Un acompañamiento espiritual

 Pedro Paricio Aucejo

La soledad absoluta no preside el itinerario espiritual que, respecto de la relación íntima con Dios, recorre el ser humano a lo largo de su existencia en este mundo. Si bien el hombre está solo con la divinidad en lo profundo de su conciencia, esta es acompañada habitualmente por otras personas en dicho trayecto. Para ayudar en el conocimiento y aceptación de sí mismo, adquirir una madurez interior, orientarse en el ejercicio de las virtudes, facilitar el discernimiento de la voluntad de Dios y animar en su seguimiento… se precisa de un acompañamiento espiritual. En el caso de Teresa de Ahumada hubo múltiples consejeros religiosos sin cuyo asesoramiento y formación la Santa no hubiera llegado a ser tal. Dominicos, franciscanos, jesuitas y carmelitas fueron sus maestros y confidentes de mayor influencia. Entre estos últimos, la monja abulense tuvo relación especial con el padre Jerónimo de Gracián (1545-1614).

Este fraile vallisoletano, tras profesar en 1573 en el Carmelo descalzo, fue nombrado en 1574 –por el grupo proclive a su figura– vicario provincial del Carmen calzado y descalzo de Andalucía y, en 1575, visitador apostólico de los calzados de Andalucía, así como de todos los descalzos y descalzas. En 1578 fue destituido de sus cargos, siendo restablecido luego al centro del escenario de la reforma y elegido primer provincial del Carmelo descalzo en 1581. Su cultura, su energía y dulzura, su inclinación a la experiencia interior y a la búsqueda de la perfección espiritual… hicieron de él una figura “cabal”, en expresión de Teresa, quien además –en la época en que conoció a Gracián– tenía necesidad de contar con alguien capaz de afrontar las tensas relaciones entre las dos fracciones de la orden y de atender a las vicisitudes internas de la reforma.

Dichas circunstancias llevaron a que este sacerdote, aun siendo mucho más joven que la carmelita –que le doblaba en edad–, fuese su confesor hasta el fallecimiento de la Santa. Legitimada por el mandato divino de permanecer unidos, Teresa le prometió obediencia total por el resto de su vida, sintiendo hacia él un afecto profundo que nunca declinó. Debido a los frecuentes viajes de ambos, mantuvieron una intensa relación epistolar, plasmada en ciento trece cartas –conservadas hoy– que la monja descalza envió a Gracián durante el período comprendido entre el encuentro inicial (en 1575, en la población jienense de Beas de Segura) y la muerte de su autora, en 1582.

De la indagación realizada en esta correspondencia por la profesora e investigadora argentina Victoria Cohen Imach¹–filóloga estudiosa de las prácticas escriturales de las religiosas en los conventos– se deduce la aspiración de Teresa por neutralizar los efectos de la ausencia, consolidar el nexo entre los corresponsales, evaluar o revisar sentimientos y situaciones ligados a dicho vínculo, propiciar algunas referencias a la propia espiritualidad e intervenir en la resolución de problemas institucionales.

De redacción intensa y desgarrada, estas epístolas configuran el complejo perfil de la mística castellana, pleno de matices caracterológicos, afectivos y espirituales, en los que se articula el cruce entre lo personal y lo religioso. La variedad de sus tonos las convierte en un tejido tornasolado, ondulante, en el que se combinan detalles del propio camino de perfección de la Santa con manifestaciones de cariño, autocríticas con inquietudes por la salud, afectuosas reprensiones con tenues lamentaciones… El resultado visible es una escritura que –en sus múltiples modulaciones, posiciones y dominios– crea un espacio de sensibilidad e intimidad.

Más aún, se trata de textos que resultan verdaderas conversaciones orales, en las que se evidencia el alivio que encuentran las personas marcadas por el contacto con la divinidad en su relación con almas afines (“Creo que, a quien se le dan cosas de Dios y le ama de veras, no dejará de holgarse con quien le desea servir”). De este modo, si toda alma, por perfecta que sea, necesita un desaguadero humano, no queda la menor duda de que Gracián lo fue para Teresa de Ávila (“¡Oh Jesús, y qué cosa es entenderse un alma con otra, que ni falta que decir ni da cansancio!”).

La profesora Cohen concluye su exposición afirmando que, en estas cartas –en unas ocasiones, simultáneamente en el interior de un único texto y, en otras, de forma sucesiva–, Teresa se piensa a sí misma en relación con Gracián y con el lazo que la une a él, lo que no anula ni su posición como fundadora del Carmelo y mujer experimentada en asuntos institucionales, ni como religiosa avezada y reconocida en temas espirituales.

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¹Cf. COHEN IMACH, Victoria, Con él a solas. Las cartas de santa Teresa de Jesús a Jerónimo Gracián, en ‘Anclajes’, Revista del Instituto de Investigaciones Literarias y Discursivas, Universidad Nacional de la Pampa (Argentina), diciembre 2006, vol. X, núm. 10, pp. 73-93.

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