Perfil biográfico de Teresa de Jesús

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Anna Seguí, ocd

INTRODUCCIÓN 

Teresa de Jesús es un don de Dios a la Iglesia y a la humanidad. Una mujer que supo hacer de Jesucristo el centro de su vida, y una mujer profundamente eclesial. Murió pronunciando estas palabras: “Al fin muero hija de la Iglesia”. Acercarnos a Teresa es saborear la esencia del más puro cristianismo, la finura de una mujer que se dejó seducir por Jesús, y se mantuvo adherida con la mirada fija en Él hasta el final de su vida.

Inteligente y apasionada, se aficionó a los placeres y vanidades de la vida con toda la fuerza y fuego de su temperamento pasional. Le costó la conversión. Batalló tanto consigo misma, tanto que, a fuerza de violentarse para romper con todo lo que la ataba y la mantenía esclava, se le quebró la salud.

Miremos brevemente su proceso histórico-biográfico. 

PERFIL BIOGRÁFICO DE TERESA 

Situación histórica 

Nos situamos en el histórico y convulso siglo XVI. España ya está unificada, las Américas han sido descubiertas, las gentes se han lanzado a la aventura de las nuevas tierras conquistadas, los hermanos de Teresa allá irán y algunos allí morirán. Los reyes han expulsado a los judíos y moros, y han creado la casta de los conversos, forzados a bautizarse. Y de este linaje proviene Teresa, por parte de su abuelo paterno, D. Juan Sánchez de Cepeda, conocido como el “Toledano”, que fue un avispado y rico comerciante judío y converso. Este hecho Teresa siempre lo llevó escondidamente, como una afrenta de la que no hay que hacer memoria, así lo requería el honroso pudor de los Cepeda.

Estalla también la Reforma de Lutero, el inteligente teólogo desafía al Papa con la doctrina de la justificación, y es declarado hereje. Harán falta varios siglos para que la Iglesia reconozca que Lutero decía verdad del más puro Evangelio. La Inquisición lleva a tribunales y a la hoguera a todo sospechoso de ir un punto en contra de la fe católica. En estas estuvo la fundadora carmelita con su primer libro de la Vida. Sucedió que, el mismísimo Inquisidor Mayor Quiroga, tuvo que admitir que aquel escrito: “Es doctrina muy segura, verdadera y muy provechosa”. Se salvó el libro de la quema y con él, la autora.

Y vio con pena, aquella mujer amiga de letras, quemar libros que le habían sido muy queridos y de mucha ayuda, sintió el consuelo de Jesús con estas palabras: “Yo te daré libro vivo” (V26, 5). Y Jesús será quien la inspire e ilumine, Su Majestad ha sido el libro verdadero adonde he visto las verdades ¡Bendito sea tal libro, que deja imprimido lo que se ha de leer y hacer, de manera que no se puede olvidar!” (V 26,5). Estando así las cosas, en esta España conflictiva política y eclesialmente, vino al mundo Teresa de Cepeda y Ahumada.

El hogar

Nace en la muy noble y recia ciudad de Ávila, en el seno de una familia acomodada, el 28 de marzo del año 1515. Su padre anotó que era miércoles, y que eran las cinco de la madrugada. Hija de padres distinguidos: D. Alonso de Cepeda y Dña. Beatriz de Ahumada. Teresa será la tercera hija del segundo matrimonio que D. Alonso había contraído. Catalina del Peso, dama muy rica, era el nombre de su primera mujer. De este primer matrimonio nació María y Juan. D. Alonso enviudó a los veintisiete años. Y en el año 1509 se volvió a casar con Dña. Beatriz de Ahumada, jovencísima doncella, también de rica nobleza, nacida en Olmedo (Valladolid).

Sus padres se llevaban quince años de diferencia. Beatriz se casó a los 14 años, cuando su marido rondaba los 30; con todo, salió bien el casamiento, gracias a Dios. El primer hijo del matrimonio fue Hernando, el segundo Rodrigo y la tercera Teresa. Le seguirán otros hermanos: Juan, Lorenzo, Antonio, Pedro, Jerónimo, Agustín y Juana. Dña. Beatriz gastó la vida pariendo hijos, ¡pobrecita! Cuando nació esta última, murió su madre, de puro agotamiento de tanto parir ¡claro! Así, Teresa quedó huérfana a la edad de 13 años, pobrecitos. Abatida por la tristeza, se confió a la Virgen para que le hiciera de madre. Le tuvo siempre gran devoción a la Virgen.

Ella nos cuenta en el libro de la Vida que sus padres eran “virtuosos y temerosos de Dios”, que tenían muchas y buenas virtudes, gustaban de leer libros, y de ellos aprendió el gusto por la lectura. Su padre era muy generoso y hacía mucha caridad, era muy comprensivo y humano con los criados. Su madre era guapa, apacible y de muy buen entendimiento; con ella estableció muy buena relación, y gran complicidad en las lecturas de caballerías, así devino su afición por los libros.

De su infancia cuenta Teresa la famosa anécdota de la huida con su hermano Rodrigo, que era el compañero de sus juegos. Tenía 7 años, y quería ser mártir por Cristo. Enardecida la moza, convenció a su hermano para ir juntos a tierra de moros “para que allá nos descabezasen” y morir. Narra la tradición que, un tío suyo los encontró ya a las afueras de la ciudad, y los retornó a su casa. Los dos hermanos leían vidas de santos, por lo cual, le quedó ya en la niñez “imprimido el camino de la verdad”. Son datos que nos dan muestra anticipada del intrépido y apasionado carácter que poseía Teresa.

Su padre sintió pasión por esta hija suya, que tenía un temperamento seductor. Además de agraciada e inteligente, estaba dotada de una simpatía arrolladora. Teresa, en su biografía dice de sí misma que ella era “la más querida de su padre”.

Tras quedar huérfana, su personalidad entra en una crisis de conducta que llega a preocupar seriamente a su padre. Jovencita aún, empezó a tratar con amistades algo ligeras y poco buenas, que despertaron en ella la agitación de una viva sensualidad. Es vanidosa, le gusta coquetear, y comienza a  fomentar alterne tras alterne con sus amigos. Se apasiona y se enamora, era lo natural y normal.

Alonso, que miraba todo con preocupación, corta de raíz aquellos devaneos bulliciosos de Teresa, y la interna en el convento de las agustinas de la ciudad, Santa María de Gracia, que era para doncellas distinguidas, pobrecita. Sin embargo, fue para bien aquel alejamiento de lo que a él le parecía peligroso para su hija. En el internado, comienza un periodo de moderación y recuperación de la vida espiritual, y empieza Teresa a mirar al Señor, a sentir devoción en los rezos, y tener más contento de sí, “Comenzó mi alma a tornarse a acostumbrar en el bien de la primera edad”. Tuvo que salir al año y medio de estar allí, a causa de una enfermedad seria.

Monja

El 2 de noviembre de 1535, con 20 años, y a escondidas de su padre, entra en el monasterio de la Encarnación, lo relata así: cuando salí de casa de mi padre no creo será más el sentimiento cuando me muera. Porque me parece cada hueso se me apartaba por sí, que, como no había amor de Dios que quitase el amor del padre y parientes, era todo haciéndome una fuerza tan grande que, si el Señor no me ayudara, no bastaran mis consideraciones para ir adelante. Aquí me dio ánimo contra mí, de manera que lo puse por obra.(V 4,1).

Monja ya, vuelve a enfermar, y tendrá que dejar el monasterio para ir a curarse. Tan recias fueron las curas, que regresó al convento tan enferma y tan sin vida, que la llegarán a tener por muerta. Se recuperó de aquella enfermedad, pero quedó tullida durante ocho meses. Continuó en la enfermería del monasterio por un periodo de tres años. Y permaneció en la Encarnación hasta 1562, año en que fundó el primer monasterio de San José, el 24 de agosto, día del glorioso San Bartolomé, en la misma ciudad de Ávila, tenía ya 47 años. Comienza así la Orden de las Carmelitas Descalzas. En breve, Teresa funda también, junto con Juan de la Cruz, la rama masculina de la Orden, los Carmelitas Descalzos, frailes y hermanos nuestros.

Conversión 

En la Cuaresma de 1554, ante un Cristo muy llagado, Teresa experimentó una profunda conversión, ¡por fin!, que la cambió por completo. Lo relata así en su libro de la Vida: “Pues ya andaba mi alma cansada y, aunque quería, no le dejaban descansar las ruines costumbres que tenía. Acaecióme  que, entrando un día en el oratorio, vi una imagen que habían traído allá a guardar, que se había buscado para cierta fiesta que se hacía en casa. Era de Cristo muy llagado y tan devota que, en mirándola, toda me turbó de verle tal, porque representaba bien lo que pasó por nosotros. Fue tanto lo que sentí de lo mal que había agradecido aquellas llagas, que el corazón me parece se me partía, y arrojéme cabe Él con grandísimo derramamiento de lágrimas, suplicándole me fortaleciese ya de una vez para no ofenderle” (V 9,1). Esta conversión la fue centrando más en Dios. A los años, fruto de la intensa oración, irá sintiendo la llamada a la empresa fundadora de sus conventos.

Fundaciones

En un periodo de 20 años Teresa escribió sus Obras, los principales libros son: Vida; Camino de Perfección; Fundaciones; Moradas. Teresa fallece en Alba de Tormes el 4 de octubre del año 1582, a los 67 años de edad, tras haber fundado 17 monasterios de la nueva Orden de Carmelitas Descalzas. 

Canonización

Fue canonizada por Gregorio XV, el 15 de marzo de 1622, junto con Ignacio de Loyola, Francisco Javier, Felipe Neri, Isidro labrador. Pablo VI, el 18 de septiembre de 1965 le otorgó el título de Patrona de los escritores católicos, denominándola: “Lumen Hispaniae”, Luz de España. Y el 27 de septiembre de 1970, la proclamó Doctora de la Iglesia, siendo la primera mujer que recibe este título.

RASGOS DE LA PERSONALIDAD 

En su breve perfil biográfico, hemos podido percibir que Teresa posee una riqueza personal extraordinaria. Ella sabía de sus buenas cualidades, y dice de sí misma: comencé a entender las gracias de naturaleza que el Señor me había dado (que según decían eran muchas), cuando por ellas le había de dar gracias, de todas me comencé a ayudar para ofenderle” (V 1, 8). 

Era sensible, sensual: “miraba más el gusto de mi sensualidad y vanidad que lo bien que me estaba a mi alma” (V 3,2). Parece que quería concertar estos dos contrarios -tan enemigo uno de otro- como es vida espiritual y contentos y gustos y pasatiempos sensuales” (V 7,17).

Inteligente y buena lectora, amiguísima de letras y letrados: “Yo comencé a quedarme en costumbre de leerlos”; “lo más gastaba en leer buenos libros, que era toda mi recreación” (V 4,7); “si no tenía libro nuevo, no me parece tenía contento” (V 2,1); “siempre fui amiga de letras” (V5,3); “amiguísima de leer buenos libros” (V 6,4); Diome la vida haber quedado ya amiga de buenos libros” (V 3,7); “leído muchos libros espirituales” (V 14,7); “si el Señor no me mostrara, yo pudiera poco con los libros deprender, porque no era nada lo que entendía hasta que Su Majestad por experiencia me lo daba a entender, ni sabía lo que hacía” (V 22,3); “cuando se quitaron muchos libros de romance, que no se leyesen, yo sentí mucho” (V 26,5).

Apasionada, afectiva: “De mi natural suelo cuando deseo una cosa, ser impetuosa en desearla” (R 3,4);  “como comenzaba a entender que una persona me tenía voluntad y si me caía en gracia, me aficionaba tanto, que me ataba en gran manera la memoria a pensar en él, aunque no era con intención de ofender a Dios, mas holgábame de verle y de pensar en él y en las cosas buenas que le veía. Era cosa tan dañosa, que me traía el alma harto perdida.” (V 37,4); que esto tenía yo de gran liviandad y ceguedad, que me parecía virtud ser agradecida y tener ley a quien me quería” (V 5,4; “holgábame de ser estimada” (V 5,1); “solía ser muy amiga de que me quisiesen bien” (R 3,2).

Simpática, alegre y amiga fiel: “vínose a entender que adonde yo estaba tenían seguras las espaldas” (V 6,3); “En esto  me daba el Señor gracia, en dar contento adondequiera que estuviese, y así era muy  querida” (V 2,8); “en esto de dar contento a otros he tenido extremo, aunque a mí me hiciese pesar” (V 3,4); amiga de tratar y hablar en Dios” ((V 6,4).

Temerosa: “yo también traía grandísimo temor cuando no estaba en oración” (V 25,14); “era temerosa y medrosa” (V 23,13); “yo era temerosa en extremo” (V 25,14); “mujercilla ruin y flaca como yo y temerosa” (V 28,18). “Háceme estar temerosa lo poco que podía conmigo y cuán atada me veía para no me determinar a darme del todo a Dios” (V 9,8); andar un alma acobardada y temerosa de nada sino de ofender a Dios, es grandísimo inconveniente”  (V 26,1); mujercilla ruin y flaca como yo y temerosa” (V 28,18).

Vanidosa y seductora: “Comencé a traer galas y a desear contentar en parecer bien” (V 2,2); “Para el mal y curiosidad y vanidad tenía gran maña y diligencia” (V 6,7); “comencé, de pasatiempo en pasatiempo, de vanidad en vanidad, de ocasión en ocasión, a meterme tanto en muy grandes ocasiones y andar tan estragada mi alma en muchas vanidades” (V 7,1). Era curiosa en cuanto hacía” (V5,1); “y yo que de vana me sabía estimar en las cosas que en el mundo se suelen tener por estima” (V 7,2). 

Honrosa: “porque como yo temía tanto la honra” (V 2, 7); “no me parece había  dejado a Dios por culpa mortal ni perdido el temor de Dios, aunque le tenía mayor  de la honra” (V 2,3); “Después, quitado este temor del todo, quedóme sólo el de la honra, que en todo lo que hacía me traía atormentada. Con  pensar que no se había de saber, me atrevía a muchas cosas bien contra ella y  contra Dios” (V 2,5); de puro honrosa me turbaba tanto, que decía muy menos de lo que sabía” (V 31,23); “era tan honrosa que me parece no tornara atrás por ninguna manera, habiéndolo dicho una vez” (V 3,7).

Conocimiento propio, auténtica y verdadera: “estudiemos siempre mucho de andar en verdad” (6M 10,7); “que esto he tenido siempre, tratar con toda claridad y verdad con los que comunico  mi alma” (V 30,3); “mi sagacidad para cualquier cosa mala era mucha” (V 2,4); “en ser ruin era de los peores” (V 7,1); “No parece sino que en  un punto se deshacen todas las tinieblas del alma y, salido el sol, conocía las  tonterías en que había estado” (V 30,14);  “conozco bien lo poco que es un alma cuando se esconde la gracia” (V 30,15); esto del conocimiento propio jamás se ha de dejar/en esto de los pecados y conocimiento propio, es el pan con que todos los manjares se han de comer, por delicados que sean, en este camino de oración, y sin este pan no se podrían sustentar” (V 13,15). “Espíritu que no vaya comenzado en verdad yo más le querría sin oración” (V 13,16); “entender lo que es verdadera verdad” (V 21,10).

 CONJUNTO PERSONAL HUMANO 

Teresa en su conjunto personal: Físicamente agraciada. Psíquicamente sana. Temperamentalmente apasionada. Afectivamente enamoradiza. Humanamente divina. Divinamente humana. Espiritualmente cristo-céntrica. Eclesialmente comprometida. Mujer monja. Amiga fiel. Genial comunicadora. Hábil escritora. Activamente atrevida. Eficaz negociadora. Lúcidamente crítica. Audazmente provocadora. Alegremente divertida. Humana y santa.

EXPERIENCIA PERSONAL

Remontándome al año 1981. Fue gracias al encuentro y breve experiencia con las carmelitas descalzas de Puçol, lo que determinó mi opción por la vida contemplativa y mi puesto de orante en la Iglesia. El modo de vivir y orar que iba observando en la comunidad fue decisivo para quedarme a ser una más entre ellas.

En el largo periodo de formación, fui conociendo la personalidad y los escritos de nuestra fundadora. Ante Teresa me hallé comprendida y confirmada. Descubrí que aquella mujer vivía polarizada por Jesús desde la relación personal en un tú a tú amoroso y vinculante. A su manera de orar la llamaba: tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos no ama” (V 8,5). Para mí fue un descubrimiento asombroso apreciar que Teresa hacía lo mismo que yo: orar a modo de relación de amistad y de enamoramiento. Así lo vivía desde mi más tierna infancia, y ella me reafirmó este modo de ser orante y hacer evangélico.

La figura de Teresa me iba impactando por su afectividad apasionada, porque en definitiva, esto era lo que a mí me sucedía, una afectividad tan pasional que no sabía qué hacer conmigo misma. Había dado demasiados tumbos por la vida y, de alguna manera, sentía ya el hastío de un exceso de experiencias, por lo que me urgía hallar una nueva identidad. Necesitaba volcarme en los brazos de Jesús y descansarme en Él.

A medida que pasaba el tiempo, como Teresa, “me determiné” a vivir una vida para el Evangelio en el seguimiento de Jesús. Con “los ojos fijos en Él” le dije sí para siempre, y me quedé en el Carmelo. Aunque, ¡debo decirlo!, al poco tiempo de iniciar mi andadura, se me apoderó una crisis tal, que, la verdad, si lo hubiese intuido ligeramente, habría echado a correr para huir lejos, ¡como Jonás!… Y como Jonás fui tragada por el cetáceo para hundirme en la más horrenda noche oscura, bajando a los pestilentes y mordientes infiernos, donde me perdí tan del todo que vivir era agonizar.

Estando así las cosas, tomé a Teresa como mi amiga y maestra, no solo de oración, sino también en la “determinada determinación de no parar hasta el fin, venga lo que viniere, suceda lo que sucediere, trabajase lo que se trabajare, murmure quien murmurare, siquiera llegue allá, siquiera se muera en el camino o no tenga corazón para los trabajos que hay en él, siquiera se hunda el mundo(C 21,2). Los decires de su experiencia personal que iba conociendo a fuerza de lectura orada y meditada, el estudio asiduo de la Biblia, eran para mí alicientes que mantenían encendida mi esperanza en la seguridad de que, ni el sufrimiento ni la muerte tenían la última palabra. Teresa me enseñaba a quitar hierbas y abrojos, a preparar la tierra y regar el huerto. Supe del gusano que se arrastra pesado, hasta ver nacer la mariposa que, desplegando las alas, volaba a  placer aliviada y liberada. Y entré en las Moradas del Castillo donde, cual laberinto, sigo buscando el más profundo centro hasta la unión definitiva con Dios.

En los decires de Teresa: “Aquí todas han de ser amigas, todas se han de amar, todas se han de querer, todas se han de ayudar” (C 4,7), me iba dando cuenta de que en el Carmelo se vive de puro evangelio. Ella me ha hecho más humana, me ha confirmado en la fe, y me ayuda a mantener aquel espíritu aguerrido de Elías. Desde la cueva orante, veo pasar el fuego, el huracán, el terremoto, hasta el susurro suave y ligero para estar pronta también y cantar alegre: “¡Ponte en pie, centinela, sal de tu tienda, mira que pasa el Señor!”. Como «mujer y ruin» no hago sino estar a los pies de Jesús poniendo los míos en sus huellas, y hacer su mismo camino con la libertad de hija de Dios, y no esclava de ruines desventuras. Que, a decir de Teresa: “¡libres nos quiere Dios!”.

En Teresa iba hallando el modelo de lo que Dios quiere realizar en cada uno de nosotros, ¡si le dejamos! Ella supo estar donde está el amor, respondiendo al reclamo amoroso del Amado, y, decididamente, el amor la transformó. Luchó consigo misma, a causa de sí misma. Pero se dejó ganar por Jesús. Lo hizo así: “Juntos andemos Señor; por donde fuereis tengo de ir; por donde pasareis, tengo de pasar” (C 26,6).

Asimismo, hallo marcadas diferencias entre ella y yo, porque es verdad que los lugares también nos configuran, y si bien Teresa toma como referente la tierra para adentrarnos en los grados de oración, se debe a que ella era una mujer de la tierra, y tierra adentro. Por el contrario, yo soy una mujer de mar, y de mar adentro, de una pequeña isla que tiene siete faros, como siete centinelas vigilantes en las oscuras noches del mar. Por lo que, los faros eran y son mi propio referente orante, pues al fin, sigo viviendo frente al mar.

Los faros son estables, firmes, permanecen siempre. Alumbrando en la oscuridad, son avisos que señalan puerto de salvación para las naves que surcan los mares en las oscuras noches de los tiempos. El faro no es la salvación, el faro señala, humilde, que cerca hay refugio seguro, puerto de salvación. El faro se parece al Bautista que señala con el dedo y pregona seguro: “ved ahí al Cordero…”. Ser orante es permanecer, como los faros, en estos lugares estratégicos, solitarios, expuestos a todos los vientos y a todas las tempestades del mar, para ser en la noche oscura de la humanidad una pequeña luz que señala puerto de salvación: Jesús.

Sigo pidiendo a Dios firmeza para permanecer cimentada en la roca, orando vigilante en la noche de los tiempos, para que el faro de mi fe alumbre, señale, avise a los hombres y mujeres de buena voluntad que buscan al Señor.

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