San Juan de la Cruz y la misericordia


santo

María del Puerto Alonso, ocd

Nuestro hermano y padre Juan de la Cruz tuvo una infancia muy difícil. Conoció la orfandad, el hambre, la mendicidad, el ser aprendiz de diversos oficios sin lograr identificarse con ninguno… Un fraile hermano nuestro nos dijo en más de una ocasión que tenía todos los boletos para ser el “patrono de los amargados”. Sin embargo, los testimonios de sus procesos de beatificación y canonización insisten en que era un hombre afable y alegre. Un hombre convencido de la misericordia de Dios en su vida y en la historia de la humanidad.

San Juan no dudaba en llamar a Dios “Padre de misericordias”. Y en la conocida “Oración del alma enamorada” comienza diciendo: “¡Señor Dios, amado mío! Si todavía te acuerdas de mis pecados para no hacer lo que te ando pidiendo, haz en ellos, Dios mío, tu voluntad, que es lo que yo más quiero, y ejercita tu bondad y misericordia y serás conocido en ellos” (Dichos Nº 26).

Donde ve más claramente la misericordia de Dios es en los misterios de la fe de la vida de su Hijo Jesús. Comentando el Cántico espiritual, nos dice:

“Danme a entender admirables cosas de gracia y misericordia tuya en las obras de tu Encarnación y verdades de fe que de ti me declaran; y siempre me van más refiriendo, porque cuanto más quisieren decir, más gracias podrán descubrir de ti” (CB7, 7). Para san Juan, Jesús es la “mano misericordiosa del Padre” (LlB 2, 16).

Dios es “extraño”, nos dice nuestro hermano, porque sus hechos y obras son siempre “nuevas y admirables”, y así es en su misericordia. Dios ve nuestras más pequeñas acciones o miradas de amor y queda preso de ellas, dándoles un valor infinito, siendo que Él nos ama y mira primero con amor (pues “el mirar de Dios es amar” CB32, 3) y que nosotros solo correspondemos a ese amor (Cf. CB31, 8).

Estos ojos del Esposo, que miran con amor, son su “Divinidad misericordiosa, la cual, inclinándose al alma con misericordia, imprime e infunde en ella su amor y gracia, con que la hermosea y levanta tanto, que la hace consorte de la misma Divinidad (2 Pe. 1,4). Y dice el alma, viendo la dignidad y alteza en que Dios la ha puesto: Por eso me adamabas. Adamar es amar mucho, es más que amar simplemente: es como amar duplicadamente…” (CB 32,3-5).

Eso hace Dios al mirarnos, sencillamente. ¿Y qué hace el alma cuando mira a Dios?  “Adoraban, pues, alumbrados y levantados con su gracia y favor, lo que en él ya veían, lo cual antes por su ceguera y bajeza no veían. ¿Qué era, pues, lo que ya veían? Veían grandeza de virtudes, abundancia de suavidad, bondad inmensa, amor y misericordia en Dios, beneficios innumerables que de él había recibido, ahora estando tan allegada a Dios, ahora cuando no lo estaba” (CB32,8).

Cuando el alma se acuerda de “todas estas misericordias recibidas” se goza y deleita en agradecimiento y amor (Cf. CB 33,2). Porque los bienes de Dios, que son un misterio, alegran a la persona, según los va conociendo. Y estos bienes son: “justicia, misericordia, sabiduría, potencia, caridad, etc.” (CB 37,2).

Todo esto, que puede parecer lindas teorías, Juan lo hacía vida de su vida. Y así tenemos en sus cartas a sus dirigidos y dirigidas espirituales, un reflejo de esa misericordia de Dios. No nos extraña, pues, leer en ellas cosas como esta:

“Con su carta me compadecí de su pena y pésame la tenga por el daño que le pueda hacer al espíritu y aun a la salud” (Cta. 22 a la Madre Leonor de san Gabriel).

O esta otra, por poner solo dos ejemplos:

“Mucho me consolé con su carta; págueselo Nuestro Señor. El no haber escrito no ha sido falta de voluntad, porque de veras deseo su gran bien…” (Cta. 8.- A las Carmelitas Descalzas de Beas).

¿Qué o quién es Dios, para este santo?:

“Dios, en su único y simple ser, es todas las virtudes y grandezas de sus atributos: porque es omnipotente, es sabio, es bueno, es misericordioso, es justo, es fuerte, es amoroso, etc., y otros infinitos atributos y virtudes que no conocemos… y así cada uno de estos atributos es una lámpara que luce al alma y da calor de amor” (LlB 3, 2).

O como dice en un bellísimo texto:

“Porque cuando uno ama y hace bien a otro, hácele bien y ámale según su condición y propiedades; y así tu Esposo, estando en ti como quien él es te hace las mercedes: porque, siendo él omnipotente, hácete bien y ámate con omnipotencia; y siendo sabio, sientes que te hace bien y ama con sabiduría; y siendo infinitamente bueno, sientes que te ama con bondad; y siendo santo, sientes que te ama y hace mercedes con santidad; y siendo él justo, sientes que te ama y hace mercedes justamente; siendo él misericordioso, piadoso y clemente, sientes su misericordia y piedad y clemencia; y siendo fuerte y subido y delicado ser, sientes que te ama fuerte, subida y delicadamente; y como sea limpio y puro, sientes que con pureza y limpieza te ama; y, como sea verdadero, sientes que te ama de veras; y como él sea liberal, conoces que te ama y hace mercedes con liberalidad sin algún interés, solo por hacerte bien; y como él sea la virtud de la suma humildad, con suma bondad y con suma estimación te ama, e igualándote consigo, mostrándosete en estas vías de sus noticias alegremente, con este su rostro lleno de gracias y diciéndote en esta unión suya, no sin gran júbilo tuyo: Yo soy tuyo y para ti, y gusto de ser tal cual soy por ser tuyo y para darme a ti” (CB3,6).

Por todo esto, no es de extrañar que para él Dios también sea Madre. Constantemente nos habla de esta maternidad de Dios:

“Y así, aquí está [Dios] empleado en regalar y acariciar al alma como la madre en servir y regalar a su niño, criándole a sus mismos pechos. En lo cual conoce el alma la verdad del dicho de Isaías (66, 12), que dice: A los pechos de Dios seréis llevados y sobre sus rodillas seréis regalados” (CB 27,1).

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