El alambique del llanto

 Pedro Paricio Aucejo

Con excepción de la humana, ninguna otra especie animal derrama lágrimas como consecuencia de su estado emocional. Este llanto es solo propio del hombre. Pero lo es en su universalidad: desde que nace hasta que muere, esta capacidad se manifiesta en todas las culturas, con independencia del sexo o cualquier otra condición física, económica, social… A la diversidad de su etiología se añade la complejidad de su mecanismo, por lo que la clave científica de su funcionamiento integral sigue siendo un enigma. El entramado físico y psíquico que provoca su desenlace evidencia que lo que está en juego es la alquimia orgánica de todo nuestro ser. La dificultad de su comprensión se agranda al abordar el fenómeno de las lágrimas en la dimensión mística.

Aunque este asunto atraviesa la inveterada crónica de la fe en Dios y la copiosa historia del cristianismo desde los tiempos de su fundador, es en la obra de Santa Teresa de Jesús donde se encuentra un observatorio privilegiado para su análisis. Con la salvedad de la peculiar impronta que la caracteriza, su doctrina acerca de las lágrimas es deudora del ambiente de honda emotividad religiosa que caracterizó el siglo XVI y, en particular, de los escritos de Francisco de Osuna e Ignacio de Loyola, de los que la descalza abulense heredó toda la tradición bíblica –sobre todo, neotestamentaria– y teológica al respecto. En los libros de la Santa se constata que vertió múltiples lágrimas a lo largo de su vida.

Lloró por la muerte de su madre y la vivencia personal de la orfandad (“como yo comencé a entender lo que había perdido, afligida fuime a una imagen de nuestra Señora y supliquéla fuese mi madre, con muchas lágrimas”); en su fase de discernimiento vocacional; nada más tomar el hábito; con la lectura de las Confesiones de San Agustín, en el momento en que describe su conversión; después de comulgar; en la oración de encomienda por los demás, especialmente por la salvación de las almas… El flujo de lágrimas llegó a su culmen en el momento de su conversión ante la imagen llagada de Cristo (“fue tanto lo que sentí de lo mal que había agradecido aquellas llagas, que el corazón me parece se me partía y arrojéme cabe Él con grandísimo derramamiento de lágrimas, suplicándole me fortaleciese ya de una vez para no ofenderle”). Y, entre otras muchas ocasiones, cabe recordar finalmente que, ante el estorbo de su fragilidad corporal, vertió lágrimas de impaciencia por no morir ya.

Como señala el escritor, jurista y teólogo madrileño Carlos Eymar (1951)¹,  esta abundante presencia de las lágrimas en la vida de la carmelita castellana no estuvo exenta de gran prevención hacia ellas, pues era sabedora de que podían tener su origen en meros estados naturales del psiquismo humano o en una ternura en la relación con Dios situada a medio camino entre lo sensible y lo espiritual. Hay que considerarlas don divino si los efectos de las lágrimas “son todos de amor”, de modo que exclusivamente confortan y pacifican el alma. Más aún, Teresa estimó que el orante puede incrementar este don considerando la bajeza y la ingratitud que se tiene con Dios, meditando lo mucho que hizo por nosotros –especialmente su pasión y muerte en la cruz– y deleitándose en ver la grandeza de sus obras y la de su amor por el hombre. De este modo, la eficacia de las lágrimas estaría unida a la fuerza del corazón compungido, que (por el arrepentimiento de sus pecados, por la impotencia de enmienda adecuada, por la conciencia de la propia pequeñez e indignidad de quien pide…) siempre es capaz de alcanzar su deseo conforme a lo dicho en el Salmo: ´un corazón quebrantado y humillado tú no lo desprecias´.

Sin embargo, Teresa reconoció que hay lágrimas que el Señor nos las da sin que podamos resistirnos a ello, siendo gran consuelo para “un alma ver que llora por tan gran Señor”: son puro don de Dios, que llega al alma como la lluvia sobre la tierra, sin conocer el cómo ni el cuándo y sin ningún resquicio de dolor. El consuelo que esta lluvia trae sobre el alma no se resuelve en pura pasividad, sino que se traduce en promesas y determinaciones heroicas, que, con el deseo de compartir esa riqueza con otros, acaban por proyectarse sobre los demás.

Para Eymar, existiría, pues, en Teresa una especie de jerarquía de lágrimas (“no son las lágrimas todas perfectas”), vinculada al grado de oración, advirtiendo que no está el amor de Dios en tener lágrimas sino en la determinación de ayudar al Señor a llevar su cruz. No en balde, como en un alambique se puede extraer por calentamiento la esencia de cualquier sustancia líquida, también las lágrimas pueden manifestarse –siguiendo el elocuente símil teresiano– como el resultado de un proceso de destilación del agua que bulle en el más profundo centro del alma por virtud del fuego interior.

___________________

¹Cf. EYMAR, CARLOS, “Lágrimas de santa Teresa”, en Revista de Espiritualidad, Madrid, Carmelitas Descalzos de la Provincia Ibérica ´Santa Teresa de Jesús´ (España), 2015, núm. 297, pp. 513-541.

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