Las rutas implícitas. Teresa en Fernando de los Ríos

fernando

Pedro Paricio Aucejo

Si en los personajes públicos no suele ser habitual sentir admiración por la espiritualidad mística, mucho menos lo es manifestarla explícitamente cuando esta refleja una importante dimensión de sus vidas. No ocurrió así en el caso del intelectual y político malagueño Fernando de los Ríos (1879-1949). Hombre de talante humanista (su casa fue lugar de reunión para Falla, Zuloaga, García Lorca y las más destacadas personalidades de la vida intelectual, artística y política de Granada), no vivió su perenne vocación pedagógica restringida al ámbito meramente académico sino que la trasladó a sus preocupaciones sociales y políticas para revitalizar el entorno que le tocó en suerte.

Entró en contacto con la Institución Libre de Enseñanza, embebiéndose de su ideal regeneracionista, que veía en la educación el mejor instrumento para la emancipación humana y el motor del cambio social en la España atrasada de su tiempo. Nombrado catedrático de Derecho Político, fue colaborador asiduo en la prensa e infatigable conferenciante. Llegado el momento, su dedicación pedagógica la orientó a despertar la conciencia proletaria y la visión de una sociedad más justa: prodigó sus pláticas en auditorios obreros, impulsó la expansión de estos, se comprometió en la defensa de los intereses de la clase trabajadora andaluza y mantuvo una permanente lucha anticaciquil.

Esta actitud le granjeó popularidad y protagonismo político, llegando a ser diputado e iniciar, a partir del 15 de abril de 1931, una fulgurante y fructífera carrera ministerial que le llevaría a ocupar las carteras de Justicia, Instrucción Pública y Estado durante el primer bienio republicano. Posteriormente fue embajador en Francia y Estados Unidos, país en el que permaneció durante la guerra civil española y la posguerra hasta su fallecimiento.

Una faceta poco conocida de su trayectoria es su admiración por la espiritualidad mística española del siglo XVI, divulgada por Carlos García de Andoin, estudioso de las relaciones entre su concepción política y la dimensión religiosa de su vida y su obra. Según este autor¹ las referencias principales de Fernando de los Ríos al respecto se encuentran en las conferencias y cursos que impartió en dos de sus viajes a Estados Unidos. En 1926 –fecha de su primer viaje–, con ocasión de su conferencia en la Universidad de Denver sobre ´La visión mística de Unamuno´, sacó a colación a Santa Teresa, a raíz de destacar los rasgos distintivos de la espiritualidad del XVI.

Para De los Ríos, esta presentaría tres características esenciales. En primer lugar, su pureza y nobleza, pues no nace sino del “puro amor, la compasión suscitada por el dolor de Cristo”, de modo que el misticismo español es una suerte de “ejercicio caballeresco del alma a fin de lograr rendir, en fuerza de amor, la morada última” de la Santa de Ávila. En segundo término, destaca su subjetivismo. Cita como ejemplo de ello la obsesión por ´la posesión del Amado´ de la mística castellana: ´Yo toda me entregué y di, y de tal suerte he trocado, que es mi Amado para mí y yo soy para mi Amado´. Finalmente, subraya su acusado sentido inmanentista, esto es, el énfasis de la interiorización de Dios en el propio hombre. En el caso de la monja abulense lo ilustra con su idea de que ´Dios habita en el alma y ella en Dios´.

En su segundo viaje –realizado en 1928–, impartió diversos cursos sobre el tema. En carta de 25 de marzo le indica a su esposa: “El lunes explicaré Sta. Teresa… ¡Si vieras cómo revivo ahora mis meditaciones de muchacho de veinte a veinticinco! ¡Qué enormes figuras las de ese movimiento y que interés universal suscitan ahora! Todos los meses salen nuevos libros por todas partes estudiando a Sta. Teresa, Fr. Juan de los Ángeles, S. Juan de la Cruz, Fr. Luis de León, etc.”

Por otra parte, su admiración por la religiosa carmelita y los místicos iba más allá del mero ámbito intelectual y personal, extendiéndose también al familiar. Así, para él y su mujer Gloria Giner, la lectura de los místicos fue parte indispensable de la amplia formación religiosa de su hija Laura, en la que no faltaron lecturas de “Santa Teresa de Jesús… y otras obras análogas que deben tenerse siempre al alcance de la mano y que si se leen sin prejuicios, dan mucho, mucho que pensar.”

En definitiva, su estima por la espiritualidad mística española del XVI en general y por la de la Santa descalza en particular es suficientemente elocuente. De los Ríos consideraba que, se fuese o no cristiano, se debía una gratitud a aquella sublime expresión de la emoción religiosa. No en balde, en Religión y Estado en la España del Siglo XVI, una de sus más relevantes obras, afirmó que “en Santa Teresa, en San Juan de la Cruz… hay tantas rutas implícitas para los creyentes, los filósofos y para las personas meramente religiosas, que se debe estar en un sentimiento de gratitud, porque han extendido nuestro conocimiento del mundo interior, espiritual”.

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¹CARLOS GARCÍA DE ANDOIN, ´La admiración a Santa Teresa de Fernando de los Ríos´ (10/08/15)


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