Las mujeres que leen son peligrosas

El 23 de abril se celebra la gran fiesta de ese invento maravilloso que es el libro, recordando a tres grandes autores: Miguel de Cervantes, William Shakespeare y el Inca Garcilaso de la Vega, junto a tantos otros que nos han brindado algunos de los mejores momentos de nuestra vida. A lo largo de la historia, ha habido una evolución en la materialidad de los libros, pero ya sea en papiro, en pergamino, en papel o en formato digital, lo importante es leer, sumergirse en el mundo de las palabras, gozar de la libertad que ellas nos proporcionan. Nuestra publicación de hoy quiere ser una invitación a la lectura, de la mano de Teresa de Jesús. El texto que ofrecemos corresponde al comienzo del libro Amor con Amor. Páginas escogidas de las Moradas de Teresa de Jesús, EDE, Madrid, 2012, de las Carmelitas descalzas de Puçol:

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‘Arropada por las palabras’, de Catrin Welz-Stein

«Las mujeres que leen son peligrosas». Esta frase, que da título a un libro de Stefan Bollmann, la hubiera suscrito algún

moralista contemporáneo de Teresa de Jesús. Así, el dominico Antonio de Espinosa¹, afirmaba taxativamente:

«Si no fuere tu hija ilustre o persona a quien le sería muy feo no saber leer ni escribir, no se lo muestres porque corre gran peligro en las mujeres bajas o comunes el saberlo».

Y aunque bastantes tratadistas de la época sí eran partidarios de enseñar a leer a la mujer (no ya tanto a escribir), todos coinciden en establecer un riguroso control sobre las lecturas permitidas al público femenino.

De fondo, les mueve el convencimiento de que «no hay quien tanto siga lo que lee como la mujer», como sostiene Francisco de Osuna en su Norte de los estados (1531).

Pero sucederá que, una vez que las mujeres tienen acceso a la lectura, no va a ser tan sencillo controlar qué leen y qué no leen:

«La mujer que lee en silencio establece con el libro un vínculo que se sustrae al control de la sociedad y de su entorno inmediato. Conquista un espacio de libertad al que solo ella tiene acceso y gana, al mismo tiempo, un sentimiento de independencia y de autoestima. También comienza a forjarse su propia imagen del mundo, que no coincide necesariamente con la de la tradición ni con las concepciones masculinas dominantes»².

Teresa de Jesús concluye su Castillo Interior con estas palabras, sugerentes, casi provocadoras:

«Considerando el mucho encerramiento y pocas cosas de entretenimiento que tenéis, […] me parece os será consuelo deleitaros en este castillo interior, pues sin licencia de las superioras podéis entraros y pasearos por él a cualquier hora» (M Concl. 1).

Así invita Teresa a aventurarse libre y confiadamente por ese recinto íntimo del alma, que ella comparó con un castillo de cristal. Pero, la invitación a deleitarse «en este castillo interior» podemos también entenderla como una propuesta a sus hermanas para que tomen en sus manos este libro, presentándoselo como un modo muy particular de recreación. Ellas, que por su estilo de vida, cuentan con pocos espacios de expansión, pueden tomar solaz a través de la lectura de esta obra. No necesitan permiso para ello de ninguna autoridad superior.

Y sin embargo, esta lectura podía inocular, en los lectores, un elemento perturbador para el orden social y cultural de su tiempo. En el siglo XVI, incluso un intelectual “avanzado” como fray Luis de León afirmaba que la mujer «de su natural es flaca y deleznable más que ningún otro animal». Así, ¿qué podía esperarse de ella? Teresa, por el contrario, dirigiéndose a un grupo de mujeres, sus hermanas carmelitas, ya desde los umbrales del castillo, les lanza este osado mensaje:

«No hallo yo cosa con que comparar la gran hermosura de un alma y la gran capacidad; y verdaderamente apenas deben llegar nuestros entendimientos, por agudos que fuesen, a comprenderla, así como no pueden llegar a considerar a Dios, pues Él mismo dice que nos crió a su imagen y semejanza» (1M 1, 1).

Porque estaba convencida de que también la mujer, como el varón, estaba llamada a penetrar en aquella séptima morada y alcanzar, junto a la unión amorosa con su Dios, una plenitud humana y espiritual que la sociedad pretendía negarle. Pero, además, esa hermosura y dignidad que ella descubre en el alma no eran atributos exclusivos de una determinada casta, clase o raza. Las poseían también los indios del Nuevo Mundo recién descubierto, o los descendientes de judíos conversos, socialmente relegados como inferiores o impuros en la España del siglo de Oro.

La experiencia personal de Teresa era su mejor aval, al confesar que lo que ha recibido de Dios ha sido siempre por pura gracia: «pues no sería por ser de sangre ilustre el hacerme honra» (F 27, 12).

Dios, desde el corazón de ese castillo interior que es cada persona, llama con su dulce silbo a todos. Todos están invitados a iniciar un camino de libertad que les lleve, desde la superficie, a la profundidad, y desde las apariencias, a la realidad. Porque es en ese centro del castillo donde van a suceder «las cosas de mucho secreto entre Dios y el alma» (1M 1, 3).

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¹Reglas de bien vivir muy provechosas (y aun necesarias) a la república christiana, Juan de Junta, 1552, f. B6.
²BOLLMANN, Stefan, Las mujeres que leen son peligrosas, Maeva Ediciones, Madrid, 2006, p.49.

 

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