Teresa de Jesús y el P. General Rubeo

aunquelasmujeresOfrecemos este artículo que, aunque ya tiene algunos años, recoge de manera sintética lo que supuso el encuentro entre Teresa de Jesús y el P. General Juan Bautista Rossi (conocido como Rubeo en España).  Habría que ir al epistolario teresiano para llevar a cabo un estudio minucioso sobre los matices de esta relación. Queda para otro momento esa tarea.

Compañeros de camino: El Padre Rubeo, un superior general

Daniel de Pablo Maroto
Teresa de Jesús   (1986), nº 22, 29-33

Uno de  personajes más entrañablemente queridos por santa Teresa, a pesar del poco trato personal, fue el P. Rubeo. Lástima que ella no nos haya dejada un retrato, aunque fuese en

Pocas pinceladas de’ su querido padre general. Sospecho que quedó prendada de él desde el primer momento por su prestancia física, su porte noble, sus modales suaves, conversación discreta y apacible, impregnada de honda piedad. Seguramente describiría en él las dos grandes virtudes de un superior que cautivaban su espíritu: rigor en el cumplimiento de la leu y suavidad, urgencia de la reforma, pero sensibilidad humanística.

Datos para una biografía

Nació en la ciudad italiana Rávena el 4 de octubre de 1507 de una familia noble venida a menos. Por la muerte de su padre, siendo niño de siete años, fue recogido por un tío suyo en el convento carmelitano de Rávena, y allí hizo su profesión religiosa. Terminados sus estudios con mucho éxito fue nombrado profesor de Sda. Escritura en el Estudio general de la Orden en Padua desde 1534, y al año siguiente es presentado por un cronista contemporáneo como “egregio lector en Teología y predicador solemne, hombre de buenas letras y de singulares virtudes”. A partir de 1540, ya “doctor en Teología”, sigue su carrera ascensional hacia la gloria.

Su vida se desarrolla entre la predicación, los Estudios generales de la Orden, y cargos de responsabilidad encomendados por el general y célebre reformador Nicolás Audet. Acusado por sus hermanos de hábito, por un sermón predicado ante el Dux y el senado veneciano, tiene que defenderse ante la curia romana de la Orden y comienza a impartir clases de Teología en la famosa universidad romana de La Sapienza. El papa Pablo III le invita a comer algunas veces, como a otros hombres de ciencia, para discutir, mientras tanto, de temas teológicos del momento. Fue también prior del convento de San Martín, de Roma, donde se distinguió como “hombre de gran ejemplo e integridad”, y miembro de la Inquisición romana. A la muerte del general Audet en 1562, fue nombrado vicario general y, en 1564 general.

Con razón su fama de orador, de gran ”maestro” y hombre de gobierno, había traspasado las fronteras de Italia llegando a un convento perdido en una pequeña ciudad de España, Ávila. Aquí, recoge los rumores una monja del convento de La Encarnación –Teresa de Jesús– que defiende los mismos ideales de reforma que el general, resumiendo esos informes en pocas palabras: Es ”persona muy señalada en la Orden, y con mucha razón” (Fundaciones, 2, 1)

Un general para su reforma

Cuando Rubeo asume la máxima responsabilidad en la Orden en 1564, la lglesia vive tiempos de reforma. En 1563 se había desarrollado –con algunos intervalos– durante 18 años. La Iglesia y las Órdenes religiosas despertaban de una larga modorra. Al P. Rubeo le ha tocado vivir un tiempo difícil, una tarea incómoda, pero digna: conducir la reforma en su Orden carmelitana.

Tarea comprometida, llevada a cabo con un alto sentido de la responsabilidad. Rubeo asumió desde el principio su oficio de general como una función directiva centralizadora de poderes (congregaciones, provincias, casas), y animadora de conciencias dormidas. Su gobierno fue una síntesis de ternura paterna, de comprensión con los débiles y de justa severidad con los maliciosos. Hombre de mucho temple: convencido no de su dignidad sino de su responsabilidad, actúa con dureza, condenando a galeras, si el caso lo requiere, a los revoltosos y recalcitrantes. Dieciséis años estuvo al frente de la Orden, dos como vicario y catorce como general, de los cuales siete los dedicó a viajar como visitador apostólico y reformador. Profundamente enamorado de la Iglesia, no ama menos a su Orden del Carmen. Su meta como reformador es conducir a la Orden a sus orígenes, no mero cumplimiento de unas leyes “católicas”, recién estrenadas en Trento, para salvar la unidad rota por Lutero. Como buen carmelita es un enamorado de la soledad, de la oración afectiva, de la vida mariana, pero también del apostolado. Apoya las tendencias contemplativas, pero que no rompan la unidad de la Orden, que no quieran independizarse del centro. La Orden, con su general al frente, puede alentar y acoger carismas particulares. Por eso, cuando llega a Ávila en febrero de 1567 y ve los cimientos de una nueva era de reforma, establecida en San José por la Santa, se alegró ”de ver la manera de vivir y un retrato (aunque imperfecto) del principio de nuestra orden, y como la Regla se guardaba en todo rigor…, diome muy cumplidas patentes para que se hiciesen más monasterios, con censuras para que ningún provincial me pudiera ir a la mano” (F 2,3).

Interlocutor teresiano

Cuando el padre general recaló en Ávila rondaba los 60; Teresa estaba para cumplir los 53. Dos personajes maduros. El juicio del reformador sobre su interlocutora abulense fue altamente honorífico y significativo: ”Ella –la madre Teresa– hace más provecho a la Orden que todos los frailes carmelitas de España” escribía desde Roma en 1569,  al concluir su visita a las provincias españolas (MHCT, 1, 107, nota 4). Enamorado de su quehacer, la animó a fundar tantos conventos ”como pelos tiene en la cabeza” (F 27, 19; Cta. 4-10-78, 10, [a Roque de Huerta]; Cta. 4-10-78; 11 [al P. Pablo Hernández]).

De hecho le concedió amplias licencias para fundar más conventos reformados de monjas como el de San Jose en las dos Castillas (F 2, 3. Patentes del 27-4-67; 16-5-67; en MHCT, I 62-67) y después en todas partes (patente de 6-4-71: en MHCT, I,111), “según le pareciere bien” (patente del 27-2-73; en AOC, 4 (1917-22, 214-215), punto este último que le recordará al general en momentos conflictivos entre hermanos (Cta. 18-6-75, 14). También le arrancó el permiso para fundar dos casas de “Carmelitas contemplativos” (MHCT, I 68-71; F 2, 5-6)

La Santa explotó mucho lo del “precepto de obediencia” que la impuso el general para fundar (F 21, 2; 22, 2; 27, 19, Cta. 18-6-75, 14), como si la iniciativa hubiera sido de él: “Diome muy cumplidas patentes para que se hiciesen monasterios…, yo no se las pedí (F 2, 3); “en viendo –escribe también– yo la gran voluntad de nuestro reverendísimo general para que se hiciesen más monasterios… “ (F 2, 4). Sin embargo, el general se las concedió atendiéndonos al texto del documento oficial porque ”la Rda. Madre Teresa de Jesús, carmelita, hija y humilde súbdita nuestra…, ha suplicado…, le demos facultad y poder para hacer monasterios de monjas de nuestra sagrada Orden… ‘” (patente del 27-4-67. En MHCT, 1, 64). Sea lo que fuere de la praxis curial en estos casos, humildades aparte, la verdad es que se juntaba el hambre con las ganas de comer. Ambos a dos querían en el fondo la reforma de la Orden. Lo demás son terminologías ahistóricas.

Teresa exterioriza con frecuencia sus querencias hacía el general, amor que brota de una sumisión respetuosa hacia el superior, pero más todavía de una comunión de ideales reformadores. Es una pena que no conozcamos a fondo la respuesta del general como interlocutor.

”Sentí muy mucho cuando vi tornar a nuestro padre general a Roma; habíale cobrado gran amor, y parecíame quedar con gran desamparo. Él me le mostraba grandísimo y mucho favor…” (F 2, 4): “Cada casa que se fundaba, me escribía recibir grandísimo contento…, el mayor alivio que yo tenía en los trabajos era ver el contento que le daba… por ser mi prelado y, dejado de eso, que le amo mucho” (F 27, 119). “Porque, dejada la obligación que le tenía por serlo –prelado–amábale muy tiernamente y debíaselo bien debido” (F 28, 2).

El silencio dolido de un superior

No obstante este entrañable amor mutuo, en el ocaso de la vida del P. Rubeo, las relaciones se enturbiaron por las desavenencias entre calzados y descalzos. Lucha entre hermanos. Teresa escribe y escribe y el general se calla. El diálogo está roto por una parte, quizá porque sus cartas no llegaron a su destino. Es la cara oculta y triste de la contienda. Teresa sufre el disgusto supuesto del general y lucha impotente por romper el silencio del padre y amigo, por apagar el incendio de las malas lenguas, de los informes desenfocados. De todo el carteo con el general se han conservado soro dos cartas de este tiempo turbulento, suficiente para completar los girones de su alma rota por el olvido, el enfado injusto del general, el diálogo entre sordos. ”Le pusieron desabrido conmigo los padres calzados, que fue el mayor trabajo que yo he pasado en estas fundaciones, aunque he pasado hartos” (F 28,2).

Rubeo marchó al sepulcro en Roma un 4 de septiembre de 1578 quizá sin saber que el amor de Teresa continuaba entero, su devoción respetuosa como el primer día, su dolor inmenso. Ella, en el silencio unilateral, seguía proclamando su lealtad, su amor reconocido: ” … y al padre que yo tanto quiero … ”; ”como tengo tan gran amor a vuestra señoría”; ”no me deje de escribir adonde quiera que estuviere”; ”he miedo que me ha de olvidar vuestra señoría, aunque yo no le daré lugar para esto”; ”en una cárcel, como entienda doy a vuestra señoría contento estaré de buena gana toda la vida (Cta. al P. Rubeo, enero-febrero 1576).

La última voz de Teresa que nos ha llegado en relación con su querido superior, voz que el padre no escuchó en vida, es el lamento y la elegía por su muerte; el último testimonio de amor, también unilateral, llanto final por un diálogo involuntariamente, unilateralmente roto:

”Harto grande –pena–  me la ha dado las nuevas que me  escriben de nuestro padre general. Ternísima estoy, y el primer día llorar que llorarás sin poder hacer otra cosa, y con gran pena por los trabajos que le hemos dado, que, cierto, no los merecía (Cta. 15-10-78, 1)”.

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