El dolor teresiano de pecar

pecPedro Paricio Aucejo

La experiencia de sentirse pecador puede ser mal interpretada por el creyente. En algunos casos, agazapado en el dolor de pecar se esconde un sentimiento desproporcionado de culpa, que precisa ser desenmascarado por un adecuado discernimiento. Este es el objetivo que –en la segunda parte de su escrito publicado recientemente en este blog¹– se propone en su reflexión monseñor Escobar (1968), obispo salvadoreño de Chalatenango.

Como experto en la materia (además de haber sido superior provincial de los carmelitas descalzos de América Central y ostentar la presidencia de la Conferencia de Religiosos de El Salvador, es también autor de un Manual de discernimiento teresiano), este carmelita considera que, en tales circunstancias, el mal espíritu –en su pretensión de arrastrar a la persona a la angustia y la pusilanimidad– le moverá a la culpa desmedida, propia de una conciencia escrupulosa. El sujeto se verá entonces aplastado por el peso de sus culpas, de modo que la constatación de sus miserias le apenará hasta hacerle brotar sentimientos de angustiosa desesperación. Por poner la atención –de manera recurrente y obsesiva– solo en sus debilidades, el individuo llegará a sentirse responsable incluso de todas las maldades que hay en el mundo y a creerse en la antesala del infierno o en el infierno mismo. En fin, sufriendo un aparente abandono de Dios, no tendrá ninguna motivación para seguir el camino espiritual, que es precisamente lo que pretende el maligno.

Santa Teresa de Jesús describió esta situación límite de la siguiente manera: “Llega la cosa a término de hacer parecer a un alma que, por ser tal, la tiene Dios tan dejada que casi pone duda en su misericordia… Dale una desconfianza que se le caen los brazos para hacer ningún bien, porque le parece que lo que es [bien] en los otros, en ella es mal”. E identificó detalladamente los signos que distinguen este claro movimiento del mal espíritu: “la inquietud y desasosiego con que comienza, el alboroto que da en el alma, la oscuridad y aflicción que en ella pone, la sequedad y mala disposición para oración ni para ningún bien; parece que ahoga el alma y ata el cuerpo para que nada aproveche… Represéntale la justicia y, aunque tiene fe que hay misericordia (porque no puede tanto el demonio que la haga perder), es de manera que no me consuela, antes cuando mira tanta misericordia le ayuda a mayor tormento, porque me parece estaba obligada a más”. Más aún, la monja abulense valorará estos hechos como “una invención del demonio de las más penosas y sutiles y disimuladas”.

Sin embargo, Teresa reconoció también que estos episodios no son permanentes y que no escapan a la mano de Dios. Por haberlos padecido en variadas ocasiones, supo discernir esta vivencia de falsa humildad y, con la gracia de Dios, logró desvelarla y consiguió tomar el control de su interioridad en esas circunstancias. Fue consciente de que el mal espíritu, al no poder robarle la gracia, quiso quitarle la paz mediante aquellas artimañas entreveradas en el dolor de pecar. Pero no quedará ahí la cosa. Además de denunciar la tentación oculta en la conciencia de culpa, la mística castellana proclamó con firmeza que, cuando la experiencia de saberse pecador procede verdaderamente de Dios, no llega a fuerza de regaños ni de compunciones artificiales, sino como un don que viene del Señor sin artificio alguno. Si procede de Dios tiene que venir en paz, desbordando el alma de ternura, pues “la ensancha su misericordia, y [la] hace hábil para servir más a Dios”.

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¹Cf. ESCOBAR AGUILAR, OSWALDO, Angustia y desesperación en el discernimiento teresiano.

 

 

 

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