Edith Stein, entrañada en la Misericordia

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Paqui Sellés, ocd Puzol

En Edith Stein encontramos todo un largo itinerario de búsqueda de verdad, por el que es conocida universalmente, pero hay facetas de su personalidad que revelan un ser humano entrañable, compasivo y con una enorme capacidad de acoger en su corazón la realidad de otras personas. No es, probablemente, el rostro más conocido de Edith pero en estas líneas quisiera mostrarlo, destacando de su fecunda y apasionante vida, una serie de destellos que configuran su ser más profundo.

Me apoyo fundamentalmente en su obra autobiográfica: Vida de una familia judía y en el extenso epistolario que se conserva de ella (678 cartas, fechadas entre los años 1916 y 1942). Considero que son precisamente estos escritos de los que se pueden extraer y señalar aquellos rasgos más destacados de esta gran persona que fue Edith Stein.

I.- En camino hacia la con-pasión

Inicio este apartado con la lectura de dos textos entre los que median 17 años (el primero, escrito en 1913, año en que marcha a la Universidad de Gotinga y el segundo, escrito en 1930, tiempo en que Edith reside en Espira, dedicada a la docencia y a una intensa actividad como conferenciante).

El primer texto dice así:

“Cuando llegamos a mi casa, dijo (Hugo Hermsen, compañero de Edith en la Universidad de Breslau y fundador de la “Liga para la Reforma Escolar”): “Bien, le deseo que encuentre en Gotinga gente que le satisfaga. Aquí ha sido usted demasiado exigente y crítica”. Aquellas palabras me dejaron muy sorprendida; no estaba acostumbrada a ser reprendida. En casa apenas se atrevía nadie a hacerme observaciones; mis amigas estaban unidas a mí por cariño y admiración. Vivía en el ingenuo autoengaño de que todo en mí era correcto, como es frecuente en las personas incrédulas, que viven en un tenso idealismo ético. Y es que, cuando se está entusiasmado por el bien, cree uno que es bueno. Yo había considerado siempre como un justo derecho mío el señalar despiadadamente con el dedo  todo lo negativo de cuanto advertía: las debilidades, errores y faltas de otras personas; a menudo en tono irónico y despectivo. Había quienes me encontraban “encantadoramente maliciosa”. Por eso, estas serias palabras de despedida, dichas por un hombre al que valoraba mucho y quería, me dolieron de verdad. No me enfadé con él; tampoco lo eché en saco roto cual reproche injusto. Aquello fue como una primera llamada que me hizo reflexionar.”

Pasemos al segundo texto, tomado de una carta a una amiga religiosa benedictina, Adelgundis  Jaegerschmid, fechada el 16 de febrero de 1930: “Nosotros no tenemos que juzgar, sino confiar en la insondable misericordia de Dios.”

¿Qué es lo que ha cambiado en el tono y el fondo de estas palabras de Edith? Probablemente, el largo camino recorrido de una persona excepcionalmente dotada, intelectualmente brillante, que fue tocada en su interior por la misericordia y bondad de Dios.

En Edith vemos un itinerario marcado por la sinceridad de planteamientos, la honestidad intelectual, una capacidad de introspección y análisis de la persona humana impresionante, una apertura vital, imprescindible y necesaria para dejarse conmover y afectar por las personas y  los acontecimientos que jalonaban su camino. Como ella misma reconoce: “mi actitud ante las personas y ante mí misma había cambiado totalmente. No pensaba ya en tener siempre razón y ‘someter’ al adversario a toda costa. Y aun cuando continuaba teniendo juicio duro para las debilidades de las personas, ya no lo usaba para tocar su punto más débil, sino para ser indulgente. Tampoco se resintió de esta mirada la actitud de educadora que siempre me correspondió. Había aprendido que raras veces las personas se mejoran cuando se les “dice la verdad”; esto puede ayudar solamente cuando ellos mismos tienen la seria exigencia de ser mejores y si conceden el derecho a la crítica.”

Solo una persona que es capaz de ponerse en la situación de otra, está en disposición  de dejarse moldear sus entrañas para ir transformándolas en entrañas misericordiosas. Quien no ve o no es capaz de ver porque cierra su atención a quienes le rodean,  difícilmente podrá iniciar este proceso de humanización interior, que necesariamente se ha de verificar en las actitudes ante uno mismo y los demás.

En este sentido, Edith estaba especialmente dotada para ello; su enorme capacidad de “empatizar” con todo ser humano, su profundo conocimiento del mismo, le lleva a ser una persona que vivirá hasta la entrega suprema, las consecuencias de una vida al servicio del amor misericordioso.

Configurar un corazón misericordioso es tarea de toda una vida. Supone un trabajo, no se improvisan las actitudes hondas desde las que se obra; en Edith encontramos a lo largo de su vida, destellos de esa bondad que lleva todo ser humano en su interior. Muy interesantes resultan las palabras que dirige a una de sus alumnas en este sentido: “El hecho de que te den en rostro las debilidades de las personas, no debe ser motivo de preocupación. No tiene sentido un falso idealismo. Pero no confíes demasiado de tu aguda mirada. Dios es el que ve el interior de las personas. Él ve lo malo, pero también el más pequeño granito de oro, que a nosotros nos pasa desapercibido y que desde luego en ninguna parte falta. Cree en este granito presente en toda persona, y para ello pide que se te conceda una mirada penetrante.” (A Elly Dursy).

II.- Destellos de una vida transformada por la misericordia

Hay diferentes estilos o maneras de vivir la entrega, desde ámbitos más externos a la persona, que poco a poco se va implicando hasta el punto de transformarse en don para el hermano.

En Edith se puede atisbar una gradación en este sentido muy interesante. Como ella misma refiere en la Autobiografía. Vida de una familia judía, desde sus primeros años escolares, fue una persona que compartía  trabajos y estaba disponible siempre a ofrecer una ayuda a quien la necesitara. Puede aplicársele muy bien la cita del libro de la Sabiduría: Aprendí sin malicia, reparto sin envidia y no me guardo sus riquezas (Sab 7,13).

“A lo largo del año había preparado mucho el examen oral. Tenía un cuaderno con todas las odas de Horacio que habíamos dado, traducidas y comentadas. Tenía una serie de temas de historia desarrollados, algunos de ellos en francés e inglés. Todos estos tesoros los repartía en clase entre las necesitadas. Se tendían manos suplicantes y lo que les daba era recibido con inmensa gratitud.”

Posteriormente, cuando accede a la Universidad de su ciudad natal (Breslau), se siente más que muy implicada en la vida de la misma, de ahí que se sintiera fuertemente impulsada a responder con generosidad por todo cuanto recibe: “Todas las pequeñas bonificaciones que nos garantizaba nuestra tarjeta de estudiantes –descuentos para el teatro, conciertos y cosas semejantes- las veía yo como un cuidado amoroso del Estado para con sus hijos predilectos, y despertaban en mí el deseo de corresponder más tarde agradecidamente al pueblo y al Estado mediante el ejercicio de mi profesión. Me indignaba por la indiferencia con que la mayoría de mis compañeros reaccionaban ante las cuestiones comunitarias: parte de ellos no hacían otra cosa en los primeros semestres que ir tras la diversión; a otros solo les preocupaba lo que necesitaban para pasar el examen y más tarde asegurarse el pesebre. Desde este sentimiento de responsabilidad social me puse decididamente en favor del derecho del voto femenino. Esto era entonces, incluso dentro del movimiento ciudadano femenino burgués, no del todo evidente.”

Su vocación a la comprensión del ser humano, a llegar al fondo de las cuestiones últimas de la persona, explica el fuerte impacto que le provocó el encuentro con la nueva corriente filosófica que le cautivó: la fenomenología cuyo máximo exponente fue E. Husserl, de quien dice Edith: “De Husserl hay que decir que su modo de centrar la atención en las cosas lo educó a fijar la vista en las cosas con toda agudeza y a describirlas sobria, fiel y conscientemente; a liberarlas de arbitrariedades y vanidades gnoseológicas y le condujo a una actitud cognoscitiva humilde, simple y sumisa al objeto. Esta actitud le llevó también a la liberación de muchos prejuicios y a la disposición serena para aceptar nuevos puntos de vista. Este modo de contemplar la realidad para el que nos educó conscientemente, fue el que liberó a muchos de sus discípulos de innumerables prejuicios frente a la verdad católica, de modo que un gran número de ellos le han de estar agradecidos por haber encontrado el camino que conduce a la Iglesia y que Husserl mismo no llegó a descubrir.” (La significación de la fenomenología como concepción del mundo).

Como ella misma refiere en la Autobiografía: “Yo había aprendido en Gotinga a tener respeto ante las preguntas de la fe y por las personas creyentes. Hasta iba con mis amigas alguna vez a una iglesia protestante; (la mezcla de religión y política que caracterizaba los sermones no me podía llevar al conocimiento de una fe pura y me repelía frecuentemente); pero todavía no había reencontrado el camino hacia Dios.”

En la Universidad de Gotinga es donde Edith labrará también sus amistades y encontrará allí el ambiente propicio que le irá ensanchando el corazón, para hacer de su vida una entrega total a la humanidad.

Conoce y comparte encuentros con otros filósofos como Adolf Reinach, su mujer Ana y su hermana Paulina, con las que mantendrá una estrecha amistad, sobre todo, a partir de la muerte en la guerra de Reinach, hecho que conmovió profundamente a Edith, al percibir la serenidad de la joven viuda, fruto de su esperanza cristiana.

Cabe destacar la honda amistad que también cultivó con el matrimonio Conrad-Martius, cuya esposa será la madrina de bautismo de Edith, y será su confidente en su trayectoria espiritual.

El filósofo polaco Roman Ingarden, con el que mantendrá una intensa relación epistolar, no correspondida por él y con quien Edith adoptará una actitud más que muy benevolente y misericordiosa, frente a sus actitudes esquivas y ambiguas, tanto en el plano personal como profesional.

Finalmente, Fritz Kaufmann, con el que Edith mantendrá una intensa relación epistolar, en la que tocarán no solo aspectos profesionales sino cuestiones referentes a la esencia del ser humano.

La fuerza que cobra en Edith el interés por las personas, le lleva a dedicarse incluso a la política, con la finalidad de ofrecer lo mejor de sí misma para proyectar un futuro de paz y prosperidad en la configuración del Estado. Como refiere a su amigo Ingarden en una carta, “estoy muy metida en cuestiones políticas. Me he hecho miembro del nuevo partido democrático alemán, incluso es posible que sea elegida próximamente aquí para el comité ejecutivo del partido. De momento no puedo alegrarme de las ‘conquistas de la revolución’; no pertenezco a aquellos que, muy a la ligera, abominan de todo su pasado. (…) Aparte de la fundación del partido, estoy ocupada en el trabajo explicativo, necesario, para convencer a las mujeres que acudan a las elecciones. Ambas cosas sirven de preparación para la Asamblea nacional, que para nosotros, actualmente, es la cuestión vital.”

Pero es quizás durante el transcurso de la I Guerra Mundial, cuando Edith, consciente de lo que suponía esa responsabilidad hacia sus semejantes, se entrega plenamente al servicio de los mismos. Es en este campo de acción donde Edith desarrolla su capacidad de entrega y amor, de comprensión, de acogida cordial al diferente, en una palabra, amor que lleva al olvido de una misma y centrarse en el hermano, en el hambriento y necesitado de una palabra plena de sentido en el marco de un panorama desolador como es una guerra de tamañas dimensiones: “Ahora yo no tengo una vida propia, me dije a mí misma. Todas mis energías están al servicio del gran acontecimiento. Cuando termine la guerra, si es que vivo todavía, podré pensar de nuevo en mis asuntos personales.”

Y ahí, en el encuentro con el dolor y el sufrimiento en el hospital militar de Mährisch-Weibkirchen (Austria), es cuando afronta situaciones límite, que actúan de despertadores de lo mejor que hay en cada ser humano, es cuando brota con fuerza la compasión, la ternura, el amor desinteresado y gratuito. Tan solo señalaré algunos detalles que merecen ser resaltados de su Autobiografía: “Tuve la impresión de que los enfermos estaban poco acostumbrados a una atención esmerada y cariñosa. La ayuda voluntaria en tales lugares de dolor permanente podía encontrar un amplio campo para ejercer el amor al prójimo.”

“Con mucho, lo que más me gustaba era la relación con el paciente, aunque esto ofrecía algunas dificultades.”

Cuando se vio en el triste momento de recoger las pertenencias de un soldado que había muerto, escribe Edith: “Cuando ordené sus pocas cosas, se cayó fuera de la agenda del difunto una tarjetita: contenía una oración para que se le conservase la vida, y que su mujer le había dado. Esto me partió el alma. Comprendí, justo ahora, lo que humanamente significaba aquella muerte.”

Edith se muestra incansable en el servicio y atención a los enfermos, está pendiente de todo detalle que haga menos dolorosa la estancia de los enfermos, que intentaban sobrevivir a las heridas de la guerra. Sirva como muestra las palabras de Edith: “El mes de agosto de 1915, que lo pasé en esta sección (cirugía), fue el más difícil de mi tiempo de enfermera; pero en un sentido completamente distinto a las dificultades que tuve en la barraca seis (tifus). Ahora tenía de nuevo una agotadora actividad de asistencia a personas muy necesitadas, como a mí me gustaba.”

Cuando regresa de su actividad “samaritana” podríamos decir, retoma el estudio y preparación de su tesis doctoral que precisamente versará sobre un tema que le apasiona y en el que centrará su ser y actuar: la empatía. La empatía está en relación directa con la objetividad del conocimiento, hace percibir al otro como sujeto individual, previene del peligro de apropiarse de la persona, privarle de su originalidad propia, en el fondo, de convertirle en objeto. Y lo que es clave: nos abre para reconocer al otro en su dignidad y originalidad.

Edith tiene una concepción del ser humano integral, al que considera una persona libre y espiritual, es decir, que posee una individualidad, capaz de relación. Es libre, por tanto, facultada para orientar y dar sentido a su vida y, finalmente, es espiritual, que significa ser racional, capaz de trascenderse a sí misma y acoger a los demás.

Su actitud de estar abierta a todo cuanto le rodea (personas, acontecimientos), de fomentar la acogida entre los que son diferentes, de hacerse cargo de cada ser humano, con profundo respeto a la libertad personal, eliminando todo tipo de prejuicio que distorsiona y condiciona la realidad, la constituye en una persona en constante búsqueda del bien, de la verdad, con entrañas de misericordia: “según mi concepción de la vida, lo que llega a mis manos no puedo considerarlo como propiedad mía, sino solo como algo que tengo que administrar honestamente”.

Y a su amigo Ingarden le escribe desde una profunda libertad, cuando se le va haciendo presente la luz de la fe cristiana: “Quedó muy claro que no intenté presentarle mi camino como el camino. Estoy profundamente convencida de que hay tantos caminos que llevan a Roma como cabezas y corazones humanos. Quizás en la exposición de mi camino he dejado que lo intelectual saliera tan mal parado. Mas en el largo tiempo de preparación ha contribuido de forma decisiva. No obstante, decisivo de forma consciente fue lo acontecido en mí (por favor, entienda bien: hecho real, no “sentimiento”): topar con la imagen concreta de auténtica vida cristiana en testigos elocuentes (Agustín, Francisco, Teresa).”

Tras varios intentos de acceder a una cátedra universitaria, sin éxito alguno por  su condición de mujer, decide emprender la docencia particular y se dedica en su casa (Breslau) a impartir clases prácticas de introducción a la filosofía sobre base fenomenológica, así como un curso sobre cuestiones fundamentales de ética en la escuela de adultos de Breslau.

Sigue interiormente en crisis, en búsqueda de aquella verdad que le dé plenitud y sentido a su vida: “desde que en el verano de 1921 cayó en mis manos la “Vida” de nuestra Santa Madre Teresa puso fin a mi larga búsqueda de la verdadera fe.” (Cómo llegué al Carmelo de Colonia).

Su amiga filósofa Hedwig Conrad-Martius, será la madrina del bautismo (1 enero 1922), a la que confiará su deseo íntimo de entrega total en el Carmelo, deseo que tendrá que posponer hasta el 14 de octubre de 1933. A lo largo de estos 11 años, Edith vive con intensidad su entrega al Señor y a toda persona que le rodea, en las diversas tareas que desempeña; su confianza en la bondad y misericordia de Dios le lleva a permanecer y afrontar con paz los acontecimientos que la Providencia irá tejiendo en su vida: “Dios sabe qué planes tiene sobre mí. Por eso yo no necesito preocuparme.”

Su actividad pedagógica en el Instituto y Escuela de Magisterio de las Dominicas de Santa Magdalena en Espira desde los años 1923 a 1931, como profesora de literatura y alemán, son muy fecundos en este sentido. Se fraguan amistades con religiosas y seglares, con las que Edith mantendrá una relación epistolar muy enriquecedora. Asimismo, conocía bien a las familias necesitadas de Espira, a quienes ayudaba, con gran discreción.

En esta faceta de educadora, brilló con fuerza su enorme capacidad de acompañar, guiar, aconsejar, a quienes estaban en su entorno: “una se contempla a sí misma como mero instrumento, y las fuerzas con las que debe trabajar, en nuestro caso, la inteligencia, como algo que nosotros no necesitamos, sino Dios en nosotros.”

Sin ocultar la verdad, sabe decir una palabra, aunque no sea la esperada pero ante todo, busca el bien de la persona, dejándole a ella, en última instancia, la capacidad de optar, de elegir: “Piensa una vez más el asunto a fondo; y examínate también a ti misma, por si en tu decisión ha influido un cierto orgullo, y considera si vale la pena colocarlo por encima de la razón. Cualquiera que sea tu decisión, deseo de corazón que sea para tu bien”, escribe a una alumna de las Dominicas de Santa Magdalena de Espira, que pretendía cambiar de Instituto, por tener dificultades en cumplir las exigencias del seminario para profesoras.

“A cada cual Dios lleva por su propio camino, y uno llega más fácil y más rápido a la meta que el otro. Lo que nosotros  podemos hacer, en relación a lo que se nos da, es realmente poco. Pero debemos hacer ese poco. Ante todo: pedir insistentemente que vayamos por el camino recto y sigamos sin resistencia alguna el estímulo de la gracia, cuando lo notemos. Quien procede así y persevera pacientemente, ese tal no deberá decir que sus esfuerzos son inútiles. Únicamente, no se debe poner plazo al Señor (…). ¿Tienes entre tus libros de infancia los cuentos de Andersen? Vuelve a leer de nuevo la historia del patito feo. Creo en tu futuro de cisne. No tomes a mal a los otros, si por ahora no son capaces de descubrir nada, y no te amargues la vida por ello. No eres tú sola la que cometes todos los días muchas faltas; todos las cometemos. Pero el Señor es paciente y rico en misericordia. En su Providencia también puede sacar provecho de nuestras faltas, si se las ponemos delante del altar.” (Carta a Anneliese Lichtenberger. Breslau, 17 de agosto de 1931).

El “enseñar al que no sabe” se traduce en Edith no en una actividad rutinaria o superficial, sino en una verdadera implicación en la vida de la persona, dejando abierto el campo de la propia libertad de elección.

Edith deja la enseñanza en las Dominicas para dedicarse plenamente a su trabajo de traductora de la obra de Santo Tomás de Aquino: Questiones Disputatae de Veritate, mientras sigue con una intensa actividad como conferenciante en diversos foros, relacionados con la educación de la mujer, de jóvenes maestras, mujeres católicas, etc., por diferentes países: Austria, Suiza. Asimismo, retoma de nuevo su deseo de acceder a una cátedra universitaria, que tampoco logrará alcanzar.

Cabe destacar su participación en el Congreso Internacional Tomista de Juvisy (1932), sobre fenomenología y sus relaciones con el tomismo. Fue la única mujer invitada y participó activamente en las discusiones que seguían a las ponencias.

Desde marzo de 1932, Edith inicia su actividad académica como profesora en el Instituto de Pedagogía Científica de Münster (1932), donde al año siguiente, se le priva de la docencia, por la ley dictada por las autoridades alemanas que prohíbe la presencia de judíos en cargos públicos. Lejos de ver este acontecimiento como un hecho negativo, sabe leer más allá del mismo y confía plenamente en el Señor, que es quien la guía en su caminar: “El hecho de que no tenga clases, no es cosa que haya que lamentar. Creo que detrás hay una grande y misericordiosa Providencia. Hoy por hoy, no puedo decirle dónde veo la solución para mí. Previsiblemente no estaré mucho más tiempo en Münster. Espero una última aclaración este mes; luego quiero, una vez más, pasar una larga temporada junto a mi madre. De corazón, le pido que en estos meses rece mucho por su ahijada”, le escribe a H. Conrad-Martius.

Empiezan a soplar vientos antisemitas y Edith, con una enorme capacidad de observación de la realidad, vislumbra un panorama nada halagador: “Creo que si supieras algo más de esto, cómo miles de personas actualmente son empujadas a la desesperación, entonces anhelarías aliviarles en su mucha necesidad y sufrimiento” (A Elly Dursy. Münster, 7 de mayo de 1933).

Aliviar el sufrimiento, y dar consuelo y esperanza, van a constituir el mayor anhelo de Edith a partir de este momento histórico en que muchas personas se van a cuestionar la existencia de un Dios misericordioso. Edith, en cambio, se aferrará a la fuerza de la cruz, seguirá los pasos de su Maestro y al igual que Él, ofrecerá su vida, en un acto de amor supremo. “Existe una vocación al sufrimiento con Cristo y, a través de eso, a colaborar en su obra redentora. Si estamos unidos al Señor, somos miembros del cuerpo místico de Cristo; Cristo continúa viviendo en sus miembros y sufre con ellos; y el sufrimiento soportado en unión con el Señor es su sufrimiento, insertado en la gran obra de la redención y, por eso, fructífero.” (A Anneliese Lichtenberger. Dorsten, 26 de diciembre de 1932).

Piensa que ha llegado el momento para alcanzar el ansiado puerto del Carmelo, sabe que va a ser un duro golpe para su familia, especialmente para su madre. Apela a la fuerza de la oración, que le da la certeza de seguir caminando en esa entrega fiel y confiada en las manos misericordiosas de Dios. En este último tiempo, todas sus cartas están atravesadas por esta vivencia: “le ruego que en las próximas semanas y meses, pida especialmente por mí y también por mi familia, sobre todo por mi madre. Probablemente dentro de un par de semanas iré a casa por algún tiempo  y ya no regresaré a Münster” (A Calista Kopf. Münster, 11 de junio de 1933). “Mi madre se opone con todas las fuerzas a la decisión ya próxima. Es duro contemplar el dolor y el conflicto de conciencia de tal madre y no poder ayudarla con ningún medio humano” (A Petra Brüning. Colonia, 26 de enero de 1934).

Ya en el Carmelo de Colonia, donde inició su vida religiosa el 14 de octubre de 1934, Edith seguirá entregada a sus hermanas en las tareas que se le encomiendan, y a cuantos a ella se dirigen en busca de una palabra de consuelo, luz, de verdad. Siempre en constante agradecimiento por el don de la vocación, que Edith verá como un regalo del Señor, y hará fructificar en bien de la humanidad sufriente: “La fuerza redentora del sufrimiento, llevado con alegría, es muy necesaria, precisamente en esta época nuestra. También pido, especialmente, tu oración por mis familiares”, escribe a Anneliese Lichtenberger (Colonia, 26 de julio de 1933).

No deja de interceder por todos los que sabe están atravesando dificultades de todo tipo, especialmente, por cuantos han de salir de sus hogares, ante la dura represión a que se ven sometidos. Edith se siente muy unida a su pueblo judío y hace suyo el sufrimiento que padece. Sería interminable señalar las innumerables muestras de misericordia que Edith, desde el Carmelo, ofrece a amigos, familiares, que confían plenamente en la fuerza de la oración para afrontar la difícil situación a la que se ven abocados por la irracionalidad de unos hombres, que  imbuidos por una ideología destructiva, generan muerte y sufrimiento a sus semejantes.

Elijo un fragmento de una carta que me parece habla por sí misma  y no requiere explicación: “Una y otra vez he de pensar en la reina Ester, que justamente para esto fue sacada de su pueblo, para interceder por él ante el rey. Yo soy una pobre, impotente y pequeña Ester, pero el rey que me ha elegido es inmensamente grande y misericordioso. Esto es un gran consuelo.” (A Petra Brüning. Colonia, 31 de octubre de 1938).

Una de sus últimas cartas, escritas desde el campo de concentración  de Westerbork, el 5 de agosto de 1942, días previos a la deportación masiva al campo de Auschwitz-Birkenau, refleja el núcleo de lo que fue la vida de Edith: confianza plena en un Dios misericordioso, y entrega a manos llenas de esa bondad y amor recibidos: “Confiamos en vuestra oración. Aquí hay muchas personas que necesitan un poco de consuelo, y esperan recibirlo de las hermanas. In Corde Jesu, vuestra agradecida  Benedicta”. (A Antonia Engelmann, priora del Carmelo de Echt).

Termino con unas palabras del Papa Francisco que sintetizan la esencia de la misericordia y que bien podríamos destacar de la vida de Edith Stein: “una cosa es hablar de misericordia, otra es vivir la misericordia”. La misericordia no es una palabra abstracta, sino un estilo de vida. Lo que hace viva la misericordia es su constante dinamismo para ir hacia el encuentro de las necesidades de aquellos que están en dificultad espiritual y material. La misericordia tiene ojos para ver, oídos para escuchar, manos para levantar… quien no vive para servir, no sirve para vivir.” (Catequesis jubilar del Papa Francisco. 30 de junio de 2016).

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