Duruelo. Ir a las periferias o quedarse en la retaguardia

                  Daniel de Pablo Maroto, ocd
“La Santa” (Ávila)

Duruelo, un “lugarcillo de harto pocos vecinos”, como lo describió la madre Teresa, perdido en la meseta castellana abulense, nació, un 28 de noviembre de 1568, la reforma del Carmelo entre los varones. Piedra fundamental fue otro sabio y santo abulense, Juan de la Cruz. El genio arquitectónico de Teresa convirtió una casucha de labriegos en un convento para los primeros inquilinos, aunque “no había dinero”, como dice ella.

Del portal de entrada hizo la iglesia; en el desván, el coro; y las celdas, en una “cámara doblada” que también tenía aquel destartalado inmueble; y “una cocinilla” que la dejó en su ser. Para qué querían más aquellos idealistas aventureros del espíritu que se conformaban con una “pocilga”, como también escribe la cronista Teresa.

El ajuar era acomodado a la pobre mansión: el P. Antonio aportó “cinco relojes para tener las horas concertadas”, sin acordarse de los jergones para dormir aunque fuese en el santo suelo; y muchas “cruces y calaveras”. En el desván, angosto y bajo con caballete en medio, apenas cabían de pie, pero se ingeniaron para hacer “en dos rincones (¡!) dos ermitillas, adonde no podían estar sino echados o sentados llenas de heno, y el tejado casi les daba sobre las cabezas, con dos ventanillas hacia el altar y dos piedras por cabeceras”. Y por el tejado se les colaba a los orantes en el coro la nieve que caía sobre sus pobres hábitos; y ellos seguían extasiados sin apenas dormir, pero tan contentos. Mientras tanto, la madre Teresa narraba la aventura espiritual haciendo apología de las casas pequeñas y criticando las “casas grandes y suntuosas” (Vale la pena leer los caps. 13-14 de las Fundaciones de santa Teresa).

Aquí nació la Reforma teresiana: en un desierto geográfico de pocos vecinos; en una casucha avara de espacio y desnuda del mobiliario más elemental. De esa originaria y empobrecida simiente, de ese escaso manantial, surgió un torrente en crecida alimentado con el carisma divino de los fundadores Teresa y Juan de la Cruz, dos abulenses geniales y santos. Al final del siglo, después de la muerte de los fundadores, la Reforma de santa Teresa entre los varones era una orden religiosa con 57 conventos fundados y otros en perspectiva. Y en el siglo XVII se convirtió en una luminosa escuela de espiritualidad y de mística, de grandes escritores y misioneros, y miles de frailes habitando en conventos con arquitectura propia y acomodada a la pobreza de los orígenes.

La santa madre Teresa estaba contenta porque su familia espiritual tenía ya padre y madre, hermanas y hermanos. Además, veía plasmado en sus conventos el primitivo ideal del Carmelo que recuerda en el capítulo 1 de las V Moradas. “Aunque todas las que traemos este hábito sagrado del Carmen somos llamadas a la oración y contemplación (porque este fue nuestro principio; de esta casta venimos, de aquellos santos padres nuestros del Monte Carmelo que en tan gran soledad y con tanto desprecio del mundo buscaban este tesoro, esta preciosa margarita de que hablamos), pocas nos disponemos para que nos la descubra el Señor”. Proyectaba la imagen actual de sus conventos sobre aquel espejo lejano para rectificar en caso de abandono del ideal reconstruido.

El proyecto se cumplía con perfección entre las monjas: conventos en las grandes ciudades y bien comunicados por el trazado carretero de entonces; selección estricta de las vocaciones, aunque fuesen pobres, pero con deseo de servir a Dios y a la humanidad; prudentes y con talento práctico; encerradas en el silencio y la soledad de los claustros; pobres y laboriosas, sacrificadas y ascetas; humildes, verídicas y fraternales. Y sobre todo, orantes y contemplativas. Pero a los frailes les exigía todo eso y algo más: trabajar en la evangelización para extender el reino de Dios.

El campo era inmenso y difícil de labrar, rodeado como estaba de enemigos y adversarios. Por eso a sus frailes los quería sabios y santos. “Sabios”, bien formados en las universidades, cercanas en algunos de sus conventos; y “santos”, viviendo el ideal carmelitano hecho de oración contemplativa, de austeridad ascética, de soledad y silencio, como una secuela del eremitismo originario de la orden. Y todo para ser apóstoles y misioneros en las periferias del mundo: de los pecadores del redil católico, de los que se fugaron con las varias familias de herejes, los “luteranos” de la madre Teresa; los gentiles de más allá de los mares, los “indios”, que tanto le costaron de dolor cuando se enteró de su desventura.

Y hoy, ¿qué misión encomienda la madre Teresa y el padre Juan de la Cruz a su familia espiritual, monjas, frailes, laicos adheridos al ideal primitivo? Por una parte, que escuchemos la voz monocorde de la autoridad suprema de los papas de última generación que nos convocan a trabajar en las “periferias existenciales”. Esas “voces” magisteriales tienen “altavoces” que las difunden en escritos, conferencias, reuniones de alto y bajo nivel para que salgamos a los caminos del mundo, a las nuevas fronteras del ateísmo, de la paganía, de la pobreza multicolor, material, cultural, moral y espiritual. Son las periferias en las que no ha llegado la luz del Evangelio de Jesús o se ha borrado, rota la conexión con sus raíces históricas.

Cuando oigo esas voces que llegan escritas o por los aires, pienso que es fácil hacer un diagnóstico de la situación de penuria espiritual y cristiana en nuestro mundo; pero también cuán difícil es penetrar en las fronteras de la increencia en aumento, del ateísmo práctico, de la hostilidad al cristianismo, a sus dogmas y, sobre todo, a su moral, de la mundanización del mismo cristianismo en la gaudente cultura occidental.

Para que no nos entre complejo de inferioridad, de incapacidad ante la inmensa tarea de la evangelización activa en el campo de batalla de las “periferias geográficas o existenciales”, propongo a los incapaces de trabajar en la frontera de los males que aquejan a la civilización actual, el quehacer evangelizador también valioso de las trincheras en la retaguardia. Curiosamente, es la propuesta de la madre Teresa en el Camino de perfección, explicando a las monjas de San José “lo principal” de su quehacer en la vida religiosa de clausura: ser cristianos de veras, fortificarse bien en las torres de una ciudad amurallada y bien surtida de medios de subsistencia, dirigida por buenos capitanes y acompañados por el gran Capitán Cristo, y ser valientes para repeler y vencer a los enemigos (leer el capítulo 3).

Pero tampoco podemos olvidar las enseñanzas de san Juan de la Cruz que recuerda y critica a “los muy activos, que piensan ceñir al mundo con sus predicaciones y obras exteriores, que mucho más provecho harían a la Iglesia […], si gastasen siquiera la mitad de ese tiempo en estarse con Dios en la oración” (Cántico Espiritual, canción, 29, 3). Más cristianos en las trincheras de la retaguardia.

Y, por fin, la voz de la profetisa del siglo XX, santa Teresita del Niño Jesús o de Lisieux, angustiada ella misma por su incapacidad de ser útil a la Iglesia de su tiempo como monja de clausura y enferma de muerte. Siente en sí un deseo ardiente de ser un miembro activo, de estar en las periferias del mundo siendo “madre de almas”, guerrero, apóstol, doctor, profeta, misionera, mártir, hasta sacerdote (¡!). Toda una locura de amor por su enamorado y enamorante Cristo.

Y, al final, el refugio desilusionado y plenificante de la retaguardia y de las trincheras de la clausura y la vida contemplativa. Allí, hasta en la noche purificativa de su fe, la más profunda que ideó san Juan de la Cruz, sacrificará su ser en la cruz del Crucificado Jesús: en el corazón de la Iglesia, morirá de amor, amando a todos los hombres. Así podrá cumplir con todas las vocaciones soñadas y bombeará energías vitales a todos los que trabajan en las interioridades y en las periferias geográficas y existenciales. Es esta una de las páginas más valiosas de la historia de la espiritualidad cristiana. (Se puede leer en el Manuscrito B, 2v-3v).

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