‘Romance primero’, de Concha Espina

Estos días tiene se están celebrando en Madrid una serie de actos relacionados con la figura y el legado literario de Concha Espina, con motivo de la exposición Mujeres Nobel, dedicada a las 48 mujeres que consiguieron este preciado galardón.

La escritora Concha Espina (Santander, 1869 – Madrid, 1955) no lo obtuvo, pero fue propuesta al Nobel de Literatura por veinticinco nominadores de España, Estados Unidos, Francia, Chile, Colombia, Checoslovaquia, Italia y Suecia en nueve ediciones, entre 1926 y 1954.

La muestra Mujeres Nobel está organizada por Rocaviva Eventos, Museo Nacional de Ciencias Naturales y el Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Está comisariada por Belén Yuste y Sonnia L. Rivas-Caballero, y se celebra en el Museo Nacional de Ciencias Naturales, C/ José Gutiérrez Abascal, 2,  Madrid).

Estos actos nos han movido a rescatar un relato de Concha Espina, incluido en el Homenaje Literario a Santa Teresa de Jesús con motivo del III Centenario de su beatificación (1914). Lleva por título, Romance primero (pp. 13-16). Más adelante, la autora lo incluyó en una colección de relatos breves titulada Pastorelas (Madrid: Gil-Blas, 1920, 23-30), de donde lo tomamos. Escrito con un lenguaje arcaizante, en más de un momento requerirá el uso del diccionario.

ROMANCE PRIMERO
de la vida de santa Teresa de Jesús

Concha Espina

Dormía la tarde, perezosa y caliente, y en el vasto aposento los recios postigos entornados atenuaban la luz. Una vocecilla brotaba del silencio, clara y dulce, como hilo de manso regajal, leyendo las proezas cristianas de los mártires atormentados por su Dios y por su fe. Los más fieros relatos de la crueldad humana pasaron en trágico desfile al través de la cándida lectura, juntos con los más resplandecientes ejemplos de fortaleza y santidad: hasta que el suave acento cantarín fue tiñéndose de profunda inquietud.

Entonces dos cabezas infantiles y hermosas se alzaron sobre el “Flos Sanctorum” abierto encima de labrada mesa: quedó rota la relación ferviente y una grave y señoril figura de mujer se dibujó de pronto en la penumbra.

—¡Rodrigo… Teresa! —llamó celosa la dama, avizorando el fondo del salón.

—¿Qué manda vuesamercé ?—respondieron a una los dos niños.

—¡Ah!—murmuró ella descubriéndoles en la semioscuridad —temí que andoviéseis al huerto con esta calor.

—No, señora madre—pronunció con blandura Teresa, hojeando otra vez el libro mientras su hermano clavó los ojos soñadores en una pavesinaque decoraba el muro.

Doña Beatriz, sonriendo a sus hijos, atravesó la estancia para desplegar un poco las puertas del balcón.

Un haz espléndido de luz bañó el dulcísimo semblante de la castellana, y su monjil, negro y casto, sin aderezos ni perfumes, destacóse ceñido por la viva llama del sol. Desanduvo la dama los pasos con tenue languidez.

Su interesante belleza daba señales de enfermiza juventud, y toda su persona trascendía a virtudes humildes, a sacrificios y ternuras maternales.

Luego de enviar a los niños otra blanda sonrisa, desapareció bajo un rico arambel de aceituní.

Quedáronse la lectora y el oyente mudos un instante, como sugestionados por la solícita aparición. Después juntaron las miradas y los acentos en recatado palique, con el aire misterioso de quienes traman algún lance fuerte y secreto.

Al fin se pusieron de pie y cambiaron casi al oído algunas palabras que debían encerrar suma trascendencia…

Entra la luz ahora hasta los dos hermanos con más holgura que antes, y aparece muy donoso el porte de la niña, que contará sus nueve primaveras. Es arrogante, blanca y alegre; tiene los ojos arrobados y negros, encarnadas las mejillas, la guedeja rizosa y obscura, los labios gruesos y rojos, la expresión a un tiempo resuelta y apacible. El niño, poco mayor que su gentil hermana, es también agraciado y robusto.

Viste ella adamascado y pomposo faldellín, y fresca basquiña de Rúan; luce en las orejitas arracadas de oro, en los rizos un favor sonrosado, y pendiente del cuello un alcorcí. Lleva el mancebillo jubón de terciopelo atacado con agujetas, gola blanca y calzón corto.

—¿Vamos? —dice Teresa resoluta, encendido el semblante y la voz conmovida. —Agora están adormizados todos en la casa.

Rodrigo consiente algo confuso y ella le induce alentadora.

—No hayas miedo; tray la mano…

Huyen con furtivo paso de avecillas, corredores adelante, evitando con habilidad que los descubran. En retirado aposento revuelve Teresa los almizclados arcaces para decorar el pecho de Rodrigo con un escapulario devoto, hurtado a cierto paletoque. Aún logran adquirir una prudente ración de pan y miel, y salen al huerto, hazañosos y felices.

El sol, sin ocaso entonces en el imperio de Castilla, caldea la tierra madre, bruñe los caminos, enciende los horizontes, anchos y abiertos al valor, a la aventura, al ímpetu de los héroes, a los quijotes de la espada y de la Cruz. Arden las brisas, los pájaros ayean, y las plantas nacientes se abaten mustias entre los rodrigones.

Solo el cantueso y el mirto lucen su perenne verdor en el abrasado verjel. Un bancal de alheñas despide en torno penetrantes aromas.

Sin cuidarse del calor, los dos aventureros salvan el jardín, cruzan una lonja de prado, y alcanzan al extremo de la finca un servicial postigo.

Al abrirle se queja una alguaza enmohecida, y ambos caminantes detienen el paso con emoción temerosa — ¿Tú sabes del rumbo nuestro? —pregunta el muchacho, un poco indeciso.

—A naciente, por la mesma ruta del sol—dice la niña con iluminado gesto. Luego reflexiona:

—Haberá que salir al campo por la Puerta del Adaja y se determinar en la puente hacia las adefueras.

—¿Por el valle Amblés ?

—Eso…

Atraviesan las calles sin apenas mirarlas, pensando que así nadie les conoce. Y la fuga deaquellos pies menudos levanta un curioso rumor de celosías en la siesta profunda de la ciudad.

Alguna voz ha dicho con asombro:

—¡Los hijos del “Toledano”!

Ellos se apresuran hasta deslizarse fuera de la muralla, y sólo entonces vuelven atrás los ojos para medir, con cierto orgullo, el conquistado terreno: allí queda el murado recinto con sus adarves erizados de torres, bravo y hermoso como un símbolo de la pujanza española.

La magnificencia del espectáculo parece que impulsa a los peregrinos con mayores prisas en la escarpa de los senderos. Corren los dos hermanos buscando el puente, no muy ciertos del rumbo que persiguen.

La nava y la dehesa tienden su dorada llanura en el paisaje y todos los caminos declinan hacia el Adaja, en cuya linde, sauces y fresnos, batanes y molinos ponen una línea de sombra placentera.

Cunde el río menesteroso, en pleno estiaje, y los viajeros se paran en el puente a escuchar el débil murmullo de las ondas.

—¡Señor, dadme agua! —prorrumpe la niña con extraña vehemencia.

—¿Tienes sed? —la pregunta su hermano.

Ella vuelve los ojos al cielo y repite con exaltación:

—¡Señor, dadme agua!

Rodrigo sonríe: está acostumbrado a sorprender los deliquios fervorosos de la hermanita, que le pide agua a Dios con misteriosas intenciones: agua espiritual, sin duda, fuente de consuelos y luces.

Pero el muchacho siente la boca seca, padece sed humana, y murmura señalando al río:

—Yo quería de estotra.

—¿Ya estás penado tan aína? —le reprocha Teresa. —Es menester luchar, y ansí habremos la gloria siempre, siempre…

La palabra “siempre” cobra en estos labios infantiles una expresión de perdurable felicidad que subyuga al sediento. Viéndole resignado a sufrir, la niña le fortalece cariñosa:

—¡Qué no te caya nengún mal pensamentillo!

Y siguen caminando, ella delante, audaz y alegre, pidiéndole al sol noticias de la divina quimera que ha fraguado esta singular aventura.

Aquí pisan las algarrobas, allí la jara, más allá gustan el cobijo del saucedal entre los mimbres ribereños. Si el hermano suspira, la hermana vuelve el rostro y sonríe:

—Habremos gloria para siempre, para siempre… ¡veráslo!…

Palidece la tarde, se recoge en los cielos la luz, y los niños huyen y tornan por la lindera del Adaja, sin acertar con una ruta que les lleve al soñado triunfo.

Sentados ahora en las gradas de un humilladero, sufren hambre y fatiga. Pero Teresa quiere resistir valiente aquel primer quebranto de sus bríos.

—-¡Si llegase una algara de soldados a nos facer prisioneros! —pronuncia heroica.

Y se levanta creyendo percibir un trote de caballos en el vecino carrascal, mientras Rodrigo se aturde pesaroso y considera que, en esta misma hora, su madre les andará buscando con enflaquecido corazón.

Un caballo aparece entre las bardagueras, y el hidalgo que le monta se dirige hacia el humilladero así que descubre, con harta inquietud, la presencia de sus sobrinos.

Don Rodrigo Álvarez de Cepeda descabalga absorto y pregunta:

—¿Quién os trayó aquí desta guisa?

Baja Rodrigo la frente muy turbado y su hermana responde con voz firme:

—Andamos para tierra de moros a que nos descabecen, tal que a los mártires de Dios.

Toma el hidalgo la guarda de los niños haciéndose mil cruces, y los devuelve a la ciudad a tiempo que la sombra desciende a la llanura desde la sierra y los alcores…

Avila de los Santos y de los Caballeros iluminada por los últimos resplandores del sol, fuerte y altiva como un enorme castillo feudal, parece sonreír a la andariega niña en este primer romance de sus gloriosas aventuras.

Y volviendo humilde a sus abandonados lares, ya obedece los designios de Dios la predestinada criatura que ha de ser el más rico blasón cristiano de la mujer española, la santa a quien un día ha de decir el divino Zagal:

—”Yo me llamo Jesús de Teresa…”

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s