La santa que hace milagros en los escritores españoles

Pedro Paricio Aucejo

(Publicado el 14 de octubre de 2017 en el diario Las Provincias de Valencia)

La personalidad humana y literaria de Santa Teresa de Jesús (1515-1582) es tan sublime que honra a Ávila –entorno geográfico, social y espiritual de su vida–, a España y a la humanidad entera. Si su peripecia existencial es conocida de primera mano gracias a sus escritos –en los que se abarca biográficamente desde su infancia hasta poco tiempo antes de su muerte–, no erraba el doctor Marañón (1887-1960) cuando afirmó que, en su obra literaria, la monja castellana “deja jirones de su personalidad, como deja el cordero copos de su lana entre las zarzas”.

Este transparentarse de su vida en su literatura ha sido un factor determinante para que, desde el Siglo de Oro a nuestros días, raro sea el escritor que, en nuestro país, no se haya sentido tangente –aunque fuera tan solo por un instante– al pensamiento de la Santa. No en balde en 1965 fue proclamada patrona española de los profesionales de aquel oficio. Su talante como mística, fundadora y escritora ha cautivado dentro y fuera de la espiritualidad católica e incluso en el ámbito de la increencia. Especialmente llamativa resulta la seducción ejercida por esta mujer sobre literatos nativos incrédulos o indiferentes en materia religiosa.

Así, en el caso del cordobés Juan Valera (1824-1905), su discurso académico ‘Elogio de Santa Teresa’ es una verdadera exaltación de la carmelita. Declaró que, aun considerándola profanamente, “vale más que cuantas mujeres escribieron en el mundo”. Encontró en sus textos “un interés inmortal, un valer imperecedero, y verdades que no se negarán nunca, y bellezas de fondo que las bellezas de la forma hacen patentes y visibles”. Afirmó que la religiosa abulense empleó certeramente el lenguaje para explicar lo más delicado y oscuro de la mente y mostrarnos el mundo interior, lo infinito y lo eterno, que están en el abismo del alma humana. Con ello alcanzó la cumbre de la metafísica y tuvo la visión intelectual y pura de lo absoluto.

Nuestro paisano Blasco Ibáñez (1867-1928) abordó también su figura en la conferencia ‘El misticismo batallador de los españoles’. Destacó la hidalguía de su talante (“fue Don Quijote con toca, solo vivía pensando en establecer templos y templos”), su fuerza (“lo característico de todas estas idas y venidas por las carreteras y caminos de España es la voluntad de hierro de esta monja”) y su alegría (“es alegre sin chocarrería y chistosa con elegancia, con la alegría sencilla del artista que después de su trabajo desea expansión y recreo, [sabedora de que] las almas santas necesitan santas alegrías”). En cuanto a su faceta literaria, el novelista valenciano consideró que Teresa escribía lo que pensaba con encantadora espontaneidad, hasta el punto que, en sus obras más consagradas, “resulta una inmensa artista. Grandes literatas ha habido, pero las supera esta escritora, por no tener como ellas ni el artificio de la profesión ni el deseo de renombre”.

Para el sevillano Antonio Machado (1875-1939) –en la reseña que hizo de Las Meditaciones del Quijote de Ortega y Gasset–, al comparar la obra de Cervantes con la de Teresa de Ahumada, dijo de ella que “en la santa, lo rico no es el lenguaje, sino lo que pretende expresarse con él”, de modo que “la materia con que labora Teresa es su propia alma”. Más aún, este comentario ha dado pie a investigar el uso que el poeta universal hizo en sus escritos de instrumentos lingüísticos empleados por la Santa, si bien haciendo de ellos una ‘conversión a lo humano’ que condujera al literato andaluz a la formulación de conceptos diferentes.

Por su parte, la fascinación que el aragonés Ramón J. Sender (1902-1982) experimentó desde joven por la reformadora del Carmelo cuajó literariamente con la publicación de su obra Tres novelas teresianas. Por medio de sendas narraciones breves, en las que –con referencias a personajes históricos y literarios relevantes de la época– entrevera lo verosímil y lo verdadero, este autor  despliega los elementos más novelescos presentes en la biografía, la personalidad y el misticismo de la Doctora de la Iglesia, si bien desde una amplia perspectiva fundamentada en el amor, la fraternidad y la libertad.

En fin, el madrileño Francisco Umbral (19322007), en su artículo Teresa, abordó su personal visión de la ‘descalcez’ de la mística universal, según la cual su actitud inició –en el ámbito literario– el despegue respecto de lo medieval e inauguró la modernidad estética en España. Escribiendo por libre de sí misma, se alejó de toda preceptiva de linealidad tradicional y –sin dejar de destacar arbitrariamente detalles menores o triviales– desnudó a la prosa por el estilo llano, haciéndola cordial, temperamental, autonarrativa, biográfica de lo de dentro, en Moradas, y de lo de fuera, en Vida. Y, con contundencia, concluía el prolífico escritor: “Me enamora esta mujer que tira el zapato y rompe a escribir un castellano en el que se nota que la verdad y la vida suben por los pies desnudos, desde la tierra misma, [sintiendo] la redondez del planeta. Es la primera prosista que nos flipa, la mujer que mejor ha escrito jamás el castellano”.

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