Teresa de Jesús y la misericordia

sus misericordias4
“…Nunca se cansa de dar ni se pueden agotar sus misericordias. No nos cansemos nosotros de recibir (V 19, 15).”

Hoy, día 8 de diciembre, da comienzo el Año de la Misericordia, que se prolongará hasta el 20 de noviembre de 2016. Con este motivo, incluimos en el blog este artículo. Sirva de aperitivo para ahondar en la misericordia y en la manera en que Teresa de Jesús la vivió.

María del Puerto Alonso, ocd

Hablar de la misericordia en Santa Teresa es un tema tan extenso y profundo, que es difícil de resumir. Cuando Teresa habla con Dios, le llama “Dios de misericordia” (CE 4,3). Misericordia como nombre de Dios: ¡Oh Señor mío y Misericordia mía y Bien mío! (Conceptos 4,9) Misericordia que en todo tiempo usa con sus criaturas (Cta. 467 a don Pedro Sánchez, en Alba Valladolid, 5 septiembre 1582). Olvida su grandeza para no castigar: Por cierto, que es grande la misericordia de Dios: ¿qué amigo hallaremos tan sufrido? (Conceptos de amor de Dios 2,19). Por eso, se duele porque olvidamos sus misericordias (Ex 7,1). Ella llama fuertes grillos y cadenas a los beneficios de la misericordia de Dios (Ex 17,3). Es una misericordia sin tasa y quien no la entendiere estará lejos del amor del prójimo (1 M1, 3, ref. 5 M 4,10). Teresa nos dice que solo puede presumir de su misericordia (3 M1,3), por eso, ella no solo nos cuenta sus misericordias sino que incluso las canta: Suplícoos yo, Dios mío, sea así y las cante yo sin fin, ya que habéis tenido por bien de hacerlas tan grandísimas conmigo, que espantan los que las ven y a mí me saca de mí muchas veces, para poderos mejor alabar a Vos (V 14,10-11). Cuando ella nos habla de sí misma, esta es su intención: mi intento es que no estén ocultas sus misericordias, para que más sea alabado y glorificado su nombre (7 M1,1). Fíe de la bondad de Dios, que es mayor que todos los males que podemos hacer, y no se acuerda de nuestra ingratitud, cuando nosotros, conociéndonos, queremos tornar a su amistad, ni de las mercedes que nos ha hecho para castigarnos por ellas… Acuérdense de sus palabras y miren lo que ha hecho conmigo, que primero me cansé de ofenderle, que Su Majestad dejó de perdonarme. Nunca se cansa de dar ni se pueden agotar sus misericordias; no nos cansemos nosotros de recibir (V 19, 15).

Para ella, la misericordia de Dios es referente para la misericordia con el hermano. Así dice en el Camino de perfección, comentando la frase “como nosotros perdonamos” del Padrenuestro: Me parece cualquier cosa perdonara yo porque Vos me perdonarais a mí… que todos quedan cortos; aunque los que no saben la que soy, como Vos lo sabéis, piensan que me agravian. Así, Padre mío, que de balde me habéis de perdonar; aquí cabe bien vuestra misericordia. Bendito seáis Vos, que tan pobre me sufrís (CE 63, 2). No puedo yo creer que alma que tan junto llega de la misma misericordia, adonde conoce la que es y lo mucho que le ha perdonado Dios, deje de perdonar luego con toda facilidad y quede allanada en quedar muy bien con quien la injurió. Porque tiene presente el regalo y merced que le ha hecho, adonde vio señales de grande amor, y alégrase se le ofrezca en qué le mostrar alguno (CV 36, 12).

Teresa nos advierte de unas falsas humildades que nos hacen dudar de la misericordia de Dios, teniéndolo por tentación del demonio: Pues guardaos también, hijas, de unas humildades que pone el demonio con gran inquietud de la gravedad de nuestros pecados, que suele apretar aquí de muchas maneras, hasta apartarse de las comuniones y de tener oración particular (por) no lo merecer, les pone el demonio); y cuando llegan al Santísimo Sacramento, en si se aparejaron bien o no, se les va el tiempo que habían de recibir mercedes. Llega la cosa a término de hacer parecer a un alma que, por ser tal, la tiene Dios tan dejada, que casi pone duda en su misericordia. Todo le parece peligro lo que trata, y sin fruto lo que sirve, por bueno que sea. Dale una desconfianza que, se le caen los brazos para hacer ningún bien, porque le parece que lo que lo es en los otros, en ella es mal. Mirad mucho, hijas, en este punto que os diré, porque algunas veces podrá ser humildad y virtud teneros por tan ruin, y otras grandísima tentación (CV 39, 1-2).

¿Qué hacer? Cuando así os hallarais, atajad el pensamiento de vuestra miseria lo más que pudiereis, y ponedle en la misericordia de Dios y en lo que nos ama y padeció por nosotros. Y si es tentación, aun esto no podréis hacer, que no os dejará sosegar el pensamiento ni ponerle en cosa, sino para fatigaros más. Harto será si conocéis es tentación (CV 39, 3).

Recordar las misericordias pasadas hace bien (Cf. V 19,2). Se acercarían muchos más a Dios viendo que es tan bueno y que se comunica con los pecadores (CV 40,5-6). La verdadera humildad, ensancha a la persona ante la vista de la misericordia de Dios (V 30, 9)

Teresa es sorprendente. Y así escribe en una carta a su hermano diciéndole que es misericordia de Dios quitar la oración. No piense que siempre estorba el demonio la oración, que es misericordia de Dios quitarla algunas veces; y estoy por decir que casi es tan gran merced como cuando da mucha, por muchas razones que no tengo lugar de decir a vuestra merced (Cta a Lorenzo de Cepeda, en Ávila.  Toledo, 2 enero 1577).

En la Cta. a don Pedro de Castro y Nero, en Ávila, 19 noviembre 1581, le habla del Libro de la Vida que ha leído: ¡Qué cosa es la misericordia de Dios!, que mis maldades han hecho bien a vuestra merced, y con razón, pues me ve fuera del infierno que ha mucho que tengo bien merecido, y así intitulé ese libro “De las misericordias de Dios”. Lo que suplico a vuestra merced, por amor de nuestro Señor, es que siempre se le ponga delante la que soy…  pues Su Majestad no quiere sino castigarme con mercedes, que no es pequeño castigo para quien se conoce. Un Dios que castiga con mercedes…Este es el Dios de Teresa: un Dios que se da más prisa en perdonarnos que nosotros en ofenderle (Ex 10,1): Muchas veces he pensado espantada de la gran bondad de Dios, y regaládose mi alma de ver su gran magnificencia y misericordia. Sea bendito por todo, que he visto claro no dejar sin pagarme, aun en esta vida, ningún deseo bueno. Por ruines e imperfectas que fuesen mis obras, este Señor mío las iba mejorando y perfeccionando y dando valor, y los males y pecados luego los escondía. Aun en los ojos de quien los ha visto, permite Su Majestad se cieguen y los quita de su memoria. Dora las culpas. Hace que resplandezca una virtud que el mismo Señor pone en mí casi haciéndome fuerza para que la tenga (V 4,10).

Hay que esperar en la misericordia de Dios cuando hay desamparo en la oración (6 M1, 13 y 6 M 6,9). La esperanza en la misericordia de Dios no es una espera inactiva, sino todo lo contrario (Cf. Ex. 6,3): Gran cosa es lo que agrada a nuestro Señor cualquier servicio que se haga a su Madre, y grande es su misericordia. Sea por todo alabado y bendito, que así paga con eterna vida y gloria la bajeza de nuestras obras y las hace grandes siendo de pequeño valor (F 10,5).Por eso nos recomienda no dejar la oración y lectura y apartarse de las ocasiones (V 8,10).

Muchos, despiertan más a amar a Dios, conociendo sus misericordias: Podráse decir que parecen cosas imposibles y que es bien no escandalizar los flacos. – Menos se pierde en que ellos no lo crean, que no en que se dejen de aprovechar a los que Dios las hace; y se regalarán y despertarán a más amar a quien hace tantas misericordias, siendo tan grande su poder y majestad; cuánto más que sé que hablo con quien no habrá este peligro, porque saben y creen que hace Dios aun muy mayores muestras de amor (1 M 1, 4  y Cf 1 M2, 8). Porque Dios nos llama aunque estemos en nuestros pasatiempos y negocios… y aun cayendo y levantando en pecados (2 M1, 2).

Dios es un palacio grande del que no se puede apartar ni el pecador: ¿Por ventura puede el pecador, para hacer sus maldades, apartarse de este palacio? No, por cierto; sino que dentro en el mismo palacio, que es el mismo Dios, pasan las abominaciones y deshonestidades y maldades que hacemos los pecadores.. Consideremos, hermanas, la gran misericordia y sufrimiento de Dios en no nos hundir allí luego, y démosle grandísimas gracias, y hayamos vergüenza de sentirnos de cosa que se haga ni se diga contra nosotras; que es la mayor maldad del mundo ver que sufre Dios nuestro Criador tantas a sus criaturas dentro en Sí mismo y que nosotras sintamos alguna vez una palabra que se dijo en nuestra ausencia y quizá con no mala intención (6 M10, 3).

La mirada al Jesús terreno, que vino al mundo por los pecadores, es la que hace que Teresa tenga tal convicción de la misericordia de Dios (Ex 3,3  y 6 M 5, 5) así como el recuerdo de su historia de salvación: ¡Oh, qué tarde se han encendido mis deseos y qué temprano andabais Vos Señor, granjeando y llamando para que toda me emplease en Vos! ¿Por ventura, Señor, desamparasteis al miserable, o apartasteis al pobre mendigo cuando se quiere llegar a Vos? ¿Por ventura Señor, tienen término vuestras grandezas o vuestras magnificas obras? ¡Oh Dios mío y misericordia mía!, ¡y cómo las podréis mostrar ahora en vuestra sierva! Poderoso sois, gran Dios. Ahora se podrá entender si mi alma se entiende a sí mirando el tiempo que ha perdido y cómo en un punto podéis Vos, Señor que le torne a ganar… ¡Bendito sea mi Dios! (Ex 4,1).

 

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