La dama del Patriarca

 Pedro Paricio Aucejo

(Publicado el 24 de marzo de 2018
en el diario Las Provincias de Valencia)

El transcurrir de los años no ha inhibido –de momento– la activación de mi personal reflejo urbano adquirido a comienzos de los años 70 del siglo pasado. Cada vez que paso por la céntrica calle de la Nave salta en mi cerebro el resorte mnemotécnico de aquella visita realizada al Colegio del Patriarca en mi –entonces– recién estrenada juventud universitaria. Fue mi primera correría de estudio por el edificio del Real Colegio Seminario ‘Corpus Christi’ de Valencia, la prestigiosa fundación de San Juan de Ribera (1532-1611), el noble clérigo sevillano que ejerció con eficacia y energía su tarea pastoral como arzobispo desde 1569 a 1611.

En aquella ocasión accedí solo a la contemplación de su claustro solemne e íntimo. En su estilo austero y monumental percibí la relevancia creativa del Renacimiento, su exaltado idealismo y su misticismo religioso, pero también la grandeza del personaje que encargara su construcción. Este hombre de profunda inteligencia, sólida formación y altas responsabilidades (patriarca de Antioquía, virrey, capitán general, presidente de la Audiencia y canciller de la Universidad, además de primado de la Iglesia valenciana), quiso contar con sacerdotes adecuadamente preparados para introducir la reforma de Trento, de manera que creó una institución que cumpliera la función de Seminario y Colegio Mayor y eligió su ubicación frente al Estudi General, lugar en el que los colegiales recibirían sus enseñanzas. Como su pretensión fue que la preparación de estos no fuera solo intelectual, sino enriquecida a la vez por una potente sensibilidad religiosa, artística y cultural, dispuso meticulosamente todo –arquitectura, pintura, música, orfebrería, liturgia…– al servicio de aquel ideal de educación.

Pasados unos años, recorrí también el resto del edificio de esta joya renacentista, que –erigida entre 1586 y 1604 según las novedades italianas del momento– estaba destinada a conseguir la atmósfera de elegancia y serenidad soñada por el prelado. Distribuidas en torno a aquel claustro, las dependencias principales albergarían el legado de su mecenazgo artístico en bibliotecas, salas de estudio, habitaciones rectorales, administración, archivos, museo, capillas… En una de estas quedaron depositadas reliquias sagradas, como las correspondientes a santa Teresa de Jesús, que, traídas desde Salamanca, contienen un trozo de su carne y la cantimplora que le acompañó en su periplo fundacional.

¡Y no es para menos! Porque –de acuerdo con los estudios realizados por los profesores valencianos Callado Estela y Pons Fuster¹– Juan de Ribera no solo fue un admirador de la vida y la obra literaria y fundacional de la religiosa abulense, sino además un entusiasta del movimiento de reforma iniciado por ella. Aunque el patriarca no conoció personalmente a Teresa de Ahumada, en 1565 –cuando estaba todavía al frente de la sede episcopal de Badajoz– supo ya de su actividad espiritual. En 1569, como arzobispo de Valencia, trajo hasta esta diócesis su creciente fascinación por la descalza y, a fin de contribuir a la formación religiosa del pueblo valenciano e impulsar con su ejemplo la reforma del clero regular, quiso que también hubiera aquí fundaciones carmelitas descalzas.

En 1571, por mediación del jesuita Pedro Santander, pidió a la Santa que viajara a nuestra tierra para fundar un cenobio con el que implantar la reforma carmelitana en estas latitudes, pero no pudo conseguir que Teresa aceptara su petición. Ella se negó por no querer que sus monjas estuvieran sujetas a la autoridad del obispo, si bien tal negativa no impidió –gracias al empeño reformista y las facilidades otorgadas por el prelado– que aquella fundación se produjera seis años después de la muerte de la mística universal. Por esas mismas fechas, Ribera se implicaba personalmente también en el establecimiento de la rama masculina descalza en la capital valenciana. Así, a pesar del inicial desencuentro, tras la desaparición de su fundadora se llevaron a cabo en Valencia fundaciones conventuales que, como la Santa pretendía, estuvieron sujetas a las autoridades de la orden carmelita.

Más aún, el arzobispo no solo ayudó a que las fundaciones carmelitas se asentaran en la ciudad, sino que, además, antes de su fallecimiento, obsesionado por la reforma de los monasterios valencianos de monjas y apasionado por el modelo teresiano, calcó hasta el mínimo detalle la forma de vida que la Santa estableció para sus religiosas en la nueva fundación de las agustinas descalzas del convento de Alcoy, patrocinada por el arzobispo. Con una actividad fundacional sin precedentes, de este monasterio se difundió por toda la geografía diocesana y sus alrededores (Denia, Valencia, Almansa, Requena, Benigánim, etc.) el modelo religioso femenino impulsado por el patriarca, cuya supervisión encargó a fray Jerónimo Gracián –tan vinculado a los afanes reformistas de la escritora castellana– con el fin de garantizar su ‘teresianización’.

De esta forma, aunque la relación personal de Teresa de Jesús con Valencia fue casi nula (solo una vez la cita tangencialmente, en Las Fundaciones, dentro de la totalidad de su obra escrita, con ocasión de intentar fundar conventos de frailes carmelitas descalzos), la huella de su magisterio espiritual y de su labor reformadora se grabó profundamente en alguien que no siendo valenciano, como San Juan de Ribera, pasó muchos y fructíferos años en nuestra tierra difundiendo su figura excepcional.

____________________________

¹Las referencias bibliográficas de dichos estudios –que, por obvias razones de edición, no aparecen mencionadas en Las Provincias son: CALLADO ESTELA, Emilio, ‘Cuatro amigos. Teresa de Jesús, Francisco de Borja, Fray Luis Bertrán y Juan de Ribera’ y PONS FUSTER, Francisco, ‘El influjo de Teresa de Jesús en la espiritualidad valenciana’, en CALLADO ESTELA, Emilio (ED.), Viviendo sin vivir en mí. Estudios en torno a Teresa de Jesús en el V Centenario de su nacimiento, Madrid, Sílex, 2016, pp. 259-292 y 293-334 respectivamente.

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