Oficio de intimidad

Sin conciencia de intimidad no hay integridad personal ni vida verdadera. Es en esa dimensión interior del ser humano –lo que espiritualmente está más adentro que cualquier otra realidad– donde se gestiona el mundo personal y el circundante. En la intimidad se da la esencia de la persona, lo más insobornable, nuestro ‘ser’ de hombres, razón por la que lo íntimo es sinónimo de humano y entrañable. Allí cada hombre se encuentra a sí mismo, experimenta su humanidad individual y el reducto que le une a todos los hombres. Allí se produce el encuentro personal con Dios, que otorga al ser humano el cumplimiento último de su dicha. Allí se le muestra que el sentido de la vida es el crecimiento en la intimidad con Dios. Allí decide su propio destino.

Santa Teresa de Jesús gozó de un excelente conocimiento de la interioridad, cuya experiencia y doctrina vertió en sus escritos, si bien dicha palabra no se encuentra en su léxico literario, en el que su función quedaría representada por vocablos como: dentro, hondo, íntimo, profundo, centro, muy interior, entrañas… Convencida de que lo verdaderamente importante del ser humano se fragua dentro de él, sus obras  contienen una brillante descripción de esta estructura interior, cuyo rico dinamismo concentró el interés de la doctora mística y lo más significativo de su mensaje universal. Más aún –como remarca el carmelita descalzo Ezequiel García Rojo¹–, su gran mérito ha residido en saber transitar con éxito por las intrincadas sendas de aquel íntimo recinto.

En el conocimiento de nuestro psiquismo, la religiosa abulense partió de la consideración de que el alma humana –en cuanto imagen y semejanza de Dios– irradia la hermosura y dignidad de su Creador, motivo que la hace superior al universo entero. Se trata de un recinto por explorar (“¡no nos imaginemos huecas en lo interior!”, decía a sus monjas) donde cada persona ha de descubrir la realidad eterna que lo habita: Cristo, paradigma de humanidad. Es Él quien reverbera en nuestra alma hasta recrear en ella la imagen más fiel de Dios.

Dada la dificultad explicativa del asunto (“son tan oscuras de entender estas cosas interiores”; “esto interior es cosa recia de examinar”), la santa reformadora comparó el alma con un castillo de muy claro cristal, con innumerables fosos, murallas, pasadizos… Todos estos elementos están agrupados en círculos concéntricos alrededor del torreón central o morada más íntima, donde el hombre se encuentra lo más cerca posible de sí mismo y de Dios, que habita en su interior, grabado en sus entrañas: “no ha menester alas para ir a buscar a Dios, sino ponerse en soledad y mirarle dentro de sí”; “no andes de aquí para allí, sino, si hallarme quisieres, a Mí buscarme has en ti”.

Sin embargo, Teresa de Jesús no ignoró la torpeza del hombre para estimar semejante grandeza (“pocas veces lo consideramos; y así se tiene en tan poco procurar con todo cuidado conservar su hermosura: todo se nos va en la grosería del engaste o cerca de este castillo [que es el cuerpo]”). Por ello, consideró que solo el ser humano se sentiría plenamente gozoso cuando, al llegar a lo más profundo de su personalidad espiritual, se produjera en grado eminente el encuentro personal con el Dios vivo: “jamás nos acabamos de conocer, si no procuramos conocer a Dios; mirando su grandeza, acudamos a nuestra bajeza y, mirando su limpieza, veremos nuestra suciedad”.

Tal confluencia exige un clima de recogimiento y silencioso crecimiento interior (“encerrarse en este cielo pequeño de nuestra alma”), así como de constante oración, cuyo ejercicio no se circunscribe a unos momentos concretos de la vida sino que la abarca en su integridad, inervando toda actividad cotidiana (“entre los pucheros anda el Señor”). Con ella –que consiste en “tratar de amistad con quien sabemos nos ama”– se consigue el ordenamiento del alma a Dios y la actitud vital de contemplar con su mirada todo cuanto existe, debiendo acabar siempre en conocimiento del Ser Supremo y de uno mismo y, por ende, en amor y servicio al prójimo.

De esta forma, de la aguda percepción interior de Teresa de Ahumada –que consigue establecer las etapas del itinerario anímico en su progresiva unión con el Creador– se obtiene la profundidad humanística de una psicología que, al explicar lo más oscuro de la mente y mostrar a la vez lo eterno, se transforma en teología mística, elaborada desde el centro de un alma abrazada a lo Infinito y por Él alentada. Al captar con su experiencia personal las potencialidades encerradas en nuestra interioridad, la santa carmelita encuentra en el oficio de intimidad con Dios el auténtico sentido de la vida y la dignidad humana.

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¹Cf. GARCÍA ROJO, Ezequiel, “La interioridad en Teresa de Jesús”, en Revista de Espiritualidad, Madrid, Carmelitas Descalzos de la Provincia Ibérica ´Santa Teresa de Jesús´ (España), 2016, vol. 75, núm. 299, pp. 189-217.

 

 

 

 

 

 

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