Lo he leído aún de noche, bien abrigado, incómodo, con mal cuerpo y talante… porque llevamos dos días con la caldera averiada, en puente largo, sin agua caliente ni calefacción. Y a medida que leía, se me salía el calor desde dentro suscitado por un escrito a guardar junto a las obras de Teresa, y como su mejor introducción, o punto final, o resumen. Un escrito que es fruto no sólo de estudio, sino de convivencia con la santa, en la cocina del convento, entre los pucheros. He releído este año la Vida; me animo a leer las Fundaciones, las cartas, el Camino de Perfección de una pluma inagotable que lleva 500 años dando a luz la luz. Sería tan largo como el suyo, este escrito de gratitud a Maribel. Vaya mi aliento a quien dude si hincarle el diente por su extensión. Menudean las ráfagas geniales y/o estimulantes incluso para un espíritu menos pronto, y tan débil como la carne por la desazón del frío en la casa: “La mujer moría de mujer”. “La cultura del cuidado”. “Fue una gran comadrona de Dios en la vida. “Del sepulcro vacío de la vida para tantas mujeres”…. Y, casi al cierre de su artículo, esa contemplación de Magdalena, dando vueltas por el huerto, mirando debajo de las piedras, buscando al Maestro tras cada hoja… Y añado tan pobre como atrevido que no me creo lo del “Noli me tangere”, quizás fruto de cierta mojigatería de la época o del escritor. Todo lo contrario, me imagino a Jesús abrazando tiernamente a Magdalena como Padre a la hija pródiga, como Hermano y Samaritano que se compadece del que sufre la ausencia, y la larga espera de la vida encerrada en “esta cárcel, estos hierros en que el alma está metida”… Querida amiga y hermana Maribel: Que, desde la Gloria, Teresa te lo pague: Te pague un texto tan lleno de luz y de calor. Ángel Lafuente

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    1. Muchas gracias por visitar el blog y dejar este amplio y cálido comentario. Nos alegra enormemente saber que el artículo ha cumplido su objetivo. Gracias también por esa invitación a leer a Teresa de Jesús. Ojalá contagie a muchos.

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    2. Gracias Ángel por tus palabras,tu respeto y cariño.Valoro mucho, mas si cabe ,viniendo de alguien, que ama tanto la palabra.Me alegro que haya despertado y movido tantas emociones en ti. Dices bien.Teresa es una gran compañía;su obra ilumina la vida y nuestra búsqueda ; nos lleva al encuentro con Dios y con nosotros mismos;por eso nos pone frente a la vida misma.Me alegro que te haya despertado esa “centellita” del amor de Dios que hay en nosotros.

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  3. Teresa, tan auténtica como la vida misma. Tenemos un ejemplo todos: hombres y mujeres, mirar dónde apunta y andar el camino, el final ya lo sabemos y la fuerza del Espíritu que nos habita no se ha gastado , ni Dios se ha cansado ¡¡¡ ánimo!!! Hoy somos cada uno de nosotros y nosotras.

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