El lenguaje férvido. Teresa en Menéndez Pidal

mpidal

Pedro Paricio Aucejo 

La ausencia en España, a finales del siglo XIX, de una filología moderna y científica estimuló a Menéndez Pidal (1869-1968) a emprender la magna obra a la que, con reconocido prestigio internacional, dedicó su casi centenaria existencia. Abordó el estudio de la lengua castellana con potente capacidad creadora e investigadora. A ello contribuyeron la austeridad de su carácter, su rica vida interior dedicada al estudio y a una incesante actividad intelectual, su rigor sistemático y analítico, su gran capacidad inductiva, el carácter expansivo de su método (consideró inseparables la historia lingüística, la literaria, la política y la social), su honradez profesional y su profunda experiencia humana. Todo esto hizo imparable su carrera como patriarca de la filología española.

Catedrático de Filología comparada en Madrid desde los 30 años, fue maestro de varias generaciones de eminentes filólogos, miembro de las Academias españolas de la Lengua y de la Historia y de varias extranjeras, director de la Real Academia Española, organizador de grandes proyectos culturales y conferenciante admirado en numerosos países de Europa y América. Algunos de los hitos más destacados de su fecunda vida académica fueron fruto de su faceta como autor y editor de manuales imprescindibles para el estudio de la lengua castellana y la historia de las lenguas peninsulares, la gramática histórica, la Edad Media, la figura de El Cid o el romancero.

Si el estudio de una lengua de tanta tradición como la nuestra –por la supervivencia en ella de numerosos modismos de épocas anteriores– exige un conocimiento de su evolución histórica, su consecución no podía ser ajena al insigne maestro de las letras españolas, pues solo de esta manera se podía contemplar la situación actual del español con una amplia visión filológica y, al mismo tiempo, apreciar la riqueza encerrada en las entrañas de su pasado.

Estos objetivos son los que le motivaron –entre multitud de otros proyectos de investigación– a la realización de varios estudios sobre el estilo literario de Santa Teresa de Jesús. Su posición a este respecto quedó recogida en varios epígrafes (‘Dos calas en el estilo de Santa Teresa’, ‘El estilo de Santa Teresa’ y ‘Santa Teresa. Un estilo de espontaneidad’) de trabajos publicados –en épocas diferentes y con títulos distintos– en capítulos de obras diversas, presentados unitariamente en el volumen referenciado en este estudio¹.

En dichos textos sostiene Pidal que, dentro de la norma de sencillez y naturalidad propia de la literatura del siglo XVI, la mística abulense adoptó una posición extrema. Al verse obligada –por obediencia– a escribir cuanto le acontecía interiormente, siguió, como garantía de humildad, un estilo carente de primor y ceñido solo a escuchar las internas inspiraciones de Dios. En sus escritos encontramos formas propias de la arcaica habla hidalga de Ávila –que vivía la más vieja tradición castellana–, en la que Teresa se crió; pero también formas demasiado bastas, que pertenecen sin duda al habla rústica que ella acogió por preciarse de estilo grosero y ermitaño. No aspiraba a igualarse con los escritores ‘que tienen letras’.

Tras haber sido lectora apasionada, se desembarazó cuanto más pudo de usos tópicos del lenguaje y de recursos estilísticos de sus autores conocidos. El escribir como se habla llegó en ella a la más completa realización: propiamente no escribe, habla por escrito. Pero esta extrema sencillez y naturalidad del lenguaje de la descalza castellana sobresale por su máxima espontaneidad. Se trata de una espontaneidad hondamente artística: brillante en vivísimas imágenes que explican los más abstractos estados psíquicos del fenómeno místico.

Además de la humildad ermitaña, otra causa de la indomable espontaneidad teresiana es la improvisación llevada a grado extremo. La Santa –concentrada intensamente en su intimidad– redactó siempre arrastrada por la rápida afluencia del idear. Nunca volvió atrás para releer lo que quedaba sobre el papel. Esta forma de proceder no fue óbice para que esparciera una sutil gracia sobre el idioma literario, de modo que, transformando todo cuanto recibió en sus lecturas, creó una original manera de escribir basada en lo personalmente vivido. Teresa se limitó a ejercitar con fruición la merced que recibió de Dios: ´el saber decir las demás mercedes y dar a entender cómo son´. Solo buscó expresar los fenómenos de su alma (en esta tarea la lengua castellana era bastante inexperta) en el fondo mismo del alma, en aquel libro vivo que Cristo le dio a leer.

En definitiva, según Menéndez Pidal, con nuestra carmelita la lengua española se lanzó a alcanzar un lenguaje férvido, no ya más hablado que escrito, sino más sentido que hablado. Comunicativo y sugerente, “su lenguaje es todo amor; es un lenguaje emocional que se deleita en todo lo que contempla, sean las más altas cosas divinas, sean las más pequeñas humanas: su estilo no es más que el abrirse la flor de su alma con el calor amoroso y derramar su perfume femenino de encanto incomparable”².

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¹MENÉNDEZ PIDAL, RAMÓN, Estudios sobre Santa Teresa (edición de José Polo), en ´Analecta Malacitana´, Anejo XIX de la Revista de la sección de Filología de la Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Málaga, 1998.

²Op. cit., pág. 69.


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