Bécquer ante una estatua de Santa Teresa

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María José Pérez

Elías Martín Riesco (Aranjuez, 1839 – 1910) fue un escultor español, autor de obras en mármol como San Juan de Dios conduciendo enfermos al hospital, Narciso o Bacante, por citar solo algunas más conocidas. Además de ser profesor y miembro de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, dirigió esta institución desde 1901 hasta su muerte.

Este artista madrileño esculpió una imagen de la santa de Ávila, también en mármol, que lleva por título Santa Teresa en éxtasis. En su día, fue adquirida por el marqués de Portugalete y duque de Bailén (Eduardo de Carondelet y Donado) para su palacio de Madrid. Hoy, la obra se encuentra lamentablemente desaparecida, como el palacio que la albergaba. De ella solo nos ha llegado un dibujo firmado por el propio autor, y fotografiado por Laurent para La ilustración de Madrid. Revista de Política, Ciencias. Artes y Literatura. Concretamente, es portada de la edición del nº 6 (27 de marzo de 1870). La imagen era objeto de un elogioso comentario en la página 16. Más tarde, el dibujo aparece también en el Almanaque de la misma revista para el año 1871, y varios años después la volvemos a encontrar en la portada de otra publicación similar: La Ilustración española y americana (nº 37, 08-10-1875).

Estatua de Sta. Teresa de Jesús, ejecutada en mármol por D. Elías Martín

Gustavo Adolfo Bécquer

Uno de los más distinguidos individuos de nuestra aristocracia, el Sr. Marqués de Portugalete, ha hecho construir para su habitación un magnífico palacio en los solares del Buen Retiro, inmediatos a la Puerta de Alcalá., reuniendo en él bellísimas obras del arte moderno, debidas a nuestros primeros pintores y escultores.

Entre ellas figura la estatua cuyo dibujo ofrecemos hoy en la primera plana de nuestro periódico, hermosa y elegante escultura que honra a su autor, el joven artista D. Elías Martín, y al arte español contemporáneo.

Al ver esta preciosa estatua, no se dirá ciertamente que nuestra época se niega a reflejar en sus obras aquel espíritu religioso, aquel sentimiento de piedad sublima que inmortalizó en sus producciones a tantos de nuestros antiguos artistas.

Cierto que el sentimiento místico ha perdido su carácter generalizador. Los tiempos pasan y con ellos las ideas y las formas que revisten.

Ya no se alza en cada calle una iglesia y un convento; en cada esquina un Cristo esculpido o una imagen alumbrada por mal lucientes faroles; ya no encontramos a cada paso un fraile de aspecto triste y enfermizo, que parece vivir a su pesar en el mundo, y que cruza por él ajeno a los dolores y. alegrías de los otros mortales. El arte se ha hecho menos dramático y espontáneo, bajo el punto de vista religioso; pero está más conforme con las manifestaciones de nuestra propia naturaleza., y a veces sin dejar de ser humano es tau conmovedor y no menos grandioso.

Nuestros antiguos artistas hacían irradiar la luz de una eterna aspiración al cielo en los rostros de sus santos y vírgenes, pero esta luz fulgurante devoraba la belleza. física. Ofrecían a Dios en sus obras sacrificada la materia, y el cuerpo humano era para ellos como un vaso de tosca y despreciable hechura fabricado para contener la delicada y riquísima. esencia de la piedad cristiana.

Mirad los Cristos y las Dolorosas del divino Morales; veréis en ellos algo de una naturaleza extraordinaria: veréis en aquellas caras de marfil y en aquellos cuerpos hechos de manojos de huesos algo que es sublime, pero con la desconsoladora sublimidad del rostro de un moribundo.

Al interpretar el sentimiento religioso, el Sr. Martín ha evitado este escollo, y su estatua da completa idea de esa feliz unión del sentimiento antiguo y de la forma moderna. Está llena de espíritu al propio tiempo que de elegancia y sencillez. Las líneas de esta composición son tan felices, que parecen las únicas convenientes para esta figura. Son las líneas de la verdad trazadas por la inspiración.

No puede expresarse en nuestro concepto de un modo  más sentido aquellos éxtasis en que la piedad bañaba con la pura luz de una sublime melancolía el rostro de Santa Teresa, cuando en su solitaria celda y reclinada en el monástico sitial, quemaba las alas de su alma en el fuego del amor divino, melancolía sublime que imprimía al propio tiempo en su pálido y bello semblante el sello del dolor que el espíritu sentía dentro de la prisión de carne, que le estorbaba ascender completa y libremente al dichoso lugar de sus visiones celestiales.

Tan acertado en el pensamiento como en la forma, el señor Martín ha creado con su cincel una estatua que se contemplará siempre con interés por el público y que siempre merecerá los elogios de los inteligentes.

Reciba nuestros plácemes por tan notable obra su distinguido autor, y recíbalos también el Sr. Marqués de Portugalete, cuyo amor a las artes y exquisito buen gusto claramente se han revelado en la adquisición de esta obra y de tantas otras como adornan el magnífico palacio de su residencia.

El comentario a la estatua de la santa apareció originalmente sin mención de su autor. Gustavo Adolfo Bécquer dirigía La ilustración de Madrid, fundada por Eduardo Gasset en 1870. En ella, a lo largo de ese primer año de la vida de la revista (y último del poeta) los hermanos Bécquer tuvieron continuas publicaciones (Valeriano realizaba dibujos para ilustrar los escritos). Quizá por esta razón, este texto fue atribuido al ilustre poeta. Así aparece por primera vez en el libro Páginas desconocidas de Gustavo Adolfo Bécquer recopiladas por Fernando Iglesias Figueroa (vol 2, 1923, Madrid, Ed. Renacimiento). Posteriormente, ha pasado a formar parte de las ediciones de las obras de Bécquer. Con todo, no está de más advertir que el recopilador mencionado fue, al mismo tiempo, autor de varias conocidas falsificaciones. En efecto, en sus tres volúmenes de Páginas desconocidas hoy nos consta que introdujo composiciones propias y de otros autores, haciéndolas pasar por auténticos hallazgos de su admirado escritor con los que nadie antes habría topado.

Volviendo a la escultura de la santa, tenemos otro comentario sobre ella. Este procede de Eduardo Barrón, el artista que vino a ocupar el sillón dejado por Elías Martín en la Real Academia de Bellas Artes. En su discurso de ingreso, pronunciado ante la Academia el 11 de diciembre de 1910, titulado “La conservación de las esculturas antiguas destinadas a la exposición pública” glosa la figura del que fuera su antecesor y antiguo maestro, al tiempo que comenta tres obras suyas que considera las mejores: el grupo de San Juan de Dios, Velarde y Santa Teresa. De esta última, afirma:

La estatua de Santa Teresa de Jesús, en éxtasis, es de composición sincera y carácter místico a la vez que naturalista. Sentada la piadosa Carmelita en un sillón de cuero, con el libro de oraciones en la mano derecha, cuyo brazo desciende lánguido a lo largo de la figura, y la izquierda sobre el pecho, impreso en el bello rostro el fulgor del arrobamiento, parece la imagen del reposo y del ensueño; es una mujer y una santa; todo realidad en la forma, espíritu y unción en la idea.

Sirva esta breve reseña para hacernos eco de una hermosa escultura que se encuentra en paradero desconocido. Ni siquiera figura entre las reproducciones que integran el Álbum del palacio de los Duques de Bailén, según señala Pedro J. Martínez Plaza en su trabajo “Santa Teresa en el arte español del siglo XX”¹.

En cuanto al palacio en el que se encontraba, cabe decir que estaba situado en el 56 de la calle de Alcalá, esquina con Alfonso XI de Madrid. Durante años, fue sede de habituales tertulias y eventos festivos en los que participa lo más granado de la sociedad del momento. Fue demolido poco después de la guerra civil y en su lugar se halla ahora un edificio perteneciente al Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad.

Para terminar, solo una aclaración: la Enciclopedia digital del Museo del Prado sostiene que la escultura de la santa fue realizada en 1875. Sin embargo, puesto que el primer comentario sobre ella apareció en La Ilustración de Madrid en el año 1870, habría que adelantar, al menos a ese año, la fecha de su ejecución.

__________________

¹Cf. Teresa de Jesús: patrimonio de la humanidad. Actas del Congreso Mundial Teresiano en el V Centenario de su nacimiento, vol. 2, Monte Carmelo-CITeS, 2016, p. 420.

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