Canción electroacústica para una extraña en el mundo

edith battiatoPedro Paricio Aucejo
Publicado el 9 de agosto de 2015 en el diario Las Provincias de Valencia

Habitar los ángulos de la tranquilidad, vivir a ritmo pausado, buscar la belleza del universo, emanciparse del sueño de las pasiones hasta alcanzar la armonía personal, descubrir la trascendencia del amor… son algunos de los anhelos que distinguen la trayectoria artística y vital de Franco Battiato (1945). Este autodenominado ´proletario del espíritu´ y original artista polivalente (cantautor, músico, director de cine, pintor, impulsor de iniciativas editoriales…) forma parte, desde el último tercio del siglo XX, de lo más granado del panorama cultural italiano con relevancia universal. La filosofía de vida de su personal aventura iniciática no se queda en la superficialidad de la crítica a la sociedad occidental, sino que –siendo consciente de la necesidad de su profunda transformación– considera que esta ha de comenzar en cada uno de nosotros, de modo que solo será viable si se emprende una mejora personal basada en la primacía de la dimensión espiritual de todo lo existente y su íntima conexión con lo que le trasciende.

Desde 1971 se dedicó a experimentar con la música electrónica, alcanzando un gran éxito de público y trabajando con colaboradores excepcionales. Uno de ellos –que participaba también de semejantes inquietudes artísticas y personales– fue Juri Camisasca (1951). Como fruto de su profunda búsqueda interior, este cantante y compositor italiano escribió el texto –en 1991– de una canción de gran intensidad lírica, ´El Carmelo de Echt´, interpretada magistralmente en italiano por Battiato. En ella se habla de la suerte corrida por Edith Stein (1891-1942), la monja carmelita descalza que, tras su conversión del judaísmo al catolicismo, fue arrestada y muerta por los nazis. La composición pretende reflejar el tránsito de la paz y el silencio de la vida conventual al horror del holocausto de Auschwitz.

Antes de ser religiosa fue una distinguida discípula del filósofo Edmund Husserl. En sus primeras publicaciones abordó, desde una perspectiva fenomenológica, los principales problemas de la filosofía de la naturaleza y la antropología. En 1921, de visita a la casa de una colega, discípula también de Husserl, leyó el autobiográfico ´Libro de la vida´ de Santa Teresa de Ávila. Según confesión de la propia Edith, esta obra fue determinante para su conversión definitiva al catolicismo. A partir de ese momento, inició una nueva etapa en su pensamiento filosófico, en la que, sin negar su anterior formación fenomenológica, se dedicó intensamente al estudio de la metafísica de inspiración cristiana, dejando numerosos escritos de profunda doctrina y elevada espiritualidad. En 1933 ingresó en el convento de las carmelitas descalzas de Colonia, adoptando el nombre de Teresa Benedicta de La Cruz.

Ese mismo año escribió una carta al papa Pío XI en la que señalaba los peligros que se cernían con la llegada al poder del partido de Hitler: “Durante años, los líderes del nacionalsocialismo han estado predicando el odio a los judíos. Ahora que tomaron el poder gubernamental en sus manos y armaron a sus partidarios –entre los cuales hay elementos probadamente criminales–, esta semilla de odio ha germinado. […] Por ahora, la lucha contra el catolicismo se hará en forma silenciosa y menos brutal que contra los judíos, pero no menos sistemática.” En 1938 fue enviada al carmelo de Echt (Holanda), en razón de que, siendo país neutral y de refugiados políticos, Edith podría vivir allí segura en aquel medio rural. En 1940, tras la ocupación nazi, rechazó la posibilidad de ser trasladada a Suiza (“una ´ciencia de la cruz´ solo se puede adquirir si se llega a experimentar a fondo la cruz”, argumentó). En 1942, como represalia a la misión pastoral de los obispos holandeses en contra de la deportación de judíos, fue enviada a dos campos de concentración y posteriormente al de exterminio de Auschwitz, donde murió como judía y mártir voluntaria de la fe católica (se negó varias veces a escapar del convoy de la muerte para no dejar a sus compañeras carmelitas y demás prisioneros judíos, a cuyo destino se sentía profundamente unida).

Esta culta mujer de singular inteligencia y mayor fe (dejó escrito y demostró con su ejecutoria que “la fe no se contenta con obtener algunas verdades acerca de Dios, quiere conseguir a Dios mismo; quiere al Dios completo”) encarnó el Evangelio en el mundo  (“bien está el venerar al Crucificado en imágenes y fabricar crucifijos, pero mejor que las imágenes de madera y piedra se conviertan en imágenes vivas”), siendo canonizada y nombrada compatrona de Europa. Su ejemplo y protección deben servir de guía para que –superando las diversidades étnicas, culturales y religiosas– progrese nuestro continente en la consecución de una sociedad verdaderamente fraterna.

Hoy, fecha en que se celebra su festividad litúrgica, es el momento oportuno para evocar el secreto de su fuerza, que no es otro que el de responder en plenitud a la llamada de Dios, criterio último –para esta filósofa– de valor del ser humano (en Dios se tiene todo) y de fecundidad para el mundo, pues, aun sintiéndose Edith Stein extraña en él, consideraba que “cuanto más profundamente alguien está metido en Dios, tanto más debe adentrarse en el mundo para comunicarle la vida divina.”

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