La nostalgia de ser marinero en tierra

carmen

Pedro Paricio Aucejo
(Publicado ayer, 16 de julio de 2016, en el diario Las Provincias de Valencia)

Hoy huele a mar y brea, a salitre y arenal de playa, a calina de tinglado portuario y brisa de bahía. Hoy suena el ambiente a salve marinera y sirena de navío, a algarabía de mudada muchedumbre, volteo de campanas y alegre pasacalles. Hoy alumbran la tarde luces de faros solitarios y destellos de aguadas flores. Hoy procesionan gentes y barcos. Hoy es día de misa mayor en cientos de poblaciones españolas. Hoy pescadores y marineros homenajean, con sus autoridades, a la Patrona del mar. Hoy es la festividad de la Virgen del Carmen, a quien Rafael Alberti (1902-1999) calificó de “sol de la marina” y de la que dijo que “la cúpula del mar será su tiara y nimbo la ilusión del cielo”.

Afirmó esto cuando era un joven escritor de veintidós años que, en su libro ´Marinero en tierra´, evocaba con nostalgia las vivencias infantiles del mar de su localidad natal –El Puerto de Santa María–, de la que se encontraba temporalmente alejado para recuperarse de una afección pulmonar en la población segoviana de San Rafael, en la sierra de Guadarrama. En esta obra, el poeta gaditano, mediante la incorporación de formas populares, canta el mar idealizado de sus primeros años de existencia, acudiendo incluso a recursos líricos del cancionero tradicional. Estas circunstancias, unidas a la formación religiosa adquirida durante la primera enseñanza cursada con las Carmelitas de su ciudad, permiten entender el empleo de la simbología mariana a la hora de recordar en este poemario la fiesta marinera que hoy se conmemora.

Sin duda es esta una de las devociones religiosas más populares de nuestro calendario, en la que se deja sentir especialmente la huella del Carmelo. Con este nombre se hace referencia inicialmente a una cadena montañosa situada en Palestina, que, con abundante y variadísima vegetación, se extiende desde la región de Samaria hasta abocar en el mar Mediterráneo, cerca del puerto de Haifa, donde constituye un escarpado promontorio en forma de acantilado. Allí se alza como una estrella en medio del mar. Mencionado ya en el Antiguo Testamento, en aquel monte se había erigido un altar a Yahvé, cuyas ruinas fueron reparadas por el profeta Elías (siglo IX a. C.), sirviendo de lugar sagrado de reunión para el pueblo elegido.

Defensor del verdadero culto, se estableció allí Elías en el silencio de una gruta, donde, en actitud contemplativa, esperó el paso del Señor hasta percibirlo no en la fuerza del huracán ni del terremoto ni del fuego, sino en el susurro de un rumor suave y delicado. Allí le rogó que, en demostración de su poder sobre los falsos dioses, enviase una lluvia que paliara la sequía de Israel y los pueblos vecinos. Fue entonces cuando –como premonición profética de María– vio una nubecilla que se expandía rápidamente a lo ancho del cielo y desencadenaba una copiosa lluvia. Por ese motivo, el profeta estableció una comunidad de eremitas que, en soledad y oración, veneraban en este monte a una virgen aún no nacida y destinada a ser la Madre del Mesías prometido. En esta montaña –con aureola teofánica– se mantuvo siempre viva la memoria del profeta, de quien se dice que fue arrebatado al cielo en un carro de fuego.

Hablar del monte Carmelo exige mencionar también a los Carmelitas, cuyo origen como Orden está íntimamente relacionado con el profeta Elías, según lo atestigua la Regla que San Alberto –patriarca de Jerusalén– dio a unos eremitas procedentes de Occidente, a quienes ordenó construir una iglesia dedicada a la Virgen en los alrededores de la llamada ´fuente de Elías´. Era la época de las Cruzadas, en la que surgió entre los cristianos el anhelo de una existencia de entrega a Dios en aquella montaña. Cuando dicha Regla fue aprobada por el Papa en 1226, los Carmelitas establecieron la festividad de Nuestra Señora del Monte Carmelo, a fin de celebrar tanto el reconocimiento de su Regla como el antiquísimo origen de su espiritualidad.

Una antigua tradición afirma que, cuando estos religiosos se vieron forzados a abandonar el Monte por la invasión de los sarracenos, mientras cantaban la Salve, se les apareció la Virgen y les prometió ser su Estrella del Mar. Con el paso del tiempo, también los marinos –acostumbrados como estaban a guiar su rumbo por las estrellas– depositaron en Ella su devoción como Patrona. Igualmente, los demás creyentes confiamos en María para que, en las procelosas aguas de la vida, como estrella del mar nos guíe hacia el seguro puerto de su Hijo y –con Alberti– le imploramos:

¡Oh, Virgen remadora, ya clarea
la alba luz sobre el llanto de los mares!
Contra mis casi hundidos tajamares,
arremete el mastín de la marea.

Mi barca, sin timón, caracolea
sobre el tumulto gris de los azares.
Deje tu pie, descalzo, sus altares,
y la mar negra verde pronto sea.

Toquen mis manos el cuadrado anzuelo
-tu escapulario-, Virgen del Carmelo,
y hazme delfín, Señora, tú que puedes…

Sobre mis hombros te llevaré a nado
a las más hondas grutas del pescado,
donde nunca jamás llegan las redes.


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